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II
Un ejemplo sería
la novelística de
Gertrudis Gómez de
Avellaneda, figura
exaltada hasta hace
muy poco solamente
como poetisa, y en
menor medida como
dramaturga, y que
ha cobrado un
mayor relieve como
narradora, fundamentalmente
a través
de la crítica
feminista. Pero, justo es decirlo, no sólo por
ésta. Citemos a modo de ejemplo los excelentes
análisis de Antón Arrufat.
Hoy, dos o tres novelas de la Avellaneda,
por la corrección de su prosa, la precisión de
su escritura y su magistral construcción de
ambientes y personajes, merecen figurar en
el canon de la narrativa cubana, del que han
sido sistemáticamente excluidas tal vez porque,
como ya hemos dicho, ese canon privilegió
siempre los textos relacionados con
los acontecimientos sociopolíticos de cada
época.
La Avellaneda cultivó un "arte puro" quizás
porque residió la mayor parte de su vida
fuera de Cuba y, aunque en sus obras hay
atisbos sociales, tiende más al sicologismo y
a la preocupación por lo privado, lo que
confiere a muchas de sus novelas un carácter
marcadamente universal. Novelas como
Espatulino (la menos atendida por la crítica)
y Sab, escrita en 1841, a la que ya muchos
investigadores consideran una de las cumbres
del siglo XIX cubano,despiertan hoy un
interés inédito a partir de una trascendencia
inesperada.
Sab no es una novela abolicionista, aunque
se pronuncia indirectamente contra los
prejuicios raciales. Es un texto en el mejor
estilo de la escuela romántica que se cuida
muy bien de caer en los excesos de esta
corriente, apreciable en mucha literatura
europea de la época. Sin embargo, estudiosos
como Antón Arrufat ya comienzan a
valorar aspectos poco vislumbrados en esta
obra narrativa de la Avellaneda, publicada
en 1842.
Dos Mujeres, por su parte, es un verdadero
manifiesto literario que une a su belleza
escritural avanzados juicios sobre el matrimonio
y la función de la mujer en el espacio
público. Novela de adulterio, es mucho más
realista y transgresora que Sab y, según
Arrufat, complace mejor las exigencias de
un lector contemporáneo.
La censura de la época prohibió la publicación
en Cuba de estas dos obras por "contener
doctrinas subversivas del sistema de
la esclavitud y contrarias a la moral y las
buenas costumbres" (sic), lo que demuestra
la función provocadora de una literatura
que, paradójicamente, no tenía entre sus
presupuestos una explícita denuncia de su
macro-entorno.
Favorecida por la casi totalidad de la crítica
cubana de todos los tiempos, Cecilia
Valdés o La Loma del Ángel continúa siendo
otra de las obras emblemáticas del siglo XIX
en Cuba. De técnica realista, la obra de Cirilo
Villaverde conjuga valores literarios, en ocasiones
cuestionados, con los históricos. Sin
embargo, nuevos aspectos como el reflejo
del habla de los distintos estratos sociales y
el afán de hacer coincidir el gran fresco con
los aspectos de la vida cotidiana de su
época, son develados hoy hasta el punto de
que algunos especialistas, como Reynaldo
González, consideran a muchos personajes
de ese folletín como arquetípicos,haciéndolos
trascender hasta nuestra actualidad.
Sin embargo, se observa en
los últimos tiempos una
tendencia a privilegiar por
sobre la hasta ahora emblemática
Cecilia… otra novela
menos conocida y valorada
por el canon tradicional. Se
trata de Mi tío el empleado,
de Ramón Meza, publicada
por primera vez en
Barcelona en 1887. Obra
de corte satírico, donde el
humor y la crudeza se conjugan
con excelencia y
magisterio a través del
asunto de un empleado
colonial que, sin aptitudes
e instrucción, asciende a
las más altas posiciones
administrativas del
gobierno colonial, Mi tío el empleado
reboza
humor
fino y aguda
ironía, y su
estilo, de una
sencillez cautivadora,
supera con
mucho la descuidada y, en ocasiones, mala
prosa de Villaverde. Ya en el mismo XIX,
nuestro acucioso José Martí había dedicado
a esta novela los elogios que no prodigó a
Cecilia..., resaltando su estilo, la facultad de
observación de su autor y su técnica
narrativa. La inteligencia
martiana resumió de este
modo las virtudes de Mi
tío…: "Achica de propósito
sus personajes con lo
mínimo de sus detalles,
como el que se entretiene
en sacar flores,
pompones y tufos a
un perro de lanas.No
dice ¡ese es! porque
pudieran no
creerle, sino hace
que el personaje
diga "yo soy".
Por último, la
polémica Francisco, de Anselmo Suárez
Romero divide en nuestros días a los
puristas que la consideran estructuralmente
endeble y mal desarrollada con los
que ven en ella una antecesora del tema
homosexual y los que le reprochan la
extrema sumisión del protagonista, asociándolo
con una actitud discriminatoria
en lo que se refiere a la raza. Lo que hizo
canónica durante mucho tiempo a la
novela de Romero es que fue considerada
como la primera abolicionista en la historia
de la literatura cubana, aunque ya
muchos atribuyen ese mérito a Sab.
Si echamos un vistazo al canon decimonónico,
sería posible afirmar que la tendencia
que muchos atribuyen a la crítica
posterior a 1959 de priorizar los aspectos
socio-políticos de la narrativa sobre sus
méritos propiamente literarios, nació
desde la misma aparición de la prosa de
ficción en nuestro país. Atribuyo este
hecho a la importancia que ha tenido la
lucha por la soberanía aun antes de la propia
formación de una conciencia nacional
en Cuba. La posición de subordinación
que siempre tuvo la Isla a otras potencias,
necesariamente influyó sobre la libertad
colectiva pero también individual de sus
habitantes y condicionó que muchos conflictos
de la vida privada estuvieran estrechamente
relacionados con la política
imperante. Añádese a esto una fuerte presencia
de la censura desde la etapa colonial,
sobre todo en el periodismo, que
asignaron a la obra literaria una función
testimonial.
Todo ello corroboraría la tesis de
Ambrosio Fornet sobre la influencia de la
vida social sobre las estructuras emocionales,
evidentes en estas primeras ficciones
donde la mayoría de los personajes
están conectados con alguna problemática
de la Historia con mayúsculas.
Con excepción de la Avellaneda -y no del
todo-, los autores decimonónicos fueron
de alguna manera ellos mismos partícipes
de las luchas independentistas cubanas
contra el dominio español. También involucrado
en estas contiendas estuvo
Esteban Borrero Echevarría, a quien se
considera el primer cuentista de nuestra
historia. Algunos críticos como Antonio
Benítez Rojo atribuyen, sin embargo, la
introducción del relato corto en Cuba a
José Martí en La Edad de Oro. Pero
Francisco López Sacha opina que es
Lectura de Pascua, de Borrero, aparecido en
1899, el texto que perfila este género con
las características universales que le
imprimieron Edgar Allan Poe, Guy de
Maupassant y Antón Chejov.
En sus cuentos, Borrero se inclina, lo
mismo que Ramón Meza en la novela, por
lo satírico. En su caso, critica los males posteriores
a las guerras de independencia así
como acontecimientos e intimidades de
esta propia lucha.
Como se ve, el siglo XIX cubano es el responsable
de ese canon que niega un poco
la autonomía del texto, a diferencia de lo
ocurrido en otras regiones del mundo,
como Francia, donde se hace más evidente
la tendencia a considerar la literatura en
un sentido más "independiente".
El cuento, género más joven de la narrativa
cubana, nace dentro de la corriente
modernista, pero su aparición sigue vinculada
a la Historia nacional aunque ya en
los albores del siglo XX se convierta en
heredero del español peninsular, el dramatismo
romántico y el naturalismo. Según
nos plantea López Sacha, el camino iniciado
por Esteban Borrero se bifurca en dos
en los primeros años de la República. De
una parte, el cuento rural del que señala
como precursor a Jesús Castellanos y, por
la otra, el citadino y cosmopolita representado
por Alfonso Hernández Catá.
Interesante es también el movimiento llamado
criollista, uno de cuyos exponentes
canónicos ha sido hasta ahora Luis Felipe
Rodríguez. Pero, también según López
Sacha, estos cuentos no son propiamente
cubanos. Les falta —opina él— lenguaje
propio, una técnica precisa, una conciencia
de obra de arte.
No es hasta la llegada del movimiento
vanguardista, proveniente de Europa, que
hay una mirada hacia la identidad y sus
componentes esenciales: el lenguaje vernáculo,
la cultura afrocubana.
La actual revisión del canon ha privilegiado,
casi unánimemente, como el gran autor
de este género, el que le hace entrar en la
modernidad, a Carlos Montenegro, cuya
obra El renuevo comienza a ser revalorizada
aun por encima de la de Lydia Cabrera, la
gran recreadora de toda la tradición oral de
la afrocubanía.
La relativamente escasa bibliografía crítica
sobre el siglo XIX cubano y los primeros
años de la República, desde la visión
de nuestros contemporáneos, permite
suponer que se avecinan más reevaluaciones
con respecto a una tradición que
comienza a ser enfocada como lo hubiera
querido Jorge Luis Borges: de la futuridad
hacia el pasado. El legado de los pioneros
requiere ser revisado a partir de las
huellas que se aprecian de ellos
en la más reciente narrativa y no
como piezas museológicas que
tuvieron su momento de esplendor
en su tiempo pero, a la larga,
no constituyen ya paradigmas
para las generaciones actuales.
Es por eso que opino que nuestro
canon necesita ser revolucionado
desde el principio,
tarea que
ya está siendo
emprendida por
muchos investigadores
más o
menos conocidos,
entre los que pudieran
citarse a
Antón Arrufat, Reynaldo
González, Cira Romero,
Zayda Capote o Luisa
Campuzano.
(Continuará)
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