Vivir el cuento

II

El desafortunado se levanta, y sale por el trillo. Ella aprovecha el agujero que deja en el círculo para acercarse a ver mejor.
—Oye, pero sale de detrás de mí, que me salpicas aché del malo -protesta uno.
—Yo quiero jugar -dice, tratando de poner voz de autoridad. Qué recontra, ella les lleva a todos mucho más de una cabeza,y casi el doble de años.
—¿Cuánto quieres poner? -acepta el jefe con fastidio bien manifiesto.
—Cinco pesos… Espérate,¿cómo es la cosa?
—Ahora le jugamos a cuatro Jevitas.Si dices que va a salir,pones lo que vayas a poner a que sale.Si dices que no,pones a que no.Yo tiro.Si sale,ganan los que dijeron que sí.Si no sale,ganan los que dijeron que no…
—¿Y cómo se reparte?
—Oye,juégale sola,que ella no sabe nada,y va a embarcar aquí al que sí sabe -pide uno.
—Vamos a hacer eso… ¿Oíste? Voy a jugarte sola.Si ganas,sales con veinte pesos.¿A qué le vas?
—¿Por qué con veinte?
—Porque cuatro juntos de cualquier cosa es un tiro de ampanga para que salga… Mira,tú no sabes de nada de la matemática de esto,¿okey? Dale.
—¿Y si pierdo dónde queda el dinero?
—Se queda en la banca.Dale,vieja.
—Voy a que sale.
Busca en su mochila,bajo los libros,en la carterita, dentro del monedero, y saca cinco pesos. Los coloca en la tabla.
—¡Viene,a cuatro Jevitas!
Salen dos Gallegos, un Tomate, y dos Niches, es decir,dos sietes de puntos negros.
—Cinco pesos en la banca para la otra vuelta - sentencia el líder-.¿Ya terminaste?
—Voy a poner cinco pesos más -qué caray, a lo mejor viene una, ¿cómo le dicen en las películas?, ah,¡una racha!
—Coño, tú, que queremos jugar —se oponen algunos.
—Esos cinco y ya —decide el pequeño gran sacerdote del cubilete—.Vamos a tres Reyes…
—¡Ésas son las K! —recuerda ella.
—Sí,esas son las K —acepta él,cansadamente-.
¿A que sí o a que no?
—¡A que sí! ¡Dale,mente positiva!
Él fríe un huevo,espera a que ella ponga el billete, y tira los dados sin avisar:
—Pues no. Dos Reyes nada más… ¿Okey?
Bueno —alza la voz—. ¡Diez pesos sueltos en la banca! ¡Vamos a dos Niches y dos Gallegos!
—¡Esa sí está encendida! -comentan los demás, pero ponen el dinero.

Ya la ignoran.Comoquiera, ya le aburría el asunto, y lástima de diez pesos. Si tuviera solo cinco más…,o tan solo uno…

El perdedor de antes reaparece, acompañado por otro niño más chiquito, que se le pareciera como dos gotas de agua, de no ser por la reconocidísima expresión mongoloide.

—¡Asere,para qué tú traes aquí a tu hermano el anormal! -lo regañan.
—¡Para apostar! -replica él.
—¿El qué? ¿El cómo es esa talla? —se intriga el jefe.
—Dale,juega ahí.Si gano,voy al dinero.Si pierdo, lo que te de la gana,con el hermano mío.Le bajas una trompá,le machacas un dedo,lo pones pa que te la chupe, lo que tú quieras, ¡lo que quiera aquí cualquiera! ¿Sirvió?
—¡Ño,eso está bueno! —se animan los otros.
—¡Bueno,vamos,a qué le jugamos! —insiste el perdedor.
—¡A tres Tomates, que te los pongo en treinta pesos…! ¡Viene!
—¡ÑOOÓ…! —aplaude la tribu—. ¡Se jodió el mongo!
—¡Bueno,dale,hazle algo! —apura el candidato a perdedor profesional—.¡Y vamos otra vez!
—Espérate, que esta la tengo que pensar —el jefe se enfurruña.

Su tribu lo rodea,sugieren,gesticulan.La víctima, con expresión ausente y misteriosamente divertida, los mira a todos y a nadie.El de la racha en baja se para al lado de ella,y abre su portañuela.El chorrito traza abstracciones, sin llegar a enchumbar la reseca tierra.

Ella lo interpela,con acusador azoro:
—Chico, ¿a ti no te parece muy fula hacerle eso a tu hermano?
—Total,si yo mismo me paso el día cacharreándolo… —él hace un ademán como para orinarle las piernas—.¿Qué,te cuadra mi mandarria?

Salpica sus zapatos.Raquel se aparta.Ya es bastante tarde, quizás haya perdido hasta el segundo turno.Debería irse.Sí,tiene que irse ya.Pero…

—¡Ya está! ¡Echa pacá al mongo ése!
—¿Qué es lo que vas a hacer?
—Dile que se ponga en cuatro ahí en el piso.
—¡Mongo! ¡Ven para acá!

Obligan al niño a ponerse a gatas. Entonces el jefe lo mira por un ángulo, luego por otro, para al fin tirarse sobre él al bulto,con los codos por delante para impactar. Un alarido de dolor. Después, aplastado contra el polvo, el agredido gimotea, mientras el agresor,ya sentado sobre él,le retuerce un brazo.

—¡Oye,y eso qué cosa es! -critican los demás.
—¡Yo qué sé, como en la lucha libre esa de los videos que alquila el puro mío! -explica el líder, sacudiéndose el short-.Dale,entonces,¿otra vez?
—Asere,yo creí que ibas a hacer algo más mortal
—se queja el hermano de la víctima—.Si serás bobo tú,más bobo que él.
—Ya, después se me ocurre otra cosa… ¡Viene ahora…!
—Dejen eso con el pobre chama —pide ella.
—Vieja,no te metas —le advierten.
—¡Que dejen eso ya!
—¡Chica,y tú quién pinga te crees que eres para venir aquí a estar mandando a nadie a hacer nada!
—Voy a decir lo que están haciendo.
—¡No me jodas! -el jefe se alza—.Ven acá… ¿Y por qué no te juegas los fulitas esos que tienes ahí?
—Ah, ¿porque ella tiene fulitas? —se interesan los otros.
—Sí,que cuando sacó el dinero para apostar,yo se los vi ahí adentro… Dale,¿no te quieres jugar los fulas?
—Yo no tengo por qué estarme jugando nada.
—Ah,pero es que eso no es así…

Como hienas,se han escurrido por sus costados, y ahora la tienen dentro de un círculo.Uno coge un pedazo de ladrillo.Otro elige un fleje de aluminio. Una botella.La pata de una silla de caoba…

—Mira, tú sabes qué… Dame acá los fulas -resuelve el jefe de la tribu.
—¿El que te de qué cosa? Na,tú estás loco.
—Más loca estás tú… Oye -llama al de la mala racha—, saca ahí la latica que teníamos para por la noche…

Aquel rebusca rápido bajo unas cajas podridas,y le da al líder una lata de leche evaporada. Éste la agita en el aire.

—¿Tú sabes qué cosa es esto? Esto es gasolina. Y esto,aquí,es una fosforera.¿Tú quieres ver lo que te puede pasar?
—Mira que yo los conozco a casi todos ustedes, yo sé dónde viven.
—No jodas. Y nosotros también sabemos dónde tú vives, en el edificio naranja, en el cuarto piso.Y al pendejo de tu papá, y a la trágica de tu madre,y a tu hermana,la de las trenzas comiquitas ésas,también los conocemos.Y los puros míos aquí todo el mundo los conoce también, y todo el mundo sabe que al puro mío le importa un tren lechero buscarse una bronca y sacar el machete,y la pura mía, igual, te revienta a la tuya con una mano… Y aquí, los puros de cualquiera aquí le meten candela a tu casa y le meten cabilla a tu hermana y te cogen y te meten cabilla también y a los puros tuyos también les meten cabilla, y no va a pasar nada,qué pinga es…
—Ustedes no están locos.
—¡Eh! ¡Pero mira pa esta…! ¡Nosotros sí estamos locos,mamita,más locos que cualquiera,qué te pasa! El del pedazo de ladrillo se lo tira a los pies. Por muy poco no le acierta, pero el rebote le da en la pantorrilla. El de la pata de silla de caoba, la abanica con el brazo muy estirado,le roza la cadera.
—¡Oye,ya,déjenme tranquila!
—¡Óyela, que la dejemos tranquila! ¡Dale, vieja, suelta los fulas esos y dale por ahí!
—¡Yo no te voy a dar na!
—¡Cojooone! ¡Loco, échale la latica, échasela, anda...!

Ademán de coger impulso para rociar,deliberadamente lento,casi suplicante.El líder enciende y apaga la fosforera.Algo la golpea duro en la espalda,y luego rueda por el suelo;la botella.El atacante recoge otra. Un fleje de aluminio se balancea en el aire:

—Te lo voy a clavar en la carota,mamota…
El de la latica achina los ojos.Gasolina inminente. Chispas.
—¡Espérate…! ¡Está bien!

Quién tuviera cuatro, ocho manos, para abrir la mochila más rápido. Para encontrar el monedero, para repartir los billetes, a todos a la vez; y cuatro, ocho,veinte piernas para salir corriendo.Vacilante, extiende el dinero,y el jefe pigmeo se lo arrebata:

—¡Dale,piérdete,que saliste bien!

Y ya ni la miran, se reúnen en torno a su líder, mientras Raquel sale a la carrera,cruzando la alta y seca hierba, los altos montes de desperdicios, las charcas fétidas,con un dolor de llanto en la pantorrilla, otro en la espalda, y uno más agudo,mucho más aun,entre pulmón y pulmón,para abandonar al fin la pradera donde acechan leones,crueles pigmeos, hienas ávidas. Sin brújula ni cayado, sin la gloria de un mítico explorador de los vírgenes paisajes de este mundo, cada vez menos vírgenes, menos venturosos