
Gabriel García Márquez (Aracataca 1928)
Fantasía y creación artística en América Latina y el Caribe (1)?
Según el diccionario de la Real Academia
de la Lengua, la fantasía es "una facultad
que tiene el ánimo de reproducir por
medio de imágenes".Es difícil concebir una
definición más pobre y confusa que esa primera
acepción. En su segunda acepción
dice que es una "ficción,cuento o novela,o
pensamiento elevado o ingenioso", lo cual
no hace sino infundir mayor desconcierto
en el ya creado por la definición inicial.
De la palabra imaginación, el mismo diccionario
dice que es "aprensión falsa de una
cosa que no hay en la realidad o no tiene
fundamento". Por su parte, don Joan
Corominas, ese gran detective de las palabras
castellanas —cuya lengua materna no
era por cierto el castellano sino el catalánestableció
que fantasía e imaginación tienen
el mismo origen, y que en última instancia
puede decirse sin mucho esfuerzo
que son la misma cosa.
Uno de mis mayores defectos intelectuales
es que nunca he logrado entender lo
que quieren decir los diccionarios,y menos
que cualquier otro, el terrible esperpento
represivo de la Academia de la Lengua.Por
una vez que he tenido la curiosidad de volver
a él,para establecer las diferencias entre
fantasía e imaginación, me encuentro con
la desgracia de que sus definiciones no sólo
son muy poco comprensibles, sino que
además están al revés. Quiero decir que,
según yo entiendo, la fantasía es la que no
tiene nada que ver con la realidad del
mundo en que vivimos:es una pura invención
fantástica, un infundio, y por cierto,de
un gusto poco recomendable en las bellas
artes, como muy bien lo entendió el que
puso el nombre al chaleco de fantasía. Por
muy fantástica que sea la concepción de
que un hombre amanezca convertido en
un gigantesco insecto, a nadie se le ocurriría
decir que la fantasía sea la virtud creativa
de Franz Kafka, y en cambio no cabe duda
de que fue el recurso primordial de Walt
Disney.Por el contrario, y al revés de lo que
dice el diccionario, pienso que la imaginación
es una facultad especial que tienen los
artistas para crear una realidad nueva a partir
de la realidad en que vive. Que, por lo
demás,es la única creación artística que me
parece válida.Hablemos, pues, de la imaginación
en la creación artística en América
Latina,y dejemos la fantasía para uso exclusivo
de los malos gobiernos.
Es difícil el problema de que nos crean
En América Latina y el Caribe, los artistas
han tenido que inventar muy poco,y tal vez
su problema ha sido el contrario:hacer creíble
su realidad.Siempre fue así desde nuestros
orígenes históricos, hasta el punto de
que no hay en nuestra literatura escritores
menos creíbles y al mismo tiempo más
apegados a la realidad que nuestros cronistas
de Indias. También ellos -para decirlo
con un lugar común irremplazable- se
encontraron con que la realidad iba más
lejos que la imaginación. El diario de
Cristóbal Colón es la pieza más antigua de
esa literatura. Empezando porque no se
sabe a ciencia cierta si el texto existió en la
realidad,puesto que la versión que conocemos
fue transcrita por el padre Las Casas de
unos originales que dijo haber conocido.En
todo caso, esa versión es apenas un reflejo
infiel de los asombrosos recursos de imaginación
a que tuvo que apelar Cristóbal
Colón para que los Reyes Católicos le creyeran
la grandeza de sus descubrimientos.
Colón dice que las gentes que salieron a
recibirlo el 12 de octubre de 1492 "estaban
como sus madres los parieron". Otros cronistas
coinciden con él en que los caribes,
como era natural en un trópico todavía a
salvo de la moral cristiana,andaban desnudos.
Sin embargo,los ejemplares escogidos
que llevó Colón al palacio real de Barcelona
estaban ataviados con hojas de palmeras
pintadas y plumas y collares de dientes y
garras de animales raros. La explicación
parece simple: el primer viaje de Colón, al
revés de sus sueños,fue un desastre económico.
Apenas si encontró el oro prometido,
perdió la mayor parte de sus naves, y no
pudo llevar de regreso ninguna prueba
tangible del valor enorme de sus descubrimientos,
ni nada que justificara los gastos
de su aventura y la conveniencia de continuarla.
Vestir a sus cautivos como lo hizo fue
un truco convincente de publicidad.El simple
testimonio oral no hubiera bastado,un
siglo después de que Marco Polo había
regresado de China con realidades tan
novedosas e inequívocas como los espaguetis
y los gusanos de seda, y como lo
habían sido la pólvora y la brújula. Toda
nuestra historia, desde el descubrimiento,
se ha distinguido por la dificultad de hacerla
creer.Uno de mis libros favoritos de siempre
ha sido el Primer viaje en torno del
globo, del italiano Antonio Pigafetta, que
acompañó a Magallanes en su expedición
alrededor del mundo.Pigafetta dice que vio
en el Brasil unos pájaros que no tenían
colas,otros que no hacían nidos porque no
tenían patas,pero cuyas hembras ponían y
empollaban sus huevos en la espalda del
macho y en medio del mar,y otros que sólo
se alimentaban de los excrementos de sus
semejantes. Dice que vio cerdos con el
ombligo en la espalda y unos pájaros grandes
cuyos picos parecían una cuchara,pero
carecían de lengua.También habló de un animal
que tenía cabeza y orejas de muía,cuerpo
de camello, patas de ciervo y cola y
relincho de caballo.Fue Pigafetta quien contó
la historia de cómo encontraron al primer
gigante de la Patagonia, y de cómo este se
desmayó cuando vio su propia cara reflejada
en un espejo que le pusieron enfrente.
Las aventuras increíbles de los que creyeron
La leyenda del Dorado es sin duda la más
bella, la más extraña y decisiva de nuestra
historia. Buscando ese territorio fantástico,
Gonzalo Jiménez de Quesada conquistó
casi la mitad del territorio de lo que hoy es
Colombia, y Francisco de Orellana descubrió
el río Amazonas.Pero lo más fantástico
es lo que descubrió al derecho —es decir,
navegando de las cabeceras hasta la desembocadura-,
que es el sentido contrario
en que se descubren los ríos. El Dorado,
como el tesoro de Cuauhtémoc,siguió siendo
un enigma para siempre. Como lo
siguieron siendo las once mil llamas cargadas
cada una con cien libras de oro,que fueron
despachadas desde el Cuzco para
pagar el rescate de Atahualpa,y que nunca
llegaron a su destino. La realidad fue otra
vez más lejos hace menos de un siglo,cuando
una misión alemana encargada de elaborar
el proyecto de construcción de un
ferrocarril trans-oceánico en el istmo de
Panamá, concluyó que el proyecto era viable,
pero con una condición: que los rieles
no se hicieran de hierro, que era un metal
muy difícil de conseguir en la región, sino
que se hicieran de oro.Tanta credulidad de
los conquistadores sólo era comprensible
después de la fiebre metafísica de la Edad
Media, y del delirio literario de las novelas
de caballería.Sólo así se explica la desmesurada
aventura de Alvar Núñez Cabeza de
Vaca, que necesitó ocho años para llegar
desde España a México a través de todo lo
que hoy es el sur de los Estados Unidos,en
una expedición cuyos miembros se comieron
unos a otros, hasta que sólo quedaron
cinco de los 600 originales. El incentivo de
Cabeza de Vaca, al parecer, no era la búsqueda
del Dorado, sino algo más noble y
poético:la fuente de la eterna juventud.
Acostumbrado a unas novelas donde
había ungüentos para pegarles las cabezas
cortadas a los caballeros, Gonzalo Pizarro
no podía dudar cuando le contaron en
Quito, en el siglo XVI,que muy cerca de allí
había un reino con tres mil artesanos dedicados
a fabricar muebles de oro, y en cuyo
palacio real había una escalera de oro macizo,
y estaba custodiado por leones con
cadenas de oro. ¡Leones en los Andes! A
Balboa le contaron un cuento semejante
en Santa María del Darién, y descubrió el
Océano Pacífico.Gonzalo Pizarro no descubrió
nada especial, pero el tamaño de su
credulidad puede medirse por la expedición
que armó para buscar el reino inverosímil:
300 españoles, 4000 indios, 150
caballos y más de mil perros amaestrados
en la caza de seres humanos.
Una realidad que no cabe en el idioma
Un problema muy serio que nuestra realidad
desmesurada plantea a la literatura,es
el de la insuficiencia de las palabras.Cuando
nosotros hablamos de un río, lo más lejos
que puede llegar un lector europeo es a
imaginarse algo tan grande como el
Danubio, que tiene 2790 km. Es difícil que
se imagine, si no se le describe, la realidad
del Amazonas,que tiene 5500 km de longitud.
Frente a Belén del Pará no se alcanza a
ver la otra orilla,y es más ancho que el mar
Báltico. Cuando nosotros escribimos la
palabra tempestad, los europeos piensan
en relámpagos y truenos, pero no es fácil
que estén concibiendo el mismo fenómeno
que nosotros queremos representar. Lo
mismo ocurre, por ejemplo, con la palabra
lluvia.En la cordillera de los Andes,según la
descripción que hizo para los franceses otro
francés llamado Javier Marimier, hay tempestades
que pueden durar hasta cinco meses. "Quienes no hayan visto esas tormentas -
dice- no podrán formarse una idea de la violencia
con que se desarrollan.Durante horas enteras los
relámpagos se suceden rápidamente a manera
de cascadas de sangre y la atmósfera tiembla
bajo la sacudida continua de los truenos, cuyos
estampidos repercuten en la inmensidad de la
montaña." La descripción está muy lejos de ser
una obra maestra, pero bastaría para estremecer
de horror al europeo menos crédulo.
De modo que sería necesario crear todo un sistema
de palabras nuevas para el tamaño de
nuestra realidad. Los ejemplos de esa necesidad
son interminables. F.W.Up de Graff,un explorador
holandés que recorrió el alto Amazonas a principios
de siglo, dice que encontró un arroyo de
agua hirviendo donde se hacían huevos duros en
cinco minutos, y que había pasado por una
región donde no se podía hablar en voz alta porque
se desataban aguaceros torrenciales. En
algún lugar de la costa caribe de Colombia yo vi a
un hombre rezar una oración secreta frente a una
vaca que tenía gusanos en la oreja, y vi caer los
gusanos muertos mientras transcurría la oración.
Aquel hombre aseguraba que podía hacer la
misma cura a distancia,siempre que le hicieran la
descripción del animal y le indicaran el lugar en
que se encontraba. El 8 de mayo de 1902, el volcán
Mont Pelé, en la isla Martinica, destruyó en
pocos minutos el puerto de Saint Pierre y mató y
sepultó en lava a la totalidad de sus 30 000 habitantes.
Salvo uno: Ludger Sylvaris, el único preso
de la población, que fue protegido por la estructura
invulnerable de la celda individual que le
habían construido para que no pudiera escapar.
Sólo en México habría que escribir muchos
volúmenes para expresar su realidad increíble.
Después de casi 20 años de estar aquí, yo podría
pasar todavía horas enteras, como lo he hecho
tantas veces,contemplando una vasija de frijoles
saltarines.Racionalistas benévolos me han explicado
que su movilidad se debe a una larva viva
que tienen dentro,pero la explicación me parece
pobre:lo maravilloso no es que los frijoles se muevan
porque tengan larva dentro,sino que tengan
una larva dentro para que puedan moverse.Otra
de las extrañas experiencias de mi vida fue mi primer
encuentro con el ajolote (axólotl). Julio
Cortázar cuenta,en uno de sus relatos,que conoció
el ajolote en el Jardín des Plantes de París,un
día en que quiso ver los leones.Al pasar frente a
los acuarios -cuenta Cortázar- "soslayé los peces
vulgares hasta dar pronto con el axólotl". Y concluye:
"Me quedé mirándolo por una hora, y salí,
incapaz de otra cosa." A mí me sucedió lo mismo,
en Pátzcuaro, sólo que no lo contemplé por una
hora sino por una tarde entera, y volví varias
veces. Pero había allí algo que me impresionó
más que el animal mismo,y era el letrero clavado
en la puerta de la casa: "Se vende jarabe de
Ajolote."
El caribe:centro de gravedad de lo increíble
Esa realidad increíble alcanza su densidad
máxima en el Caribe, que, en rigor, se extiende
(por el norte) hasta el sur de los Estados Unidos,y
por el sur hasta el Brasil. No se piense que es un
delirio expansionista. No: es que el Caribe no es
sólo un área geográfica, como por supuesto lo
creen los geógrafos, sino un área cultural muy
homogénea.
En el Caribe, a los elementos originales de las
creencias primarias y concepciones mágicas
anteriores al descubrimiento se sumó la profusa
variedad de culturas que confluyeron en los años
siguientes en un sincretismo mágico cuyo interés
artístico y cuya propia fecundidad artística son
inagotables. La contribución africana fue forzosa
e indignante,pero afortunada.En esa encrucijada
del mundo,se forjó un sentido de libertad sin término,
una realidad sin Dios ni ley, donde cada
quien sintió que le era posible hacer lo que quería
sin límites de ninguna clase: y los bandoleros
amanecían convertidos en reyes,los prófugos en
almirantes, las prostitutas en gobernadoras. Y
también lo contrario.
Yo nací y crecí en el Caribe.Lo conozco país por
país,isla por isla,y tal vez de allí provenga mi frustración
de que nunca se me ha ocurrido nada ni
he podido hacer nada que sea más asombroso
que la realidad.Lo más lejos que he podido llegar
es a trasponerla con recursos poéticos, pero no
hay una sola línea en ninguno de mis libros que
no tenga su origen en un hecho real.Una de esas
trasposiciones es el estigma de la cola de cerdo
que tanto inquietaba a la estirpe de los Buendía
en Cien años de soledad.Yo hubiera podido recurrir
a otra imagen cualquiera, pero pensé que el
temor al nacimiento de un hijo con cola de cerdo
era la que menos probabilidades tenía,de coincidir
con la realidad.Sin embargo,tan pronto como
la novela empezó a ser conocida, surgieron en
distintos lugares de las Américas las confesiones
de hombres y mujeres que tenían algo semejante
a una cola de cerdo.En Barranquilla,un joven se
mostró en los periódicos: había nacido y crecido
con aquella cola, pero nunca lo había revelado,
hasta que leyó Cien años de soledad. Su explicación
era más asombrosa que su cola: "Nunca
quise decir que la tenía porque me daba vergüenza",
dijo. "Pero ahora, leyendo la novela y
oyendo a la gente que la ha leído, me he dado
cuenta de que es una cosa natural." Poco después,
un lector me mandó el recorte de la foto de
una niña de Seúl, capital de Corea del Sur, que
nació con una cola de cerdo. Al contrario de lo
que yo pensaba cuando escribí la novela,a la niña
de Seúl le cortaron la cola y sobrevivió.
Acompaño esa foto a esta ponencia, como
homenaje a los racionalistas incrédulos que sin
duda forman parte de la concurrencia.
Sin embargo, mi experiencia de escritor más
difícil fue la preparación de El otoño del patriarca.
Durante casi 10 años leí todo lo que me fue posible
sobre los dictadores de América Latina, y en
especial del Caribe, con el propósito de que el
libro que pensaba escribir se pareciera lo menos
posible a la realidad. Cada paso era una desilusión.
La intuición de Juan Vicente Gómez era
mucho más penetrante que una verdadera facultad
adivinatoria.El doctor Duvalier,en Haití,había
hecho exterminar los perros negros en el país,
porque uno de sus enemigos, tratando de escapar
a la persecución del tirano,se había escabullido
de su condición humana y se había
convertido en perro negro.El doctor Francia,cuyo
prestigio de filósofo era tan extenso que mereció
un estudio de Carlyle, cerró a la república del
Paraguay como si fuera una casa, y sólo dejó
abierta una ventana para que entrara el correo.
Nuestro Antonio López de Santana enterró su
propia pierna en funerales espléndidos.La mano
cortada de Lope Aguirre navegó río abajo durante
varios días,y quienes la veían pasar se estremecían
de horror, pensando que aun en aquel
estado aquella mano asesina podía blandir un
puñal.Anastasio Somoza García,padre del actual,
tenía en el patio de su casa un jardín zoológico
con jaulas de dos compartimientos: en uno estaban
encerradas las fieras, y en el otro, separado
apenas por una reja de hierro,estaban sus enemigos
políticos.Maximiliano Hernández Martínez,el
dictador teósofo de El Salvador, hizo forrar con
papel rojo todo el alumbrado público del país
para combatir una epidemia de sarampión, y
había inventado un péndulo que ponía sobre los
alimentos antes de comer, para averiguar si no
estaban envenenados. La estatua de Morazán
que aún existe en Tegucigalpa es en realidad del
mariscal Ney: la comisión oficial que viajó a
Londres a buscarla, resolvió que era más barato
comprar esa estatua olvidada en un depósito,
que mandar a hacer una auténtica de Morazán.
En síntesis, los escritores de América Latina y el
Caribe tenemos que reconocer,con la mano en el
corazón, que la realidad es mejor escritor que
nosotros.Nuestro destino,y tal vez nuestra gloria,
es tratar de imitarla con humildad,y lo mejor que
nos sea posible.
(1) Tomado de Cultura y Creación Intelectual en América
Latina,Editorial de Ciencias Sociales,1978. |