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¿Qué importancia concede al libro La poesía cubana en
1936, cuya selección estuvo a cargo de Juan Ramón
Jiménez?
1936 fue una fecha excepcional para nuestra poesía.Basta ver
la selección que hizo Juan Ramón Jiménez. Fue amigo de
Eugenio Florit y de algunos poetas jóvenes casi desconocidos.
Juan Ramón sospechó que tras las capas muertas de la cultura
convencional y de propaganda se agitaban las posibilidades de
una poesía que mostraba la dedicación total de una vida.
Convocó por los periódicos a una reunión en el Lyceum y esa
reunión fue sin duda la gloria de su visita. De ahí salió mi
Coloquio con Juan Ramón Jiménez y mi afán de mostrar el mundo
hipertélico de la poesía, cómo la poesía es un en sí que al mismo
tiempo va mucho más allá de su finalidad.Era ejemplar ver cómo
aquel hombre se acercaba a la poesía de los demás, fueran principiantes,
desconocidos o simples seres errantes con un destino
subdividido.Esperaba siempre como una gran sorpresa; mi frase
para definirlo o encontrarlo sería asombro sosegado en éxtasis, la
infinitud de su gozo en el encuentro con el niño de la poesía. En
esa dimensión su paternidad se hacía misteriosa, pues sabía lo
que significaba para su poesía uno de esos encuentros prodigiosos.
Pero la vida intelectual española, como la nuestra, es reticente
y tendenciosa a la alevosidad, y era frecuente que quien se le
acercara como un hijo después se alejara como un mercader, así
todos sus enemigos fueron sus amigos.
Conversador y amistoso, tenía que refugiarse en las furias de
unas soledades que lo maltrataban y que a veces llegaban a confundirlo
en su defensa y animosidad. Podía ser un solitario, pero
a veces la soledad lo hacía aullar y entonces buscaba al amigo.Yo
cuidaba mucho del honor que me hacía al visitarlo. Enfermó
entonces de unas calenturas pasajeras y ya convaleciente lo vi
aparecer en mi casa.Conversó con mi madre y mi hermana Eloísa
con una sencillez poética incomparable. Entonces comprendí
que era un ser hecho para ser querido, para la paternidad poética,
la amistad misteriosa. Como otros pocos de su estatura tuvo
siempre que vivir en España acorralado, estilo que yo creo en su
profundidad que le era necesario, pero entre nosotros se sentía
transparente y como tocado por lo que los teólogos llaman la
gracia fraterna. En España apenas recibía, entre nosotros conversaba
un crepúsculo o caminaba una mañana subrayando el gris
que acompaña a nuestro azul o nuestro verde. Le seducía nuestra
retadora diversidad, una suma de lo discontinuo que logra
una inesperada resultante tonal. Decía que no había podido
escribir sobre Martí antes de su visita a Cuba, en aquellos días lo
hizo con verdadero esplendor, sentía como nadie el delicado,
Garcilaso, Sidney o Martí,muerto por la espada.
He dicho conversador y amistoso y sería tal vez conveniente en el
caso de Juan Ramón Jiménez la aclaración de los términos. Su conversación,
que en él no era un arte,sino una sutil fuerza irradiante,no
se hacía de enlaces verbales, sino del secreto de las pausas y de las
graduaciones del silencio.Sin ser oracular como Stephan George, su
conversación no fluía en el tiempo habitual,sino la onda de sus intuiciones
lograba esclarecer por momentos la terra incognita, la región
desconocida. La intensidad de su mirada reforzaba la lentitud de la
onda y el oyente sentía la obligación mágica de su sentencia.Su conversación
no estaba hecha de una continuidad,de un espacio que se
cubría por los recuerdos,la alegoría o la interpretación de las culturas, era por el contrario una forma de iluminación o la súbita verdad de
lo no esperado,pues en realidad la forma en que un destino se cumple
y se verifica una vida de poeta, nos permite aunque sea un instante
penetrar en sus dones en la luz,es la que elabora que oír sea un
encuentro, un momento único en el desarrollo. Hacerme digno de
esa amistad que él me regaló en la adolescencia, ha sido siempre
para mí como una voz que oía en la soledad terrible de la conciencia,
allí donde no se puede llegar con las palabras ni con el silencio.
Después que se fue de Cuba la desazón lo corroía. Un grupo
de mis amigos fueron a verlo a un hospital puertorriqueño. Lo
encontraron en una silla de extensión, frente a una pared de cal.
La desolación de las postrimerías adquiría allí un relieve dantesco.
Mis amigos, respetuosos de las proporciones asumidas por
ese silencio frente a la cal, se fueron sin verlo. Su vida se había
transfigurado, adquiriendo esa calidad casi intocable que es la
poesía supraverbo.
Ya desde sus años de estudiante se revela usted como un
auténtico poeta.¿Por qué estudió Derecho y no una carrera más
cercana a su vocación literaria?
Yo pensé siempre estudiar Derecho y Filosofía y Letras,pero como
usted recordará la Universidad estuvo cerrada tres años por
Machado y dos por Batista.Me hice abogado,pero tuve que comenzar
a trabajar y ya ve usted,muchos años después hacemos una gustosa
pausa en el trabajo para dialogar con usted y disimular mis
vacilaciones ante su interrogatorio.Recuerde,sin embargo,la estrofilla
de san Juan de la Cruz que dice: "Religioso y estudiante, religioso
por delante".Ya yo en aquella época había preferido ser un estudioso
y abandonarme, como todo poeta incipiente,a la voluptuosidad
de la más variada lectura.
Esa dedicación a la lectura voluptuosa, al cultivo de su vida
espiritual,no le hacen olvidar sus responsabilidades como estudiante,
el papel que debía jugar el estudiantado universitario en
la lucha contra la tiranía de Machado. ¿Podríamos recordar sus
años en la Universidad?
En 1959 se organizó en la Universidad de La Habana un ciclo de
conferencias y charlas;yo fui invitado a participar y recuerdo que dije:
"Ningún honor yo prefiero al que me gané en la mañana del 30 de
septiembre de 1930".Ésa es la fecha de una gran manifestación estudiantil.
En ella encontró la muerte el estudiante Rafael Trejo y fue
herido de gravedad Pablo de la Torriente Brau.
Esa manifestación, que marcó la arreciada de la actitud oposicionista
del pueblo de Cuba a la tiranía de Machado,constituye para mí
el inicio de la historia de la infinita posibilidad en la era republicana.
Es decir,Trejo es un gran ejemplo,con su muerte se llega a la profundidad
histórica y hace surgir todas las posibilidades políticas e imaginativas.
Cuando la ananké se lleva a uno de sus preferidos comienza
entre nosotros la historia de los prodigios y los ecos.
Todo lo que sucedió en Cuba después de aquel 30 de septiembre
en el orden revolucionario y cultural fue posible porque aquella
mañana hubo un estudiante y hubo muchos estudiantes dispuestos
a morir,a llevar su actitud hasta la máxima apertura de compás que
es la muerte.
¡Cómo no iba a preferir ese honor! El recuerdo de aquel día todavía
me acompaña y fortalece.
En Paradiso usted relata esa manifestación.
En realidad, en mi novela se mezclan dos manifestaciones estudiantiles,
la del 30 de septiembre y otra del año 1925.
En 1925 yo era un muchacho, tenía quince años, me interesaba
por los movimientos estudiantiles en América Latina,leía en las revistas
lo que se publicaba sobre las reformas universitarias en México y
Argentina y sentía simpatía y admiración por Julio Antonio Mella
que había fundado ya la Federación Estudiantil Universitaria y el primer
Partido Comunista cubano.
Un día Mella organizó una manifestación. Salió de la
Universidad, bajó por la calle San Lázaro y luego se dirigió al
Palacio Presidencial. Su objetivo era derribar una estatua que el
presidente Zayas, entonces en el poder, se había hecho erigir
frente a la mansión del ejecutivo.
Yo estaba cerca del lugar observando los acontecimientos, refugiado
detrás de una columna babilónica y desde allí veía a Mella que
enlazó el cuello de la estatua con una soga y,junto a su grupo,tiraba
de ella con fuerza para hacerla caer de su pedestal. En eso llegó la
policía, arremetió,armada de garrotes,contra los manifestantes que
corrieron y Mella se quedó al lado del monumento prácticamente
solo,con la cabeza rota.
Bueno, esa manifestación que yo presencié se mezcla
en Paradiso con la del año 30 en la que sí tomé parte.
Algunos me han preguntado sobre la identidad del líder
que aparece en Paradiso dirigiendo la manifestación. Es
Julio Antonio Mella, aunque para esa fecha ya él había
muerto asesinado por los esbirros de Machado que era un
hombre terrible.
Yo,que no pude ver a Antonio Maceo dirigir un combate,pude
ver a Mella al frente de una manifestación estudiantil, y quise
rendirle ese homenaje.

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