
Asedio a Lezama Lima
Ciro Bianchi Ross
Este año Ediciones Unión ha publicado Diarios de
José Lezama Lima, como homenaje a su
Centenario. La compilación fue realizada por Ciro
Bianchi Ross, quien es el autor además de uno de
sus anexos,"Asedio a Lezama",del cual publicamos
ahora un fragmento. Como advierte Bianchi, este
texto incluye las preguntas que le hizo al gran
escritor desde 1970 hasta 1975, meses antes de su
muerte.
Formulé a José Lezama Lima el grueso de las preguntas que
aquí se incluyen en 1970, en vísperas de su setenta cumpleaños.
Con posterioridad,y hasta 1975,unos meses antes de su muerte,
se añadieron nuevas interrogantes. Unas veces Lezama conoció
el temario de antemano;en otras,preguntas y respuestas surgieron
como parte de conversaciones habituales. Respondió siempre
verbalmente y yo tomé al dictado sus palabras. En todos los
casos revisó la versión mecanografiada.
¿Cuándo comenzó a escribir?
En realidad,empecé muy joven.Después,al ver las dificultades
de publicación, me dediqué a hacer revistas para ir publicando
nuestras cosas. Por ejemplo, mi poema "Muerte de Narciso", fue
escrito a mis veintiuno o veintidós años -alrededor de 1931- y
publicado en Verbum, en 1936. A mí nunca me ha interesado
publicar, sino hacer, como aquel noble inglés que escribía sus
poemas en papel de cigarrillos y después se los fumaba, y exclamaba:
Lo interesante es crearlos.
Uno nunca se dedica a la poesía. La poesía es algo más misterioso
que una dedicación, pues yo le puedo decir a usted que
cuando mi padre murió yo tenía ocho años y ese hecho me hizo
hipersensible a la presencia de una imagen. Ese hecho fue para
mí una conmoción tan grande que desde niño ya pude percibir
que era muy sensible a lo que estaba y no estaba, a lo visible y a
lo invisible. Yo siempre esperaba algo, pero si no sucedía nada
entonces percibía que mi espera era perfecta, y que ese espacio
vacío, esa pausa inexorable tenía yo que llenarla con lo que al
paso del tiempo fue la imagen.Por eso la poesía siempre ha sido
en mí vivencial. Alrededor de una palabra, de una pausa, de un
murmullo, se iba formando la novela imagen: yo iba reconstruyendo
por la imagen los restos de planetas perdidos, de zumbidos
indescifrables.
¿Cómo acogió su familia su cesación poética?
Al morir mi padre, el núcleo esencial de mi familia se redujo
a mi madre y dos hermanas.Mi madre siempre fue en extremo
comprensiva de mi decisión poética. Era una criolla que se
había hecho en la emigración revolucionaria. Ella y mis tíos vieron
en la emigración los relámpagos de Martí y oyeron los
acentos proféticos de la oratoria de Sanguily. Mi abuelo fue
colaborador de Patria, el periódico de Martí. En el libro de
Joaquín Llaverías sobre los periódicos de Martí aparecen mi
abuelo y su hermano Carlos como colaboradores de aquel
periódico.Mi abuelo fue muy amigo de Malpica y Rosell, aquel
gran amigo y devoto de Julián del Casal. En mi casa se hablaba
constantemente de lo cubano,de sus poetas, de la nostalgia,de
aquellas sombrías Nochebuenas en Jacksonville.Tanto mis dos
hermanas como yo fuimos educados por nuestra madre en esa
tradición.
¿Tuvo amigos en los que encontró apoyo?
Tuve relaciones que más que amistad fueron lo que la Biblia
llama la familia del espíritu.Todos mis amigos fueron un estímulo
y lo son aún,pues me convidan a lo más noble y a lo más bello.
Por el año de 1936 conocimos a Juan Ramón Jiménez. A él
debo las cordiales frases que me dedica al final de mi Coloquio.
Yo se lo entregué para que lo leyera y cuando me lo devolvió
vi que le había añadido un párrafo final, aquel que dice: "Con
usted,amigo Lezama,tan despierto,tan ávido,tan lleno,se puede
seguir hablando de poesía siempre, sin agotamiento ni cansancio,
aunque a veces no entendamos su abundante noción y su
expresión borbotante.Otros trabajos poéticos y menos poéticos
esperan.Gracias, en fin, por su presencia y su asistencia conmigo,
a la poesía".
Colaboró Juan Ramón en todas las revistas que hicimos y
hasta el final nos acompañó con su ejemplo, con sus consejos,
con su poesía.
Por aquellos años también estuvo entre nosotros otro gran
espíritu inolvidable,María Zambrano.Ella escribió las admirables
páginas de "La Cuba secreta", donde estudia con gran fineza y
profundidad lo que para ella era Orígenes.
El doctor Gustavo Pittaluga también fue un gran amigo de
todos nosotros. Fue un caballero y un sabio. Supo llevar su destierro
con una gran dignidad. A veces se reunía con nosotros y
nos hablaba de sus viajes, de sus experiencias científicas. Era un
estilo viviente.Sabía citar a un clásico, fumarse un tabaco en una
forma incomparable.
Años más tarde estuvo entre nosotros el gran poeta Luis
Cernuda,y aunque en apariencia era áspero y retraído,con todos
nosotros fue comunicativo y cordialísimo.
Otro gran poeta, Wallace Stevens, que tiene un precioso
poema que se llama "Discurso académico en La Habana", nos
mandaba sus libros, acusaba recibo cuando nosotros le enviábamos
los nuestros y mostró siempre gran interés por las imágenes
que el recuerdo de lo cubano despertaba en él.
¿Qué significó para usted la estancia cubana de Juan
Ramón Jiménez?
Yo me había separado ya de mi adolescencia y la soledad me
acorralaba.Todavía no se había formado lo que fue la generación
de Espuela de Plata, después Orígenes. Eso que al transcurrir del
tiempo se fue transfigurando como un renacimiento concurrente
de poetas, pintores y músicos, pues todos sus poetas conocían
con una inteligencia voluptuosa a Hokusai o a Braque, a
Rameau o a Bartók.Todos sus pintores conocían a Rilke o a Eliot
igual que al albogón y la vihuela.Todos sus músicos conocían el
golpe de dados de Mallarmé o el pincel de los ideogramas chinos.
Todos estábamos convencidos de que Venancio Fortunato,
Santo Tomás de Aquino o el homúnculo fáustico eran la misma
cosa. Una universal curiosidad, una lentitud dichosa, una verdad
más conversable que estruendosa, regía sus actos. La tertulia en
el café se convertía en noble pereza erudita, como en la época
dichosa del doctor Johnson, aprendíamos transcurriendo las
habaneras callejas minoanas. La visita, tal vez diríamos mejor la
visitación, recordando las horas regladas, formaba parte del
secreto de la espera. La amistad le salía al paso al espíritu del mal
y de la precipitación. Pero entonces tuvimos una suerte, una
dicha sin término. Oímos una voz, vimos un gesto, sentimos un
misterio, conocimos de cerca a un gran poeta. Juan Ramón se
hizo amigo de todos nosotros. He dicho se hizo con toda intención,
pues fue entre nosotros donde su trato, su conversación, su
transcurrir de todos los días se transparentó,nos hizo ver a todos
una gran claridad,pues la cercanía de un gran poeta es del orden
numinoso, nos acerca al milagro. Nuestra generación, que no
pudo oír en la emigración el verbo, la encarnación del idioma en
Martí, ni caminar por La Habana Vieja con Julián del Casal, podía
ver en Juan Ramón Jiménez una dignidad irreprochable en una
palabra que rezumaba una gran tradición penetrando en el porvenir.
Bienaventurado el que tuvo maestro, dice el Libro, bienaventurado
el que conoció a un poeta pues vio de cerca la
sabiduría de las palabras, del gesto y del silencio, ¡y qué arte, y
qué fulguración en la conversación de Juan Ramón Jiménez para
usar las pausas, los acentos, los perplejos, las miradas!
A su juicio, ¿qué influencia ejerció Juan Ramón Jiménez
sobre los poetas cubanos de entonces?
En él, la influencia que perdura es la de la poesía,no de su poesía.
Lo que movilizaba su presencia era la poesía, no su poesía.Lo
que hacía de su amistad un momento único era que por encima
y por debajo de su poesía fluían los secretos que van de Góngora
a Bécquer, sus intuiciones de Darío, la gravedad de la sentencia
española resistiendo la tensión inglesa, o el ensalmo con
Mallarmé. Muchos poetas al rescatar su poesía se ensarmientan
en retórica, otros como Juan Ramón Jiménez al abrirse a la poesía
fluyen en la respiración universal del infinito relacionable.
Tal vez su presencia nos evitó el peligro, con que toda generación
se enfrenta, de ir a la novedad vocinglera, pura abstracción
de tuétano enfático,prescindiendo del círculo coral donde entonan
todas las generaciones en la gloria. Así se explica, si es que
tiene explicación, que esa generación de Orígenes que no cultivó
nunca la polémica inmediata,ha sido la generación más polémica
de la historia de nuestra poesía. El hecho de que hayan
coincidido en Orígenes poetas de tan diversas maneras de configurar
la materia de arte, será siempre un misterio de la poesía y
de la amistad. Ha sido para mí un secreto impulso para hacer la
novela, la metáfora como persona y la imagen como situación,
como preparando la sala de baile en la muerte.
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