Onelio, buscador de mundos

Jaime Sarusky

En la próxima XX Feria Internacional del Libro de La Habana será presentado el libro El unicornio y otras invenciones (Ediciones Unión), que reúne trabajos ensayísticos y periodísticos de Jaime Sarusky, Premio Nacional de Literatura, quien será homenajeado durante este importante evento cultural. De este volumen reproducimos ahora su notable texto sobre el gran cuentista cubano Onelio Jorge Cardoso.

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Lo "fantástico" es algo "que no es contrario a lo real" y que "acecha" al común de los mortales,sólo basta que se tenga un poco de sensibilidad.
JULIO CORTÁZAR

Digo que lo admirable en Onelio Jorge Cardoso, además de su reconocida maestría como narrador y cuentista,radica en que ha tenido el nada común privilegio de vivir para ver su concepto de lo imaginario abriéndose paso hasta insertarse en la memoria colectiva.

Con voz singular, su obra no sólo representa la áspera existencia de sus pescadores, sus campesinos y sus obreros agrícolas, sino que reclama el derecho y la necesidad de estos hombres al pleno disfrute de otras vertientes de la realidad,gracias a los fueros de la poesía y de la imaginación.

Tenía que estar loco Onelio, o dotado de una locura especial,como la del hombre extraño que buscaba "un caballo rojo,muy rojo como el coral" en el fondo del mar,para aspirar a tanto en medio de penurias tales que lo único serio, inmediato y urgente era la refriega por la supervivencia, sí, la supervivencia, tanto la de sus criaturas como la del propio creador.

La imaginación para Onelio no es, pues, un mero concepto o una figura retórica;es un medio y un fin; es razón de ser, sustancia misma de su creación, pero no para autocomplacerse con sus frutos sino, como se desprende de algunos de sus más hermosos cuentos, para ser compartida como un inapreciable bien común.¿Qué es si no ese formidable personaje que responde al nombre de Samuel en su cuento "Nadie me encuentre ese muerto"? Samuel es el poeta,encarna a la poesía o la imaginación porque cuando "tocaba su guitarra por el puro gusto de tocarla, uno se encantaba de lo que oía y algo más que eso; si oyéndolo ponía uno el recuerdo sobre algo o alguien,entendía mejor su contorno y su sentido secreto (…) Era que si se ponía la gente en grupo a oírlo,todos reconocíamos,sin decirlo,que había mucha fuerza soterrada en nosotros para ponerla algún día en marcha".

Y Samuel y los acordes de su guitarra y todo lo que ello significaba de entrañable, hermoso y noble,se hizo imprescindible para las gentes,a tal punto, que nadie quería ni podía admitir que había desaparecido "cuando inesperadamente una mañana se marchó del pueblo".

Y lo buscaron,lo buscaron afanosa,angustiosamente, porque al que se le quiere "hay que buscarle otra forma de que no se vaya completo".

Y así comenzaron los rumores que fueron creciendo y creciendo:que si Samuel se había hecho médico y estaba en Inglaterra y era tan grande y famoso que de todo el mundo iban a curarse con él; aunque también se afirmaba que había logrado atrapar "todos aquellos aires dispersos de su guitarra" y ahora dirigía la Orquesta Sinfónica de Roma;otros aseveraban que estaba en Rusia,que era un general de los soviets, que peleaba en Ucrania y que hasta habían visto su fotografía montado en un caballo moro, enarbolando sobre su cabeza un poderoso sable.

Así se había quedado Samuel entre los suyos, convertido en leyenda,fabricada por sus mismos vecinos y amigos para hacer más llevadera su oscura y triste existencia.

Hasta que una tarde, veinte años después, se aparecieron en el poblado un explorador y un vecino llevando un esqueleto humano y algo más:una guitarra. La revelación cruda y desnuda estremece al pueblo. Ninguna noticia más terrible que esa que los despojaba de la posibilidad de imaginar a Samuel como mejor les pareciese, convirtiéndolo así en un mito, en una leyenda viva. "Nos lo han muerto", dice el narrador, es decir, se lo han muerto a ellos para quienes Samuel era alguien tan entrañable y propio que les pertenecía tanto o más que un familiar, porque él era ni más ni menos que el alimentador de sus sueños y sus fantasías. Lo mejor de Samuel estaba en ellos,y lo mejor de ellos en él.

Ese retorno a la realidad, el descubrimiento de la supuesta "verdad" había matado "todo lo que tiene su raíz de bien y de sueño", porque para Onelio la poesía, la imaginación, es la piedra de toque que hace trascender esa aparente verdad más allá de la empobrecida y limitada versión de la realidad.

Lo notable y sorprendente en Onelio es la obsesiva y tenaz presencia de la imaginación como tema desde sus primeros cuentos, escritos hace más de cuarenta años, en aquellos tiempos ingratos en que para sobrevivir debía realizar las más increíbles faenas porque la profesión de escritor entonces era sinónimo de loco, paria o apestado.

Pero lejos de cejar o dejarse abatir, su talento creó a Juan Candela, el cuentero símbolo de la imaginación y de la poesía popular.

"Tenía […] la cabeza llena de ríos,de montañas y de hombres." Y Juan Candela narraba cuentos fabulosos, increíbles, cada noche, en aquel escenario que era el barracón, para un auditorio de macheteros "con el sol a cuestas todo el día" y "el oído para las cosas que pudieron haber sido y no fueron". Escépticos, descreídos, dudan y ponen en tela de juicio las fantásticas historias que él les cuenta.

Juan Candela tiene su orgullo; cree en su verdad, en el arte de sus cuentos y siente ofendida su dignidad profesional. Se molesta y los califica de "¡Bestias, nada más que bestias mal agradecidas!" ¿Por qué mal agradecidas? Seguramente porque él tiene la convicción plena de que el fabuloso mundo que les pinta,los deleita;porque los introduce en un universo apasionante y extraordinario: la poesía de la aventura o la aventura de la poesía.

Aquellos hombres no se decidían a "romper la fuerza que Juan tenía metida en el cuerpo y que se le asomaba en los ojos" y empezaron a extrañar y a sentir la necesidad de sus cuentos cuando lo vieron sumergirse en el silencio. Un día alguien dijo:

—Hay muchas cosas que son y sin embargo no parecen.
Algo empezaba a bullir en la mente y en el pecho de ellos porque uno se atrevió a decir:
—-Hay que creer en algo bonito aunque no sea. Y por la voz del más escéptico terminan por suplicarle que vuelva a cautivarlos con su palabra encendida y hasta admiten sus historias, no por increíbles verdaderas.

Juan Candela los ha atrapado con su colosal imaginación,los ha recuperado para la poesía.En lo adelante, en cualquier parte, a cualquier hora, estarán prestos a escuchar las más descabelladas narraciones, siempre y cuando asuman la poesía auténtica, esa que posee la misteriosa virtud de hacer posible y hermoso lo que es y no lo parece.

Como el cuentero de "La noche como una piedra", que se aparece de repente en el velorio de Cosme y empieza a contarle a los deudos y a los amigos del difunto,hechos y sucesos tan insospechados y sorprendentes que los arroba a todos con su palabra. Significativamente, el personaje no tiene nombre ni apellido.Sencilla y llanamente el narrador lo califica de el hombre,como también es el hombre aquel que viaja en el Eumelia a la búsqueda de un caballo de coral.

Ellos simbolizan y representan la capacidad que tienen todos los hombres para la poesía; la de recorrer mundos y conocer gentes y acontecimientos de la más variada y pura invención. Y aquí el auditorio del hombre, sumido en la tristeza provocada por la muerte del ser querido que velan, como los oyentes de Juan Candela o las gentes del pueblo de Samuel,siente que se transforman, que algo excepcional los ha modificado después de escuchar fascinados sus voces o los acordes de su guitarra.

Hay, pues, en la relación cuentero-narraciónauditorio no sólo una propuesta estética, sino también ética. La capacidad que tiene el arte de embellecer y también de ennoblecer, de propiciar y ahondar el conocimiento y de abrir incontables puertas, hasta entonces ignoradas, para la vida.

En "El caballo de coral", esa obra maestra de la cuentística latinoamericana, las criaturas de Onelio ventilan, con un lenguaje tan sencillo como profundo, el dilema para él inseparable, entre realidad e imaginación.

Lucio, el pescador del Eumelia, es tan receloso y arisco para las cosas que no sean concretas y palpables,que mira con ojeriza al hombre extraño que ha abordado la nave con el sólo propósito de encontrar un caballo de coral bajo el mar.El hombre está convencido de que lo verá, tiene esa certidumbre. Lo aparentemente irreal, lo imposible, no lo es para él porque su convicción de lo imaginable e imaginado es tan verdadera y real como la realidad misma.

La ruda existencia de Lucio, limitada y estrecha, lo ha vuelto incrédulo como a los macheteros que escuchaban a Juan Candela.Frente a lo que considera un absoluto desatino del hombre, le espeta:

—Pero nadie puede ver lo que no existe. Un caballo está hecho para el aire con sus narices, para el viento con sus crines y para las piedras con sus cascos.

Y el hombre le responde que también está hecho para la imaginación, para echarlo a correr donde le plazca al pensamiento.

Lucio no cede, insiste, quiere saber.
—Por eso usted lo pone a correr bajo el agua - dice, como si lo del hombre no fuera más que un capricho, un sin sentido.

La búsqueda del caballo de coral no es un juego.El hombre habla como si le fuera la vida en ello. El objeto de su persecución no es un sueño disparatado ni una quimera imposible. Su respuesta es sorprendente porque no sólo afirma que el caballo existe, sino que lo describe con un realismo tan preciso y detallado que lo ve, sí, y además se lo hace ver al descreído de Lucio.

—Yo no lo pongo —dice el hombre—él está bajo el agua;lo veo pasar y lo oigo.Distingo entre la calma el lejano rumor de sus cascos que se vienen acercando al galope desbocado y luego veo sus crines de algas y su cuerpo rojo como los corales,como la sangre vista dentro de la vena sin contacto con el aire todavía.

Lucio se debate calladamente consigo mismo, pero ya la realidad del hermoso caballo imaginario se le ha metido dentro y tiene que hacer algo, algo,porque ya todo se ha tornado distinto y no le queda más remedio que confesarlo: "Se había excitado visiblemente y sentí ganas de volverle la espalda. Pero en secreto yo había advertido una cosa: que es lindo ver pasar un caballo así,aunque sea en palabras…".

A pesar de que está atrapado por el deslumbramiento (pienso en lo intencionado y revelador de su nombre: Lucio), todavía se resiste, por un sano orgullo, a admitir explícitamente, la razón de ser del caballo de coral. Y entonces vuelve a discrepar del hombre en un brevísimo diálogo que encierra la esencia misma de la necesidad de poesía, de arte o de imaginación, una de las claves de la concepción de Onelio sobre la creación y tema siempre actual y recurrente en su obra.

Entonces dijo Lucio:
—Está bien que se busque un caballo porque no tiene que buscarse el pan.
—Todos tenemos necesidad de un caballo - ripostó el hombre.
—Pero el pan lo necesitan más hombres.
—Y todos el caballo.
—A mí déjeme el pan porque es vida perra la que llevamos.
—Hártate de pan y luego querrás también el caballo.

Después, como si estuviera redescubriendo nuevos recodos desconocidos del mundo y también dentro de sí mismo. Lucio, en inesperado acto de desprendimiento, no sólo renuncia a la parte que le toca de su salario porque "no le quito dinero al hombre", sino que hasta considera la posibilidad de pescar en su chapingorro un caballo de coral.

Ya Lucio es presa de la inquietud y de la curiosidad. La vida debe incitar a otros hallazgos, a otros alicientes hasta entonces ignorados por él. A pesar de que ya está casi ganado por el hombre, todavía tiene un sobresalto, el último.Y pregunta una vez y este le responde que el destino del caballo de coral "es pasar, deslumbrar, o no tener destino". Insiste:

—¿Y vale el suplicio de pasarse los días como usted se los pasa sólo por verlo correr y desvanecerse?
La respuesta del hombre es como un estallido.
—Todo lo nuevo vale el suplicio, todo lo misterioso por venir vale siempre un sacrificio.
¿Existe o no existe el caballo de coral? Al hombre lo remueve la pasión. Empecinado, afirma que lo ha visto y que lo volverá a ver, como también lo verá Lucio.
—Tiene tanta necesidad como yo -dice: "Tiene ojos para ver".

Es decir, tiene la disposición y la actitud para "ver", para acceder a la poesía, al conocimiento, a ir más allá de su pobre existencia cotidiana, porque nada de esto es un obsequio que se otorga indiscriminadamente. Se requiere trabajo y convicción, largos sacrificios y hasta suplicios,como le respondiera el hombre a Lucio.Algo semejante le había ocurrido a Juan Candela cuando su tío moribundo le confesó:"A todo el mundo no se le pueden contar ciertas cosas,Juan.La gente se ríe y no cree más que lo que tienen enfrente de los ojos, pero tú no eres de esos…".

No puedo pasar por alto la siguiente cita de Martí que, me parece, ilumina en cuanto a la importancia de la imaginación, tanto en la vida como en el arte. Diría más. Pienso, incluso, que tanto en la esencia del aspecto imaginativo de la creación en Onelio, como en el espíritu de algunos textos de sus cuentos, están muy presentes estos presupuestos martianos. No deja de ser significativo el parentesco espiritual que se produce entre ambos al abordar la relación entre lo esencial y lo aparente,entre lo verdadero y lo falso, entre lo real y lo imaginario.Tal vez Onelio no conocía este texto, pero lo cierto es que la coincidencia en el enfoque de ese o esos temas es sorprendente. Hasta pienso que Onelio se sentiría halagado si le atribuimos una cierta paternidad a Martí en cuanto al propósito último de "El caballo de coral","El cuentero" y otras narraciones suyas.

Dice Martí:
La luz no se ve, y es verdad, como si se acabase la luz, se rompería el mundo en pedazos, como se rompen allá por el cielo las estrellas que se enfrían. Así hay muchas cosas que son verdad aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que no es verdad sino lo que se ve con los ojos.

Y Lucio vio, vio "un pequeño caballito rojo como el coral, encendido de las orejas a la cola, y que se perdía dentro de los propios ojos del hombre". El círculo se ha cerrado. La imaginación ha entregado un caballo de coral tan extraordinario y a la vez tan real y fructífero que en lo adelante el modesto pescador de langostas no resistirá, como siempre, el pan escaso, pero tampoco se resignará a que no se converse de cosas de cualquier mundo.

Algo poco común que merece resaltarse es la tenaz persistencia de Onelio en el tratamiento de ciertas ideas o temas en su cuentística, como este mismo que aborda la falsa dicotomía realidad-imaginación y que él supera y trasciende con el aliento poético y la maestría de su arte.

En la lucha por la subsistencia, el pan es imprescindible. Sin embargo, para que la plena realización humana se logre o se aproxime en el devenir histórico, hay que ir más allá del mero estado de naturaleza, todos necesitamos un caballo de coral, esa metáfora o alegoría de la belleza, el arte, la imaginación, el conocimiento o la cultura. Aunque pienso que el hombre, eterno inconforme, tal vez sólo verá su plena realización como un proceso al cual no se accede nunca o, quizás, la búsqueda afanosa de ella ya sería en sí misma un modo de alcanzarla.

Esta propuesta puede parecer lógica y orgánica desde la perspectiva de la Cuba de hoy, como un imperativo del desarrollo.

La intuición de Onelio le permitió formularla ya en 1944 por la voz de Juan Candela en "El cuentero", en aquellos tiempos en que nuestro país era un oscurísimo túnel donde los carboneros, los campesinos, los obreros agrícolas y los pescadores,todos ellos protagonistas de sus cuentos, libraban un desigual y heroico combate por la subsistencia.

Quince años más tarde, en 1959, aparece aquel hombre extraño que persigue como un obseso esa hermosa figura del bestiario latinoamericano que es el caballo de coral bajo las aguas de transparente esmeralda de los mares de nuestra Isla.Tanto Juan Candela como el hombre aspiraban a la belleza, a una verdad que fuera más allá de la apariencia o de las limitaciones de lo real, gracias a la capacidad transformadora del arte. Pero no menos significativo es que ambos se dirigían no a catedráticos ni a damas animadoras de tertulias elegantes, sino a macheteros y pescadores desde tribunas tan poco habituales entonces para el ejercicio de la poesía y la imaginación, como son el barracón con su piso de tierra y alumbrado solamente por un farol en medio de un corro de ansiosos oyentes con una enorme capacidad todavía para el asombro, y la popa de tablas crujientes de un frágil langostero donde la belleza y el arte entrarán en la vida del incrédulo pescador por la tan real como impalpable corriente de la imaginación.

De ellos escribió Onelio y a ellos se dirigían sus cuenteros cuando la preocupación de hoy por una cultura de alcance colectivo no se podía vislumbrar. Ese es, me parece, uno de los grandes méritos de Onelio Jorge Cardoso: anticiparse y haber puesto en la conciencia de sus hombres un refulgente caballo de coral que cautiva, aún más, gracias a la palabra mágica de un tremendo cuentero.