Declaración del Bicentenario de Carta Abierta
Un amplio conjunto de los intelectuales argentinos se congrega desde el año 2008 en el espacio Carta Abierta, para debatir permanentemente aspectos de la
realidad nacional. A propósito de la conmemoración del Bicentenario dieron a conocer una declaración que, por su interés, reproducimos.
Conmemoramos el Bicentenario de la
Argentina sin evocar un pasado mítico pero
sabiendo que en los pliegues de su historia persisten
memorias de un país para todos,muchas
veces extraviado en su propio laberinto y otras
arrojado a los poderes de la injusticia.De un país
que supo de apasionadas escrituras libertarias y
que guarda en sus fibras los nombres propios
de los hombres y las mujeres que buscaron
construir, individual y colectivamente, los trazos
de otra patria.La que buscamos en los signos de
esta época que ofrece la posibilidad cierta y
urgente de encontrarnos con lo mejor de las tradiciones
ancladas en los ideales de igualdad,
libertad, justicia y soberanía.Ese es el mayo que
nos urge desde hace 200 años.
De la Argentina de las luchas emancipatorias
quedan los rastros de los esfuerzos políticos,de
los trastrocamientos sociales, de la ruptura del
orden colonial, pero también la memoria de lo
irresuelto, de las promesas no realizadas, de lo
popular sin redención.Es en los hilos de lo pendiente,
en la memoria de las voluntades, que
pronunciamos el nombre de Argentina,en este
Bicentenario.
No lo hacemos en la Argentina del
Centenario, ese espejo virtual que los poderes
actuales instalan en el lugar de Paraíso Perdido.
En aquella Argentina un futuro que se imaginaba
dorado, sobre la base de los ganados y las
mieses, se proyectaba bajo la égida de un
Estado excluyente, con las mayorías silenciadas
políticamente y con un mundo popular asolado
por la desdicha.El Centenario fue oropeles y visitantes
extranjeros, tanto como estado de sitio y
lucha callejera. República para pocos y Ley de
Residencia. Un modelo de país agroexportador
incapaz de proyectarse con autonomía del
Imperio Británico y de mirarse en otro espejo
que no fuera el de un orden internacional injusto.
Jóvenes de clase alta incendiaron un circo
plebeyo para que no alterase un paseo tradicional.
Esas fogatas prepararon la Semana Trágica y
los fusilamientos de la Patagonia, expresiones
del odio oligárquico que se descargaría cada vez
que el pueblo defendía sus derechos.
No aceptamos volver a la Argentina de 1910.
No podemos identificarnos con un país de la
desigualdad,el prejuicio y la exclusión.Ni con un
país diseñado desde la lógica de los intereses
corporativos,que ha venido rapiñando lo público
y tratando de disolver lo mejor de las creaciones
colectivas, que dieron forma a sistemas de
educación y salud equitativos.No es nuestra tradición
la que confunde "nación" con "raza" u origen
geográfico ni la que reivindicó como causa
nacional la aniquilación de pueblos originarios y
de sus hombres y mujeres, la servidumbre y el
despojo material y cultural, ni estamos dispuestos
a tolerar sus abiertas o embozadas formas
de persistencia. No queremos que se silencien
las voces que desde el fondo de nuestra travesía
como nación se expresaron para avanzar hacia
una sociedad más igualitaria,ni convertirnos en
espectadores que contemplan cómo unos
pocos se complacen en sus riquezas mientras
los que producen los bienes sociales son reprimidos,
acallados o expulsados.
No queremos regresar a los fastos de ese
Centenario que sigue persiguiendo como una
sombra espectral los sueños de emancipación,
como lo hizo en el '30, en el '55, en
el '66 y en el '76. Nuestro Bicentenario busca
reencontrarse con los trazos que fueron dibujando
los sueños de libertad e igualdad del primer
Mayo y que debieron sortear incontables
dificultades y las peores pesadillas. Somos ese
país de sueños y de pesadillas.Se trata de recrear,
con nuestra fuerza imaginativa y con inventivas
populares,la fuerza emancipatoria del inicio,
y las de las múltiples formas de resistencia que
en nuestro suelo fueron ejercidas desde la
Conquista y la Colonización,sabiéndonos parte
de un destino común,entrelazado con el de los
pueblos de toda América latina,sin los cuales no
puede pensarse un presente ni un futuro.
El Bicentenario es, fundamentalmente, una
conmemoración de esas luchas emancipatorias
que en sus mejores momentos tenían menos
un destino local que una idea de lo americano.
Que tiene su punto de inicio en la revolución de
los esclavos haitianos y se consolida recién en
1824.Cuando hoy América latina traza acuerdos
y composiciones, cuando construye Unasur y
afianza los compromisos políticos y económicos,
cuando procura un destino común,vuelve a
proyectarse sobre el fondo de la unidad anunciada
en los primeros gritos libertarios, y la
Argentina a reencontrarse con el destino que
soñó al nacer.
Esta Argentina tiene en su corazón profundo
una vida popular que ha sido gravemente dañada
y que es,así y todo,potente y creativa.El antiguo
pueblo del himno ha sido rehecho por
dictaduras atroces, persecuciones violentas,
modificaciones profundas de la economía y el
Estado,tecnologías y lenguajes comunicacionales
capaces de generar las condiciones para que
un sentido común amasado entre la dictadura y
los años noventa, corroa las fuerzas de nuestra
vida social y cultural e inhiba el diálogo activo
con el pasado.
Ha sido reconfigurado y avasallado el pueblo.
Y sin embargo, ha sido y es el sustrato de las
resistencias, la potencia creadora de nuevas formas
de vida, de lenguajes, de símbolos, de
modos de encuentro, el horizonte de una real
autonomía simbólica y política de la nación.Ese
pueblo tiene múltiples y heterogéneos rostros
políticos, se despliega en organizaciones diversas
y en experiencias no siempre concordantes.
Los que aquí manifestamos lo hacemos como
parte de ese pueblo, como parte de las organizaciones
en las que se nuclea y se recrea.
Son los rostros de los trabajadores asalariados
y sindicalizados, herederos de los que un 17 de
octubre del '45 les dieron forma a sus exigencias
de justicia y dignidad en una novedosa articulación
política y que en mayo de 1969 hicieron
temblar la ciudad de Córdoba.Son también los
rostros sufridos de los desocupados que intentan
recuperar una trama social devastada por el
neoliberalismo y que en los noventa fueron el
alma y el cuerpo de las resistencias,esa parte de
los incontables que hoy marchan en pos de la
equidad y el reconocimiento.Son los rostros de
los activistas sociales y de los creadores culturales.
Son los rostros de las militancias por los derechos
humanos y de los pacientes articuladores
de los barrios.Son los rostros de los estudiantes
que supieron arrojarse a las luchas populares.
Son los rostros de los empresarios comprometidos
con ideales de autonomía nacional y los de
los profesores y maestros que trajinan diariamente
por la educación pública. Son los rostros
de los migrantes latinoamericanos que han elegido
estas tierras para construir sus propios sueños
y de quienes dan testimonio de la
expoliación a los pueblos originarios y de la
defensa de sus derechos.Y recuerdan que sólo
una América latina de nuevas solidaridades
podría alojar esas diferencias sin diluirlas en el
relativismo cultural ni trasvasarlas a persistentes
racismos. Son los rostros de la desdicha, del
temor ante el peligro,de la alegría por la reunión
y la voluntad colectiva.
La conmemoración del Bicentenario no
puede desligarse de la consideración de ese
pueblo que encuentra en estos días una
remozada capacidad de movilización callejera
y reconocimiento público. El futuro de la
Argentina depende de la atenta vigilia popular,
una vigilia hecha de alerta y compromiso,
de reacción frente al peligro y de entusiasmos
compartidos. Mucho se ha hecho en
estos años del siglo XXI para restañar la vida
popular dañada. Todos deben saber -todas
las dirigencias políticas y sociales- que ningún
retroceso es aceptable.Que este pueblo
tiene compromisos profundos con las transformaciones
realizadas y las faltantes y que
encontrará en la memoria de sus luchas
pasadas y en las necesidades del presente, la
fuerza para resistir cualquier intento de restauración
conservadora. No hay vuelta atrás
que pueda resultarnos tolerable.No hay interrupción
que consideremos viable. La
Argentina actual, capaz de enjuiciar los crímenes
del pasado y generar políticas de
reparación para las desigualdades contemporáneas,
no puede ser suprimida por los
agentes de la reacción.
Deben ser conjuradas las maniobras de quienes
conspiran en las sombras y agitan desde los
espacios mediáticos.Pero también resguardar al
país de la corrosión de sus lenguajes y de una
sensibilidad social, cultural y política menguada
en sus capacidades críticas y creativas,como de
los condicionamientos en los modos de vida y
de pensamiento impuestos por las culturas
imperiales.Sabemos que no se sale indemne de
las heridas infringidas por los poderes de la
dominación y que las diversas formas de la
injusticia,la humillación y la fragmentación marcaron
a fuego el tejido social.Pero también percibimos
que algo poderoso vuelve a
manifestarse en la patria de todos.En la particular
situación de América latina en estos inicios
del siglo XXI, este pueblo, hecho de memoria y
de presente,escrito su cuerpo por las mil escrituras
de la resistencia, las derrotas y los sueños,
tiene la potencia de realizar ese llamado ante los
peligros y la afirmación de su resistencia ante
toda forma de la devastación.
El estado de este pueblo es, hoy, la vigilia:
apuesta a la defensa de las reparaciones alcanzadas
y a la perseverante insistencia en lo pendiente.
Si es capaz de mirar al pasado de la
nación e inspirarse en la épica americanista de
los revolucionarios de mayo, lo hará porque su
realización está en las señales del presente y en
la apuesta al futuro. Tiene ante sí el desafío de
dar lugar a lo nuevo que surge y de contribuir a
que se extiendan y fortalezcan los modos en
que los argentinos deciden vivir su libertad para
afianzar la de todos. Estamos convocando a un
acto de emancipación,capaz no sólo de enfrentar
las trabas que interponen,ayer como hoy,los
intereses poderosos, sino de proponer nuevas
soluciones imaginativas y nuevos objetivos que
estén a la altura de una sociedad enfrentada al
desafío acuciante de ser más equitativa.Y a través
del ejercicio de la libertad,de la participación
y de la movilización, a llevar a cabo las grandes
tareas pendientes,particularmente las que conducen
a enfrentar las desigualdades sociales
que persisten como una llaga que no se cierra -
tareas cuyas señales han sido dadas en estos
últimos tiempos-.Un mayo de la equidad y de la
igualdad, un mayo en el que la riqueza sea
mejor distribuida entre todos los habitantes de
esta tierra.
Por todo esto convocamos,con el entusiasmo
y la pasión que emanan de nuestra historia
compartida, a emprender las transformaciones
estructurales y culturales que se necesitan para
contrarrestar el saldo de décadas de deterioro y
desguace, y avanzar hacia nuevos modos de
relación entre los ciudadanos, la política y el
Estado. Somos esos sueños y esas múltiples y
diversas experiencias sin las cuales no podríamos
imaginar un futuro. Conmemorar el
Bicentenario implica tomar nota de lo nuevo y
convocar lo existente hacia una profundización
de la democracia. Los hombres de Mayo tuvieron
ante sí la tarea de construir una nación despojada
de la herencia colonial. Lo hicieron en
parte y la situación de América latina exige la
continuidad de ese esfuerzo. Como para ellos
antes, para nosotros hoy no hay retroceso tolerable
y sí un enorme desafío histórico: la construcción
de una sociedad emancipada y justa.
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