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II
QUINQUENIO GRIS
O DECENIO NEGRO
El desaparecido Salvador Redonet
consideraba el período 1966-1970
como el Quinquenio de Oro de la cuentística
cubana, por la influencia del
"boom", la desautomatización de los
procesos literarios, la irrupción de nuevos
personajes en situaciones límites y
con enfoques problemáticos. Pero ya en
1971 comienza una etapa de aguda
lucha ideológica que catapultó a posiciones
clave de la cultura a extremistas
y burócratas que se empeñarían en trazar
estrategias normativas sobre el
"qué" y el "cómo" debía escribirse en la
Cuba revolucionaria.
La censura y la autocensura comienzan
a ser actitudes frecuentes. Se hacen
lecturas superficiales y simplistas de
libros que indagan en los dramas personales
dentro de la epopeya, como
fueron los casos del ya citado
Condenados de Condado o Los pasos en
la hierba, de Eduardo Heras León. Los
escritores empiezan a excluir de sus
textos el conflicto, produciéndose una
reiteración de temas y modos, estereotipándose
los personajes y sometiendo
a condena lo imaginativo y lo fantástico.
Muchos autores dejan de escribir o
de publicar o pasan a una suerte de
clandestinaje.
Sin embargo, como bien señala Alberto
Garrandés, en este período aparecen algunas
obras notables que evaden las normativas.
Entre ellas están Concierto barroco y
El recurso del método, de Carpentier, El pan
dormido, de Soler Puig, y Onoloria, de
Miguel Collazo.
Se impone un mediocre canon en
los que figuran escritores que las
nuevas generaciones ni siquiera
conocen, como David Buzzi, César
Leante o Manuel Cofiño. Este último,
sobre todo, adquiere una gran popularidad
por su manipulación de elementos
simples y sentimentaloides
que, en ocasiones, se acercan a la
novelística rosa.
Ya fuera de Cuba, autores como
Guillermo Cabrera Infante y Severo
Sarduy continúan construyendo una
obra sólida que contrasta con la que se
edita dentro de la Isla por aquellos
años. Pero sus nombres son desterrados
del canon y sus obras no pueden
ser siquiera mencionadas por la crítica
o la historiografía literaria.
En medio de este clima, los autores
jóvenes, agrupados en su mayoría en
los talleres literarios (muchos de los
cuales protagonizarán una tímida ruptura
a mediados de los ochenta) se
sienten desorientados. Como ha dicho
uno de ellos, Arturo Arango: "fuimos
formados en el dogmatismo, en el sectarismo,
traumas con los que hemos
tenido que romper, desde dentro. Es
decir, nacimos con los genes de la autocensura".
LA NUEVA NARRATIVA CUBANA:
LOS OCHENTA Y LOS NOVENTA
Después del período oscuro que
constituyó el Decenio Negro, comienza
el principio de una tímida ruptura con
esa desdramatización de la fábula y los
presupuestos estéticos del realismo
socialista impuesto por las normativas
burocráticas. Aparece entonces el autor
al que la crítica más reciente señala
como precursor de una nueva etapa:
Rafael Soler, quien aunque en Campamento de artillería y Noche de
fósforos aborda temas relativos a la
Revolución, otorga a sus textos una
fusión de lo individual con lo colectivo
que recuerda un poco a los narradores
de los sesenta.
Habría que anotar que, en 1976, fecha
de aparición de estos libros, se crea el
Ministerio de Cultura, que traza nuevas
pautas en la política cultural cubana y
comienza un proceso de reivindicación
de valiosos autores marginados.
Pero parece irrebatible que hasta los
ochenta no se puede hablar de una
novelística cubana renovada como corpus,
ni de una ruptura transicional de la
cuentística.
Un grupo de jóvenes que había asomado
a la literatura en los tenebrosos
setenta, se empeñan con nuevos personajes
y recuperan o introducen temáticas
del mundo de la adolescencia y de
la infancia, construyen textos más íntimos,
menos violentos, vuelven al
monólogo y a los soliloquios, utilizan la
primera persona no para establecer
diálogos con la Historia sino consigo
mismos.
La estudiosa española Begonia
Huerta ha realizado una comparación
muy acertada entre las características
de la literatura cubana de los ochenta
con la latinoamericana del postboom.
Sin embargo, es indiscutible que no
es hasta los noventa que el canon de la
narrativa cubana preexistente es dinamitado
como nunca antes. Uno de los
investigadores que primero percibió
este cambio fue el lamentablemente
desaparecido Salvador Redonet quien,
en 1993, da a conocer la antología Los
últimos serán los primeros, en la que
incluye autores muy jóvenes, muchos
de los cuales no tenían un solo libro
publicado. Los designó como los "novísimos"
y señaló las radicales rupturas
ideo-temáticas y estéticas que en esos
momentos ellos incubaban.
Este nuevo grupo de jóvenes rechazará
la retórica de los ochenta, especialmente
en cuanto al clasicismo del
relato, a la vez que creará nuevos personajes
desplazando sus temas del centro
(la vida institucional o el deber ser)
hacia la periferia (lo alternativo).
Esta eclosión coincide con una
depresión del sistema editorial que
interrumpe las publicaciones de libros
y revistas, por lo que la mayoría de
estos autores se ven obligados a darse
a conocer en antologías, muchas de
ellas publicadas en el extranjero. Es
una época en que el mundo mira
hacia Cuba y hay una gran demanda
de su literatura. Surgen fenómenos
editoriales como los de Zoe Valdés y
Pedro Juan Gutiérrez. Por edad, estos
dos narradores (la primera nació en
1959 y el segundo en 1949) no pertenecen
a los novísimos, pero sus propuestas
se entroncan con las de ellos.
El crítico Jorge Fornet ha creído percibir
en la novela de los noventa un
signo común: el desencanto. Coincido
con él en parte. Pero creo que este se
expresa en los autores que emigran
en ese período y empiezan a publicar
fuera de Cuba. En los que se quedan,
descubro más bien un desconcierto
que ansía cambios, especialmente en
la obra de los autores de los ochenta,
mientras que en las de los de los
noventa hay mucha incredulidad y
escepticismo.
En esta época también la crítica
empieza a ocuparse de la llamada literatura
de la diáspora o del exilio, que
hasta esos años habían sido totalmente
excluidos de toda edición en Cuba, aunque
fuere en revistas o antologías, así
como también de los estudios académicos.
En 1996 la antología Estatuas de sal
(Panorama del cuento femenino en
Cuba) de Mirta Yáñez y quien suscribe
este artículo, incluye por primera vez a
autores (en este caso autoras) residentes
en el exterior. Después, esa práctica
se hizo casi habitual.
En este sentido, los noventa son el inicio
también de una importantísima
eclosión de escritoras, quizás la más
grande que se haya producido nunca
en Cuba, lo que comienza a influir no
solo sobre la producción literaria de
algunos escritores sino también en una
revalorización de los aspectos que
hasta ahora canonizaban a cuentos y
novelas cubanas. La visión patriarcal
comienza a resquebrajarse.
Ya a inicios del nuevo milenio puede
decirse que ciertos temas relacionados
de manera explícita con la realidad más
inmediata y oscura del país (prostitución,
emigración ilegal o calamitosa
situación económica), se convierten en
tópicos automatizados y comienzan a
producir cierto cansancio en lo que
antes había sido una saludable apertura
argumental, lo cual no quiere decir
que no persistan en alguna u otra obra
significativa.
A diez años del 2000, la narrativa
cubana se encuentra en un período
grandioso. Convergen en la actualidad
varias generaciones en activo que han
intercambiado, revisitado y madurado,
y que poseen los más diversos credos
artísticos, por lo que no vacilo en asegurar
que en el cuento y la novela
cubanos hay para todos los gustos, de
manera que tendencias y formas de
expresión se disputan su lugar en el
canon.
Una revisión sagaz por parte de la crítica
de este, contribuirá a poner en su
lugar todo lo escrito del siglo XIX hasta
hoy. Para decirlo con las palabras de
Alberto Garrandés: "la solícita indagación
social presente en los 90 cedió
sitio, poco a poco, a la imaginación recentrada
en la individualidad y propició
el regreso al espacio del sujeto".
Aun cuando la Revolución cubana
sea, por regla general, el referente y
contexto de casi toda la narrativa escrita
dentro y fuera de Cuba en los últimos
años, me atrevería a decir que ese
regreso al sujeto al que se refiere
Garrandés la universaliza definitivamente
y que el canon nacional tradicional
no sirve ya para valorarla.
Se vislumbra finalmente una tendencia
a tomar como referente a la propia
literatura y el arte, en general, en un
proceso de autoindagación que viene
casi siempre acompañado del oficio y el
buen hacer.
Definitivamente, el canon está urgido
de una radical revisión por parte de los
académicos e historiadores literarios. Y
esa revisión está ya en proceso.
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