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Narrativa cubana en el tercer milenio ¿Revisión del canon? (Segunda parte)
Marilyn Bobes
La narrativa cubana de la
República ha sido quizás la
menos revisada y atendida por
los estudios literarios.
Haciendo una retrospectiva a la
teoría de Jorge Fornet sobre la existencia
de una novelística del desencanto
a partir de la década de los
noventa, pudiera hablarse de sus
antecedentes desde principios del
siglo pasado.
Ella nació de las frustraciones que
trajo consigo la etapa que sucedió al fin
de las guerras independentistas contra
España, mediatizadas por la intervención
estadounidense en un país asolado
por la corrupción administrativa. De
ello dan testimonio obras como las de
José Antonio Ramos y la de Luis Felipe
Rodríguez, autor de una ficción casi
olvidada: Cómo opinaba Damián
Paredes, publicada en Valencia, en 1916.
Pero en términos de las obras que
abren posibilidades de lectura más allá
de su relación con las circunstancias
políticas del país, es, sin dudas Miguel
de Carrión (1875-1929) el autor cimero
de la narrativa cubana en los primeros
años del siglo XX. Él fue un precursor de
esa línea, donde lo privado se conjuga
con una mirada hacia lo público, que
caracteriza hoy a casi toda la narrativa
escrita por mujeres en nuestro país y
que pudiera encontrar en este autor
un antecedente hacia lo que he dado
en llamar alguna vez "una visión
femenina" del mundo. Es una mirada
más intimista de ese desencanto que
Fornet sólo refiere a los procesos
sociales.
Influido por el realismo y el naturalismo
europeo, Carrión escribió tres novelas
fundamentales: El milagro (1903),
Las honradas (1918) y Las impuras (1919). Ellas, sobre todo las dos últimas,
constituyen un minucioso estudio de la
condición femenina en una prosa
correcta, penetrante y lúcida. Pero el
canon las ha subestimado en favor de
Generales y Doctores de Carlos Loveira
(1882-1929), más elogiada tal vez por
las resonancias explícitamente sociales
de este texto.
En este tipo de evaluaciones es evidente
el predominio de un pensamiento
patriarcal que prácticamente ha
ignorado obras como las de Ofelia
Rodríguez Acosta, también heredera de
la escuela naturalista (a cuya jerarquización
se ha dedicado la ensayista e
investigadora Zayda Capote en los
últimos tiempos) quien quizás sea,
siguiendo los pasos de Gertrudis
Gómez de Avellaneda, la primera autora
del siglo XX que refleja en la novela
el tema feminista con gran fuerza de
estilo.
Pero la que está siendo considerada
en la actualidad como la más importante
obra narrativa del período republicano
es la paradigmática Hombres sin
mujer (1938) de Carlos Montenegro,
cuyas osadías formales y conceptuales
la sitúan, en opinión de muchos, en un
escalón superior a cuanto se había
escrito en Cuba hasta el momento.
Hombres sin mujer aborda el mundo
marginal de las prisiones y el controvertido
tema del homosexualismo, anticipándose,
con mucho, a la recurrencia
de una cosmovisión que, en los noventa,
llegaría a su máximo esplendor.
DE LOS CUARENTA
A LOS PRODIGIOSOS SESENTA
Parece ser un hecho que en la década
del cuarenta se concentran los autores
más significativos para las nuevas
generaciones de novelistas y cuentistas.
Es en esta etapa donde la mayoría
de la crítica sitúa el esplendor republicano
de la ficción. Es la entrada en la
modernidad anunciada en la década
anterior por Montenegro. Con Lydia
Cabrera y Lino Novás Calvo aparece en
la literatura cubana el realismo mágico
y comienza la introducción de la cultura
afrocubana a la narrativa, realizada
obviamente por Cabrera.
Novás Calvo, por su parte, es un innovador
en términos de lenguaje, que
este escritor trabaja desde el coloquialismo
con giros auténticamente cubanos.
En La luna nona y otros cuentos (1942) hallan las actuales generaciones
que optan por el realismo su modelo
original.
Es también la época de la aparición
del que es considerado por muchos el
más grande de nuestros novelistas
hasta hoy: Alejo Carpentier, con su teoría
de lo real maravilloso y la utilización
de un barroquismo semántico, paradigmático
para mucha de la creación posterior,
especialmente entre los que
cultivan la novela histórica.
Virgilio Piñera introduce en nuestras
letras el absurdo, con lo que se anticipa
a Ionesco. Esta línea tendrá muchos
seguidores a finales de los cincuenta y
la primera década del sesenta, y volverá
a resurgir en los noventa.
De los cuarenta a los sesenta, la
narrativa cubana adquiere una gran
diversidad, al confluir en ella varias
generaciones de escritores. Entre los
más jóvenes se pudiera mencionar a
Lisandro Otero, Guillermo Cabrera
Infante y Severo Sarduy. Los dos primeros
poseen visibles influencias norteamericanas,
mientras el último comienza
asimilando de una manera muy peculiar
a Carpentier. Estos autores llegarán
a su plenitud después de 1959 y son los
iniciadores de la tendencia a incorporar
a lo cubano recursos de la literatura
universal, y no sólo española, sus asuntos
son fundamentalmente citadinos.
No podemos olvidar que entre los
cuarenta y los cincuenta, Dulce María
Loynaz publica su novela Jardín. Como
en el caso de la Avellaneda, solo muy
recientemente esta autora ha sido
objeto de revalorización en el campo
de la prosa, pues el canon establecido
la redujo siempre a su condición de
poetisa.
En general, en esa etapa se produce
una diversificación impresionante en el
canon narrativo y un cierto distanciamiento
de lo que hasta ahora había
sido una tendencia predominante: la de
una literatura preocupada por las contingencias
históricas y políticas y un
poco olvidada de lo subjetivo. Como
norma, los autores del período tienden
a una vuelta sobre lo literario y lo individual.
El triunfo revolucionario de 1959 facilitó,
mediante diversas medidas en relación
con la cultura, que toda la fuerza
de la literatura del período anterior se
enriqueciera, aun más con nuevos autores
que emergieron de la pasividad y se
hicieron, con los ya formados, accesibles
a un vasto mundo de lectores.
Mucho contribuyeron, entre otros factores,
la importante campaña de alfabetización,
la educación gratuita y la
creación de una Imprenta Nacional que
no sólo facilitó la edición de la literatura
cubana sino también lo mejor de la
universal.
Los sesenta, según el crítico Alberto
Garrandés, se caracterizaron por una
gran libertad de lenguajes, la armonización
de diversos credos artísticos y la
presencia de un pathos romántico en
torno a la Utopía. Hay una efervescencia
un tanto polémica de diferentes
estéticas. Conviven autores que habían
comenzado a publicar sus obras en las
dos décadas anteriores, caracterizados
por su "artisticidad", con los que parten
de la dinámica revolucionaria, que
aportan nuevos referentes.
Algunas obras comienzan a incorporarse
al canon latinoamericano coincidiendo
con el llamado "boom", como
son los casos de la monumental
Paradiso, de José Lezama Lima y las
espléndidas ficciones de Carpentier. A
ellas se añade Tres tristes tigres, de
Guillermo Cabrera Infante.
Pero, por otra parte, existe el poder
gravitatorio de los nuevos asuntos relacionados
con la Revolución, aunado a
nuevas preocupaciones estéticas. Hay
un cuerpo de obras alusivas a los
acontecimientos históricos. La verdad
de la Historia como verdad ficcional, la
violencia y el drama de las transformaciones
a nivel individual, son características
sobresalientes de esta nueva
estética.
Esta época se destaca por la heterogeneidad
de los proyectos escriturales.
Autores que se inclinan hacia lo fantástico
como Esther Díaz Llanillo o María Elena
Llana, o por asuntos en los que la Historia
es solo un telón de fondo para los destinos
individuales como sucede en las novelastestimonio
de Miguel Barnet.
Pero, eso sí, la mayoría acude, de una
manera conflictual, a los acontecimientos
inmediatos como temas fundamentales
de sus libros. Son los casos de Bertillón 166, de José Soler Puig, o los
libros de cuentos Los años duros, de
Jesús Díaz, y Condenados de Condado,
de Norberto Fuentes.
Se publica, sin embargo, también en
esta época, un libro de fuerte intimismo: Celestino antes del alba, de
Reynaldo Arenas, que constituye, en mi
opinión, un antecedente de lo que después
sería la literatura de los ochenta.
Hay otra novela de la época caracterizada por su estética vanguardista de gran significación para la narrativa
futura: De dónde son los cantantes, de
Severo Sarduy.
Continua...
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