NARA MANSUR

NARA MANSUR (La Habana, 1969) Poeta, autora de textos para la escena y crítico teatral. Licenciada en Teatrología por el Instituto Superior de Arte. Desde 1994 a 2007 formó parte del Departamento de Teatro de la Casa de las Américas. Ha publicado los poemarios Mañana es cuando estoy despierta y Un ejercicio al aire libre. Este año publicó Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro, que recoge cuatro obras de teatro. Actualmente es colaboradora del Estudio Teatral El Cuervo en Buenos Aires.

 

 

 

 


En el arenero

Ahora te toca a vos.
Y se le llenaron los ojos de lágrimas
buscando en los cajoncitos de la abuela
el sorete escondido, el resto del sándwich
de queso,
y es que piensa la engorda, que le sube
el azúcar.
Ya está y se hace pipi en la cama.
No tengo hambre y cierra la boca
y hociquea
con la guardia en alto, con la frente en alto.

Ese mérito no disminuye a un hombre –pienso–
y menos a un bebé, a una niña tan pequeña
como Emilia.
No desmerece servir la mesa ni lavar
los platos,
ni barrer las sobras ni tratar de ahorrar
lo que se pueda.
Y sufrir un poco y por los otros
te hace más grande, creo.
Pero no vayas a medirte a la pared porque
la marca
puede ser la misma. La misma
de la última vez.

Qué mansos los besos, qué paseo diferente
cada vez
aunque vayamos a la misma plaza y veamos
a las mismas palomas
¿Las mismas palomas? ¿Los mismos caballos
del carrusel?
¿Los mismos autos en la calle?
¿La misma niña y la misma mamá?

Ahora le toca a Emilia subir a lo alto del tobogán
y decir qué ve.
Qué habrá escondido por aquí cerca,
qué peligros, qué cosas deliciosas.
Qué granos de maíz no encontró aún la paloma
marrón
que revolotea con hambre desde abajo,
en la arena.

Soldaditos sin sus cajas

Cuántos eran, cuántos se perdieron
dónde estaban
y por qué tan oscuro y húmedo el escondite.
Y por qué no los dejaste contigo
a dormir en la misma cama
o debajo de la almohada.

Con un poco de esfuerzo hubiéramos
podido
todos juntos conciliar el sueño.
Ya no los ves en las jugueterías
ni las cajas parecen fabricarse más.

Cada soldado es pintado con tu mano adolescente
cada día sumas uno y otro
y el ejército se hace popular y necesario:
los ingleses
los alemanes
los rusos
los escandinavos.
La artillería y la infantería
los buscaminas y los paracaidistas
los que viajan en tanques de guerra
y los que montan sobre briosos caballos.

Más atrás vienen los soldaditos que quieren
justicia.
Los que vienen a pedir cuentas
exigen un recibo,
por su cuerpo echado en tierra
por la posible inmaculada caja
que los traiga de vuelta a casa.
Más atrás aparecen formados
en un diagrama vengativo pero ingenuo:
dos, cuatro, cien soldaditos.
¿Salen a cazar qué cosas?

Si ya el niño se hizo grande,
si ya no le interesan más
las mariposas ni las escopetas de palo,
qué quiere cazar, qué le ordena a sus soldados.

De frente, ¡marchen!
Los soldaditos, antes arrumbados y tristes
junto al limpia muebles y los cepillos
la lejía y los detergentes,
de frente marchan los soldaditos
teniendo que defenderse
del olvido y la pereza
de los que no saben jugar
y tampoco los atemoriza tanto la guerra.

Un niño me sostiene, un niño es mi pensamiento,
un niño es el desposeimiento puro de mi cuerpo
de amor.
Arturo Carrera: "Niños que nacieron peinados"

Hay madres que sufren en su propio cuerpo el
desempleo, el maltrato, el abuso policial. Para ellas
no es una experiencia intelectual sino física, animal.

 

 

Cuida a tu hija de esa bala perdida
que dispararon contra las madres de cara grasienta
que protestaban afuera de la fábrica Kraft ex
Terrabusi.
Cuida a tu hija de no decirle que esas mujeres
son muy valientes
cuida de que no se vaya a confundir y pensar
que ya no existen
los trabajadores, las trabajadoras,
de que las verduras nacen en la verdulería
de que los perros y gatos no sienten.
Esas mujeres con el pelo sucio, porque
les cayó agua
y de todo les cayó en la cabeza,
quizá hasta chocolate derretido y caliente, azúcar
impalpable, canela.
Esa bala perdida me busca a mí también, Emilia,
esos policías a caballo, en hermosa postal
de antaño
echando agua a cinco grados latitud corazón
latiendo oh oh oh,
esos policías que defienden nuevamente
los malos oficios
del empresariado (bajo cero).
Qué cuenta a su hija el policía cuando lo ve golpear
a la trabajadora Kraft ex Terrabusi por la televisión.
Qué cuenta el contador que no cuenta
una sola historia
sino solamente monedas, dineros.
Quiénes son ustedes.
Quiénes somos nosotros.
Quién está poniendo el cuerpo, quién
está pagando
y a qué precios.Quién se reconoce
en la cara de esa mujer de cara grasienta y el pelo
con agua helada.

Oiga señorita
cuidado con la balita perdidita, no vaya a dar
a su cabecita.
Mire que hay mucha humedad, mucho frío, muchos
despidos.

Parados en medio de la ruta, un muro blando
forman sus cuerpos.
Un semáforo siempre en rojo, una señal de pare
constante.
¿Con qué bazucazo de chocolate
se pudiera echar a andar semejante máquina
colectiva?
Los huecos sobre los cuerpos, la dulce grasa
que los une
en su reclamo, la triste historia
del hermano que va y compra y paga
por una golosina,
la triste histeria que nos reduce
a ser una madre más de las que compra chocolates
en el kiosco.