Sin palabras

Mylene Fernández Pintado

MYLENE FERNÁNDEZ PINTADO (La Habana, 1963). Narradora. Licenciada en Derecho por la Universidad de La Habana.Ha publicado Anhedonia (cuento, Premio David 1998),Otras plegarias atendidas (novela,Premio Ítalo Calvino 2002,Premio de la Crítica 2004), Little Woman in blue jeans (cuento, 2008), e Infiel y otras historias (cuento,2009).En la próxima Feria Internacional del Libro se presentarán sus más recientes títulos, La esquina del mundo(novela) y Vivir sin papeles (cuento),del cual publicamos un relato

–No me digas nunca más que te preocupas por mí. Si así fuera... –y la frase fue seguida de argumentos, de palabras destinadas a combatir y cancelar otras palabras.

Fue la primera prohibición.Fruto de la primera discusión seria, una de esas que sobrevienen cuando ha pasado la etapa de entregarse cosas y llega el momento de pedirlas de vuelta. Se acusaron de mezquinos, egoístas y mentirosos

–No me digas más que me amas –regresó la pelota al otro lado de la red, algunos meses después.
–Tampoco tú –rebotó, sellando la partida a favor de nadie.

Se miraron en silencio y trataron de buscar alguna palabra permitida que les devolviera el camino.No la hallaron.

Miraron la pizarra, dividida a la mitad, como las que se usaban en la escuela para comparar los vertebrados con los invertebrados o el clima mediterráneo con el tropical. O las ventajas y desventajas de cualquier hecho histórico.

La pizarra llegó pocos días después de la primera veda.La trajo uno de los dos y la colocó en la cocina que hacía las veces de comedor y que en tiempos mejores los había visto hacer el amor y quemar las tortillas.

Dividido el tablero a la mitad, cada uno colocó en su parte las palabras y frases que nunca más pronunciaría, las prohibidas por iniciativa del contrario. Como en una partida de ajedrez, la pizarra recibía, en cada nueva jornada de enfrentamientos, nuevos movimientos en forma de verbos, destinados a decretar omisiones.

Esta fue la segunda pizarra. La primera entró en la casa un día en los comienzos, de la mano de uno de los dos.
–Verde, como la esperanza.
–O como el Romance Sonámbulo –dijeron.

Uno escribió la primera frase regalo y el otro,la alargó para agradecer regalando. La frase fue creciendo, flanqueada por comas y conjunciones, por metáforas y rimas. Laberíntica, libre, pidiendo espacio y devorándolo golosa,con sus ejércitos de vocales y consonantes de amor,que conquistaban cada centímetro.

Inventaron palabras para comunicarse los estados de ánimo,para consolarse en las tristezas y pérdidas cotidianas, para mimarse y pedir pequeños perdones por pecadillos sin importancia.Inventaron nombres para rebautizarse, para denominar el sitio adonde irían tomados de la mano, donde vivirían felices con hijos que enarbolaban, como nombres,nuevos sustantivos inventados.

Con el tiempo, el matrimonio y el aburrimiento, los nombres fueron olvidados. Había que inventar la comida y sacar las cuentas de fin de mes.Ocuparse de las enfermedades infantiles y las frustraciones profesionales. Olvidar los sueños no cumplidos y las ganas de construir otros.Volvieron a hablar el lenguaje normal, el de los diccionarios hechos para todo el mundo. Y la pizarra desapareció cuando las frases inscritas eran apenas legibles. Ninguno la echó de menos, y alguien colocó en su lugar un calendario que se llenó de flechas y círculos en torno a los días, para recordar las tareas que reclamaba cada jornada.

Para el último encuentro escogieron el escenario de su primera cita.La heladería.Cuando uno de los dos la propuso, el otro no pudo evitar sonreír y la sonrisa contagió al contrario. Pero la borraron enseguida y acordaron,en modo cansino,verse ahí a la misma hora de muchos años antes.

Aquella primera vez se negaron a hacer como otras parejas que van al cine en el primer encuentro y que una vez dentro, sentados más distantes de lo que quisieran, miran la pantalla sin ver, mientras escudriñan a escondidas el perfil del otro y evalúan el momento oportuno y las consecuencias de cada pequeño paso.

Aquella primera vez prefirieron un sitio para hablar, escucharse y mirarse a ellos mismos en vez de a los actores de un film. La heladería se convirtió en púlpito, podio, arena, donde se dijeron tantas frases tomadas de libros o canciones, y luego –ya más valientes– de su propia cosecha.Cada uno se sentía obsequiado con un vocabulario particular, compuesto de palabras que cobraban significados en el espacio entre las dos cabezas.

Esta última, se sentaron en asientos diferentes a los que solían ocupar antes. Sin decirse nada, recordaron que les gustaban aquellas dos sillas en la esquina, porque estaban de espaldas a todo. Pero ahora estaban ocupadas. Sin decirse nada, evocaron todas las veces que dejaron pasar otras personas delante de ellos hasta que los asientos estuvieron disponibles, no les importaba esperar, hablaban. Tampoco les importaba que la gente los mirara con mala cara porque cuando tomaban posesión de ese ángulo de la heladería, tardaban mucho en dejarlo libre para los próximos clientes. Desde allí, no veían nada que no fuera ellos mismos y las montañas de vainilla y almendra.

Tampoco había vainilla y almendra esta vez. Pidieron fresa y chocolate.Por primera vez, los helados no se derritieron un poco ante sus ojos. Comenzaron a tomarlos inmediatamente. Con la boca llena no se habla, les habían enseñado de niños. Con el repertorio agotado tampoco, habían aprendido de adultos. No pudieron recordar ninguna palabra que los acercara y que no estuviera proscrita.Al levantarse,miraron las copas vacías y no se despidieron, se habían prohibido los adioses.