Ricardo Forster (Buenos Aires, 1957)
Sobre Borges y Benjamin*

Mylene Fernández Pintado



[…] "Solo una cosa no hay. Es el olvido".Tema esencial que recorre como un hilo fino pero continuo la obra de Borges y que constituyó uno de los ejes de la escritura de Benjamin. El olvido y la memoria siempre van juntos,se necesitan allí donde más se oponen; la vastedad del tiempo teje caprichosamente el telar donde estas dos figuras disputan una imposible supremacía.

La memoria llega a ser la tan temida inmortalidad, el terrible cansancio de las oscuras noches de insomnio, el vasto horror de recordar siempre el ayer, el suplicio del sufrimiento reiterado, o la melancólica dulzura de la infancia que vuelve en medio de la adultez despiadada. Pero la memoria es también pertenencia, supone una compleja trama donde se juntan la esperanza y el dolor acumulado por todas las generaciones que mordieron el polvo de la derrota. La memoria lleva la pesada carga de una promesa restituidora, es el feroz combate que los hombres libran contra los fantasmas acariciadores del olvido, es la juntura de generaciones extrañadas que se han perdido en el remolino de la historia.

El olvido es muerte, es el deseo de la nada, deseo ejemplar y atroz, fin de toda saga, silencio definitivo de la palabra que fue pronunciada para perpetuar el tiempo del hombre y que se encuentra apabullada por la mudez del pasado. Es el hueco en el sonido del habla.

Borges se balancea inquieto entre la memoria y el olvido; alguna vez se extasía en el vigor heroico de los antepasados, de antiguos guerreros sepultados por el polvo de la historia que el poeta intenta recuperar de la noche de los tiempos. Guerreros vikingos, guerreros de la independencia americana y de las luchas civiles que el poeta sueña en la convergencia tumultuosa de su sangre. Pasos que buscan rescatar esa otra ciudad que se escabulle hacia el sur, allí donde el caminante busca detener el inexorable transcurrir del tiempo. Esa memoria atesorada en la escritura de Borges es, desde cierta perspectiva, redentora;como aquella imagen que aparece en las "Tesis de filosofía de la historia" y a través de la cual, Benjamin nos habla de la memoria como reparadora de las generaciones vencidas, de la enorme tarea que le cabe al historiador: "El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza solo es inherente al historiador que está penetrado de lo siguiente:tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando este venza". En Benjamin la memoria opera como una fuerza redentora, se hace cargo de todas aquellas voces que fueron silenciadas por el estruendo de los vencedores.

La memoria, y eso Borges y Benjamin lo saben, es siempre dolorosa y lleva las marcas imborrables de lo punitivo: también allí donde nos ofrece las imágenes de una felicidad pasada; precisamente allí es donde la punzada del dolor se hace más intolerable.El olvido, en cambio, teje su manto protector y cura las heridas; pero también desliza en nosotros el silencio aterrador y ciega nuestros ojos que ya son incapaces de mirar hacia atrás. "Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos –escribe Benjamin–. Quizá esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia. De otra manera la comprendemos, y tanto mejor, cuanto más profundo yace en nosotros lo olvidado. Del mismo modo que la palabra perdida que acaba de huir en nuestros labios, nos infundiría la elocuencia de Demóstenes, así lo olvidado nos parece pesar por toda la vida vivida que nos promete [...]. Quizá sea la mezcla con el polvo de nuestras moradas derrumbadas lo que constituye el secreto por el que pervive" [Infancia en Berlín].

Olvidamos para recordar; soportamos la dureza de la marcha porque somos capaces de olvidar el sufrimiento de las generaciones pasadas. Sin embargo siempre están los que recuerdan, los que insisten, aunque no siempre lo quieran, con el duro trajín de la memoria que va tomando forma a través de las palabras del escritor. Borges, el memorioso, pertenece a esta saga de hombres surcados por una escritura destinada a volver hacia atrás, a detenerse en esas zonas borrosas que la mayoría de los hombres prefiere pasar por alto. Borges se siente asaltado por los fantasmas del ayer, es un poeta que se deja decir por los sonidos de un pasado que desgarra el presente. Sus versos hablan por él

Entra la luz y asciendo torpemente
De los sueños al sueño compartido
Y las cosas cobran un debido
Y esperado lugar y en el presente
Converge abrumador y vasto el vago
Ayer: las seculares migraciones
Del pájaro y del hombre, las legiones
Que el hierro destrozó,Roma y Cartago.
Vuelve también la cotidiana historia:
Mi voz, mi rostro, mi temor, mi suerte.
Oh, si aquel otro despertar, la muerte,
Me deparara un tiempo sin memoria
De mi nombre y de todo lo que ha sido!
Oh, si esa mañana hubiera olvido!
"El despertar"

Despertar y olvidar (que para el poeta significa el tránsito hacia la muerte), que se borren las imágenes abrumadoras del ayer,las que asaltan despiadadamente el sueño del poeta que,sin embargo, persigue a través del itinerario zigzagueante de su escritura la plenitud del pasado, quizá su propia perdurabilidad, sus inconfesadas aspiraciones de alquimista.

Pido a mis dioses o a la suma del Tiempo
Que mis días merezcan el olvido,
Que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,
Pero que algún verso perdure
En la noche propicia a la memoria
O en las mañanas de los hombres
"A un poeta sajón"

La pluma de Borges cruza los caminos y mezcla los sentidos; los dos ríos –el del Letheo y el de la Aletheia– convergen en el mismo estuario.Que quede la palabra, la que fue ejecutada en un momento de bendita inspiración;una palabra que acompañe la noche de los hombres o, más intenso aún, sus mañanas, cuando el olvido amenaza con borrar todo y a todos.Borges se detiene en sus recuerdos, fatiga a lo largo de su obra aquellas imágenes que se detuvieron para siempre en su memoria:Palermo,la biblioteca de su padre,los veranos en Adrogué, sus lecturas infantiles, Ginebra, las conversaciones con Macedonio Fernández, el sajón, la poesía de Whitman. Pero quizá intuye también que existe una forma perversa del olvido fecundada en una época que ha hecho el culto de la fugacidad,que ha sacralizado la novedad y que vive fascinada por el esplendor agonizante de la modernidad, de la técnica, abrumando la cotidianeidad de los hombres. Borges batalla contra esa forma del olvido, frente a ella se atrinchera en la memoria, vuelve una y otra vez a sus recuerdos, a sus libros y a su biblioteca; también se atrinchera en la escritura como refugio del erudito ante la embestida de la neobarbarie tecnológica.

Su viaje hacia el anglosajón y hacia las sagas islandesas, su obsesión por una ciudad fantasmal y evaporada en el tiempo, la presencia permanente de sus lecturas juveniles, expresan el disgusto borgiano por una época despiadada y vacía; por un tiempo sin guerreros ni cabalistas, sin libros sagrados,por una época que se va quedando sin poetas. Benjamin ha pensado este tiempo de inexorable descomposición desde una perspectiva muy cercana a la de Borges. El berlinés meditó sobre la "nueva pobreza" que habita en el hombre junto al "enorme desarrollo de la técnica", el aplastante triunfo de la fugacidad que todo lo arrastra hacia un remolino destructor. El olvido es el síntoma de nuestra época, su rastro más característico; por eso importa releer el pasado,sumergirse en él, reconociendo sus huellas en el presente. En Borges, a diferencia de Stephen Dedalus, la historia no es solo pesadilla, el horror de la recurrencia de la que hay que tratar de escapar. Su detenerse en la memoria implica conjugar las dos dimensiones, la pesadillezca y la redentora. Porque en "épocas de indigencia técnica –escribe Raúl Antelo–, en que las dificultades para estructurar lo nuevo nos remiten a la complejidad de generar compartimientos convencionales, se vuelve prioritaria esa aventura de la memoria cuya lección, recordando a Voltaire, es que sans le sens il n'a pas de mémoire et sans la mémoire, il n'a pas de esprit. Si la historia es memoria, la ficción es memoria y olvido, ir y venir de la escritura, evasión de lo presente y presencia de lo evasivo". A Borges le caben estas palabras precisamente porque su escritura se internó en ese juego donde la historia se transmuta en ficción y la ficción en historia. La literatura borgeana se hace cargo de los secretos –a veces inescrutables– de la marcha azarosa de la historia del mundo y en la infinitud de temas que parece abordar inagotablemente, subyacen sin embargo las preocupaciones de siempre: el tiempo, la evanescencia de la realidad, la imagen duplicada monstruosamente en el espejo, el heroísmo de personajes olvidados, las indagaciones voluptuosas del origen arcano y misterioso del lenguaje, sus impresiones de caminante infatigable por ciudades atesoradas en la memoria, la obsesión del laberinto y la biblioteca como cosmogonía del universo.Una escritura, en fin, que experimenta sin pretender constituirse en estilo vanguardista y que solo deposita su confianza en el feliz encuentro de forma y contenido, en la sonoridad exuberante de algún poema inmortal. Benjamin, sumergido en otra geografía y aguijoneado por otras urgencias compartirá, sin embargo, algunas de estas obsesiones borgeanas. Las ciudades y las bibliotecas también constituirán su coto de caza, esos laberintos donde la sabiduría no radica en el que los recorre con un mapa sino en el que aprende a perderse. Benjamin aprendió ese arte en las calles parisinas, allí, en esa deriva atenta, fue acumulando los materiales que le permitieron hacer una extraordinaria arqueología de la modernidad.

Esas recurrencias justifican la escritura borgeana, le otorgan un andamiaje, la belleza de una arquitectura compleja y simple al mismo tiempo. "Ahí están asimismo mis hábitos: Buenos Aires, el culto de los mayores, la germanística, la contradicción del tiempo que pasa y de la identidad que perdura, mi estupor de que el tiempo, nuestra sustancia, puede ser compartido" [El otro, el mismo]. Astutamente él ha construido su obra como si fuera un laberinto hecho de mil tradiciones (algo semejante hizo Benjamin) y atiborrado de lectura, sin embargo, ese laberinto tiene, como toda construcción compleja, su propia lógica, la coherencia de sus engaños y la sabiduría del estratega que intenta confundir al adversario. Leer a Borges es tratar de descubrir la lógica oculta que hace posible salir airoso de la trampa del Minotauro. ¿O quizá una de las secretas intenciones de Borges sea la de hacernos creer que hemos descubierto sus códigos? En su poema "Ariosto y los árabes" metaforiza sobre su propia obra:

Nadie puede escribir un libro.Para
Que un libro sea verdaderamente
Se requieren la aurora y el poniente,
Siglos, armas y el mar que une y separa

Una estética en la que se cruzan el misterio y la reflexión filosófica; una estética donde el saber del erudito, del que ha trajinado con ardor y pasión ciertas tradiciones, se confunde armónicamente con ese dejo de misticismo que emerge de la escritura borgeana. Toda esta alquimia (donde se entrelazan la memoria, el amor de Buenos Aires, el entusiasmo por las etimologías, la sorprendente erudición nacida de haber fatigado los libros y,sobre todo,las enciclopedias) se encuentra encerrada en "Otro poema de los dones",en el que Borges atraviesa bellamente todos sus amores, sus ilusiones, sus obsesiones:

Gracias quiero dar al divino
Laberinto de los efectos y de las causas
Por la diversidad de las criaturas
Que forman este singular universo.

En el poema está la obra, está la razón y está Swedenborg, allí se recuerda Las mil y una noches y La divina comedia; en sus versos se renueva el fervor por los Viking y por la poesía de Verlaine; Borges recupera no sin ironía, a Séneca y a Lucano, "de Córdoba/ que antes del español escribieron/ toda la literatura española"; y el ajedrez con su infinita geometría y su exacta conjunción de razón y azar. Todo el mundo abigarrado de Borges desfila por las estrofas del poema; detenerse en él es penetrar en su historia, en su biografía, percibir la exuberancia y la fragilidad de los recuerdos.

Borges modela el material de su memoria, lo convierte en ficción. Benjamin intenta penetrar en lo moderno haciéndose cargo, precisamente, de la función agónica que le cabe al pasado en la experiencia cotidiana de la sociedad burguesa. Él es, a su modo, un batallador contra el olvido, un arqueólogo que con infinita paciencia se detiene a examinar los restos frágiles, los desechos que la "diosa industria" arroja todos los días y que los hombres son incapaces de percibir como expresión brutalizada de su misma cultura. Vivir en "lo actual" significa –para el hombre moderno– anestesiar su memoria, opacar sus recuerdos y dejar de percibir, en la feroz fugacidad de la moda, la eterna repetición de lo mismo. "Nos hemos hecho pobres –escribe Benjamin–. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de 'lo actual'". Esa fascinación por lo "actual" corre pareja con la displicencia contemporánea hacia la "herencia de la humanidad", una suerte de alucinada carrera hacia un futuro intangible. Benjamin, a través de su escritura, intenta sortear esta tendencia de época, esta obnubilada inclinación hacia la exaltación de lo nuevo. […]

* Fragmento de “Sobre Borges y Benjamin“, del libro Borges y la filosofía, Gregorio Kaminsky (comp.), Facultad de Filosofía y Letras - UBA, Buenos Aires, 1994,pp. 11-17.