
E se non è vero è
ben trovato
Basilia Papastamatíu
Cuando supe que a Daniel Chavarría se le
otorgó el Premio Nacional de Literatura
sentí una enorme satisfacción, porque lo
veo como un acto de legítima justicia.
Aunque uruguayo de nacimiento, decidió
vivir en nuestra Isla, y aquí escribió algunos
de los libros más cubanos que se
hayan publicado. Por eso lo veo como un "adelantado"
en esa aspiración que tantos albergamos de hacer de
Latinoamérica una sola patria grande. Por el valor de
sus libros –pensemos en Joy, El ojo de Cibeles, El rojo
en la pluma del loro, Allá lejos, Viudas de sangre,
Príapos, para nombrar sólo algunos– ha merecido
importantes premios, como Planeta-Joaquín Mortiz,
Ennio Flaiano, Edgar Allan Poe, Casa de las Américas,
Dashiell Hammett, Alejo Carpentier y el Camilo José
Cela.
Reconozco también que me agrada mucho que el
autor de obras tan buenas sea además un hombre de
profunda humanidad, vital, arriesgado, y aunque
imprevisible, de una franqueza que desarma. Me gusta
que los premios estén en buenas manos.
Y por todo esto quise hacerle algunas preguntas
para nuestra revista:
¿Crees que después de un itinerario existencial
tan aventurero has llegado a tu definitivo destino
de escritor por azar o por una vocación profunda
que siempre conociste y que finalmente,
por alguna feliz conjunción de circunstancias,
lograste desarrollar en Cuba?
Yo tuve el privilegio, en mi infancia, de oír a gauchos
auténticos en la estancia de mi abuelo. Eran
tiempos de hospitalidad cristiana donde no se le
negaba posada y comida a ningún viandante. Solían
llegar al atardecer o de noche y pedían permiso
para ingresar a las casas con el santo y seña, gritado
desde la tranquera:
–Ave María Puríiiiisima.
Siempre se los aceptaba con el grito de respuesta:
–Siiiin pecado concebiiiida.
En tiempos de esquila, cosecha del trigo u otros
cultivos que requerían mucha mano de obra, se asaban
carnes para una veintena de trabajadores eventuales;
y en torno a la fogata, en un gran potrero,
bajo un ombú rodeado de galpones, alguno de los
peregrinos más viejos, echaba sus cuentos.
Y creo que fue ahí donde nació mi vocación de
oidor de cuentos y luego de narrador.
Hacia 1940, había un bardo magistral, ya sexagenario
que se llamaba Gorostiza. Era uno de los
pocos gauchos todavía nómades que pude conocer.
Nunca trabajó para nadie; y durante unas guerras
civiles de 1904, había combatido en el mismo
bando de mi abuelo. Luego, veinte años de trashumancia
por el Sur del Brasil, la Mesopotamia
Argentina y el Paraguay, le permitieron acopiar un
anecdotario que lo convirtió en huésped siempre
bienvenido en las estancias de aquella zona, donde
apenas se oía radio y la televisión no existía. Y hoy
creo que sus relatos me infundieron el deseo de
desgarrar de mi familia e irme a ver el mundo.
Poco después, a la edad de nueve años, en
Montevideo, seguí con pasión una novela radial
protagonizada por un anciano llamado Simón
Terremoto, que en cada capítulo evocaba alguna
aventura de su juventud cuando era un valeroso
navegante.
Terremoto fue mi primer paradigma humano:
Llegado a la adultez, yo sería como él, un lobo de
mar, sobreviviente de naufragios, batallas contra
piratas y amores pasionales en lejanos puertos; y
llegado a viejo, fumaría en pipa y contaría mis exóticos
avatares a los más jóvenes.
Pero yo no pensaba tanto en vivir mis propias
aventuras, sino en saber contar lo que el destino me
deparase. Fue una repentina vocación por volverme
viejo y regresar un día a mis lares cargado de acontecimientos,
para que la gente me oyera en silencio,
deslumbrada, como a Gorostiza y Terremoto.
No puedo asegurarte que desde la infancia tuviera
esa vocación profunda de convertirme en escritor,
como dice tu pregunta; pero salvo dos novelas,
exabruptos del comunista romántico y panfletario
que yo era, escritas entre los 18 y 20 años, no terminé
ninguna otra hasta los 45, cuando ya vivía en
Cuba.
Desde luego inicié muchas, pero cometí el error
de muchos aprendices que imitan el estilo y los
temas elevados de algún admirado escritor; pero en
manos jóvenes e inexpertas resultaban alardes pretenciosos.
Hasta yo mismo me daba cuenta y terminaba
rompiendo lo escrito.
En Cuba hubo varios factores que me permitieron
terminar Joy, mi primera novela: disponía del mucho
tiempo libre que me dejaba mi trabajo de traductor
en el INRA; me había apasionado con la serie televisada
de Diecisiete instantes de una primavera y soñaba
con hacer algo similar en Cuba; tenía 44 años,
muchos viajes, lecturas, museos y catedrales visitadas,
una vida agitada en tres continentes, un copioso
y raro arsenal de vivencias válidas para la
literatura, y según descubrí después, una voz propia
que me exoneraba de imitar el estilo de los autores
paradigmaticos, y un tema propio muy promisorio
para una serie de TV. Y por circunstancias que no
vendrían al caso ahora, la serie se convirtió en Joy,
una novela de espionaje que fue muy pronto un
best seller cubano, traducido y publicado en casi
todos los países socialistas de entonces.
En relación con tu pregunta, lo que propició mi
definición como novelista fue el haber rebajado mis
aspiraciones. Ya no necesitaba imitar la "gran literatura
de un Carpentier, un García Márquez, un Jorge
Amado". Me bastaría con escribir una modesta
novela para el Concurso Aniversario de la
Revolución, que todavía hoy patrocina el Ministerio
del Interior. No pretendía un best seller ni la celebridad,
sino ganar algún premio o mención que me
asegurase la publicación. Y para escribir mi trama de
espionaje me limité a mi vida, a mi trabajo, mi anecdotario
de gran kilometraje y mi cotidianidad laboral
en Cuba.
Escribiste tus novelas a partir de temas muy
populares, frecuentemente subestimados, calificados
de subgéneros, como son el policial, el
espionaje, la intriga política internacional, y situaciones
amorosas como necesario complemento.
Pero lograste elevarlas al mayor nivel literario,
como algunos de los grandes representantes de la
novela negra norteamericana y como John Le
Carré, ese paradigmático escritor a quien declaras
admirar en tus memorias. ¿Te propusiste este desafío
o el haberlo conseguido fue para ti una inesperada
y feliz sorpresa?
Yo no me propuse ningún desafío ni elevar nada.
Fue, como tú dices, una sorpresa inesperada y feliz.
Como ya te dije, yo quedé tan emocionado con la
serie de los Diecisiete instantes... que aspiraba a
lograr algo similar, y muy pronto de mi propio trabajo,
salió la historia que luego se convertiría en
Joy.
En 1974 yo trabajaba en el INRA como profesor de
lengua francesa, con un grupo de alumnos especializados
en distintos campos de la sanidad vegetal.
Entre ellos había varios virólogos de los cítricos que
debían pasar un curso en Córcega por convenios entre Cuba y Francia. Y en medio del curso se me
ordenó abandonarlo por una semana en que me
reemplazaría otro profesor. Yo debía acompañar
como traductor, en su recorrido por varias provincias,
a un eminente virólogo de los cítricos. El hombre, un
francés, analizaría el estado sanitario de las plantaciones
más importantes y daría su criterio sobre la viabilidad
de los grandes proyectos citrícolas del Estado,
con participación de los estudiantes de secundaria
alojados en escuelas vinculadas a las plantaciones.
Así lo hicimos y al final yo traduje su informe, que en
general fue muy optimista; pero advertía que Cuba
corría un gran riesgo por no haber sustituido al
naranjo agrio como patrón de injertos. Nos exponíamos
al peligro de un sabotaje que introdujera en
nuestras plantaciones el Virus de la Tristeza, verdugo
de la citricultura mundial desde mediados de los
sesenta. En Cuba, quizá por su condición insular, no
había entrado nunca, pero de todos modos quedábamos
expuestos a un sabotaje...
Yo me aterroricé y cuando volví a mis clases saqué
el tema entre mis alumnos, en parte para motivar
conversaciones en francés, pero también porque los
gringos eran muy capaces de bombardearnos el Virus
de la Tristeza y arruinar las grandes esperanzas que
Cuba cifraba en su citricultura, comprada de antemano
a buenos precios por los países del campo socialista.
Los alumnos me calmaron al decirme que los virus
no eran bombardeables. La amenaza del sabotaje
siempre estaría latente, pero no era tan simple... Y yo
quise saber cómo haría la CIA para organizar la destrucción
de nuestras plantaciones. Ellos me tranquilizaron
al explicarme que la cosa no era tan fácil: En
defensa de los cítricos, el centro de Sanidad Vegetal
cubana practicaba día y noche controles diarios, muy
estrictos. Yo podía dormir tranquilo.
Pero en vez de dormir yo pasé varios días y noches
tejiendo toda la información de mis alumnos para
conformar la trama de Joy, que ganó el premio del
MININT en el 77; y a principios de los 80 ya era conocido
en todo el campo socialista, incluido Viet Nam.
Hacia el 90, la suma de todas sus publicaciones superaba
el millón de ejemplares.
La primera publicación de Joy en Cuba se produjo
en octubre del 78; y desde que se evidenció su enorme
éxito, yo supe que muy pronto sería escritor full
time.
En relación con tu halagüeño comentario sobre si
yo elevé o dignifiqué el género, te lo agradezco pero
por elemental decoro no quiero abordar el tema. Lo
que sí quiero abordar y difundir, es otro mérito mío
del que nadie habla.
Yo fui el primero en escribir una novela de espionaje
que exalta el modus operandi de un aparato de
seguridad occidental enemigo de los EE. UU. Joy
acaba con el monopolio anglosajón del género.
Y Joy no es una fantasía delirante. Es una obra creíble.
Todo lo que sucede en ella y sus propios personajes
son parte de la historia real de Cuba. Su protagonista,
el mayor Alba, no podría ser argentino, ni brasileño, ni
mexicano, ni español, porque en esos años, todos los
órganos de seguridad de Occidente, incluidos los
ingleses con su falso James Bond, y los franceses o
alemanes, eran correveidiles de la CIA, mandaderos,
alcahuetes, y ninguno tuvo otra relación con los
EE. UU. que no implicara vasallaje. Cuba en cambio
era un enemigo frontal; y yo, pionero de una nueva
novela de espionaje que lamentablemente
no ha tenido continuidad
en otros autores. Hablo de una novela
internacional, con grandes escenarios
cosmopolitas. Y mi agente
cubano puede ser un negro, mulato,
chino o blanco, bailador de son,
tomador de ron, pero también un
oficial de alto nivel científico, heredero
de todas las técnicas de espionaje
que la URSS acumulara desde la
Revolución de Octubre y nuestros
hombres aprendieran en las escuelas
de la KGB. Es por eso que yo he
dicho ser un ciudadano uruguayo
pero un escritor cubano; porque
Cuba es el único país de Occidente
que se ha podido permitir un novela
de espionaje realista e histórica, y de
esa novela, con su gran ambición
literaria y sus coloridos escenarios,
yo soy una parte importante. Se
trata de algo mucho mejor que los
alardes dementes de un Jan Feming;
y aunque admiro los conocimientos
y la prosa del gran Le Carré, su obra
esconde siempre la triquiñuela de
ensalzar al Circus británico y ocultar
el papel secundario que le han
impuesto sus amos norteamericanos.
Siempre me ha deslumbrado tu
don para el lenguaje, tu tan rico y
perfecto dominio del idioma que
hace que tu escritura sea impecable.
Y sobre todo me asombra
–siendo uruguayo y habiendo llegado
a la isla con más de treinta
años–, cómo lograste conocer tan
bien la manera de hablar de sus
habitantes, su léxico original… cómo internalizaste
con tanta naturalidad sus expresiones, los llamados
cubanismos. ¿Fue un proceso espontáneo
o el resultado de un aprendizaje metódico y
paciente?
Si hay alguna calidad en las formas de mi prosa, se
deben a mi buen conocimiento de otras lenguas.
Puedo leer bien portugués, italiano, francés, inglés,
alemán; y sobre todo, puedo leer latín y griego, lenguas
que he impartido en la Universidad de La
Habana. Y mucho antes de haber escrito mi novela
Joy, estudié la lengua cervantina, y de ella me confeccioné
un diccionario. Pero además, puedo considerarme
un coleccionista de dicharachos. Sin tomar notas,
mi interés por la polisemia de nuestra lengua y por el
ingenio popular me ha permitido acopiar en la
memoria cuanta cosa singular, inteligente o graciosa,
oyera en cualquier parte. También las rarezas, modismos
léxicos y sintácticos que oía aquí y allá. Y así, a
los tres años de estar en Cuba, yo podía imitar por
escrito el habla de los cubanos.
Muchos creen que por utilizar jerga orillera o términos
de santería están en la pura cubanidad. Yo
observo las particularidades regionales y sin proponérmelo,
reflexiono sobre sintaxis, prosodia, etimología,
y así me es más fácil penetrar las esencias
idiomáticas.
¿Tú te has preguntado por qué a los Franciscos en
México les dicen Panchos? Yo pienso que los niños no
podían decir Francisquito y su mejor aproximación
era Panchito; y luego cuando Panchito crecía, le dirían
Pancho. E se non è vero è ben trovato. En todo caso,
curiosidades de este tipo me ocupan a diario.
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