RECUERDO Y VIGENCIA
DE EDUARDO CHIBÁS
Fernando Martínez
Heredia
En la próxima XX Feria Internacional del Libro,Cuba
2011,uno de los libros que se presentarán es Si breve...
(Editorial Letras Cubanas), que contiene trabajos del
ensayista Fernando Martínez Heredia, Premio
Nacional de Literatura, quien será homenajeado
durante este importante evento cultural. Este volumen
tiene como subtítulo Pasajes de la vida y la revolución y contiene 32 textos que abordan temas de Cuba
y de América Latina, desde las vivencias, opiniones y
recuerdos del autor.De este libro reproducimos ahora
el texto que dedicó a un notable y ejemplar político
cubano,Eduardo Chibás.
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Un niño pequeño pegado a la ventana admira a un gentío
de obreros azucareros que corean en la calle de su casa,
sin cansarse, "CTC / unidad / CTC / unidad", mientras acompañan
a un negro alto que posee indudable elegancia. Al
pasar frente a la casa de Sandalio Rementería, un abogado
que es el presidente municipal del Partido del Pueblo
Cubano, se detienen. El abogado sale a la acera y a la calle,
y se funde en un abrazo con el negro, que es Jesús
Menéndez.
Cuando apenas comienzo a ser yo, por Eduardo Chibás
conozco que existe la dimensión de la política. Antes había
recogido papelitos que lanzaba sobre mi pueblo una avioneta,
que decían "Alianza Auténtico-Republicana" y unos
nombres, pero eso era echando una competencia, y no se
podía comparar con las postalitas. Lo de mi madre era otra
cosa.Mi madre era un ama de casa de trabajo incesante y
costumbres muy pulcras, altruista y práctica, llena de cariño
y administradora del rigor, mujer de juicios severos pero
que medía siempre sus palabras y nunca gritaba. No se perdía
jamás lo que todo el mundo llamaba "el programa de
Chibás". Se las arreglaba para haber terminado sus labores
y escuchaba muy atenta todo el programa, todas las semanas.
Por ella supe que aquel orador de voz tan airada era
Eduardo Chibás, el líder del Partido, el que iba a salvar a
Cuba de los gobiernos ladrones, el hombre de la esperanza,
el que presidiría una época nueva que vendría. Como
todo el mundo, comencé a llamarle "el partido de Chibás"
o "los ortodoxos" a aquella realidad que no era muy palpable,
pero me atraía. De su lado había un hecho que poseía
para mí un peso enorme: mi mamá era ortodoxa.
Ya soy un escolar, y a pesar de ser pequeño dicen que leo
bien. Incluso me ha tocado declamar una poesía aquel
siete de diciembre en que el municipio inaugura un busto
a Antonio Maceo en el parque Martí, el parque de la iglesia
y de las tómbolas, y de mi Escuela Pública número 2. Quizás
sea por eso que mi madre me ha dado la encomienda de
leerle en la Bohemia, mientras ella lava, escritos de Chibás y
de los ortodoxos. No se me queda nada de lo que le leo,
pero me gusta mucho la Bohemia.Después voy entendiendo
que elecciones son algo más que parejas de la Guardia
Rural, cuartetas populares y mucha animación en la calle.
Son lo que se va a usar para que Chibás pueda llevar a cabo
su misión. Ahora la gente es importante, porque va a ir a
votar y habrá que contarle sus votos, y entonces Eduardo
Chibás será el presidente de Cuba. Eso lo andan diciendo
por el pueblo y en los billares, en la zapatería y en la barbería.
Un día mi madre se viste y se arregla, pero no sale a
cumplir con difuntos, ni a casa de alguna familia:va a las afiliaciones.
Le pregunto qué es eso y me explica que ella
nunca se ha afiliado a ningún partido político, porque la
política es una cosa muy sucia, pero ahora sí va a ir, para
obtener su cédula, y va a votar por Eduardo Chibás.
Cuando él se mató –fue en el programa dominical–
tengo que haberlo oído,pero no me acuerdo. Sí que fue un
impacto tremendo que todos sentimos desde esa misma
noche y durante la agonía, que duró dos semanas.Después
leí varias veces aquella dramática alocución final suya, pero
ella no me devolvía un recuerdo oral esquivo en mi memoria.
Sin embargo, se me quedó grabada para siempre la triple
demanda que formuló antes del grito final: "por la independencia
económica, la libertad política y la justicia
social". En pocas palabras, Eduardo Chibás me aclaró que
eso era lo que había que lograr, era eso por lo que tendríamos
que pelear. Mi madre escuchó por radio el entierro
inabarcable que estaba sucediendo en La Habana, y cuando
aquel orador leyó el juramento y pidió que todos los
presentes prometieran seguir los ideales de Chibás, ella
puso su mano sobre el radio y dijo: "juramos".
Vino el golpe del 10 de Marzo, y yo leía cada vez más la
Bohemia.De Chibás escribían y explicaban varios, recuerdo
a Loló de la Torriente. En La Habana fueron al cementerio el
16 de agosto –su primer aniversario– y le juraron otra vez,
ahora que Cuba sería libre.Y aquel domingo que mi mamá
me llevó a visitar familiares en Mayajigua y los soldados del
cuartel tenían las cananas puestas, nos enteramos por la
noche que habían atacado el cuartel de Santiago de Cuba,
el Moncada. No creí nada de lo que dijo Batista por radio el
lunes 27: los asaltantes tenían que ser los buenos.Me puse
a recoger en una libreta de colegio, con mi mejor letra, los
pocos nombres de asaltantes muertos que se iban conociendo.
Después me dijeron que en su conspiración tenían
un santo y seña para identificarse: "quién va / Eduardo
Chibás". No importa si no es cierto: yo lo creía. Nosotros
tuvimos que crecer muy rápido.
En 1955 se creó el Movimiento. En marzo del 56 leí en
Bohemia el artículo de Fidel: "Ahora la lucha es del pueblo…
Para las masas chibasistas el Movimiento 26 de Julio
no es algo distinto a la Ortodoxia: es la Ortodoxia sin una
dirección de terratenientes…, sin latifundistas azucareros…,
sin especuladores de bolsa, sin magnates de la
industria y el comercio, sin abogados de grandes intereses,
sin caciques provinciales, sin politiqueros de ninguna
índole; lo mejor de la Ortodoxia está librando junto a nosotros
esta hermosa lucha, y a Eduardo Chibás le brindaremos
el único homenaje digno de su vida y su holocausto: la
libertad de su pueblo…" Era muy natural para los primeros
organizadores del Movimiento ir a buscar militantes entre
los jóvenes ortodoxos. Y los muchachos ya teníamos un
santo y seña: "¡Revolución, revolución! / ¡Fidel Castro, Fidel
Castro!"
II
Eduardo René nace en 1907, el primogénito de una familia
muy rica; pasea por Europa de adolescente y vive en un
palacete del Vedado. Su apoyo a la huelga de hambre de
Mella podría haber sido un capricho más de muchacho con
demasiado dinero, pero año y medio después está metido
a fondo en el movimiento estudiantil contra la prórroga de
poderes del Machadato, y enseguida se hace revolucionario.
En los ocho años siguientes corre todos los riesgos del
luchador y vive las experiencias tremendas de una revolución
que le exigió a la república cubana que lo fuera realmente
y ejerciera su soberanía, y a la sociedad que
asumiera la justicia y la igualdad en la práctica social, no
meramente en el discurso y las leyes. Chibás milita en las
vertientes más radicales del Directorio de 1930, un movimiento
estudiantil que llega a estar en el centro de la política
revolucionaria, es antimperialista y se gana un gran
prestigio a escala nacional.
En la coyuntura posrevolucionaria que siguió, Eduardo
Chibás se convirtió en un cuadro político dentro del partido
"auténtico", el más representativo de la nueva época,
pero logró no ser arrastrado por los dos corolarios fundamentales
del oficio de político en la segunda república burguesa
neocolonial: el olvido de los ideales y la corrupción.
Poseía una individualidad muy atrayente por su gran audacia,
oratoria encendida, carácter justiciero, valentía personal
y política, propensión a la polémica y honestidad
palpable. Cuando Grau San Martín y los "auténticos" –el
partido y el líder que usufructuaron la esperanza y la institucionalidad
surgidas de la Revolución del 30– consumaron
su orgía de defraudación y latrocinio, de frustración y
pistolerismo, Chibás levantó una bandera de adecentamiento
de la vida pública y cambios beneficiosos para el
pueblo y el país, creó un partido político y un movimiento
de masas para lograr esos fines y supo darle organicidad y
alcance en un tiempo brevísimo. Aunque permanecía dentro
de la institucionalidad y sujetado a sus reglas, Chibás
pretendió obtener con su actuación cívica, la movilización
popular y la victoria electoral, transformaciones mucho
más profundas de lo que el sistema era capaz de permitir.
Ese curso de acción, por cierto, tiene hoy varios ejemplos
exitosos muy notables en América Latina.
Chibás levantó una masa enorme de pueblo hacia el ejercicio
pleno de la ciudadanía y la conciencia de que era
posible acabar con el estado de cosas vigente, obtener
toda la independencia y la justicia, y echar adelante el destino
de Cuba. Denunció al imperialismo y reivindicó la
necesidad de que Cuba rompiera su yugo neocolonial. En
esos breves años, y aun después de muerto, llegó a asustar
a los dominantes ante el riesgo de que el chibasismo lograra
cambiar a Cuba.La muerte detuvo su actuación y su conducción,
pero quedó como un heraldo de la soberanía del
pueblo y la acción ciudadana, y como una figura moral que
exigía sacar al país del pantano. Seguramente no lo previó,
pero fue el primer reclutador para las huestes que hicieron
la insurrección desencadenadora de un proceso revolucionario
que fue muchísimo más lejos que lo que Chibás se
propuso.
¿Qué más le podemos pedir a Eduardo Chibás? ¿Qué
no estuvo del todo claro, visto desde hoy? ¡Claro! Si lo
hubiera estado, muy probablemente no hubiera podido
desempeñar el papel extraordinario que cumplió, para
que pudiera ponerse en marcha la revolución que creó
el hoy.
Medio siglo ha vivido Eduardo Chibás su difícil posteridad.
La insurrección y el poder revolucionario cambiaron
los datos del problema cubano y la naturaleza y el alcance
de las transformaciones de las personas y sus relaciones,
de la vida social, las instituciones, la conciencia
social, las ideas y el proyecto nacional y social. Al principio,
Chibás se alejó lentamente, después quedó como
suspendido en el aire tan claro del país, se intentó someterlo
al olvido y estuvo a muy pocos pasos de él, pero
permaneció siempre latente. Hace quince años, cuando
todo parecía derrumbarse, Conchita Fernández lo llamó
otra vez, al gritar junto a su tumba: "¡ahora la consigna es
otra vez vergüenza contra dinero!". Hoy debemos repetir
entre todos, sin necesidad de levantar mucho la voz, pero
mucho más conscientes de lo que aquel grito cubano
significa y de la decisión a la que nos obliga: vergüenza
contra dinero.
La Habana, marzo de 2009