LA OCASIÓN DE HABLAR*

George Lamming

Nuestro origen social caribeño, por tanto, difiere un tanto del negro estadounidense. Difiere también mucho del africano del oeste del Continente que ya ha dado indicios de que está a punto de producirse una contribución nueva a la literatura inglesa. El antillano ocupa una posición muy inusual en todos estos bloques sociales y raciales. En relación con el africano, el negro estadounidense y la cultura occidental ocupan, en cierto sentido, una posición periférica. La acusación de que no sabe quién y qué puede considerarse intrascendente o una característica universal de su tiempo.

Lo que el antillano comparte con el africano es una difícil situación política, una situación que llamamos colonial, pero la palabra colonial posee un significado más profundo para el antillano que para el africano.Este,a pesar de su modernidad,nunca se ha separado por entero de la cuna de una cultura y una tradición continuas. Su colonialismo toma principalmente la forma de ausencia de privilegio en la organización de los asuntos cotidianos de su país. Esta situación está a punto de terminar y su final es resultado de la exigencia persistente y eficaz de libertad política del africano.

Por otra parte, la comunidad de las Antillas inglesas tal vez sea la única en el mundo en que el deseo de ser libres, la ambición de hacer sus propias leyes y regular la vida de acuerdo con los impulsos propios, permanecen aletargados. En esas Antillas se cumplen todos los criterios que se exigen de un territorio colonial para que pueda reclamar la independencia. Hace muchas décadas que en Trinidad, Barbados y Jamaica los indígenas dirigen la Administración Pública. El nivel de alfabetismo es superior al existente en la mayoría de los territorios coloniales a los que se ha concedido independencia después de la última guerra. Las Antillas ocupan una posición estratégica entre América del Norte y del Sur.

"Estas colonias tienen una importancia mucho mayor de lo que indicaría su extensión y población.Son avanzadas de democracia creciente en el Hemisferio Occidental, cuarteles de retaguardia del imperialismo europeo y estadounidense y tubos de ensayo en que se fermentan las relaciones raciales".

Por tanto, las exigencias que la Oficina de Colonias parece hacer a los territorios africanos se cumplen en las Antillas. La famosa pregunta que en estos momentos se formula en lugares como Nyasalandia y Nigeria ("Si nos vamos, ¿quién va a administrar?") hace mucho se respondió en el Caribe. ¿Por qué, pues,no son las Antillas británicas un Estado soberano desde hace diez años? ¿Por qué no es un Estado soberano hoy? La respuesta explica la diferencia de significado de la palabra colonial para el africano y el antillano. El antillano cumplía los criterios para el autogobierno, respondía a la pregunta de quién administraría y, por la propia perfección de su respuesta, no podía avanzar más allá.La actitud africana podría resumirse en la respuesta:"Los criterios no nos interesan y aunque el asunto del retraso puede ser cierto, en estos momentos no es lo que nos interesa. Exigimos nuestra libertad o los echamos... pero, por amor de Dios, permitan que tratemos de ponernos en pie".

Las culturas tradicionales de la civilización africana han dado esta fuerza al africano. Además, es imposible estar solo cuando dos terceras partes del campesinado mundial se encuentran en marcha. Es la brevedad de la historia antillana y la naturaleza fragmentaria de las diversas culturas que se han fundido para dar algo nuevo; es la dependencia absoluta de los valores implícitos en esa lengua de su colonizador lo que le ha dado una relación especial con la palabra: colonialismo. No es sólo una definición política, no es sólo el resultado de disposiciones económicas dadas. Comenzó de ese modo y se hizo un poco más profundo. El colonialismo es la propia base y estructura de la conciencia cultural antillana. Su renuencia a pedir libertad política completa –de hecho, la Oficina de Colonias tiene la esperanza de que se apure y la tome, pues le ayudaría a sumar un logro más a su lista–, su renuencia a hacerlo se debe al temor que provoca no haber tenido nunca que ponerse en pie. Una cultura materna extranjera o ausente siempre ha acunado su juicio. Además, la ausencia de esas fuerzas hostiles que Baldwin ha sentido en Alabama y Georgia, esta carencia de temor físico ha creado un estado de complacencia en la conciencia antillana. Y mientras más asciende en la escala social, más mutila la complacencia resultante su mente e impulsos.

A fin de cambiar esta forma de ver, el antillano debe cambiar la propia estructura, la propia base de sus valores. Esta sería una tarea enorme si el momento de hacerla no coincidiera con cambios similares en todo el mundo. Lo que debe hacer el antillano para liberarse de esta prisión del colonialismo, de este temor a ponerse en pie, es precisamente lo que todo el mundo está hoy llamado a hacer. La escala de la empresa difiere, pero el desafío fundamental es el mismo. Porque los antillanos –africanos, chinos e indios por mezcla [...]– pertenecen a esa enorme mayoría campesina cuyo salto al siglo XX ha destrozado todos los cálculos tradicionales de Occidente, de la civilización europea.

No me interesa demasiado lo que el escritor antillano ha aportado a la lengua inglesa, porque el inglés ya no es la lengua exclusiva de quienes viven en Inglaterra. Eso terminó hace mucho y es hoy, entre otras cosas, una lengua antillana. Lo que los antillanos hagan con ella es asunto suyo. Una consideración de mayor importancia es lo que el novelista antillano ha traído a las Antillas. Esa es la verdadera pregunta y responderla puede ser el comienzo de un intento de lidiar con esa estructura colonial de conciencia que ha determinado los valores antillanos.

Hay, para mí, sólo tres sucesos importantes en la historia del Caribe británico. Empleo el término historia en sentido activo, no como una sucesión de episodios a los que es fácil dar algún vínculo casual.Por suceso histórico entiendo la creación de una situación que ofreciera oposiciones antagónicas y un desafío de supervivencia que todos los participantes debieran encarar.

El primer suceso fue el descubrimiento. Este comenzó, como casi todos los descubrimientos, con un viaje, un viaje hacia dentro o un viaje hacia fuera y a otro lugar. Ése fue el significado de Colón. El propósito original del viaje puede en ocasiones no tener nada que ver con los resultados que le aguardan. Ese viaje se produjo hace casi cinco siglos y el resultado ha sido una de las comunidades más fascinantes del mundo. El siguiente suceso fue la abolición de la esclavitud y la llegada del Oriente –India y China– al Mar Caribe.Aquí se reunió el mundo y fue en todos los niveles, salvo el administrativo, un mundo campesino. De un modo u otro, de turbulencia en turbulencia, estas personas, obligadas a una lengua común que no poseían a su llegada, tuvieron que hacer algo con su entorno. Lo que casi todo el mundo contempla hoy como la posibilidad de armonía racial ha sido siempre el trasfondo de la perspectiva antillana. La integración racial será un logro para la escuela estadounidense. En las Antillas, es el fondo ante el cual se ha producido el aprendizaje. En las Antillas podemos encarar sin temor el siglo XX, porque lo iniciamos con ventajas colosales. El antillano, aunque provinciano, puede que sea el ser más cosmopolita del mundo. Ningún indio de la India, ningún europeo, ningún africano puede adaptarse con mayor sencillez y naturalidad que el antillano a las situaciones nuevas.

Los ingleses han ayudado a comprender esto con el críquet. Cuando un equipo indio toma el campo en Lords, es un equipo de indios.Algunos son altos y otros bajos,pero todos se parecen. Cuando un equipo australiano toma el campo en Lords, es un equipo de australianos. Pero cuando un equipo de antillanos toma el campo en Lords, el propio Lords se desconcierta y no porque sean todos tan feos.Porque, ¿qué se ve? Altos y bajos, sí, pero indios,negros,chinos,blancos,portugueses mezclados con sirios.Para el ojo inglés –sería interesante escuchar sus diálogos nocturnos– las mezclas son tan increíbles y prometedoras como el arco iris.Y la combinación de ese equipo no es un truco político. Ése es el equipo antillano, porque, de hecho, es la situación antillana.

Imagínese por un momento, de ser posible, a un equipo sudafricano oficial que imitara el ejemplo antillano. Intentemos imaginarlo en 1960 y tendremos una idea de dónde están las Antillas en relación con el futuro.Fueron la esclavitud y la emancipación de los esclavos, que condujo con posterioridad a la llegada de indios y chinos, lo que contribuyó a crear esta situación.

El tercer suceso importante de nuestra historia es el descubrimiento de la novela por los antillanos como forma de investigar y proyectar las experiencias interiores de la comunidad antillana. El segundo suceso data de unos ciento cincuenta años. El tercero es de apenas dos décadas. Lo hecho por el escritor de las Antillas inglesas no tiene nada que ver con las evaluaciones de aquel crítico británico. Ese escritor es el primero en añadir una dimensión nueva a lo que se escribe sobre la comunidad antillana.

Hemos tenido libros de viajes,algunos de ellos excelentes,como Traveller's Tree, de Patrick Leigh Fermor. Hemos tenido tratados sociales y económicos. Los antropólogos han realizado algunos ejercicios en esa esfera. Hemos tenido Libros Blancos oficiales así como los diarios negros de las esposas de los gobernadores. Pero éstos han funcionado como cámaras anticuadas que captan lo que pueden –que no fue mucho– lo mejor que pudieron,que no pudo ser mucho, ya que nunca lograron acercar la cámara lo suficiente. Como debe ser,el novelista fue el primero que relató la experiencia antillana desde dentro.Fue el primero en registrar la memoria antillana hasta donde le fue posible remontarse. Es al novelista de las Antillas inglesas –que no existía hace veinte años– al que deben volverse el antropólogo y todos los demás que intentan presentar tratados sobre los antillanos.

No deseo realizar ninguna demanda chovinista a favor del escritor antillano, pero es necesario llamar la atención sobre la novedad –no la novedad exótica que los coloniales inferiores y los críticos no informados propondrán,sino la novedad histórica de nuestra situación–. Hemos visto ante nuestros ojos una actividad llamada escritura, que adopta la forma de novela, cristalizar sin tradición autóctona anterior de la cual tomar. Mittelholzer,Reid,Selvon y Roger Mais son para el nuevo escritor colonial de las Antillas británicas precisamente lo que Fielding y Smollet y los novelistas ingleses tempranos serían para los lectores de su propia generación. Estos escritores antillanos son los pioneros en este método de investigación. Son los primeros constructores de la que será una tradición en la literatura imaginativa antillana,una tradición que se dará por sentada o que servirá a los fines del análisis crítico que realicen antillanos de una generación posterior.

La novela, según aplica el término el crítico inglés, tiene unos doscientos años de existencia e incluso entonces tenía un largo ejemplo de poesía narrativa del que tomar. La novela de las Antillas inglesas, es decir, la novela escrita por los antillanos sobre la realidad antillana, apenas tiene veinte años.Y esto es lo fascinante de la situación.La formación de todos estos escritores está en la cultura occidental, y sobre todo en la cultura inglesa, más o menos de clase media. Pero la enjundia de sus libros, los motivos y direcciones generales, son campesinos. Una de las quejas más populares de los antillanos a sus novelistas es la ausencia de novelas sobre la clase media antillana.

¿Por qué Reid, Mittelholzer en sus primeras obras, Selvon, Neville, Dawes, Roger Mais, Andrew Salkey, Jan Carew... por qué sus obras están inyectadas de cabo a rabo con el apremio de la vida campesina? ¿Y por qué su enseñanza colonial no les hizo proseguir las ambiciones generales de los escritores no provincianos? ¿Por qué no tuvieron que jugar a ser los Eliot y Henry James de las Antillas? En cambio, se acercan más a Mark Twain.

Abundaré en esto más adelante. Baste decir que no lo hicieron. A diferencia de gobiernos y departamentos de educación anteriores, a diferencia de los hombres de negocios que importan bienes de consumo, el novelista antillano no miró allende el mar en busca de otra fuente.Miró hacia adentro y hacia abajo, a lo que tradicionalmente se había pasado por alto. El campesino antillano se convirtió por primera vez en algo que no fuera mano de obra barata. Se convirtió, a través del ojo del novelista, en una existencia viviente, que vivía en silencio, dicha y temor, envuelto en disturbios y carnaval. Fue la novela antillana la que devolvió al campesino antillano su condición verdadera y original de personalidad.

* Fragmento tomado de Los placeres del exilio (1960), publicado por el Fondo Editorial Casa de las Américas y traducido por María Teresa Ortega Sastrique (2007). Su segunda edición, del 2010, será presentada en la próxima Feria Internacional del Libro.