Vivir y morir
en Venecia
Alberto Garrandés
Levin
Este año, 2011, se cumplen 99 del drama que Thomas Mann
ambientó en la ciudad de Venecia.De aquí al venidero 2012, cuando
–dicen– se acabe el mundo, varias generaciones de lectores de
épocas distintas podrán conjeturar cómo sería el centenario de la
publicación de una de las historias más célebres y atormentadas del
siglo XX.
Muerte en Venecia (libro que presentará la Editorial Arte y
Literatura en la próxima Feria Internacional del Libro de La Habana)
es el relato de una pasión homoerótica,y aunque Thomas Mann nos
la refiere en clave,estratificadamente,acudiendo al recurso del escamoteo
y el disfraz cultural,edifica con ella una fábula sobre la índole
sagrada (e impersonal) de la belleza física.Se trata de una narración
de significativa hondura sicológica, dedicada al examen de un
vínculo mental cada vez más estrecho –el del escritor Gustav von
Aschenbach y un desconocido:el joven Tadzio– y que muestra muy
bien la tragedia de la ilusión.
Esta obra tiene como centro el comportamiento de un artista en
cuya sensibilidad se han conciliado la exaltación por la grandeza del
espíritu y el honor de elaborar obras famosas que no sólo alaban
sino que intentan explicar esa grandeza. Aschenbach, hombre
del lenguaje y la poesía, de las palabras y la imaginación espiritual,
encuentra en Tadzio reminiscencias de un universo platónico,
arquetípico, un universo clásico autosuficiente. No por
gusto sus reflexiones se espejan en cierta alusión a Fedro o de la
belleza, diálogo en el que Platón desarrolla los conceptos del
honor, la prudencia y la ejemplaridad ética del artista en su actitud
frente a la belleza,que es,para Platón,algo poco menos que
peligroso a la vez que elevado y casi sobrehumano. El siguiente
párrafo parece describir lo que se encuentra, como un querer
ser, en la mente y la sensibilidad de Aschebach, y también pone
de manifiesto algunas zonas de su desenvolvimiento como personaje.
Platón dice:
Hemos reconocido a la belleza por el más penetrante de todos
los sentidos:la vista.La vista es,en efecto,el más sutil de todos los
órganos corporales; pero no llega a percibir la sabiduría,porque
experimentaríamos amores increíbles si su imagen y la de las
demás esencias dignas de nuestro amor se ofreciesen a nuestra
vista tan vivas y distintas.Pero la belleza es la única que tiene el
privilegio de ser al mismo tiempo la más visible y la más encantadora.
El alma que no tiene un recuerdo reciente de los divinos
misterios,o que se ve abandonada a las corrupciones de la Tierra,
lucha con dificultades para elevarse desde las cosas del mundo
hasta la perfecta belleza [...] sin embargo, lejos de sentir respeto
ante su vista, se deja dominar por el atractivo del placer y,como
una bestia salvaje, violando el orden natural, se abandona a un
brutal deseo,y,en su grosero comercio,ni teme ni se avergüenza
[...].El hombre que ha sido perfectamente iniciado y que contempló
alguna vez un gran número de esencias,cuando ve un rostro
que presenta la belleza celestial,o un cuerpo que por sus formas
le recuerda la esencia de la belleza, siente desde luego cierto
pavor y experimenta los antiguos terrores religiosos [...] apenas
sus ojos reciben los efluvios de la belleza,siente el dulce calor que
nutre las alas del espíritu.
Muerte en Venecia transcurre en uno de esos rutilantes balnearios
internacionales que sirven para el ejercicio de la galantería, el ocio
del voyeur y los escarceos del erotismo.Aschebach queda atrapado,
en un turbio magnetismo,por el rostro casi angelical de Tadzio y por
su cuerpo,que el escritor absorbe con los ojos en el permisivo escenario
de la playa.Púber,en sazón,adolescente,el cuerpo de Tadzio es
flexible y se mueve,sin embargo,con delicadeza calculada,con una
apostura y un garbo casi demoníacos.
Estamos en presencia de un juego lacerador en el que
Aschenbach, una especie de héroe trágico, va cediendo terreno al
ridículo y la necedad, al desatino y la extravagancia con tal de
aproximarse a lo bello y tenerlo.Ese juego transcurre fundamentalmente
en su imaginación,pero aun así es alimentado por la extraña,
confusa, en ocasiones provocadora, vaga e imprecisa apatía de
Tadzio.Aunque el escritor no lo reconoce,Tadzio es para él un objeto
del deseo.Y,para el narrador, en el plano simbólico de la historia,
un genuino mensajero de la muerte.Porque al final,en ese impresionante
desenlace, Aschebach muere sin poder apartar la vista de
Tadzio,y toda la experiencia anterior se tiñe de una severidad metafórica,
como de moira cumplida (o incumplida y sujeta pues, en
tanto némesis,a la culpabilidad y al castigo).
Para Thomas Mann, Tadzio representa la idea romántica de la
belleza,que no puede apresarse ni retenerse y que está anclada en
una tradición clásica que se expande de modo universal.Una belleza
(el cuerpo Tadzio) a la que se oponen,aquí,imprecisos sentimientos
de perversión, y, más tarde, de decadencia y de muerte. La
concreta idealidad –griega,por supuesto– que rodea a los efebos es
investida aquí por Mann de un aura supraterrenal. En el trasfondo
revolotea,a imagen de Tadzio,la Muerte,y es como si no hubiera otra
salida que esa para tan elevado y voluptuoso delirio.
La austeridad,el ascetismo,el ordenado mundo y la soledad gustosa
de Aschenbach empiezan a derrumbarse cuando ve a Tadzio.
Todo o casi todo sucede,como dije,en la imaginación de un escritor
que,de pronto,se ve absolutamente inflamado por el deseo.Es más:
ese deseo no sólo modifica su ser sensorial,sino que destroza el sistema
de sus ideas sobre la sociedad, el artista y la creación artística.
¿Qué ha sucedido? Aschenbach, hechizado durante toda su vida
por el espíritu y el orbe de las ideas,ahora queda avasallado por las
sensaciones de la belleza humana, la belleza del cuerpo, una realidad
suprema a la cual el espíritu y el intelecto deberían someterse
como intérpretes o cantores.
Aschenbach, que antes temía al placer –porque el placer y su
embriaguez conforman el espacio donde la razón y el orden naufragan–,
muere entre los reclamos de la seducción y la caducidad de la
entereza.Ha comprendido que el cuerpo y los instintos pueden ser
la sede del alma,de las ideas sobre lo sagrado,y que es posible hacer
un viaje de ida y vuelta del cuerpo al espíritu y de éste al cuerpo.
Aschenbach sublima su pasión.La transforma en cultura.En cultura
clásica y en filosofía y en misticismo.Pero no hay que llamarse a
engaño.La pasión de Aschenbach es bien material,bien inmediata.
Es la primera vez,me parece,que en Cuba se publica,en volumen
independiente,esta obra maestra de la literatura universal que todavía
le habla a los lectores, los de ahora y los del porvenir.
Felicitémonos,pues,y crucemos el umbral que nos separa de ella.En
definitiva se trata de una historia que dialoga con la existencia desde
la valentía y la nobleza del gran arte.
El blanco libro
de Teresa Burgos
Alfredo Zaldívar
El libro empieza con la palabra blanco, en su portada se insinúa
una hoja,los nervios de esa hoja,su silueta.Es una hoja que vuela.Lo
demás es vacío, es decir, esperanza. Vasta mirar al vacío en que esa
hoja vuela y llenarlo de la vida que ansiamos.
Pocas veces uno entra a un libro real,un libro que es tal,que es.No
ese compendio de textos que escribimos bajo índoles distintas,bajo
un título aciago,sin frontispicio ni perfil.Que luego encuadernamos,
le ponemos un título conveniente y hasta gana un concurso.Este es
un libro libro.A pesar de aquel aullido de Jean Cocteau o el grito de
Delmira Agustini. Este, sin el artículo, Libro blanco a solas, no podía
encontrar otro título.
Breve,de textos muy breves,merece una brevísima reseña.Porque,
además, qué puedo decir yo de este libro que su autora no diga
cuando leyéndolo, en acto íntimo e irrepetible, cada lector puede
entrar a un mundo velado, aquietado, sin pretensiones vanas, sin la
consabida búsqueda del éxito, sin efectismos ni flores de ocasión.
Poemas que nunca ganarán un concurso,seguros de que nada hay
más antipoético que competir en poesía.
Pudiera parecer a prima vista que este es un libro difícil,por su hondo
lirismo,su vuelta al trabajo riguroso con la palabra,a la imagen,a la plasticidad,
a la fábula –nunca desbordada–,a la emoción –contenida–.Y
no es un libro fácil.Qué cosa fácil es valiosa.Un absoluto, rotundo NO,
cabría en esta línea.Pero sí puedo afirmar que es un libro llano,sin lardes,
al que cualquier mortal puede entrar sin reservas,y en el que va a
encontrarse,porque este es un libro cargado de humanidad.No de lo
que a veces se llama humanidad,de forma chata.Aquí es muy simple
caminar sobre las aguas o sobre los árboles,ver un ciervo volar hacia el
cielo,o la nieve caer sobre los más viejos tejados de Matanzas.Aquí está
todo lo que la poesía puede alcanzar,sin esfuerzos,con la armonía que
solo logran aquellos poetas para los que vida y obra son una misma
cosa. Concordia, concierto, concurrencia. ¿Hay algo más parecido a
Teresita Burgos que su poesía? Sí, hay algo: su humanidad. Este es un
libro que todos leeremos sin prejuicio,sin miedo a su lirismo,a su altísimo
vuelo interior,porque es un libro humano,un libro para esos humanos
que Teresa entiende,los que pueden remontar el vuelo más difícil,
el que va hacia el alma de los otros,al cielo de adentro,para decirlo con
palabras de Digdora Alonso.
Porque poesía declamatoria, efectista, pomposa, juguetona, de
pancarta, se puede hacer, incluso bien, incluso muy bien, pero también
puede perderse en el preciso instante que se emite. La que
susurra,la que penetra por los poros,la que estremece suave,tiernamente,
pero cala hondo,esa se queda para siempre.
En su búsqueda de la belleza,en el rigor de su escritura,en su diálogo
con Keats, con San Juan de la Cruz,con su gran maestro Eliseo
Diego, no hay ese juego intertextual a veces vacío y hasta pedante,
falsamente culterano. Su comunión con esas poéticas es plena, y es
esa esencia la que llega al que lee.
Aquí hay un libro que busca la belleza, de las cosas, que ya lo dijo
Melquíades, tienen vida propia, solo hay que moverles el alma. Y
Teresa ha conseguido hacernos ver el alma de una lámpara, de los
trastos hundidos en el agua, el alma de lo que creíamos fábulas,de
lo que hasta ahora fue sólo un mito.
Libro hedonista,que ama el placer de ser un bello objeto,que procura
ese placer también en el ropaje que el diseñador (Johann E.
Trujillo) supo hallarle. En la cuidadosa edición de Yanira Marimón,
para la Colección Puentes de Ediciones Matanzas.
Libro en sordina,para que,si queremos verdaderamente escuchar,
afinemos muy bien el oído.Libro escapista,sí.Que escapa de la nada,
del vacío, o de lo demasiado lleno de vacío. Libro de torre, de una
torre altísima, la del vigía que cuida, que vela el corazón, ya no tan
romántico del hombre roto que hoy somos,y que sólo un libro blanco,
o sea,libro de paz,puede remendar,curar,salvarnos. |