Ileana Állvarez


ILEANA ÁLVAREZ (Ciego de Ávila, 1966). Poeta, editora y ensayista. Entre sus libros de poesía figuran Los ojos de Dios me están soñando, Los inciertos umbrales, Consagración de las trampas y Trazado con ceniza. Ha merecido varios premios como el Emilio Ballagas, el Internacional del Frente de Afirmación Hispanista, el Pinos Nuevos, el Internacional Nosside, y el Eliseo Diego.

Regreso a Ítaca

¿Es una barca sola
la que escapó por una hendija del sueño?
¿O fueron dos barcas de madera antigua
mirándose
en silencio sobre la piel de la inmanencia?
¿O era sólo la imagen aterradora de un tablón            
solitario
en medio del océano negro, un velero
sin brazos,
que aún transpira el olor del hombre
que se despierta al alba?

¿Son dos barcas o soy yo hecha un capullo
que huye y se contempla así mismo
en el horizonte del retorno?

¿Quién eres y de qué país procedes?
¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres?
(¿Acaso eres el arca de la alianza
sobre el desierto de mi piel?)

¿Qué delira este hogar sin remos, mecido
por las sombrías aguas que no sacian mi fe,
yacimientos que esconden en su seno
la serpiente de la duda,
la desolación de otros manantiales,
la corona de la desmemoria y la nostalgia?

¿Quiénes te soñaron mientras palomitas
de hierro
atravesaban la carne?
¿Qué otra barca florecía bajo los confines?

Ceniza de la tierra

Que no tenga yo el valor de abrir en dos
el sol triste de mi país.
Mi país, velamen sobre el roble en jirones
de mi fe.
A dónde huyen tus raíces, quebradas y juntadas
en aquellos domingos bajo el almendro
donde padre nos reunía con un atadijo
de cofres sin abrir.
Iban saltando como conejos
objetos inimaginables con una historia terrible
de final feliz.
Hacia qué otra región se han fugado
las hojas adormecidas de la yagruma
que no pude escalar, el incendio
de aquel atardecer en que descubrí
la vibración secreta de la felicidad.
En qué otra llanura, dime,
la flecha traspasó la manzana
y no quedó en el aire,
inmóvil,
como un cuervo sin voz.

Safo implora ante la espuma

Amada, tú estás muerta,
yo que te canto también lo estoy.
Los arrecifes que me hieren los pies
pueden dar fe de la sangre que no brota.
El viento que no reseca las cuencas vacías
de mis ojos
pudiera decirte del velero de mi cuerpo
comido por crustáceos.
Ya nada puede hacerse.
El horizonte ha derramado un vino negro
como la lava del Vesubio.
Un fino velo se tenderá sobre este amor
y mi canto caerá como una lluvia interminable
sobre los pechos desnudos de otra mujer,
allá, cuando esta espuma que hoy te cubre
se eleve como un ave.

Cuerno y marfil

¡Forastero! Hay sueños inescrutables
y de lenguaje oscuro,
y no se cumple todo lo que anuncian los hombres.
Hay dos puertas para los leves sueños;
una construida de cuerno y otra de marfil.
De la Odisea

 

¿Puedo esperar a que de nuevo crezcan
los sueños
cortados en la danza de los días en fila india,
anillos de una serpiente que sólo atisba
a morderse la cola?
¿Aun, cuando el albor tembloroso de esta isla
intente embestir la abulia,
puede el hilillo de fe que me sostiene
hacerlos crecer desde mi vientre?
Y es que las conchas que recogí en las playas
de la infancia
se han tornado saetas venenosas,
círculos de hierro lanzados a la noche
en que mis yacimientos heridos fueron
por la sospecha.
Al despertar, no puedo unir las hogazas
de mi sombra,
cristales que albergaron un corazón intacto.
Fragmentos apenas de cuerno y de marfil
adheridos al azogue de mis días.

Los muros de la provincia hoy carcomen el viaje
que en la tiniebla hilé y deshilé
con los dientes apretados,
deteniendo, al alba, espurios esplendores,
el cansancio de la cruz, la codicia invasiva
y la sospecha de las águilas.
Pozos que ascienden a disipar tus brotes.

Descosida, sin alas, nadie va a lamer los parajes
invertidos en cada pesadilla. La mentira
que urdía
puntada a despuntada para ahuyentar
la pérdida.
Son las ráfagas de la memoria que regresa
como corcel aguijado por avispas.

La elipsis va trazando mi asedio.
O es el mar con sus cercas de púas, la infinitud
del azul
que no logré estampar en el horizonte
de mis hijos.
O es el hambre,
la avidez que me posee como una loba,
que trenza una cuerda negra
sobre la silueta sin astros del porvenir,
y parte en dos la ausencia,
en tres astillas,
en nada,
en desvarío.
El hambre que callo.