Aitana Alberti
La perla de Siguanea*
Aitana Alberti León. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1941. Hija de Rafael Alberti y María Teresa León, ha sido una infatigable editora y promotora de la obra de los poetas de la generación española del 27. En la actualidad es presidenta en Cuba del Proyecto Cultural Sur, para el fomento de la Poesía y las Artes, en el que participan autores de América y Europa. Ha publicado: Poemas, Y de nuevo nacer y Pupila al viento.
El bayú de Juana la Loca es la perla de Siguanea. El barrio desparrama sus casitas a orillas del pueblo –bungalows de madera sobre pilotes fabricados por los gringos y torpe mampostería encalada–, perdiéndose entre la vegetación rumbo al mirador, con una vista imponente sobre la mar océana; el terso, luminoso, turquesado mar, inmutable desde el inicio de los tiempos y después, cuando el Gran Almirante tomó posesión de estos lomeríos, sin saber qué continente había besado con sus labios agrietados por cien tormentas, y ni siquiera si era ínsula o tierra firme la poseída, realmente, en nombre de la Reina Nuestra Señora, única merecedora, según él, de gobernar un mundo nuevo, diciéndoselo bajito a su corazón enamorado al clavar la cruz en las arenas negras de la ensenada, abierta al pie de unos montes extrañamente familiares, semejantes a los de la lejanísima costa genovesa. Sólo sabía a ciencia cierta que tanta hermosura no cabía en sus ojos de pobre mortal, cegados por el solazo del otoño, idéntica candela el año entero como no tardaría en descubrir, a la par de otros territorios igualmente esplendorosos, grávidos, ¡ay!, todos ellos con la simiente envenenada de la desilusión, porque las alegrías de los hombres pasan pronto e incluso el destino del héroe es, con monótona frecuencia, morir encadenado, vilipendiado o traicionado.
Pero en la riente mañana de octubre de mi cuento el Gran Almirante ordenó al grumete Rodrigo de Triana rasurarle las barbas, que había prometido no cercenar hasta escuchar el grito de ¡Tierra!, vistió las calzas verdes acuchilladas de gualda, esponjó la golilla de los ceremoniales mayores, hizo desempolvar el arca de los abalorios y finalmente arriar los botes, tras santiguarse repetidas veces ante la imagen del Salvador.
Habiendo dejado el emocionado beso de la posesión algunos granos de arena prieta en la boca del Descubridor, una doncella, una traviesa adolescente, apartándose de un grupito de nativos surgido quién sabe de donde, se le acercó, y con un gesto juguetón de la mano sacudió de los labios extranjeros las partículas autóctonas.
Advirtióle al punto lo impropio de tal acto el clamor de la concurrencia, e muy cuitadamente la infeliz pidióle perdón por su atrevimiento cayendo arrodillada a sus plantas mesándose los cabellos, que llevaba larguísimos hasta los pies, adornados de flores muy parescidas a la trompetilla de Galilea. Las carnes eran enjutas pero graciosas, sin cobertura alguna, con sus partes pudendas a la vista como Dios la traxo al mundo, e sin conoscer aún si aquellas gentes con apariencia de cristianos tenían alma o no, era muy agradable contemplarla, e los presentes, empezando por el Almirante, apresuráronse, con sumos aspavientos, a alzarla del suelo.
Juana la Loca abandona la hamaca donde duerme desnuda cada tarde la siesta de los justos, de los predilectos de los dioses; devota de San Lázaro, alimenta a veinte perros alojados en la antigua cochera, perros a los cuales ha enseñado la regla del silencio para no molestar a los clientes de su Casa, de su Templo, de su Reino. Ejerce dentro de esas fronteras una autoridad incontestada, paralela a la impuesta a la canina, sobre otras tantas beldades agrestes elegidas con el instinto del lebrel de raza. Ella misma mulata fina, nariz vibrátil de etíope, pelo casi bueno cayéndole en blandos rizos sobre la espalda hasta más abajo de las nalgas, no esteatopigias sino redondas, más bien breves, tipo mitteleuropeo, según proclama el Poeta; ojos húmedos de corza o ciervo vulnerado, piernas interminables de corredora de fondo o Diana cazadora, senos... Falto de metáforas, símiles y personificaciones, el Poeta saca del bolsillo una desmadejada traducción del Cantar de los cantares impresa en los talleres del Adelantado de Segovia, en l922. Los escasos parroquianos del bayú a esa hora temprana lo mandan con la música a otra parte; sólo desean estar tranquilos, hundirse pronto en la noche oscura del alma, tener un anticipo de la inevitable travesía en la barca de Caronte al estilo guajiro, arropados por tupidísimos celajes fruto de un ron de cuarta, escuchando, sin cera en los oídos, a las sirenas homéricas cantar décimas, seguidillas, guarachas, danzones, guaguancós, sones, polkas, mazurcas, tangos, vallenatos y demás yerbas foráneas y nacionales, machacadas por los cilindros del órgano oriental, y no las pendejadas de Fray Luis. El Poeta es persistente. Presa de un fervor parangonable al del Almirante al enarbolar el estandarte de Castilla (y Aragón) hace cinco siglos cien metros más abajo, blande el desbaratado ejemplar con los sagrados versos amorosos del rey africano, tal vez etíope; acorrala a Juana la Loca, hermosa entre las hermosas, Sulamita siempre ataviada de blanco, siempre descalza, siempre altiva, señora de unos predios que no puede dejar de visitar cada noche de su aporreada vida de poeta paupérrimo, incomprendido y provinciano; se arrodilla ante ella, abraza el par de columnas interminables, erótico sostén de tantos sueños, y llora, llora la divina letanía de Salomón sin darse cuenta de que la Sulamita no lo ve ni lo oye ni se conmisera de su triste suerte, porque acaba de entrar en la Casa, en el Reino, Isidrón Benamejí, impulsado por una limpia ráfaga de viento olorosa a salitre, como si aún no hubiera descabalgado del Moro, el caballo mejor plantado del lugar.
Isidrón viene bastante ajumado, la alegría saliéndosele por los ojos. Al hablar hace muchos aspavientos con las manos, no en vano es gaditano de ley: buen cantaor, pasable guitarrista, excelente marino, fiestero incomparable, hermoso de cuerpo, rostro arcangélico, incluso algo leído para sorpresa del Poeta, quien jamás hubiera sospechado que el Gallego fuese pasablemente culto, hasta que en una juerga mayúscula lo retara a declamar poesías. De Manrique a Espronceda y Bécquer, pasando por Villespesa, Nervo y Darío, el marinero lo había dejado estupefacto.
–¡Amigos, gané cien pesos a la bolita; esto hay que festejarlo! –grita, manoteando a quienes se acercan a felicitarlo. –Oye, Juana, ¿estáis en Viernes Santo, o qué? ¡A ver, sacad las galletas, demonio! –Y pega un puñetazo en la pulida majagua de la barra, volando por el aire el contenido de las copas.
A una seña del ama, Capulí se dirige contoneándose a la alacena de los víveres. Ceremonioso, saca del bolsillo un fornido llavero. Él es el sobrecargo mayor del Templo, nombrado oficialmente hace años por la mismísima señora madre de Juana la Loca (que en paz descanse), su fundadora. A cámara lenta, consciente de su importancia, escoge entre jamones, chorizos y latería variada un paquete de robustas galletas "de velorio", duras como para partirle los colmillos al mismísimo Lucifer.
El público, enardecido, busca un adversario digno del Gallego y todos coinciden en la persona de Estenógenes Valenzuela, alias Cotunto, distinguible de su gemelo Temístocles por poseer un diente en el cielo de la boca. Odontólogos improvisados verifican que en efecto es Estenógenes quien está sobando al descaro a Lolaflores, la negra a punto ya de caramelo, y sustrayéndolo al masacoteo lo empujan a la arena, o sea a la valla, gallos finos el falso griego y el gaditano auténtico, peso pesado el primero, ligero el segundo, pero ambos imbatibles a la hora utilizar el portentoso instrumento que la naturaleza tuvo a bien ponerles entre las piernas.
–¡Apártense, caballero, que va a arder Troya!
Un silencio casi litúrgico se abate sobre la concurrencia, no muy duradero, pues no bien los contrincantes se acercan a la mesa arrastrada por Capulí hasta el centro del salón, Concho Serrano lanza el grito de guerra:
–¡Doy cuatro por dos!
Al que todos replican desordenadamente con apuestas cada vez mayores, armándose un guirigay tremebundo, imposible de contener.
–Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, ¡qué mandarrias! –A Capulí se le salen los embelesados ojos de las órbitas.
–Deja eso, calentona, y dale a la manigueta. Estos señores necesitan música –susurra Juana la Loca con firmeza al oído del Sobrecargo.
El órgano oriental desgrana las notas acatarradas de La cocaleca, a un ritmo endiablado.
–Para, para, compadre, que no me dejas concentrarme y se me va a achicar la macana –exclama Cotunto, mientras trata de zafarse el cinto.
El Gallego, entre tanto, abre de un manotazo la portañuela. Se acerca a la mesa enfrentando a Cotunto, quien del lado opuesto hace idéntico movimiento, con el tronco bien agarrado. Lolaflores coloca una galleta en el borde, ante cada contrincante.
–¡Jesús! –suspira Juana la Loca–. Están para un cuadro. Y junta las manos en actitud orante.
El Poeta reproduce en la memoria el gesto de Juana la Loca. Afuera, La Habana boquea como un pez de escaso valor abandonado en el diente de perro. Juana, Juana, quien hubiera podido arrancarte los trapos blancos de tu predilección y tirarte en la cama con el colchón repleto de hierbas olorosas, buenas para encender la lujuria. Te hubiera sorbido entera hasta el último huesito, mi rosa de Sión, mi Sulamita dorada como la que desquició al rey de reyes y a mí me dio a beber la cicuta del filósofo ateniense.
¿Por qué fumarán tanto? La humareda espesa y maloliente lo hace lloriquear en un rincón apartado del local. Aunque es muy alto, apenas distingue la escena sobre las cabezas de los vociferantes aficionados a la fiesta innombrable:
–¡Pago tres por uno!
–¡Yo cuatro!
–¡Yo seis!
No consigue saber por cuál de los gallos apuestan los amigos que han arrastrado sus diez y siete años a tan extraño lugar. Los parroquianos van subiendo la parada, olvidándose de las muchachas más o menos en flor hábiles en alentarlos a gastar el salario de un mes o los ahorros de una vida en aquella pelea descomunal a última sangre.
El golpe asestado al unísono sobre la primera galleta suena junto con el cañonazo de las nueve en la habanera Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Ambas resonancias perduran en los oídos del Poeta y lo hacen llevarse las manos a los ojos, porque no quiere ver nada, ni oír nada, ni recordar nada, muchísimo menos la exclamación arrobada de Juana la Loca.
Los pedazos saltan por todas partes, siendo recogidos de inmediato. Existe entre los iniciados el convencimiento absoluto de sus inmejorables propiedades afrodisíacas, mucho más eficaces que la mosca verde, criada por los cagajones de las bestias, molida y mezclada con Guayabita del Pinar.
Lolaflores coloca el segundo blanco. ¡Zas!, suena el disparo esparciéndose nuevamente el preciado levantamachos a los pies de los presentes.
A la décima galleta, Estenógenes siente escurrírsele la fuerza por el maltratado canuto y saca el pañuelo de la rendición. La caoba fresa del Gallego, en cambio, ha adquirido proporciones indescriptibles. Los expertos advierten zonas amoratadas más oscuras, hasta un hilillo de sangre y una gruesa cuerda tensada a lo largo de la botavara.
El onceno desafío aparece ante Isidrón Benamejí, patrón de la barca de pesca más pinturera del puertecillo descubierto por el Gran Almirante de la Mar Océana, gallego de Cádiz, amado hasta el delirio por Juana la Loca y, bojeador sentimental, por infinidad de otras mujeres a babor y a estribor de la bienaventurada Isla de Cuba.
–¡Qué la rompa! ¡Qué la rompa! –gritan todos con tal vehemencia, que el coro debe haberse escuchado hasta en la Corte Celestial.
El Gallego levanta despacio el soberbio trinquete.
–¡A la una, a las dos y... a las TRES!
Esta vez, junto con el desintegrado afrodisíaco brota un chorro nunca antes registrado en los anales de estas lides, dirigido certeramente contra la pechera del traje de dril cien que luce míster Buchanan, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos por la Universidad de Harvard, constructor de la única carretera que une al pueblo con el resto del mundo conocido.
–Damn it, shitty bastard! –ruge el yanqui–. ¡Gallego de mierda, luego de tú pagar tintorero chino, yo reventarte las tripas! Y sale del bayú como alma que lleva el diablo perseguido infructuosamente por Capulí:
–¡Míter Bocana, míter Bocana, se le olvida el sombrero! Tremendo panamá, chico. Ahora es mío. Se lo regalaré al pobre Cotunto, a ver si con esta fineza cuando se cure de los mandarriazos le tumbo al menos un mordisco de su boquita de tiburón.
* Forma parte de un libro en preparación.
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