Édouard Glissant (Martinica, 1928 - París, 2011)

Lo Mismo y lo Diverso*

Apreciamos los avatares de la historia contemporánea como episodios inadvertidos de un gran cambio civilizacional, que pasa del universo trascendental de lo Mismo, impuesto de manera fecunda por Occidente, al conjunto difractado de lo Diverso, conquistado de manera no menos fecunda por los pueblos que han alcanzado hoy día su derecho a estar presentes en el mundo.

Lo Mismo, que no es lo uniforme ni lo estéril, marca el esfuerzo del espíritu humano hacia esa trascendencia de un humanismo universal que sublimiza a los particulares (nacionales). En la historia occidental, la relación dialéctica de oposición y de superación entendió lo nacional como el obstáculo privilegiado que debía cumplirse y, por ende, vencerse. En ese contexto, el individuo considerado como vehículo absoluto de la trascendencia pudo afirmar de manera subversiva su derecho a cuestionar el accidente particular y, a la vez, apoyarse en él. Pero para nutrir su aspiración a lo universal, lo Mismo ha requerido (ha necesitado) la carne del mundo. Lo otro es su tentación. Todavía no lo Otro como proyecto de acuerdo, sino lo otro como materia que debe ser sublimada. Los pueblos del mundo fueron así presa de la rapacidad occidental antes de convertirse en el objeto de las proyecciones afectivas o sublimantes de Occidente.

Lo Diverso, que no es lo caótico ni lo estéril, significa el esfuerzo del espíritu humano hacia una relación universal, sin trascendencia universalista. Lo Diverso necesita la presencia de los pueblos, ya no como objeto que debe ser sublimado, sino como proyecto que debe relacionarse. Lo Mismo requiere del Ser, lo Diverso establece la Relación. Así como lo Mismo comenzó por la rapiña expansionista en Occidente, así también lo Diverso salió a la luz a través de la violencia política y armada de los pueblos. Así como lo Mismo se eleva en el éxtasis de los individuos, lo Diverso se propaga por impulso de las comunidades. Así como lo Otro es la tentación de lo Mismo, así también el Todo es la exigencia de lo Diverso. Nadie puede hacerse trinitario ni quebequés si no lo es; pero lo cierto es que si Trinidad o Quebec no existieran como componentes aceptados de lo Diverso, algo le faltaría a la carne del mundo –y hoy día sabríamos de esa carencia. Dicho de otra manera, si era posible que lo Mismo se revelara en la soledad del Ser, resulta imperativo que lo Diverso implique a la totalidad de los pueblos y las comunidades. Lo Mismo es la diferencia sublimada; lo Diverso es la diferencia consentida.

Si obviamos los aspectos fundamentales de este paso (de lo Mismo a lo Diverso), que son la lucha política, la supervivencia económica, si no se contabilizan los episodios centrales (aplastamiento de los pueblos, emigraciones, deportaciones, y quizás ese aspecto más grave de los avatares que es la asimilación), y si nos limitamos a una vista global, nos damos cuenta de que lo Mismo, imaginario de Occidente, ha logrado tal enriquecimiento progresivo, tal establecimiento armónico en el mundo, que ha logrado "pasar", casi sin tener que confesarse, de la idea platónica a la nave espacial. Los conflictos nacionales marcaron desde adentro el impulso de Occidente hacia una sola ambición: imponer como valor universal el conjunto de sus valores particulares al mundo. Así, por mucho tiempo, el muy circunstanciado lema de la burguesía francesa de 1789 –"Libertad, Igualdad, Fraternidad"– buscaba significar de manera absoluta uno de los fundamentos del humanismo universal. Lo mejor del caso es que, efectivamente, lo ha significado. Y así también el positivismo de Auguste Comte se convirtió en una verdadera religión para una élite "descentrada" de América del Sur.

Lo que suele llamarse, casi por doquier, la aceleración de la historia, que proviene de la saturación de lo Mismo, como un agua que se derrama de su recipiente, ha "desbloqueado" en todas partes la exigencia de lo Diverso. Esa aceleración, generada por las luchas políticas, logró que de repente unos pueblos que aún ayer poblaban la faz oculta de la tierra (como hubo durante mucho tiempo una faz oculta de la luna) tuvieran que identificarse ante el mundo totalizado. Si no se nombraran, amputa-rían al mundo de una parte de sí mismo. Esta nominación adquiere formas trágicas (guerra de Vietnam, represión de los palestinos, masacres en Sudáfrica), pero tiene también expresiones político-culturales: rescate de los cuentos tradicionales africanos, poesía comprometida de los militantes, literatura oral ("oralitura") de Haití, difícil consenso de los intelectuales antillanos, Revolución Tranquila en Quebec. (Sin tomar en cuenta los avatares insoportables: "imperios" africanos, "regímenes" suramericanos, autogenocidios en Asia, de los que puede pensarse que constituyen lo "negativo" –¿indetenible?– de tal movimiento planetario). Yo llamo literatura nacional a la urgencia que tiene cada uno de identificarse ante el mundo, o sea, la necesidad de no desaparecer del escenario mundial y, al contrario, de correr hacia su expansión.

Consideremos la obra literaria en su más amplio alcance; se puede convenir en que satisface dos funciones: la de desacralización, función de herejía de análisis intelectual, para desmontar la maquinaria de un sistema determinado, revelar los mecanismos ocultos, desmistificar; y también la función de sacralización, de reunión de la comunidad en torno a sus mitos, sus creencias, su imaginario o su ideología. Digamos, parodiando a Hegel y su discurso sobre la épica y la conciencia comunitaria, que la función de sacralización sería el hecho de una conciencia colectiva ingenua aún, y que la función de desacralización es el hecho del pensamiento politizado. El problema contemporáneo de las literaturas nacionales, tal como las concibo aquí, es que hay que aliar ese mito con esa desmistificación, esa inocencia inicial con esa astucia adquirida. Y que, por ejemplo, la socarronería afilada de Jacques Godbout es tan necesaria para Quebec como los arrebatos inspirados de Gastón Mirón. Porque esas literaturas no tienen tiempo para evolucionar armónicamente desde el lirismo colectivo de Hornero hasta las ásperas disecciones de Beckett. Tienen que asumir todo de una sola vez: la lucha, la militancia, el arraigo, la lucidez, la desconfianza en sí mismo, el amor absoluto, la forma del paisaje, la desnudez de las ciudades, las superaciones y las obcecaciones. Es lo que yo llamo nuestra irrupción en la modernidad.

Pero hoy día se da otro paso, contra el cual nada podemos; el paso de lo escrito a lo oral. Estoy por creer que lo escrito es la huella universalizante de lo Mismo, ahí donde lo oral sería el gesto organizado de lo Diverso. Hoy día hay como una revancha de tantas sociedades orales que, por el hecho mismo de su oralidad, es decir, su no-inserción en el campo de la trascendencia, han padecido, sin poder defenderse, el ataque de lo Mismo. Hoy día lo oral puede preservarse o transmitirse, hasta de un pueblo a otro. Puede ser que lo escrito se convierta cada vez más en la medida del archivo, y que la escritura quede reservada al arte esotérico y casi alquímico de algunos. Así se manifiesta en la proliferación contaminante de éxitos de librería, que ya no son una muestra de escritura, sino la reserva sabiamente orientada de la seudoinformación.

Ante tal constatación, el escritor no debe esconder la cabeza en la arena, pues, en mi opinión, la única manera de mantener la función de la escritura (si hay motivos para ello), es decir, de apartarla de una práctica esotérica o de una banalización informática, sería irrigarla en las fuentes de lo oral. En adelante, si la escritura no se cuida de la tentación de trascender, inspirándose, por ejemplo, en las prácticas orales, y teorizándolas si es necesario, creo que desaparecerá como necesidad cultural de las sociedades futuras. Así como lo Mismo se apagará en las vivacidades sorprendentes de lo Diverso, así también la escritura quedará enclaustrada en el universo cerrado y sagrado del signo literario. Ahí podría perfeccionarse el sueño de Mallarmé, que sería entonces el mismo de Folch-Ribas, antiguo sueño de lo Mismo, el de abrirse al Libro (con L mayúscula). Pero no será el libro del mundo.

Una literatura nacional plantea todos estos problemas. Debe significar la identificación de pueblos nuevos, lo que se llama su enraizamiento, y que hoy día es su lucha. La sacralización, épica o trágica, es función de la literatura. Debe significar –si no lo hace (y solo si no lo hace), no es sino regionalista, o sea, folclorizante y caduca– la relación de un pueblo con otro en lo Diverso, lo que este pueblo aporta a la totalización. Es su función analítica y política, que va acompañada de su propio cuestionamiento.

Vemos que si las literaturas occidentales ya no tienen que solemnizar su presencia ante el mundo, operación fútil después de tan grave enjuiciamiento histórico de Occidente, operación mediante la cual estas literaturas se desmarcarían como mediocremente nacionalistas, en cambio tienen que meditar acerca de esa nueva relación con el mundo, mediante la cual señalarían ya no su puesto preeminente en el mundo, sino su tarea compartida en lo Diverso. Esto lo entendieron escritores franceses que, de modo caricaturesco como Pierre Loti, trágico como Víctor Segalen, católico como Paul Claudel, estético como André Malraux, presintieron que después de haber andado tanto por el Oeste, había que emprender por fin el Conocimiento del Este. Hoy día lo Diverso abre los países. Cuando examino la producción literaria actual en Francia, me asombra su desconocimiento de tal empuje, de tal establecimiento de nuevas relaciones en el mundo, es decir, en definitiva, su falta de generosidad. Y estoy por creer que nos hallamos aquí en presencia de una suerte de suburbio provisional del mundo.

Pero lo Diverso es terco. Surge por doquier. Las literaturas occidentales van a recuperar esa función de inserción, y volverán a ser un signo de las naciones, compartiendo el mundo, es decir, un haz de lo Relatado.

- II -

He propuesto en otra parte que la lengua nacional es la lengua en la que un pueblo produce. Además, se puede observar que las lenguas maternas de los pueblos recién surgidos a la luz planetaria son, por situación histórica, lenguas de lo oral.

Estas dos informaciones nos permiten aclarar la empecinada maraña de las literaturas nacionales nuevas.

Ahí donde un contexto cultural preexistía al asalto contra lo Mismo, y donde se inició la automatización del circuito de producción, el problema resultará relativamente "simple":  habrá que rescatar la lengua y la cultura nacional, sometiéndola a la crítica creadora del pensamiento político. Supongo que esto puede hacerse en Argelia. La unanimidad (lo sagrado) de la nación ya existe, el pensamiento crítico desmistifica un orden social, el multilingüismo (si se mantiene) ya no resulta alienante.

Ahí donde un contexto cultural no preexistía al asalto contra lo Mismo, pero donde un sistema de producción permitió "interiorizar" sin alienación grave la lengua de importación, solo se dan combates culturales y políticos claros, si no fáciles. Creo que es lo que se da en Cuba, donde la lengua española es realmente la lengua nacional cubana. No hay obstáculos en la unanimidad de la nación, el monolingüismo no resulta reductor.

Allí donde una alienación del sistema de producción se ejerce en contra de una comunidad que, no obstante, se apoya en un contexto cultural denso (ya sea que tal densidad cultural haya preexistido al asalto colonizador, como en los países del África negra; ya sea que haya podido rehacerse después del ataque, como en Haití), el pueblo no se desagrega. Soporta la Relación (y quizás sus recursos naturales pronto se agotarán, dejándolo en la desnudez de los países pobres), pero la palabra queda (a través del multilingüismo, si es posible) y su lucha continúa. Puede que convierta su lengua amenazada en arma de combate, como los puertorriqueños con el español contra el anglo-estadounidense.

El drama empieza allí donde la ausencia de un contexto cultural preexistente no permite que un pueblo se embosque en un frente cultural de resistencia, y donde no se ha mantenido un sistema autónomo de producción. La lengua materna oral se ve constreñida o reprimida por la lengua oficial, incluso y, sobre todo cuando esta tiende a convertirse en lengua natural. Se trata de lo que yo llamo comunidades "atrapadas".

Ningún pueblo soporta por mucho tiempo una alienación brutal o insidiosa de su contexto cultural y, a la vez, una reducción sistemática de su circuito de producción. Porque en ausencia de una producción nacional y ante la obligación cultural global, un pueblo se voltea contra sí mismo al vivir (padecer) sus pulsiones sin poder dilucidarlas colectivamente. Para él, lo sagrado es inconcebible, y el sacrilegio lo degrada. Su fuerza de comunión, por ejemplo, se vuelve práctica supersticiosa y su fuerza crítica se vuelve manía de chismear. Ciertamente, es lo que se observa en Martinica, donde el proceso de asimilación a una civilización exógena (francesa) genera uno de los modos más amenazados –el más ejemplar, quizás–de inserción en lo Diverso.

Al margen de las luchas políticas, el escritor trata de desmontar los mecanismos de esta inserción, aunque esa práctica corre el riesgo de conducir temporalmente a una forma de desesperanza, que no es dimisión. Agotar esa desesperanza, de la que se ha perdido toda conciencia en lo cotidiano, es reabrir la herida y escapar a las anestesias de lo Mismo. No se trata aquí de ningún pesimismo, sino de la última reserva de quien escribe y quiere luchar en su propio terreno.

* Fragmento de El discurso antillano, Fondo Editorial de Casa de las Américas,2010.