Ernesto Pérez Chang

Viaje silencioso al paraíso

Junto al miedo como padecimiento crónico, el absurdo cotidiano, la deshumanización del individuo y la locura, en la obra narrativa de Ernesto Pérez Chang quizás sea la soledad como predestinación el tema más recurrente. En El arte de morir a solas, galardonado con el Premio Alejo Carpentier de Cuento en su convocatoria más reciente, los personajes son criaturas condenadas a descubrir y aceptar el aislamiento como una condición irrevocable. Los cuentos que conforman este libro, algunos de ellos verdaderas piezas magistrales del género, poseen esa rara virtud de inquietar, estremecer y atrapar al lector desde las primeras líneas para devolverlo a un mundo de paisajes engañosos, ciudades decadentes, entidades retorcidas y sujetos que logran sobrevivir precariamente al límite de lo humano. De este volumen, ahora en proceso de publicación por la Editorial Letras Cubanas, presentamos uno de sus relatos.

Ernesto Pérez Chang (La Habana, 1971) es narrador y editor. Su obra ha sido reconocida con los premios David en 1999, La Gaceta de Cuba en 1998 y 2008, Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2002, y el Premio de la Crítica 2007, entre otros.  Ha publicado los libros de relatos Últimas fotos de mamá desnuda (2000), Los fantasmas de Sade (2003), Historias de Seda (2003), Variaciones para ágrafos (2007), y la novela Tus ojos frente a la nada están (2006).

Recostada en el asiento trasero del auto, gozaba del silencio que Aldo quería inducir en nosotras. Provenía su voluntad de los excesos de nuestra duda, de su acumulación. No existía un acuerdo previo. No sabíamos a quién amaba en verdad o si nos odiaba a las dos. Había aprendido de ese tipo de maniobras junto a él, las disfrutaba a veces, y siempre supe que el viaje sería el último de un proceso para enmudecernos, pero sólo en ese momento comenzaba a descubrir que no éramos almas especiales para él. Sospechaba de la brusquedad de los cambios de ánimo, de las sucesiones inesperadas de otras realidades, como si al doblar en cada curva hubiésemos penetrado en los sueños más profundos de aquel hombre que nos disputábamos sin intercambiar ni una sola frase. Intuía los malestares en el modo en que Susana se mordía los labios cuando se le acababan las palabras y trataba de conciliar aquello que la vista, o el propio paisaje, le proponía en un juego pérfido: primero la bruma densa nos embestía bajo la forma de un reptil de fuego guardando el campo de una batalla por librarse, después se plantaba inmóvil en la tierra baldía, bajo la apariencia de un árbol retorcido y sin hojas tras del cual se proyectaba un paisaje rojizo como de rocas ardientes. No era posible. "No es posible, Aldo". Susana quería desviar nuestra atención sobre las transformaciones y señaló el único objeto inmóvil, una montañita de hielo o de sal en medio de la planicie, y la sensación de frío nos erizó las pieles aún cuando sentíamos cierto hedor a carne chamuscada. Habíamos manejado hasta allí toda la mañana y habíamos visto y sentido  temblar el horizonte al sobrepasar la cuneta.  Las nubes dibujaban sombras verduzcas en el rostro de Aldo que, a cada rato, ajustaba el retrovisor para percatarse de una irrealidad que avanzaba tras de nosotros, como en una persecución sigilosa. Le dije varias veces que no era el vacío aquello que creía tras nuestras espaldas sino el calor del asfalto y las nubes de polvo que levantaban los neumáticos pero no lo hice en voz alta, sólo moví los labios con la esperanza de que él se percatara de mi observación. Hubo un tiempo en que él me quiso en esa otra faceta que había dejado atrás hacía varios años, a los pocos días de conocernos. Mi silencio fue una concesión para retenerlo. Susana aún no conseguía entrar en ese estado. No contaba con el tiempo suficiente para comprender que ya comenzaba a fastidiarlo con sus interpelaciones o con esa risa estridente que lo irritaba. Quería llenar con ruidos y balbuceos el vacío entre Aldo y ella, entre mi presencia y ellos dos. No lo comprendía. No había aprendido a detectar la ira de Aldo, no sabía leer su rostro.

Íbamos a toda velocidad cuando un ave negra se estrelló contra el parabrisas. Había salido de la nada y sólo sentimos un chillido prolongado y agudo, como una especie de lamento, antes del impacto. No podíamos detenernos en aquellos parajes desapacibles, así nos lo habían aconsejado antes de la partida, pero el pájaro había quedado adherido al cristal en medio de una mancha de sangre, intestinos y plumas. Aldo no quiso continuar manejando. No por el espectáculo del animal estallado sino por Susana que amenazaba con vomitarle encima si alguien no limpiaba los restos. Les prometí que lo haría de inmediato, no por Aldo al que sabía metido de lleno en su actuación definitiva; yo sólo quería agradarle un poco a Susana para saber lo que en verdad pensaba sobre mí. Buscaba una ventaja a toda costa. Utilizaría unas toallas que había robado del hotel y en un par de minutos nos volveríamos a poner en marcha para dejar atrás aquel paisaje chocante. Susana salió del auto para fumar un cigarrillo, quería estar lejos cuando yo comenzara la limpieza, había imaginado los detalles hasta en los más imperceptibles ruidos y olores. Sabía que ya, para siempre, el fantasma del pajarraco le sería inoportuno, lo padecería en fiebres nocturnas, en los dolores de cabeza, en los insomnios. Era una criatura débil, demasiado para estar allí, por eso insistía en que Aldo la acompañara hasta la montaña de hielo, le había gritado varias veces que bajara del auto y que me dejara sola por un momento, "ella lo necesita", dijo,  habíamos visto unas sombras agitarse sobre el horizonte como una bestia a la que le molestaban los intrusos. Parecía como si todas las criaturas y objetos de aquel lugar quisieran estar lejos de nosotros y Aldo lo intuía y lo utilizaba a favor de su juego. Ya había llevado al tope el volumen de la radio sólo para apagar con la estática los gritos de Susana, también me había pedido con un gesto que le alcanzara una cerveza. Bebía cuando estaba a punto de estallar. Había jornadas como estas en que bebía todo el tiempo.

Susana recién había llegado la noche anterior, casi en la madrugada y bajo un aguacero que había bloqueado las carreteras desde el mediodía. Llegó empapada, sin maletas y maldiciendo al portero que se había demorado en abrir. Lo había perdido casi todo en el camino. Sólo le había quedado intacta la resolución de alcanzarnos como fuera. Aldo la había llamado desde el hotel después de escucharle al empleado de la carpeta algo sobre una ciudad que había sucumbido a un cataclismo. La había convocado con una sola frase ininteligible que parecía la orden que ella había estado esperando agazapada en sus propias oscuridades. La había visto muy cercana a la cólera cuando días antes pasé a recoger a Aldo en su apartamento. No me dijo nada al abrir. Me hizo esperar en el pasillo y dejó la puerta entreabierta para que yo viera cómo ella se le enroscaba al cuello y lo besaba como una maniática. Él sólo hizo un gesto con la mano y ella fue a tirarse en el sofá con ademanes de bestia amaestrada a golpes. Comprendió que yo había ganado por esa vez y que ella debía esperar. La imaginé, toda esa semana, inmóvil y disciplinada, mirando el teléfono, fumando su propia espera en pequeños sorbos de silencio y furia contenida. No tenía por qué preocuparme al menos por unos días pero, ya en el hotel, había descubierto que  ninguna inquietud, ninguna precaución sofocaría el desenlace que Aldo había imaginado con escrupulosidad. Había esperado el amanecer reclinado en una butaca frente a la ventana, escuchando el golpeteo del agua, escribiendo nuestros nombres con los dedos en el sudor del cristal. Yo tampoco dormía pero simulaba hacerlo porque a Aldo le gustaba verme así: disponible, silenciosa, indefensa. Susana, a mi lado, también fingía. La lluvia, el cielo tormentoso y los árboles que cercaban el hotel habían prolongado la oscuridad mucho más allá de las ocho. Saldríamos a media mañana. Aldo había encendido la luz y hacía ruido golpeando las gavetas del armario. Recogía sus ropas con la prisa  de un perseguido. Nosotras debíamos hacer lo mismo si deseábamos continuar en esa carrera mortal. No hubo tiempo ni para baños ni desayunos, sólo correr hasta el auto y ocupar nuestros puestos. Susana delante; yo, detrás, como correspondía en ese nuevo nivel del juego muy próximo a las decantaciones.

Aún no habíamos salido a la carretera cuando descubrimos las primeras señales de una desolación por llegar: sólo nosotros nos aventurábamos en aquella dirección, sólo nosotros confiábamos en alcanzar un horizonte que no existía. Susana se ajustaba unas gafas oscuras para ocultar las ojeras que le habían dejado las jornadas sin dormir, la tediosa velada. No quería mirar atrás y constatar que aún yo estaba allí, disponible para él, calibrándola a ella, midiendo las distancias para maniobrar en su contra. Es lo que hubiera hecho de ser yo, de Aldo, la compañía más próxima. Si aguzaba el oído podía acallar los sonidos del motor. Sentiría la lengua de Susana retorciéndose. Los charcos de saliva burbujeándole en su boca incontenible de agonía. Esos ruidos molestos eran mi nombre pronunciado entre maldiciones mudas y tolerancias maltrechas. Tal vez había llegado el momento en que, más que en los sueños de Aldo, penetrábamos en una especie de submundo nacido del resentimiento de Susana. Esa alma fugaz capturada a la antipatía sólo podía crear paisajes resecos y animales suicidas que estallaban frente a nosotros para emplazarnos. Aldo ya estaba resuelto.

Susana, dando tumbos, caminó hacia la montaña de hielo que había comenzado a desmoronarse para descubrir su naturaleza marchita. Tal vez la decepción la condenaba a una mudez irreversible pero inoportuna, tardía. Había dejado de llamar a Aldo y se movía por el terreno como una sombra más. Los rayos de sol de la tarde la hacían invisible a nuestra compasión, la habían convertido en un cono rosa semejante a la carne y ya una nube de pajarracos negros descendía como cuchillos afilados sobre ella desde las ramas del árbol. Picoteaban con desesperación muy cercanos al rostro y de inmediato caían al suelo para transformarse en incendajas. Algunos pocos lograban remontar el vuelo para volver a las ramas del árbol pero un tornado inclemente los abatía sobre el auto en marcha donde Aldo y yo bebíamos cerveza y nos alejábamos del mundo en silencio.