Nuestra cultura

Luis Britto García

INTERACCIONES

[…] en ese encuentro entre culturas americanas, europeas y africanas que llamamos América Latina y el Caribe no hubo aniquilación ni yuxtaposición, sino fusión. La sabiduría convencional postula que Europa impuso su cuño y donó sus creaciones a receptores pasivos, cuya incompleta asimilación de los modos del vencedor sólo sería atribuible a su incapacidad. En realidad, la cultura vencedora fue tan profundamente modificada por el contacto como las vencidas y, en sentido metafórico, no menos herida de muerte por él.

Pues si el europeo debió el triunfo en América a su tecnología del armamento, asimismo sobrevivió en el Nuevo Mundo y fuera de él gracias a la tecnología agrícola del aborigen. Si impuso su lengua como vehículo, fue para verla apropiada por las diversas etnias vencidas como vínculo de unión, de expresión de su originalidad, y finalmente como arma contra quien se la había enseñado. Si quiso trasplantar al Nuevo Mundo su ética de la negación de las totalidades, la exquisita pluralidad americana concluyó disolviéndola en el mestizaje y en nuevas variedades de la sensibilidad emocional y estética. El intento de implantar la unidad en el Nuevo Mundo paradójicamente lo unificó a él. Y en fin, su tentativa de violar el tiempo circular del aborigen mediante la embestida del tiempo apocalíptico, a su vez sumió a la Madre Patria en otro tiempo estancado que, por extraña paradoja, haría detonar el progreso y el anhelo fáustico en el resto de Europa. El juego de ondas y reflejos no tiene fin. De él surge la trama del último medio milenio de la historia.

A esta fusión inicial entre culturas aborígenes, africanas e ibéricas se integran las huellas dejadas por las aventuras imperiales inglesas, francesas y holandesas y las oleadas migratorias europeas y asiáticas que agregan sus componentes a este calidoscopio en rotación perenne. Su encuentro remite al mito central de Occidente, la tragedia de Edipo. Más que madres, la España y el Portugal que se imponen mediante la espada y la catequesis inquisitorial son terribles padres que fecundan culturas vencidas y luego niegan a sus hijos. Pues el orden de la Colonia no sólo discrimina indios vasallos y negros esclavos, sino también pardos, mestizos e incluso blancos criollos descendientes de conquistadores. En alguna forma intuye y teme que esta progenie le reserva un destino fatal. En efecto, mucho antes de que se consume el parricidio de la Independencia, América acumula sobre su progenitor muertes simbólicas.

AMÉRICA TRANSFORMA A EUROPA

Pues la riqueza expoliada a América, al deprimir el desarrollo económico ibérico y fortalecer el absolutismo, impone paradójicamente a España el tiempo sin progresión y estancado que una vez fue propio de los aborígenes. Si la muerte del padre cumple el oráculo –que representa el destino, y por tanto el tiempo inmodificable y opresivo– la final toma de conciencia y el autocastigo de Edipo por un crimen del cual no es responsable, ya que estaba predeterminado, desencadena sobre el mundo el libre albedrío. El oro y la plata de América facilitan la concentración de poder en los Estados europeos y les permiten librar conflictos de una magnitud sin precedentes. Los recursos de las Indias financian la hegemonía española y hacen posible el triunfo de las flotas de Felipe II en Lepanto, sin el cual casi toda Europa habría quedado sometida al Islam y no hubiera preservado el perfil cultural ni político que actualmente exhibe. La riqueza de América, que precipita a España en el sepulcro de la decadencia, paradójicamente es uno de los principales desencadenantes de esa glorificación ideológica del libre albedrío que es la Revolución Industrial. Marx señaló certeramente que el oro robado a América, la servidumbre indígena y la trata de esclavos, primeros motores de la acumulación primitiva, figuran entre los responsables de que "el capital aparezca desde sus primeros pasos exudando lodo y sangre por todos sus poros".

Esta riqueza expoliada, como las joyas malditas de ciertas historias, trae la muerte en vida para su primer rapiñador, y el delirio tecnológico, la expansión imperial y la pérdida final de sus posesiones mal habidas para los siguientes usufructuarios. A la manera de Edipo, el americano mata al padre para sustituirlo, y esta suplantación acarrea ceguera. Con las honrosas excepciones de los libertadores que murieron en el exilio o en el camino a él, los próceres crearon casi siempre nuevas oligarquías, de espaldas a sus patrias liberadas, empeñadas en la mimesis de Europa. A estas oligarquías y a sus ideólogos se opusieron reversiones ilusorias al pasado que negaban nuestra irrenunciable herencia occidental. Formas simétricas y complementarias de una misma ceguera, la mutua aniquilación de ellas terminaría por liberar a América del peso terrible del destino, para acordarle una identidad, una irrepetible especificidad, un ser.

[…]

NUEVA LENGUA Y MUNDO NUEVO

Probaron a juntar las palabras y saludar al Creador, pero no
pudieron; por lo que fueron ultrajados y desechadas sus carnes,
y de esta suerte son comidos y muertos todos los animales
que hay aquí sobre la tierra.

Popol Vuh

Así, el ibérico implantó su lengua y su fe sólo para verlas transmigradas en una multiplicidad de códigos con los cuales los pueblos conquistados expresaron sus propios sentimientos y adoraron sus divinidades propias bajo la cifra de un vocablo hispánico o la máscara de un santo católico. Un castellano de América y un portugués de Brasil terminó por ser públicamente acogido en las academias, mientras una religión americana, terrenal y pragmática, que se declara en las grandes fiestas populares y en los rituales folklóricos, es alternativamente perseguida o tolerada y prepara el camino a la Teología de la Liberación.

Pero en este lenguaje renovado hay aún una segunda especificidad: la de su función. Uno de los rasgos más resaltantes de América Latina es su verbalidad, su oralidad. Ello se debe, no sólo a que el castellano y el portugués del Brasil son los principales vehículos que nos permiten compendiar la diversidad de nuestros hallazgos culturales como totalidad, sino además a que el lenguaje literario reúne entre nosotros las funciones que en Europa se han diferenciado en parcialidades incomunicadas.

El purista encuentra insoportable en nuestra literatura la aparente intromisión del compromiso, la prédica, el intento de interpretación del mundo y la intención estética, ya que él ha delegado en especialistas cada una de estas modalidades del ser. Para el latinoamericano es, por el contrario, inconcebible una lengua que no exprese totalidades, un vehículo en el que la emoción excluya al intelecto o éste a la estética.

El conquistador sólo pensó en aplicar este código lingüístico para sus propios intereses. Nebrija ofreció explícitamente la primera Gramática Castellana a los Reyes Católicos como instrumento de Imperio. La cultura hispánica procuró antes la conexión de las regiones vencidas con la metrópoli que la intercomunicación de éstas. Caminos, correos y vías fluviales convergían hacia las cabeceras de los virreinatos y de las capitanías generales, y de allí a las ciudades puerto desde donde arrancaban las rutas marítimas hacia la metrópoli. Esta orientación hacia el centro de poder externo ha sido reproducida con cada cambio de metrópoli: primero las europeas, luego las estadounidenses y en fin las del Nuevo Orden Mundial atraen hacia sí el excedente económico y exportan sus sobrantes de producción y sus valores mediante las rutas de la dependencia y los aparatos culturales transnacionalizados.

Pero en sus momentos cruciales América Latina supo liberarse de la orientación hacia las metrópolis y encontrar vías hacia su propia totalidad. Así ocurrió con la empresa común de la Independencia, que los próceres entendieron siempre como hazaña necesariamente continental; que nuestras naciones sintieron inconclusa hasta que Hidalgo y Martí concluyeron la obra de Bolívar y San Martín. Así ocurre hoy con la empresa de afirmación y reconocimiento de la esencial unidad de nuestra cultura latinoamericana y caribeña.

El proceso paradójico mediante el cual una Iberia culturalmente diversa dio lugar a una América Latina culturalmente unida o por lo menos comunicable también tuvo repercusiones en la consolidación de la unidad política de la metrópoli. Hemos visto que la Corona española limitó drásticamente la migración al Nuevo Mundo, y la permitió esencialmente a castellanos, extremeños y andaluces. Sólo excepcionalmente permitió la de otras naciones sometidas al Reino de España; y nunca toleró la de los portugueses, ni siquiera cuando su país fue posesión española. Asimismo, casi ninguna de las expediciones de conquista partió directamente de España. El expedicionario tuvo casi siempre una larga estadía en Santo Domingo o en Cuba, que homogeneizó y vinculó entre sí las muy diversas peculiaridades del vasco y el gallego, el catalán y el andaluz, el asturiano y el isleño. De rebote, la riqueza que estas diversas nacionalidades conquistadoras tributaron directamente a la Corona contribuyó a la consolidación de la teocracia que mantendría en un solo puño la dominación política sobre las tan diversas provincias de la Madre Patria.

El español reimplantó asimismo en América Latina la ya caduca constitución estamental y el código moral judeocristiano. Pero la lenta erosión de la sexualidad terminó por disolverlo, y la secuela de tal proceso, el mestizaje étnico, engendró las tropas de choque que a su vez desintegrarían el orden estamental y replicarían al clasismo europeo con la democracia americana. El latinoamericano inauguró un nuevo estilo de actuación, indiferente hacia las instituciones abstractas, pero leal hacia los vínculos directos del clan, la familia o la amistad; profundamente individualista a pesar de ellos. La influencia persistente del grupo familiar eternizó la diferencia extrema entre roles sexuales, el matricentrismo y el machismo, reminiscencias de un orden que atribuía al hombre los trabajos más pesados y la defensa física del clan. Frente a una cultura occidental alienada por la kafkiana devoción hacia instituciones inhumanas, nuestra indisciplina es tanto protesta como opción liberadora.

Tomado de: América Nuestra: Integración y Revolución, Fondo Cultural del Alba, Caracas, 2009, pp. 294-299.