LA PROSA DE CARILDA: MÁS ELLA QUE NUNCA

Marilyn Bobes

La irreductible y gran poeta matancera Carilda Oliver Labra publicó en 1949 su primer libro de versos, Al sur de mi garganta, que revolucionó, por su osadía temática y estilística, las convenciones de un género que la ha ido convirtiendo, hasta  hoy, en una de las voces femeninas más desprejuiciadas y auténticas del panorama lírico hispanoamericano.

Tal afirmación es casi una verdad de Perogrullo que ningún crítico o lector se atrevería a desmentir. Pero hubo que esperar  más de cuarenta años para que nuestra Premio Nacional de Literatura 1997 diera a conocer esa faceta suya más inexplorada y desconocida que es su prosa, silenciosa y modestamente ejercida durante toda su vida, pero solo revelada en el blanco y negro de las imprentas, en el primer lustro de este milenio.

2003 fue la fecha elegida por la autora para que Ediciones Capiro de Santa Clara, en su colección Margen Apasionado, publicara un libro inquieto y absorbente titulado Con tinta de ayer, en el que Carilda se nos muestra como una prosista  inteligente, analítica y vital  que echa por tierra cualquier interpretación de la escritora –ya lo he dicho en otra parte, con otras palabras– como personaje casi mitológico encasillado en los estrechos límites de su erotismo irreverente.

 Más que en sus poemas, la prosa de Oliver Labra nos descubre a la mujer de  pensamiento, penetrante y sagaz, que también y, sobre todo, es.

La labor ensayística y narrativa de esta escritora no puede separarse, sin embargo, de su biografía, ni de esa peculiar autenticidad que, también en sus poemas,  se desencadena a partir de una experiencia de vida.

 Con tinta de ayer recoge en orgánica miscelánea testimonios, cartas, conferencias, cuentos y ensayos, cuyo hilo conductor es la condición de testimonios en los que la autora habla desde la más íntima asimilación de la realidad; realidad donde lo subjetivo se convierte en ejercicio de interpretación anclado en un profundo conocimiento intelectual pero también emotivo.

Es este último elemento el que, en mi opinión, otorga a su prosa esa sensación de originalidad; la comprensión de los otros obedece a un desdoblamiento generoso, a una identificación  poco frecuente en la obra de otros críticos o cronistas que se enfrentan a sus análisis desde una perspectiva inflexiblemente racional.

Rolando Escardó, Nicolás Guillén, Dulce María Loynaz, Mario Benedetti, Gabriela Mistral, Medardo Vitier o figuras que ella reivindica para una historia de la literatura que no recoge a los que no alcanzan la cima pero constituyen hitos por sus valores humanos o parciales hallazgos en el quehacer literario o histórico, son objeto de entrañables evocaciones por parte de la escritora, quien siempre se detiene en los aspectos menos recurrentes y frecuentados de personalidades a las que confiere humanidad por intermedio de su agudeza y penetración en el conocimiento del ser.

Mención especial merece su pequeño ensayo titulado "El amor y Gertrudis Gómez de Avellaneda". En él, Carilda demuestra sus excelentes dotes para poner de manifiesto la conducta privada de una mujer que, tal vez como ella misma, ha sido juzgada con los típicos clisets de un pensamiento patriarcal al que resulta difícil comprender las rebeliones y transgresiones como consecuencias de un impulso más natural que provocador y siempre vinculado a una necesidad casi fisiológica de fidelidad a los imperativos del corazón.

Desde las primeras líneas, la ensayista nos advierte: "A ciento cincuenta años del nacimiento de Gertrudis Gómez de Avellaneda (el trabajo fue escrito en 1964), todavía resulta apasionante el estudio de su vida romántica. La poetisa ha sido calumniada, vista a través de interpretaciones prejuiciosas. Los malosentendidos, la ruindad moral de algunos, la limitada visión de otros y aquella suerte de desgracia que comúnmente corroe la fama de las mujeres de talento, han sido los ingredientes de la conjura en contra de su buen nombre".

Y en este sentido Carilda parece estar haciendo referencia a sí misma y a otras muchas mujeres de letras que, como ella, han ejercido su derecho al amor sin entregarse –como ella advierte en La Avellaneda– "a emoción epidérmica, a aventura  ligera, a ejercicio sexual sin dirección del alma", lo cual, añado yo, también pudiera considerarse legítimo si se piensa en la gran cantidad de hombres protagonistas de esas relaciones superficiales que tanto trabajo les cuesta aceptar en el otro sexo.

La cuestión es que esta tinta de ayer que tiene en este milenio absoluta vigencia nos da a conocer a una Carilda cuya visión femenina del mundo se expresa a plenitud. Las cartas sin destinatario explícito que intercala a lo largo del volumen, son tal vez una prueba de su excelencia en otro género prosístico: el epistolar,  en el que se expresa a través de una feminidad delicada y activa al mismo tiempo, sin mojigaterías ni inhibiciones, en el estilo de esa Gertrudis a la que ha sido capaz de desnudar desde el punto de vista sicológico como ningún exégeta hasta ahora, entre los muchos que lo han intentado.

En el libro publicado por Capiro se adelantan además tres cuentos que después formarían parte del cuadernillo A la una de la tarde, editado por Letras Cubanas en 2004 y con excelente introducción de Antón Arrufat.

"Incesto", "La tarjeta" y "La ropa está tendida" manifiestan ese poder de síntesis y el impecable dominio de un idioma que Oliver Labra posee como virtudes esenciales, más allá del interés de sus anécdotas, muchas de ellas de confeso carácter autobiográfico.

Lo mismo que sus crónicas y ensayos, los cuentos de Carilda parten –o parecen hacerlo– de su experiencia personal. Comparto con Arrufat el entusiasmo por los relatos "Palomo Verde", "Mini" y el que da título a la selección: "A la una de la tarde".  Pero es éste último, junto a "Deida", los que más valoro, porque en ellos se recrea con especial sagacidad el dilema de las mujeres ante los prejuicios y convenciones de una época que, felizmente, ya estamos a punto de dejar atrás.

 Como un ave rara dentro del conjunto, "Deida" (escrito en 1948) dinamita las estructuras del cuento y nos sumerge en un universo pletórico de reflexiones, imágenes y complejas búsquedas de un yo que solo encuentra el sentido de su existencia en la necesidad que los otros tienen de él, aun si estos otros  se resumen en "esa pequeña cosa que debía comer para seguir maullando" y que hace regresar a la vida al personaje "más Deida que nunca".

"A la una de la tarde", de 1990 es, por su parte, la radiografía de una pasión. La protagonista tiene la osadía de declarar que no cree en el amor ni en su permanencia sino en el deslumbramiento, la consumación y el tedio posterior. Está harta de "tenorios municipales, de casados adúlteros, de pederastas que fingen, de otros que armaban versos cursilones para proponerle la cama y, en general, de todos aquellos siervos que la amenazaban con la tradición".

De esta manera revolucionaria la escritora asume una pasión pasajera con un gesto de libertad que para nada está reñido con la narradora que es fiel esposa en "Palomo Verde", otro texto sumamente interesante en cuanto a su disección de esa frecuente rivalidad que se establece entre nuera y suegra dentro de la familia cubana.

Antón Arrufat ha señalado en el prólogo de los cuentos de Carilda "deliciosas relaciones, resonancias, prolongaciones y rupturas" con su poesía. Sin embargo, opino que nos encontramos ante una faceta de la poetisa matancera que requiere de un análisis diferente puesto que esta prosa, despojada del lirismo que caracteriza a sus textos poéticos, constituye la entrada a una cosmovisión que hace de la autora un ser más pensante, más reflexivo, más afincado a la teoría que a la subjetividad, aunque en el caso de Oliver Labra resulte muy difícil separar la una de la otra.

La exigüidad de su producción prosística no menoscaba de ninguna manera los valores de altos quilates de esta vertiente de la autora de Calzada de Tirry 81. Si Carilda no fuera la gran poeta que ha demostrado ser y sólo nos hubiera dejado los textos contenidos en Con Tinta de Ayer y A la una de la tarde, continuaría siendo una escritora fundamental en el panorama de nuestra literatura.

Tentada de pedirle una mayor atención a su creación en prosa, me detengo. Quizás algún día descubriremos más cosas escritas por ella que, por modestia o pudor, no ha querido dar a conocer. Pero aunque así no fuera, basta  con lo que nos ha permitido leer.

En la prosa de Carilda se mezclan el yo insoslayable que garantiza su autenticidad con la maestría estilística capaz de convencer al más exigente de los críticos y de los públicos.

Con tinta reciente ella nos revela su lugar de vanguardia y de precursora hasta el punto de hacernos creer que esta obra, apenas tenida en cuenta por la academia y la crítica, pudo haber sido escrita hoy mismo por la joven y lúcida muchacha que es y será, aun en esa claridad sin atenuantes de la una de la tarde que siempre le permitirá presentarse sin afeites ante nosotros con la belleza que la define y regresando de cualquier empeño literario más Carilda que nunca.