Pablo Neruda: abundancia y sentido en ideas para el análisis global de su poesía

Roberto Manzano

Nadie discute la estatura poética de Pablo Neruda. Su obra se asienta en el campo literario con una reciedumbre enorme, que suscita de inmediato al recorrerse en su amplitud y profundidad una sensación ciclópea. En el camino de la poesía él tiene fuente y posada, y los nuevos viandantes de ánimo desplazador no pueden apartarlo de la vía. Pero sus enemigos estéticos y políticos muerden su obra silenciosamente, desmovilizando fragmentos, escogiendo ángulos con dedos melindrosos, enfrentándole con malicia otros destinos artísticos dispares. Espigan a su gusto y conveniencia, y allí donde no suscriben la actitud del sujeto lírico dicen que ha caído el estro. El duende nerudiano, que tiene bien escogido su camino, avanza con agilidad y orgullo, y se difunde oceánicamente.

Por supuesto, desde hace milenios se sabe que Homero también dormía. Pero no se trata de los instantes en que un poeta pueda separarse del favor de las musas, sino que los escogedores, en muchas ocasiones, se afilian a ojos que resultan impropios para la mirada de lo escogido. Se les fuga adrede el poeta íntegro, y escamotean su más legítima grandeza. El propio Neruda parece facilitar a veces el desmembramiento astuto, la desarticulación interesada. Su andar es extenso, y cubre cordilleras riscosas, enzarcillados labrantíos, litorales de apolínea espuma. Su poesía se expande fácilmente, como el universo que conocemos.

A veces duerme sobre cuerpos femeninos que se extienden por la tierra, o crece avanzando hacia nosotros bajo banderas que cantan. Puede sentarse, como un rapsoda, a desplegar con solemnidad episodios envolventes. O puede ir celebrando el mundo en líneas que saltan, armónicas y espesas, como ríos vegetales. O golpear irrefrenable sobre su asunto lírico, como la ola contra los bordes de la costa. Su abundancia es indudable, y posee un sentido aglutinador y cósmico que no puede discutirse. En qué consiste la primera, y cómo se alcanza el segundo, dentro de la curva monumental de su poesía, es el fin que esbozan estas líneas, llenas de alusividad y concisión.

1. Para abordar el mundo presentado y el mundo evocado en la poesía de Neruda. Un texto lírico es un tramado virtuémico. Todos los elementos que lo integran se asocian para el cumplimiento del sentido, que posee una peculiaridad articulatoria semejante a la del plasma. El plasmador ha incorporado allí, dentro de su envolvente y crepitante urdimbre sonora, una energía especial, que podemos llamar vector de intencionalidad. Ese vector, multiforme e irradiante, de una gran capacidad emisiva, carga a la secuencialidad de una simultaneidad intensiva tonalmente y extensiva semánticamente. Todo permanece en la horizontal de la expresión, pero a la vez estalla, como un fruto dehiscente, en las verticales esféricas del sentido. Un texto lírico, por naturaleza, es una abundancia que se mueve abiertamente en la franja espectral del sentido. Dentro de esa tridimensionalidad simbólica pueden abstraerse, situado apenas el observador en los portales del sistema, dos mundos que se fusionan orgánicamente: el mundo presentado y el mundo evocado. Planos que se intersecan, como en esas canicas de vidrio en las que se contemplan en su interior dos láminas de colores diversos acompañando la perpendicularidad de los ejes contrarios.

El mundo presentado se encuentra abordando un asunto, que constituye la materia más inmediata del mensaje. Como estamos en un polígono de una temperatura especial, el plasmador lucha obstinadamente con su referencialidad íntima, que quiere trasvasarse, buscando la posibilidad de mayor comunicación sintética con el Otro, que es la única oportunidad de existencia profunda del Sí Mismo. Se presenta un mundo, pero se evoca otro. Sólo de este modo se entra con seguridad en el terreno estético que corresponde a lo lírico, y el sujeto hablante, que ya posee modos de actuación corroborados por su práctica creadora, despliega, por la urgencia interior de la sensibilidad, la irradiación plástica del sentido. Lo evocado puede engarzarse a lo presentado por medio de las más usuales bisagras lingüísticas, o fundirse, en una sustitución absoluta, dentro de los enunciados líricos conseguidos. El sentido resulta de las referencias y las analogías fundidas en la temperatura expresiva. El plasmador es responsable de la producción que será ofrecida, y el consumo deduce no sólo un sentido sino también una actitud, que se encuentra embutida en la actuación estética.

Una peculiaridad importante de las relaciones del mundo presentado y el mundo evocado consiste en la cantidad y calidad del mundo que se convoca. Hay poetas que ensanchan el mundo presentado y adelgazan el mundo evocado, que no es nunca absolutamente vacío en la lírica, pues el enunciado lírico, por serlo, contiene siempre estas relaciones, aunque sean esbozadas. Hay poetas que cuidan, como parte sustancial de su sentido, el mundo evocado, que se comunica con el presentado de los modos más diversos, en una verdadera multiplicidad operacional. El mundo evocado incorpora el universo al mensaje. Es una enciclopedia del mundo. Es el imaginario analógico, el que establece las transferencias y los ámbitos. El mundo evocado expresa al mundo presentado más la proxemia del sujeto lírico: dice sobre un decir, autoenfoca y propaga la imagen en la red de los discursos, dinamiza y concreta la memoria y la experiencia del hablante, carga con gran parte del éxito de la plasticidad, de la alusividad, de lo simbólico...

Saber sobre este mundo evocado y las relaciones que se establecen entre él y el mundo presentado, y alcanzar este carácter poliédrico del sentido, es distinguir una visión del mundo. Se captan el sentido y la actitud, y puede describirse de algún modo una de las categorías más evanescentes de la crítica literaria: el mundo interior. Una estilística del mundo interior es hoy día una de las latencias del actual estado del campo teórico de la poesía. Análisis opsilógico llamamos a un abordaje de tal naturaleza. Aquí sólo esbozamos algunas ideas, y permanecemos en el plano abstracto de las generalidades. Pero una estilística de carácter opsilógico implicaría, desarrollados sus gérmenes, caracterizar y desentrañar los sentidos y determinar y valorar las actitudes, que explican las reacciones y luchas de tendencias presentes en el mundo interior. Imaginación, mensaje y proceso literario serían deducidos, entonces, de su terreno natural por excelencia: el texto lírico, o el ciclo lírico, o la trayectoria lírica total, pero siempre como expresión de un personalizado mundo interior que se socializa a través del arte.

Neruda es un poeta que privilegia su mundo evocado, aunque su mundo presentado posee un carácter mural. Los índices referenciales son abundantes, se encuentran en continuo crecimiento. Sus horizontes temáticos se expanden, e incluyen objetos de canto inusuales, que pasan a engrosar la enorme corriente de su mundo presentado. Sin embargo, el mundo evocado lo supera, aunque tenga algunas matrices imaginales básicas, pero su poder enunciador y transformativo alza una bóveda proyectiva que incluye grandes esferas de universo. Estas relaciones dialécticas entre su mundo evocado y su mundo presentado son las causas de esa impresión apabulladora que suscita su consumo, cuando se tiene delante su obra, cuantiosa desde el punto de vista físico y enorme desde el punto de vista imaginal y temático. Para abordar la obra de Neruda con agudeza y rendimiento no bastan las finas intuiciones críticas, sino que se han de adaptar las metodologías críticas conocidas y elaborar nuevos abordajes, que tengan una mayor capacidad de extracción y ordenamiento de sus atributos y mensajes. El análisis del mundo presentado y el mundo evocado, como dos categorías analíticas de un solo flujo de expresión, resulta extraordinariamente productivo para la acumulación originaria que debe generar toda metódica crítica antes de ejercer el criterio, fase final del proceso de aprehensión y valoración. Lo opsilógico, como parte importante de esa expresión resultante, arroja luz sobre las matrices conductuales de su imaginario e indica desde qué soportes de representación combinatoria se levanta el edificio íntegro de su creación. Con ello, se parte de unidades de significados más altas.

2. Algunas exploraciones opsilógicas en la poesía de Neruda. Un poema es un diorama del mundo interior, posee virtualidad de holograma. La sucesión de poemas, bajo el vector de intencionalidad que enhebra el conjunto en una unidad imaginativa superior, es otro holograma de mayor dominio. La sucesión de ciclos contenida en una trayectoria lírica total configura una imagen global que ofrece las ganancias específicas constitutivas de un destino lírico y establece una evolución sujeta a singulares vectores de crecimiento. Cerrada armónicamente una totalidad, ya legitimada por el sistema de la cultura, concentra y depura la imagen que el poeta ha incorporado con su quehacer, que pasa a engranarse como subconjunto móvil del devenir de la sensibilidad y la imaginación colectivas.

Así, es distinguible el mundo interior de cada poeta. Los que no han podido labrar con suficiente precisión un dominio imaginal propio, se van difuminando en las secuencias temporales, y algunos, a pesar de alguna hora de esplendor, a veces por razones extraimaginales, como, por ejemplo, éticas o ideológicas, se apagan lentamente como meras bengalas. Los legítimos poetas ganan en la sedimentación, pues sus almendras imaginales, átomos de su rico y dinámico mundo interior, se iluminan con las distancias subjetivas del tiempo. Se ve ya al poeta como una secuencia del espíritu, que ha significado un desenvolvimiento especial de la imaginación y la sensibilidad. Así, por ejemplo, cada sujeto de cultura contiene a Homero, y ese Homero se desplaza como una identidad dinámica en su producción visual interior. Cada uno de los nombres constitutivos del devenir de la poesía, a pesar de sus recambios y fluctuaciones, es una entrada en un lexicón visual, que suscita un entorno imaginal. Aquellas entradas imprescindibles, cuyas salidas se sienten como una pérdida o mutilación, aunque permanezcan aisladas, sin una descendencia visible, vertebran la memoria humana, y pasan a formar parte del canon. El canon tiene un núcleo de cierta estabilidad, que se aleja en el tiempo, y un área protoplasmática, que es campo de conflicto y examen, y unos alrededores poblados de sombras que pululan adyacentes y protomórficas.

Escojamos dos poetas disímiles como Antonio Machado y Charles Bukowski, pongamos por caso. Ya cada uno de ellos, aunque tengan avatares personales absolutamente diferentes y hayan estado inmersos en épocas y culturas diversas, posee un holograma propio, detectable intuitivamente por los consumidores suyos, pues no se levanta de otra parte que de sus textos, que se conservan y reproducen para disfrute público. Más allá de lo que el consumo pone en el texto, que es mucho, es innegable que el texto pone lo suyo, lo que le resulta objetivamente inalienable, en la pantalla interior del consumidor. En esos textos, elaborados con una persistencia y maestría extraordinarias, hay ya un núcleo imaginal respectivo que es patrimonio de sus destinos como artistas y como hombres. Ese relieve opsilógico final es una entrega ilusoria, representativa de lo que aportan al entramado simbólico y virtual de las imágenes culturales, y puede tener variaciones y proyecciones múltiples, pero conserva una identidad visual, que es su letra mínima, su invariancia simbólica, a pesar de todo lo que pueda poner en cada una de estas cristalizaciones opsilógicas el universo dinámico y transformador de las recepciones. Antonio Machado, pongamos por ejemplo, se visualiza allí como un andante, lento y melancólico, que sale al camino custodiado de árboles o atraviesa una plazuela con fuente, donde el agua canta el paso de la distraída angustia del tiempo, con un fluir de seca eternidad. En Charles Bukowsky se supone un hombre urbano, un poco brutal y escéptico, que se encuentra hundido sin poder salir, y sin tener ganas de hacerlo, de su opresiva y descarnada circunstancia. Este ser, como un gamberro, increpa con desaliño en una soledad sin querencias y con aguda mordacidad. Whitman trabajó con delectación la imagen de sí que entendió coherente incorporar y es hoy una pieza canónica de alta plasticidad, como mismo lo es Mayakovsky, o Borges, o Martí, o Tagore, o Esenin, entre innumerables ejemplos de los más encontrados caracteres. Estos nombres ya no son seres físicos, biografías específicas de carácter biológico, sino rótulos económicos para designar las magistrales representaciones plásticas de tan singulares mundos personales.

Neruda tuvo plena conciencia de estos hondos mecanismos de la creación poética. Delineó desde el principio su participación insustituible como agente de cultura. Advirtió que su destino podía ser patrimonio de todos, que su elaboración profunda como ser vital y participativo permitiría, a través de cuanto le sucediera, reflejar de modo vivo a sus semejantes y alcanzar con ello, y con ellos, mediante la entrega irrevocable a la imaginación y al deber, una utilidad y sobrevivencia admirables. No como héroe de la acción, sino de la expresión, que es un tipo singular de acción, tan imprescindible para los individuos y los pueblos como la otra. Percibió en sí la gracia del decir, y la capacidad para la contemplación profunda, y se consagró a encarnar vivamente en el idioma lo que su alma desplegaba con intensidad. Este Neruda germinal asombra por su auténtica fuerza para representar plásticamente el mundo interior. Su entorno visual, y las experiencias existenciales y amorosas iniciales, exigen un detenido análisis opsilógico, para captar la coherencia hologramática de su primera proyección psíquica. Tempranamente, sabedor de que sólo tornando conscientes grandes tramos se empuja la intuición hacia horizontes más lejanos, pues la conciencia y la intuición se correlacionan como los neumáticos de un auto y los conos de sus faros penetrando la noche, encaró su propia creación y meditó profundamente en ella. Nunca daría consejos a los creadores ni se detendría a dejar orgánicos testimonios de sus investigaciones silenciosas sobre la poesía, pero a grandes zancadas, envueltos en metáforas, y de modo incidental, sus escritos en prosa, y en ocasiones los de su propia poesía, autoenfocan su actividad y expresan principios insoslayables de la producción lírica.

Neruda entró en sí mismo con absoluta consagración, registrando sus propios materiales configuradores. De la mano de algunos poetas que amó entrañablemente, vivos y muertos, fue nutriendo y examinando paulatinamente sus abordajes expresivos. Sobre todo en las enormes vertientes áureas del idioma, en su nación amada que comenzaba a producir grandes voces, en los torrentes literarios americanos, en exploraciones provechosas dentro de las letras francesas, cuyo idioma dominó tempranamente. Delante el dominio de la lengua lírica, que es el instrumento supremo, el que hay que aguzar, desbastar, perfilar hacia las direcciones que se intuyen íntimas, para poder plasmar, que es la actividad final donde ya se ofrece el producto consumado a nuestros semejantes, a través de cuyas puertas se alcanza la inserción de lo personalizado en el ámbito osmótico de la cultura. Esto supone el desarrollo profundo del competente lingüístico y la formación de habilidades distributivas y organizativas de sentidos y, simultáneamente, la entrada introspectiva en el fondo de oro imaginal que cada ser humano trae consigo, como un depósito oscuro y misterioso que hay que aprender a levantar hacia la luz radiante y solidaria de las palabras. Introspección especial la del poeta, en la cual Neruda fue un temprano maestro, para ver con morosidad y perspicacia las imágenes acumuladas por el decurso en nuestro mundo interior y saber inscribirlas, en un acto de traducción colosal, que llaman escribir, dentro de las cápsulas verbales y los compases rítmicos de la cadena ensimismada del habla lírica. Estas actitudes sutiles se advierten cuando escuchamos la voz del poeta, que se quiebra en tonos afectivos, con la velocidad de un largo lamento concertado hacia el énfasis de coloreadas aguas subterráneas. En esta voz, en sus curvas altas, impulsoras de cada verso hacia el que le sigue, buscando la seriación de elevada temperatura, y en el énfasis riesgosamente sostenido sobre colinas emocionales, se puede apreciar, para el observador adiestrado en estas búsquedas, el modo de introspección, verdaderamente único, que empleaba el poeta para captar el zarcilleo, la resonancia y el volumen sin sosiego de su vector de intencionalidad, buscando y encontrando, en un espíritu heurístico semejante al picassiano, las equivalencias tremendas entre la simultaneidad y la secuencia, básicas de la expresión lírica.

Acaso como en ningún otro poeta, en Neruda se advierte con nitidez el trabajo febril de su vector de intencionalidad. Hay poetas cuyas actitudes estéticas y la solicitudes propias de los mensajes que escogen, ofrecen en el tramado representativo un pulimento imaginal que no permite el sondeo del trabajo procesual a través del cual se consigue el trabajo cristalizado. Está el trabajo cristalizado ante nuestros ojos, padecemos su aura de terminación y prestigio, y cuando deseamos penetrar en los estratos de los hallazgos topamos con que han sido barridas las búsquedas. Uno de los muchos aspectos que producen deleite estético en la poesía de Neruda, para un ojo entrenado, es la contemplación intuitiva del espacio desde donde se encuentra acarreando los materiales de la ilusión y los escorzos a que los está sometiendo, bajo su lógica emocional y visual permanente. El poeta moviliza su mundo interior delante de los ojos receptivos: hay una rapidez creadora que engarza con suma habilidad, o al menos lo aparenta con arte sutil, las imágenes de partida con las de llegada. Esto aumenta el grado de participación a que nos somete su poesía, que aun en las más atrevidas y deshuesadas visiones nos reclama la inclusión, por vía del gesto enhebrador de lo subconsciente inmediato. Aquí radica, más allá de las fuerzas proyectivas de los sintagmas sometidos a profundos arcos voltaicos, la extraordinaria atmósfera que trasmiten sus poemas, donde percibimos, casi por ósmosis, una peculiar fuerza e intensidad figurativa rara vez encontrada en otras páginas. Nos trasmite la idea de que hay mucha naturaleza en esta cultura, de que estamos ante un producto de cultura que contiene en grado sumo a la naturaleza, o la mayor cantidad posible de naturaleza incluible dentro del polígono comunicativo del poema.

Es por ello que tenemos siempre, frente a la poesía de Neruda, la impresión de un cuerno derramado, de la entrada de un aluvión raramente dirigido. Él mismo, consciente de sus métodos y operaciones fundamentales, insiste sobre esta imagen en sus escritos metapoéticos. Desde joven ya ofrece sobre sí esta imagen de su poesía y de su destino, con la gozosa voracidad del poeta que sabe que se nutre por acumulación, por englobamiento delicado de lo real y lo irreal, por sedimentación de lo vivido, por búsqueda y captura, como en un cardumen de peces locos, de sus imágenes más dispersas y dinámicas. La infancia es el gran depósito, el arca de los milagros, la gruta lejana donde se guarda el tesoro. Neruda desentrañó rápidamente cuál era el sésamo de su expresión personal, la palabra que hay que decir ante la roca que guarda lo luminoso interior. Y supo que en su infancia solitaria y desdichada, en los ámbitos de lluvia maderera, en el ferrocarril empapado, en el mineral y el océano, en el follaje movido por el viento, en la variación de los climas, en la piel brillante de las frutas como un seno próvido, en las caderas desnudas de las mujeres, que le inculcaban de modo grávido y sensorial el sentimiento de patria, de filiación terrestre, estaría para siempre su auténtico venero, el alfabeto primordial y profundo para escribir los enunciados torrentosos de sus poemas. Y aprendido esto en la lectura de innumerables libros que lo instruían y educaban para el conocimiento material (los minerales, las caracolas, los insectos, las aves, las fieras, los árboles, los relieves, los oceános, los hombres múltiples, los países enormes y pequeños, las espesas y altas ciudades, las extensiones sin fin de las tierras y las aguas), educando sus búsquedas en los grandes poetas afines (Whitman, Rimbaud, Quevedo...), ejerció con naturalidad su abundancia, en una absoluta coherencia entre la visión y la ejecución creadoras.

Esta abundancia pánica, que debe entonarse rapsódicamente, con recitativo mediunnímico, para que se redondee comunicativamente, es inevitable que se levante y vaya a buscar a los hombres y mujeres, que se pare a cantar entre ellos acerca de la enorme metáfora de la esperanza, de la oscura ciencia de la solidaridad y la justicia, tan necesarias para poder conservar y gozar en paz y con absoluta alegría interior, cuando se es un hombre esencialmente bueno, todo lo que contiene para todos el Todo. Ésta es la gran imagen opsilógica que nos deja en herencia el largo y ancho cantar de Pablo Neruda. La urgencia de asimilarlo todo, de humanizarlo todo con absoluto respeto, con delicadeza extrema, para que se conserve siempre de modo fresco y genésico para cada una de las generaciones de hombres que pasan por la tierra; la necesidad del saber y la justicia ahora mismo, en pleno goce de la existencia, en la plenitud abierta y espontánea de los hombres y mujeres libres y gozosos. Los ideales de su poesía exigían, por coherencia natural, que siempre se ejerce en los poetas grandes apenas sin saberlo, el sentido de la abundancia y la abundancia del sentido, todo anudado, como un ramo colosal, en las manos de una especie que se quiere emancipada. Otros poetas han sido grandes en su misticismo, en su adolorida subjetividad, en su dones eufónicos o imaginales reciamente trabajados, en su penetración de lo demoníaco, de lo trasgresor, empujando en la sombra individual y anárquica sus voces de víctimas o extraviados que agitan en silencio su protesta genial; pero la voz de Neruda, redondeada ya por la muerte como un vector que ha concluido su curso, ofrece la entrega opsilógica de un ser de gran estatura que va por la tierra enlazando los destinos y las cosas en un canto sin fin que nos cobija a todos en su afectuosa andadura. Gloria mayor, la de esta imagen definitiva, que el poeta ha incorporado con su obra y su destino al sistema de la cultura, pues asocia tantos elementos en forma tan unitiva. Su poesía, como él lo quería, no ha cantado en vano. Es una piedra angular del desarrollo de la poesía iberoamericana, una incorporación americana al caudal espiritual de la humanidad semejante en todo a nuestra diversidad, extensión, contraste y grandeza. Su obra, como una corriente amazónica o una curva celeste de estribaciones vegetales, ha entrado ya como una palabra nuestra en el corazón del planeta.

3. Para un análisis de los vectores de crecimiento en la poesía de Neruda. Un poeta posee maestría cuando a grandes velocidades sabe desenvolver vectores de intencionalidad que alcanzan un óptimo con un mínimo. Esta es la parte ergonómica del talento, que se ha de tener convertida ya en segunda naturaleza. Cuando esta práctica está interiorizada, el poeta se torna productivo, pues las sustancias y las formas adquieren al fin esa unicidad absoluta que poseen en la vida, pero que tanto esfuerzo cuesta lograr en el arte. El poeta ya sabe hallar, es productivo en hallazgos. Neruda fue creciendo en estas direcciones, enderezando y perfeccionando sus vectores de búsqueda. Ésta es una batalla que se gana verso a verso, poema a poema, libro a libro, de ciclo en ciclo, hasta que es una arquitectura clausa, por el advenimiento interrumpidor de la muerte. Las pruebas más sencillas de cómo crece un poeta son encontrables casi siempre en las fases iniciales de su trayecto creador, cuando los zigzagueos, las prontas acumulaciones, los acarreos desde otros predios o creadores, se encuentran aún visibles, y quedan luego en la obra total cerrada como procesos relictos. Es la época en que se ven los corderos digeridos por el león, pues el león no está todavía absolutamente constituido. El león, a lo largo de su existencia creadora, tendrá un metabolismo fuerte y abundante, pero cada vez se podrá detectar menos detrás de su piel tirante y lustrosa la enorme masa de corderos ingeridos. Ya saben los vectores imantar el campo, y trabajan no sólo con grandes cantidades de sustancia, sino también con delgadas capas de oxígeno, a partir de cuya absorción elaboran estatuas de asombrosa transparencia.

Los vectores de crecimiento son identificables en pequeñas unidades y en conjuntos grandiosos. Todo cuanto existe activo en el tiempo abandona en el espacio una estela. Entrar en ese sendero móvil es captar una evolución. Las obras de arte contienen trabajo, y el trabajo no es productivo si no tiene metas. Los vectores son las expresiones de una intencionalidad que persigue denodadamente su meta. La poesía de Pablo Neruda, vista desde la completitud que la muerte del poeta le proporciona, adquiere ante los ojos que la abrazan totalmente una mensurabilidad textual determinada, por muy abundante que sea, que puede generar un retrato simbólico de su geometría de crecimiento. Cada poeta crece a su manera, según una lógica interna, que tiene que ver con las particularidades estructurales de su mundo interior y el modo de desenvolver sus vectores de intencionalidad. No crecen de igual modo Nicolás Guillén y José Lezama Lima, pongamos por ejemplo, los dos poetas cubanos más grandes de la primera mitad del siglo XX, cuyas obras se encontraron en el tiempo y entre las cuales hubo una innegable complementariedad. Es muy importante, en la psicología de la creación, que un poeta tenga, al menos intuitivamente, alguna lucidez de cómo crece, según los propósitos que se vertebran en el tiempo dentro de su mundo interior. Esto le garantiza economía de movimientos, no girar extraviado sobre los mismos pivotes, por descarrío y descuido de sus vectores más íntimos. Nicolás Guillén crece en círculos concéntricos que amplían sus universos de canto en anillos cada vez mayores. Cada uno de ellos subsume a los otros, sin repetirlos de ningún modo: así, va de lo negro a lo cubano, de lo cubano a lo antillano, de lo antillano a lo latinoamericano, de lo latinoamericano a lo universal. José Lezama Lima, poeta circular si los hay, tuvo desde sus primeros grandes poemas una visión unitiva que enriquecería en amplitud y profundidad cada vez más, hasta redondear una imagen del mundo altamente vertebrada sobre un eje implícito sobre el cual gira lo disperso en una rotación imantada. De cada gran poeta, conocidas ya sus entregas opsilógicas y teniendo presentes cada uno de los puntos de sus segmentos creadores, es posible deducir sus vectores de crecimiento característicos.

Neruda es, por antonomasia, el poeta de los procesos. Se detiene morosa y amorosamente en las fases de las estaciones, en las variaciones sucesivas del tiempo, de los mares, de las vegetaciones, de las emigraciones celestes, de las cadenas minerales, de los actos eslabonados de los oficios, de los episodios cosidos de la historia, de la modelación tesonera y metálica de los héroes y países. Todo pasa del día a la noche, de la hebra al ovillo, de la rosa al jardín, del puño solitario a la multitudinaria bandera. El amor va del pie a los cabellos, fluyendo del brazo al muslo, entrando en capas cada vez más profundas y abiertas de la noche, germinando como una rosa apasionada y oscura, repleta de bosques y constelaciones. Sus cantos son hondamente procesuales, lo que es del todo congruente con su proyección creadora, con las leyes internas de su mundo interior, y con su singularísima aportación opsilógica final. Nunca un sujeto lírico tuvo una actitud semejante en nuestra imaginación continental. Este modo de absorción de la materia poética genera vectores de crecimiento singulares, como los de Guillén o los de Lezama. En el caso de Neruda, los vectores se arremolinan mientras se desplazan. Avanza como un tornado, cuyas fuerzas giratorias lo dinamizan todo en la velocidad de captación y despliegue. Puede ir y volver sobre sus grandes áreas temáticas, girando y andando, dentro del cono vertiginoso de sus exploraciones. O detenerse en la interioridad de un desenvolvimiento, para luego estrenar horizontes nuevos. Los horizontes son dinámicos, y se mueven en la misma medida que el autor vive su vida, en navegaciones y regresos, en profundas residencias sobre los territorios y las culturas. Es un torbellino lírico, que produce un sonoro e insondable viento épico. No es un anillo que crece, ni un eje que rota en lo trascendente. Es una espiral que avanza. Los vectores de crecimiento expresan conductas peculiares de cada destino creador.

4. Necesitamos la poesía de Neruda. Las ideas metódicas anteriores sólo son incitaciones para búsquedas más detenidas que permitan captar en su totalidad una obra que reclama visiones de conjunto, y proponer algunas categorías o ideas que resulten productivas en esos abordajes. Con ello, estaremos tratando de entender su legado imaginativo, que exige para su comprensión más profunda una mirada desde la complejidad y desde la inclusión del mayor número de elementos en la modelación crítica de su mundo, trenzado y empujado de continuo por poderosas fuerzas sinérgicas, que actúan como hélices de una grandiosa belleza armónica con el universo. Un universo lírico se comprende no sólo cuando se han captado por la razón sus mensajes más acusados y perentorios, que a la larga consideraría residuo de la asimilación la enorme red de aprehensiones que establecen la lectura o escucha de la poesía, sino sobre todo cuando los procesos analíticos están centrados por actos que procuran una simetría de imaginación entre los dos elementos conectados: el que produce y el que consume. Tratar de desplegar una asimilación crítica lo más sintética posible, isomorfa con la integridad del hecho poético, tiene fuertes implicaciones estéticas y sociológicas.

Un sujeto constructor de equilibrada amplitud imaginativa realiza una labor social y ética de incalculable beneficio psíquico. Un poeta así es un capital social, un patrimonio de todos, una fuente inagotable de liberación y fortificación del hombre y la mujer de hoy, espantados, divididos, reducidos en la actual sociedad posmoderna de la asfixia, la degradación y el espectáculo. Cuando todos los sistemas de pensamiento estallan, y una dolorosa fragmentación cubre la pupila de los seres, transidos por las asperezas cotidianas y la carencia de espiritualidad en torno, un sistema imaginal de tales propiedades es un bien común que necesitamos consumir desde los dos ángulos que despliega todo legítimo consumo: el hedonístico y el crítico. Los que escudriñan la naturaleza de los productos y orientan la asimilación pública tienen el deber de ofrecer imágenes leales a las imágenes profundas proyectadas por los creadores. El dominio global de esas proyecciones, que son construcciones psíquicas de enorme trascendencia simbólica, debe caracterizar los acercamientos de mayor calado. En el caso de Neruda, dada su abundancia creativa, es sumamente importante alcanzar un sentido imaginativo global.