Ian Rodríguez Pérez


IAN RODRÍGUEZ PÉREZ (Las Tunas, 1973). Reside en Cienfuegos. Poeta, narrador y crítico literario. Ha publicado los cuadernos de poesía Velas en torno al corazón demente, 1997; Agudos del silencio, 2000; Cambiar las formas del sueño, 2003; Nocturnidades, 2007 y Esta costumbre de soñar lo mismo, 2009.

País de estatuas

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Una estatua, ¿cómo pasarlo por alto? No es más
que la réplica de otra figura que no conoce. ¿Cómo saber que existe en otro parque, al otro extremo de la calle con nombre de un mártir cuya vida o muerte encuentra resonancia, sacude, eclosiona en nuestro hígado de mármol?
Cada una es réplica de la soledad de la otra, y se creen únicas, confiándose a la inmensidad de la noche presta ya a configurarse.
Una estatua puede ser sencillamente el sueño de otra estatua que se siente insegura mientras espera ser replicada, reproducirse sin ignorar que el tiempo es un espejo de raras costumbres.

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A Michel Martín

Como incienso que animan al atardecer quiero perpetuarme. Aún me signa esa coartada de velero que me han inventado y escapo, recorriéndote, adoptando las más disímiles figuras del silencio que tus manos musicalizan.
No pensé que pudieras conmoverme de tal modo. Jamás imaginé que en tus pupilas llegaran a suscitarse imágenes de tan estremecedora naturaleza.
Cuando me percaté de tu hermosura, no hubo para mí otra opción, te entregué mis venas, la menos comerciable de todas mis vísceras, y mis ojos, para que veas, oh Muerte, para que deslindes cuán irreal y desolador suele ser el mundo por momentos, sin tu asistencia.
Y en cambio tú vienes a ofrecerme vida de aurora, me concedes la posibilidad de ser el incienso que otros animan cuando atardece. A ellos les digo, tú eres cómplice, te pongo por testigo de mi confesión, que seré su más persistente recuerdo, aún cuando tengan la certeza de que yo debo proceder del porvenir.

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Hay dos clases de estatuas: las que te confían su silencio (para que hables por ellas) y las que usurpan tus palabras.
Te corresponde determinar qué acto es más condenable.

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El restaurador que persiste en restituir los silencios y el alma de una estatua, sus advenimientos y contrariedades, sus aspiraciones más ocultas ¿ha pensado en la indignación, la rabia que exteriorizaría si hicieran lo mismo con él? ¿No siente sobrecogimiento o vergüenza por abusar, por excederse con quien tal vez sea más libre, más leal o momentáneamente más feliz?
En toda estatua hay un tigre que conmueve y al mismo tiempo asedia. ¿Se atreverá a desenjaularlo?
El espectáculo es presumiblemente tentador, tiene todos los atractivos, cuenta con todas las expectativas de un desvencijado Coliseo.
Antes de hacerlo, el restaurador debiera preguntarse, tendría que responderse si en realidad resulta provechoso dedicarse a reemplazar aquello que, a fin de cuentas, pudiera ser indestructible.

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Apotegma para un restaurador: Hay estatuas que siempre desafinarán en tus manos.

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Otro apotegma: Esa estatua, canta mejor que todas las palomas juntas.

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A T. F., otra vez

Yo sé de una estatua que me odia. Resulta evidente su aborrecimiento: me ofrecí para limpiar su alma y cada día amanece más oscura.

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No puedes desentenderte de esta máxima: Restaurador que se entrega, despierta aversión en las estatuas de la costumbre.

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No me arrepiento de ninguna estatua restaurada: los remordimientos suelen ser monedas de escaso peso en los bolsillos.

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Nadie mejor para hablar de la naturalidad y desenvoltura de mis desplazamientos que las estatuas. Por el día yo las restauro; de noche, ellas me restauran: corren, gritan, entrelazan sus manos, hilvanan mis sueños con imprudencia.
A veces, es decir, en muy contadas ocasiones, he podido arrebatarles un beso. (Generalmente, ellas me saquean).

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El vendedor de periódicos no acostumbra a escuchar en su voz la tristeza que el domingo me depara. Los domingos siempre me recuerdan instantes en los que he sido humillado. La inocencia que subsiste en sus gritos evoca aquellos que prefería no perpetuar, y le compro –haciendo caso omiso al valor– todo ese papel desgastado que no merece tanto alboroto.
(Es amargo el silencio; más tristes suelen ser, impresas, ciertas palabras).

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Sediciosos, exhiben los cementerios un silencio que lacera.
Bajo la incierta voz de la luna, paisajes del sueño nacen de los muertos, mientras la noche persiste en desnudarse sórdidamente, y es su insistencia, la luz que por los muros merodea, escurridiza, por la oscuridad distorsionada.
Los cementerios parecen insinuar cuán oscuras son nuestras almas: orquestan un silencio que nos persigue y al mismo tiempo se marcha, en un susurro cómplice, que creemos escuchar.
Lo oscuro hermana. Siempre que invoquemos a la noche responderá el eco de un viento misericordioso que procura aliviarnos.
Blanca y taciturna, la luna se realiza en nuestra mirada. Suspendida entre los árboles, su cansado gesto no erige respuestas.
Los cementerios resguardan palabras; los nombres de los muertos son su traje inefable. Estrellado, como un espejo absurdo, el cielo así lo revela.

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En los cementerios sólo las figuras de piedra respiran.
Durante el día, las estatuas expanden su perfume invitando al sepulturero a volver con su ofrenda, flores que cultiva en el jardín de su casa.
El enterrador sitúa las flores y obsequia un beso sobre el frío mármol que de noche las estatuas se disputan.
Durante el día el hombre se siente solo, no le acompaña nada más que la imperturbable calma de las tumbas. Ignora la complicidad de las manos que sus cabellos acarician al verle llorar sobre una, muy específica, donde se concentra una sucesión de voces que le aclaman y profesan todo lo que las estatuas cultivan de noche para él, en reciprocidad de las flores amarillas que a sus pies entrega.
En los cementerios, los sepultureros confían flores a las estatuas, procurando mitigar tanta ausencia, tanta ausencia...

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Sobre la lápida, otra gota de esperma, ofrenda del sepulturero. Ocho horas de visita diaria, lo suficiente como para hacer corresponder la imagen de la muerta con la de la escultura que su recinto ampara.
Algo de la figura lo atraía, pero lo ignoraba, hasta el día que apareció aquel retrato. Decidió traerle flores, pero las flores se marchitan humanamente, no dejan rastro sobre la piedra. Podría haber escrito algo, pero su letra resultaría demasiado evidente: todos reconocerían –por las palabras– al autor de semejante epitafio.
¿Qué puede dar uno –meditó– que sea una frase de aliento? La respuesta tardó, como tarda todo lo que se impone y apremia ser entregado.
Sintió temblar sus vísceras mientras sudaba. Así estuvo, hasta sentir ardor en las manos. Una y otra vez tatuó el vacío; vertió sobre la piedra la réplica de su cuerpo. Su forma de afecto solo es comprensible diminutamente.
Todas las noches, las demás estatuas profieren improperios contra la maniatada que reclama para sí tanta atención.

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Si tienes la vocación de restaurar y ansías configurar el volumen y eternidad de las tersas estatuas que la noche revela.
Si el día deja caer como al descuido, su aburrido velamen, y empuñas toda su astucia.
Si acaso reconoces lo poco audible que puede resultar su voz –las voces petrificadas que ante nada vacilan.
Te advierto que no tendrás vista para emerger allí, donde los mínimos destellos de la tarde agonizan y prefiguran la existencia del incienso que ahora animas.
Si te apegas, si realmente es ésta, tu adusta fatalidad –ésa que te niega y al mismo tiempo te reafirma–. Desde toda su diablura, con toda su inocencia, sabrás de antemano, aquello que es posible (algunas estatuas esperanzadas) se aventuren a revelar. Ellas intentarán convencerte de que aún no ha nacido el mortal con suficiente vocación para comprender sus poses.