Roberto Méndez Martínez

Ritual del Necio

Publicamos un capítulo de la novela Ritual del necio de Roberto Méndez Martínez, que mereció el Premio Alejo Carpentier 2011, y está ahora en proceso de edición por Letras Cubanas. Este escritor cubano, quien además de narrador es ensayista y poeta, nació en Camagüey en 1958. Con varios de sus libros anteriores obtuvo igualmente importantes galardones, como el Nicolás Guillén, de Poesía, el Premio de la Crítica y el Alejo Carpentier, de Ensayo.

Las Islas

El Investigador tenía su trono debajo de un enorme cuadro de González Puig. Cuando lo ocupaba, percibía Andrés que todo en él: la piel marrón cenizo, la calva evidente, los espejuelos de vidrios gruesos hasta la crueldad, entraban en contrapunto con el mundo paradisíaco de la obra. Sobre el lienzo, aquellos elípticos trozos de tierra, salpicados de un verdor furioso y clavados a su raíz por afiladas palmas reales, soportaban un día y otro, la encrespada corriente del Golfo, traducida en oleajes y hasta en adivinados peces que casi encallaban en sus orillas antes de descubrir los meandros que debían seguir para alejarse victoriosos de aquellas tierras. Tierras del Edén. Tierras de Utopía. Jamás las hierbas resistentes, las palmas indoblegables y las casitas harto bien fortificadas, eran rozadas por la duda o el salitre. Mundo que sigue en su tiempo hechizado, siempre ajeno al discurrir de la corriente voluble. Como no había figuras humanas en el cuadro, era imposible saber si había alguien feliz en las islas. Siempre acechaba el terror de que aquellas pequeñas moradas estuvieran deshabitadas desde hacía mucho y que la luz especial que se derramaba sobre ellas fuera especialmente inútil por carecer de espectadores. Aquella paz mal disimulaba una inquietud que venía a poner bajos profundos en la airosa línea melódica del paisaje.

–Andresito, carajo, mira por donde te han llevado las cosas. Un amigo suicida, con perdón… un manuscrito misterioso, nada menos que el Parsifal de Wagner y la música aleatoria, el jazz de nuestro Leo en tu versión para trompeta y hasta la catedral habanera. Creo que nada más te faltan en la fórmula el Septeto Nacional y el ballet de Alicia Alonso…

Después que Hortensia había bajado las escaleras con su maleta quebrada, El Ángel había procurado llenar parte de su tiempo y afecto con el rescate de ciertos amigos. Cosa difícil en aquella ciudad donde iban desapareciendo los íntimos: muchísimos emigraban de los modos más extraños: el chelista está de camarero en Cartagena, el pintor que tenía su estudio por Peña Pobre se casó con una norteamericana millonaria y tiene casa en la Tercera Avenida neoyorkina, el poeta recoge manzanas en Almería y encima dice que las odia absolutamente. A eso había que sumar a los que se habían ido sin rumbo reconocido, a los que arrebataron las más exóticas enfermedades –desde la parálisis hasta la locura– y, desde luego, los suicidas. Tampoco había que excluir a los que cambiaron tanto que se habían vuelto irreconocibles en su exilio interior: espíritus delicados que se convirtieron en mercaderes pragmáticos, religiosos ortodoxos que desembocaron en el ateísmo innominable, gente de cuidada decencia que se sumergían en la más fisiológica obscenidad. Los que hasta ayer escuchaban a Mahler, discutían sobre arte matérico, coleccionaban helechos arborescentes y agasajaban a sus amigos con vino búlgaro, té ruso y camarones muy criollos, ahora eran fantasmas sordos, mal nutridos de harinas adulteradas y su lenguaje había descendido al gruñido de los cerdos de Circe. Quizá lo mejor, como tantos repetían, era no salir de la casa, pero, por fortuna para él, allí estaban Los Profes.

De sus años de estudio en el Instituto había podido salvar aquellas tres relaciones, diversas pero muy ligadas entre sí. La Trinidad del arte: Leo el Duende, El Investigador y el Maestro por antonomasia. En sus respectivos espacios era posible tener aunque fuera la ilusión de que algunas cosas no se habían destruido. El vendaval los había golpeado en grados distintos: Leo bebía más y su bohemia perentoria parecía agravada; El Investigador carecía de muchas cosas, hasta del cartón imprescindible para sus aluviones de fichas, pero desplejaba una paciencia de taita, entre otras cosas, gracias al cuasi religioso cuidado de su esposa; El Maestro era el que mejor vivía gracias a las colaboraciones en el exterior, hasta el punto de que su casa parecía no tocada –como las palmas de González Puig– por los vientos que arrasaban el resto de la Ciudad, pero había tenido la sabiduría de mantener su trato más allá de la torpe ostentación de los enriquecidos a última hora, nunca andaba exhibiendo sus alhajas legítimas o falsas, siempre ofrecía lo mismo: conversación cuidada, paz, estímulo para el trabajo y algún café o licor o sorpresiva merienda.

Hoy había tocado el turno al Investigador, el profe de Metodología, un hombre en el que el optimismo nunca sufría mellas, porque era capaz de bromear con sus propios sueños. Ahora, por ejemplo, cuando las editoriales casi cerraban sus puertas y si algún impreso veía la luz o era un folleto turístico o una plaquette de hojas turbias y quebradizas, el había emprendido la tarea de redactar una enciclopedia de la música en Cuba. No importaba que debiera exigir como impuesto un bolígrafo a cada visitante, ni que, agotada su reserva de fichas de cartulina, echara mano de las invitaciones atrasadas a cualquier espectáculo, participaciones de bodas y bautizos y hasta trozos de cajas de los cakes que la dulcería La Gran Vía había fabricado hacía medio siglo. Las notas se multiplicaban, desbordaban las carpetas, las cajas de zapatos. Las gruesas atadas con tiras de trapo, invadían las gavetas hasta la repugnancia y se contagiaban con la humedad de los rincones. Él seguía anotando: la gira de conciertos de una bolerista, el recital de un violinista, el disco que no se sabe si se llegó a grabar, la crítica desatinada que firmó un advenedizo, todo merecía una ficha y la Enciclopedia, que no tenía apuro en ganar forma de libro porque quién iba a reclamarla en estos días, seguía creciendo y devorando cada espacio de la casa. Sobre aquellos montones reinaba El Investigador –así con mayúsculas– siempre con una sonrisa a mano: –Ya cogerá cuerpo y me la vendrán a pedir. Entonces veremos…

Llegó Elisa con un par de tazas de café, lo más decente posible. Mientras alargaba al Ángel la suya, con un aire más bien ausente, este le oyó murmurar algo así como: "Se escribe v después de las sílabas pre, pri, pro…" El Investigador no pareció escucharla, apuró la suya rápidamente y continuó:
–Mira, Andresito, el asunto es no perder el tiempo. Mi enciclopedia hoy vale mucho, aunque nadie me daría por ella ni para el jabón y el aceite, pero mañana valdrá más, me la vendrán a pedir y además, seguramente entonces producirá mucho más. Yo no critico a los que se van, si eso les abre un camino mejor, pero no entiendo a los que se quedan y encuentran justificaciones para dejar de trabajar: escritores que no escriben, directores teatrales que se alejan de la escena, críticos que ya ni siquiera leen, no se dan cuenta que al dejar de hacer lo que siempre hicieron y, al parecer, los hizo felices, se convierten en fantasmas, en suicidas potenciales… o peor que ellos, porque el que se quitó la vida ya de alguna manera descansó, pero el otro sigue por ahí como alma en pena, entre chismes, quejas y excusas muy difíciles de aceptar. Tienes derecho a preguntarme ¿y si a pesar de todo mi obra no resulta? Bueno, es posible que nunca se publique, pero el tiempo que dediqué a hacerla me dio una satisfacción personal, me permitió conservar cosas muy valiosas: la cordura, la dignidad, vale más ser un musicólogo pobre que se alimenta de los chícharos que Isa condimenta con valeriana…

–¿Con valeriana?
–Yo le digo que ella les pone valeriana para que podamos comerlos sedados y no alterarnos preguntándonos a qué saben… Pero más vale así que pertenecer a esa nueva clase de los "mutantes", los sobrevivientes que ya no se acuerdan sin son médicos, arquitectos o artistas, se les cayó hace mucho toda la cáscara de educación y cultura que tenían y ahora sólo piensan con los intestinos. Se les ha olvidado aquello de la hipertelia de que hablaba Lezama: lo que va más allá de su finalidad… hay que vivir en ella, no para el mañana, sino para el pasado mañana…
–¿Y qué te parece lo que te he contado del libro?
–Mira, chico, no hay proyectos buenos ni malos, sino la intención con que uno los tome y lo que esté dispuesto a hacer por ellos. Te confieso que eso de la novela trunca de un suicida –y en paz descanse el Gordo, que me caía muy bien y hubiera debido esperar tiempos mejores, si tenía tantos recursos espirituales, el perder veinte o treinta libras de peso no hubiera sido una tragedia, pero fue su decisión– no me parece lo ideal para un musicólogo en busca de ocupación sólida y un trompetista a tiempo parcial. ¿Qué podrás poner tú en esas páginas además de ordenarlas? Dice mi hermano Leo, siempre tan amigo de estar "rubateando" que si aleatorismo, que si jazz, no sé. El tema de ese Parsifal suena entre nosotros más bien exótico, con estos calores quién tiene tiempo de escuchar ese ladrillo wagneriano. Pero quizá ese lado del imposible sea el que te atraiga. Voy a obsequiarte algo que tal vez te sea útil.

El Investigador observó una de esas pausas de efecto que le servían habitualmente para mantener en vilo a su auditorio, sólo que esta vez el silencio se vio quebrado desde la cocina por una voz que entre el ruido impaciente de cacharros repetía, con más tenacidad que entusiasmo:
–Se escribe v después de las sílabas pre, pri, pro… con excepción de probar, probo, probable y prebenda.

El mago prefirió desenrollar su tapiz persa, en vez de hacer comentarios:
–Seguramente ignoras que Parsifal fue representado en La Habana. Efectivamente, lo ha contado alguna vez Alejo Carpentier y no es invención suya, aunque no haya entrado en ninguna de nuestras pobres historias de la música. Fue hacia 1921. Como tú sabes Wagner concibió esa obra como un "festival", un rito exclusivo para su templo de Bayreuth, le parecía tan sagrado que no debía contaminarse con el ambiente de ningún teatro de ópera. Había que peregrinar hasta allí, sumergirse en una atmósfera de culto, para poder salir verdaderamente purificado de esa experiencia espiritual. Pero, precisamente, mientras más procuras sustraer algo del mercado, más valor le dan los empresarios y los de ópera no son una excepción. Eso explica que tras la muerte del compositor, aunque los derechos no habían expirado y su viuda Cósima se mantenía muy beligerante en materia de custodiar las disposiciones del artista, se realizó una función en el Teatro Metropolitano de Nueva York, el 24 de diciembre de 1903. La enlutada hija de Liszt puso el grito en el cielo, pero ya se había roto el hechizo… de todos modos, los demás empresarios, que sabían además que ese drama no era de los que harían batir récords de taquilla, esperaron tranquilamente que expiraran los derechos de autor en 1913 e inmediatamente la obra fue montada en teatros de ópera de Berlín, París, Roma, Bolonia, Madrid y Barcelona. Parsifal pasó a ser una obra en repertorio pero no como La Traviata o Madame Butterfly, sino de esas que se ponen de tarde en tarde, para el gusto de los exquisitos…

En Cuba, hacia 1920, se vivía una reanimación del ambiente de ópera, gracias al empresario italiano Adolfo Bracale, que estaba haciendo venir a figuras de primera línea, muy bien pagados con los dólares que aportaba el precio del azúcar. En el Teatro Nacional cantaron, además del siempre nombrado Caruso, Hipólito Lázaro, Tina Poli Randaccio, Gabriela Benzanzoni, María Barrientos. El repertorio era el mismo de todas partes, mucho Verdi, mucho Puccini, algo de Donizetti y Bellini, pero Bracale gustaba a veces de experimentar y ofreció a los habaneros óperas menos conocidas: Thaís de Massenet, La condenación de Fausto de Berlioz y en torno a 1921 se decidió, quién sabe si por incluir a La Habana en la lista de ciudades que robaban el oro a Bayreuth, por presentar un Parsifal.

Por acá se sabía muy poco de Wagner, los intelectuales que a fines del siglo XIX lo habían admirado sinceramente como Julián del Casal y José Martí, habían muerto. Los abonados eran mayoritariamente aficionados a la ópera italiana y no tenían interés en aquel asunto. Además, no hay que olvidar que las puestas que propiciaba Bracale se hacían en tiempo récord, con buenos cantantes, pero con coros y orquesta mal ensayados y vestuarios y decorados viejos, arrendados a algún teatro europeo, el resultado artístico final nunca era demasiado atractivo, por eso la gente llenaba la sala para escuchar algunas arias de lucimiento de la divas y divos y, desde luego, mostrar las pieles y los brillantes, antes de irse a cenar a algún sitio de lujo.

El estreno se realizó. Dice Carpentier que casi nadie asistió, porque enfrente, en el Payret, estaba una compañía de zarzuela y tanto el público como la prensa prefirieron escuchar algo más ligero y familiar. Para colmo, los que asistieron al Nacional y tenían alguna idea de la partitura descubrieron que la música era llevada por el conductor a un ritmo el doble de lento que el exigido por el compositor, de ahí que la representación, que debía durar unas cuatro horas, podría extenderse a más de ocho y se fueron marchando gradualmente hasta vaciarse la sala. Nadie sabe si la representación llegó a concluir y desde luego, nadie intentó llevar la obra de nuevo a escena…

Aquel acorde grave fue interrumpido por la voz de Elisa que venía por el corredor:
–Antes de p y b… ¡Coño!
La regla ortográfica fue cortada por un enorme estruendo de lozas.
–¿Qué pasó, mi cielo?
–¡Esta oscuridad de mierda! Se rompió la sopera inglesa que nos regalaron Ardévol y María Isabel López Rovirosa, cuando nos casamos…
–No te preocupes, mi amor, que más se perdió en Cuba… decía Antonio Quevedo…
Sólo entonces, se dignó a aclarar al visitante:
–Ella está muy nerviosa, va a asistir a una entrevista para aspirar al contrato de secretaria de la Academia de la Lengua y quiere estar al nivel de la institución. Pero ya ves, todo se nos pierde, como decía Lezama, o se nos rompe, como la sopera de Ardévol: un día se incendia el edificio Andino y otro se cae el Teatro Musical, parodiando al Maestro, pronto nadie se acordará del las noches del Bola en Monseñor ni de Miriam Acevedo con sus recitales de poesía en El Gato Tuerto… pero no te preocupes, Andresito, esta ciudad tiene mil vidas y no se va a agotar así como así. Convive con las ruinas, exprímeles lo que les quede de sabiduría y no te quejes demasiado de la levedad insular. Escribe un ensayo sobre la ausencia de Parsifal de la cultura cubana. Parece que ese mito de la inocencia casta y de la compasión no es de los que más nos toca. Dialoga con la novela de tu amigo, pero no dejes de tocar la trompeta, la noche te lo agradecerá…

A esa hora ya no era posible distinguir la cara del disertante. También las islas de González Puig se habían tornado invisibles.