La balada de los bandoleros baladíes

Una historia de vida que el tiempo violenta, que los hombres marchitan, que la pobreza exprime: así podría describirse La balada de los bandoleros baladíes, libro que obtuvo el Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo 2010 y de la cual publicamos un fragmento. A manera de ventanas que descubren una realidad fragmentada y derruida, presenciamos en esta narración la violencia en sus múltiples grados y manifestaciones.

Daniel Ferreira (Colombia, 1981) es narrador, blogger y cronista independiente. Sus relatos, crónicas y ensayos han aparecido en publicaciones periódicas de su país y de otros lugares de América. Con su segunda novela, Viaje al interior de una gota de sangre (en proceso de publicación por la Editorial Arte y Literatura), obtuvo el Premio Alba Narrativa en su segunda convocatoria.

Daniel Ferreira

ORDALÍA, VIAJE AL INFIERNO

Nos dijeron que la misión era ubicar un pueblo de bandoleros perdido en ninguna parte. Debíamos llegar allí y buscar a los miembros de una lista negra. Todos vivían en aquel sitio. Preguntaron quiénes tenían experiencia con el fusil, quiénes con el machete, quiénes con la sierra, y quiénes nunca habían matado. Había muchos inexpertos, pero ninguno sin muerto encima. Nos clasificaron por regiones y por antigüedad. Organizaron patrullas diurnas y nocturnas. De día permanecíamos alrededor del pueblo. De noche, las patrullas saldrían a buscar a cada persona de esa la lista, para ejecutar. Al segundo día le tocó a mi bloque. Nos repartimos en grupos de cuatro, y fuimos casa por casa en busca de carne humana. Golpeábamos a las puertas para anunciar que las siguientes personas debían salir y venir con nosotros. Tienen cinco minutos, o vamos a entrar por ustedes y sus familias. Tres hombres de la lista se nos entregaron sin necesidad de entrar a sacarlos. Cuando fuimos a reunirlos en la cancha de fútbol, estaban prendidos los reflectores y las demás patrullas tenían maniatada la gente bocabajo. Un clamor de súplicas y lloriqueos en voz baja salían de la gente. Había uno amarrado al arco de fútbol. Un pelirrojo al que llamaban Maceo sacó un machete, le dio por el cuello y lo mandó al otro toldo. Los detenidos que traíamos se pusieron a gritar al ver la sangre. El comandante sacó aparte al más escandaloso y lo hizo amarrar al otro poste del arco de fútbol. El tipo suplicó mientras lo amarraban, pero cuando vio a los cuatro que le apuntábamos y cuando oyó que íbamos a fusilarlo, dejó de gritar, puso los ojos como los peces que son apresados en la atarraya, como los pájaros que se han roto el ala, como las vacas del matadero, eso, ojos de vaca, y apretó los labios. Tal vez se dio cuenta que ya nada lo salvaría, y aprovechó los últimos segundos para pedirle a Dios y al comandante que lo perdonaran. Pero Dios es un viejo sordo, aplastado en un nubarrón, y El Cabo no estaba ahí para perdonar a nadie. Era el comandante, y había sido militar. Por eso lo llamaban El Cabo, o mi Cabo. Era el comandante, y estábamos ahí para obedecerle y hacernos matar si así lo pedía. Nuestras caras no eran caras de gente normal, sino de hombres que obedecen. Si el cabo nos mandaba por delante a cruzar un campo minado, tocaba atravesarlo. Si nos cacheteaba, había que dejarse cachetear. Si nos quitaba la hembra, había que cedérsela. La camisa se le empapó del fogonazo y las piernas se le volvieron trapo. Por estar amarrado, no cayó; quedó colgando de las corvas y allí murió, con la cabeza escurrida sobre el pecho, como los ancianos que se mueren de muerte natural en la silla mecedora, o los borrachitos que se quedan dormidos de noche en la banca de un parque. Sólo uno de nosotros quedó con el cañón apuntándole al fusilado. Todos los demás habíamos desmontado. Él no. Estaba pálido. Lloraba. El Cabo preguntó si tenía miedo, la niña. El tipo seguía con el galil arriba. Ahora el cañón empezó a temblar. Yo supe que había mentido, que el pobre nunca había matado. Me le acerqué por el lado y apoyé mi mano sobre la culata y dije "ya, ya" y así logré que desmontara. No pasó a más, porque un tipo empezó a gritar en medio de la cancha: ¡Acábenme, hijueputas! Luego dio alaridos y dijo palabras incomprensibles. Sólo entendí dos: Luzbel y Belcebú. Matar a alguien es como tumbar un árbol: si usted no da en el punto, el árbol sigue en pie o se le viene encima. Al tipo que gritaba le habían dado un tiro de fusil en el pecho, pero la bala lo traspasó sin tocar órganos. Ahora pedía que lo acabaran con un tiro en el corazón y que le prendieran candela, o de lo contrario no moriría. Matar a alguien tiene su ciencia. Y más, si el torturado dice que lo estás matando mal, que no morirá. ¿Sí me entiende? Ese loco tenía un tiro de galil en el pecho y seguía vivo. ¿Cómo podía seguir vivo y con fuerzas para pedir que le abrieran el pecho, que le arrancaran el corazón, que lo quemaran, o que no moriría? Era tan raro, que daba miedo. El Cabo mandó venir a un llanero. El llanero quedó serio al oír el cuento. Se cabreó. Era llanero, tipos duros para la carne asada, pero dijo: No, yo no lo hago, patrón, porque ese tipo está rezao y la pava me queda a mí. Eso dijo, y se fue. El Cabo enfureció. Dijo que ahora hasta los matones creían en el diablo. Mandó traer las motosierras y me señaló la primera que le trajeron. Usted, dijo: ¡hágale! La tomé del manubrio y aceleré y sentí el rugido y el frío que me subía por la espalda y vi que tenía las arterias de mi brazo inflamadas. El rezado ni se inmutó. Tenía rostro sereno y un lunar bajo la boca. Hay un momento en que el dolor se pasma y la conciencia le dice al cuerpo: ya nada sientes, ya nada te duele. Recuerdo que vi su cara y no parpadeaba. Era extraño. Desafiante. Su cara tenía el gesto armonioso y delicado de un rostro de mujer. Recuerdo que me trastornó esa mirada, como cuando niño veía que mi papá se volteaba los párpados hacia atrás para perseguirme por toda la casa... No era él; de los dos, tal vez el que tenía más miedo era yo. Recuerdo que El Cabo se quedó mirándome con ojos raros. Otro, que estaba al lado del cabo, también se quedó mirándome del pecho a la cara. Instintivamente, me miré la camisa y vi que había vuelto la hemofilia. ¿Le dije que sangro con facilidad? Una vez me dio tan duro que tuve que ir a que me transfundieran sangre a un hospital. Cuando era niño, sangraba mucho, por ambas fosas nasales, por la boca; era feo sentir ese sabor a sangre todo el tiempo en la boca. La nariz se me ponía como un cuajaron, como el tipo que se astilló el tabique en el avión. Cuando era pequeño, tenía hemorragia nasal constante, todos los días. Al crecer, fue menos constante, pero a veces, ante cosas raras, sangraba. Ya llevaba dos años sin sangrar y preciso me venía ahí, delante del jefe. El Cabo negó con la cabeza y me miró con asco. Apagué la sierra y me excusé y dije que si alguien me prestaba un pañuelito. El Cabo sacó uno del bolsillo, le pedí permiso para ir a estancar la hemofilia y él hizo un gesto desagradable para que me fuera. Salí de la cancha y me demoré un buen rato a orilla del río. Cuando volví, todo había acabado. Los reflectores estaban apagados. La cancha olía a óxido. No era mi sangre, porque mi sangre es dulce. Miré las formas de lo que debía ser un montón de cuerpos en el centro de la cancha, picados. El pelao que se quedó con el galil en el aire estaba sentado en una piedra y me miró. Al acercarme, dijo: El Cabo mandó que entre usted y yo, los dos, debíamos limpiar toda esta mierda y botar los cuerpos al río. Entonces miré el relieve de sombras y sólo dije: vamos a necesitar un palustre. El pelao fue a la caseta y regresó con una carretilla de albañil. Mientras la cargábamos con troncos y piernas, me contó los detalles: dijo que el comandante puso a todo el mundo a blandir las sierras, y al rezado le vació el cargador de la pistola, fastidiado con los alaridos y el cuento reforzado de esas brujas que rezan para que a uno no lo maten. Sin embargo, sólo hasta que le roció gasolina y le prendió candela, se murió de verdad.

Luego de la matanza todos se fueron, y nos dejaron con el trabajo sucio: recoger los muertos y echarlos al río antes que amaneciera.

ABOMINACIÓN DE LA SANGRE

Recuerdo mis manos heladas, la sangre que escurría por todos los agujeros de la carretilla, el camino sangroso en que chapoteábamos con cada viaje de ida y vuelta, el vómito que me venía lleno de hiel verdosa y las palabras del pelao cuando terminamos de tirar los muertos al río: no vuelvo a comer hígado ni chunchullo en la puta vida. Recuerdo las semanas enteras que quedó mi cuerpo impregnado de aquel hedor sangroso que no se iba aunque me bañara, que seguía en mi pelo aunque lo enjuagara con rinse y champú y clorox y gasolina, que volvía cuando en un restaurante me servían una bandeja con riñón o asadura, con pajarilla, y ya no soportaba la visión de las vísceras y me iba al baño y vomitaba y pensaba en si así era yo, cómo les iría a los demás, imaginaba la patrulla del día siguiente, gente nueva, que no sabía matar, que entró a las casas y sacó a quince de la lista y los llevaron directamente a la orilla del río y prendieron las sierras, y yo desde mi hamaca oí la algarabía y al final sólo el rumor del río que vomitó una creciente repentina, o en la patrulla del cuarto día que llevaban todos las uñas negras, no hablaban con nadie y obedecían como si fuera un santo a un tipo bajito que tenía en el brazo el tatuaje de una cobra y en el pecho una gargantilla de oro cori, un dije que era la cruz de Calatrava, la misma que vendían en televentas, y corría el rumor de que a esa gente no le entraba la bala, y sólo una vez saludé a uno y al darle la mano me hizo cruces en los nudillos con el dedo pulgar, pensaba en las muñecas y los tobillos de los que pendían escapularios, pensaba en que una sola noche sacaron a las veintiséis personas que quedaban por ubicar de la lista y a todos se los llevaron al matadero municipal y allí cortaron cabezas y las patearon como en un partido de fútbol, y rajaron niños y les sacaron las menudencias y cortaron los labios y las orejas de un abuelo para que dejara de ser chivato y el negro saporreto de la cobra en el brazo rajó a una embarazada y sacó el feto y mandó preparar sopa y esa noche obligó a comer de ese sancocho a los demás condenados, pensaba en las ráfagas cuando la gente no soportó más y se lanzaron a correr por todo el matadero y el brazo de la cobra ordenó ametrallar con eme sesenta, pensaba en esos cuerpos que quedaron, uno sobre otro, como reses de domingo, los mismos que encontrara el pueblo tirados en el matadero cuando nos fuimos, pensaba en el día que nos fuimos, pensaba en el embarcadero y en la nube de chulos alborotados por el hedor de la sangre, el hedor que despedía mi cuerpo y el pasto manchado con el rastro de la carretilla y un río saturado de piernas y de brazos, y fue eso con lo que soñé durante el viaje de vuelta: que los chulos me perseguían, porque yo olía a muerto.

En realidad lo sigo soñando ahora, treinta y ocho años después.

¿No le huele raro, como a mortecino, como a flores pichas?
Soy yo.
Es mi aliento.