Crónica de tres días

Luis Marré

A las tres y media de la mañana tocaron en mi cuarto del hotel Unión, de Aguada de pasajeros. Reconocí las voces de mis compañeros Borrego y Duquesne.

–Levántate. Llegaron los gringos. Tomaron Playa Girón.
–Váyanse a jorobar a otra parte. A mí me llaman a las seis todos los días.
–Oye, bicho, es verdad. Navas llegó herido –insistió Duquesne.
–Vamos a buscar hierros.

Abrí convencido. Duquesne no trataba a uno de bicho si no era en casos excepcionales.

No había más noticias que las que ya había oído: Navas llegó a Aguada herido en una pierna. Fue alcanzado por una bala al subir a su camión para huir de los invasores.

Todo el pueblo estaba en pie a las cuatro de la mañana. Borrego manejaba el skoda del administrador.

–¿A dónde vamos? –le pregunté.
–A San Francisco, a buscar la sancristóbal que tengo en la granja.
–¿Y yo?
–Tienes que buscarte tu hierro, bicho –me dijo Duquesne–. Yo tengo mi cuarenta y cinco. En este puñetero pueblo no hay más armas largas que los springfields de la milicia. Cuatro o cinco, no son más.
–¿Cómo vamos a encontrar a los mercenarios?
–A esta hora deben estar en camino los hierros gordos… Vendrán de La Habana o de Santa Clara. Desde donde estén tienen que llegar y acabar con esos…
–El comandante Saborit y Vila están reunidos con el comisionado… El comandante tiene unos cuantos soldados con él. Todos tienen armas largas.
–Yo no me quedo en Aguada. Tengo que conseguirme un hierro. Como sea. Aunque tenga que robármelo.
–Sí bicho, pero pronto. Porque sin arma larga no nos van a llevar. Tenemos que darnos prisa o se nos van Vila y el comandante.

En San Francisco se oían como truenos lejanos, por la vuelta de la Laguna del Tesoro. Borrego recogió su sancristóbal y regresamos a Aguada sin hablarnos. A Duquesne y a mí nos preocupaba no tener armas largas.

El comandante y Vila ya habían partido. En una de las naves del INRA había más de un centenar de hombres esperando armas.

–Yo no me sumo a esos, camaradas.
–¿Y qué vamos a hacer?
–Irnos en el primer camión que vaya para Covadonga. Tal vez consigamos armas allá.
–Bueno –convino Duquesne.

Borrego me dio la sancristóbal y se fue a guardar el skoda. Entretanto, llegó una camioneta con seis hombres, dos con R2 y cuatro con springfields.

–¿A dónde van?
–A Covadonga, a reforzar la guardia del central.
–¿Me llevan?, tengo una sancristóbal.
–Arriba, compañero.
Y nos sumamos Duquesne y yo.
–Bicho, ¿qué dirá Borrego cuando se dé cuenta de que te vas con su sancristóbal?
–Lo que importa es que esta arma llegue al central cuanto antes.

En el central había un movimiento febril. A las seis de la mañana ya había un hospital de sangre instalado. Hombres y mujeres vestían uniformes de la milicia. Un negro viejo nos recibió alborozado, gritándonos:
–El central no puede caer… Hay que defenderlo como sea.
–Bicho, creo que aquí no hay armas –me dijo desalentado Duquesne.

Nos recibió un sargento, jefe del puesto del central. Era un campesino bonachón, como de cuarenta años.
–El comandante dice que el central no puede caer en manos de esos…
–¿Qué comandante?
–¡Quién va a ser, compañero: Fidel!
–¿Fidel?
–Sí. Llamó por teléfono. Tengo cincuenta milicianos dentro de la nave, con machetes.
–¡Con machetes! –exclamamos a un tiempo.
–Sí. A la entrada del central, por la carretera de la playa, están cavando trincheras. Sólo tenemos unos cuantos fusiles. Ustedes se quedan aquí, ¿verdad?

No respondimos. El desaliento nos ganó a todos. Alguien propuso que fuéramos a ayudar a los que construían las trincheras. Los vecinos comentaban que eran muchos los paracaidistas que habían descendido por la vuelta del canal, a unos seis kilómetros.

–Parecían proclamas, como las que tiraban los aviones en tiempos de elecciones –dijo una miliciana.
–A estas horas deben haber tomado posiciones.
–También tiraron un bulto grande.
–Bueno, vamos a ver cómo va eso por las trincheras.

Las trincheras se construían con una bulldozer. También se habían colocado sacos de arena. Algunos policías de Aguada ya habían tomado posiciones a la entrada del central por la carretera de Playa Girón, en una excavación protegida por los sacos.

Un poco más tarde llegó otro contingente de hombres. Entre ellos estaban Ñico Egozcue y Ramón Alonso, que traía su ametralladora thompson, de la que no se separaba nunca por ser un recuerdo de la Sierra.

Las horas pasaban y no veíamos movimiento alguno que nos indicara la llegada de tropas. A veces el ruido de algún avión nos tranquilizaba. Tenían los colores nuestros en las alas y la cola. Uno pasó sobrevolando el central.

–Parece que está de reconocimiento.
–Va rumbo a Santa Clara.
–Mira, dobló, va para Cienfuegos.
La incertidumbre nos angustiaba. ¿Qué pensaba hacer esa gente? ¿Qué haríamos para arrojarlos? ¿Por qué, casi a medio día, aún no llegaba el ejército? ¿Qué pasaba por la vuelta de la Laguna del Tesoro?

A medio día, un jeep trató de adentrarse en la ciénaga por la carretera. Varios tiros de bazooka lo hicieron volver atrás. Una bandada de pájaros se deshizo, asustada, y pobló de gritos el vasto silencio. Los ocupantes tenían posiciones en los alrededores del canal de Muñoz. A menos de diez kilómetros de Covadonga.

Los compañeros regresaban por la carretera, a tomar posiciones en las trincheras. Sólo no regresaron Ñico Egozcue y Ramón Alonso.

En las primeras horas de la tarde comenzó a entrar el ejército con abundante artillería. Inmediatamente, los aviones que habíamos creído nuestros comenzaron a hostigar las tropas. Alrededor de las tres llegó al batey Ramón Alonso. Traía a Ñico Egozcue con el cráneo destrozado, ya cadáver.
–Lo alcanzó uno de los tiros de bazooka, cuando aquel jeep trató de entrar en la ciénaga –nos explicó.

Toda la tarde la pasamos hurtándole el cuerpo a los aviones. Ramón tenía experiencia. A cada momento decía:
–Son unos asesinos. En la Sierra era igual. Los aviones son un arma sucia, unos asesinos.

De vez en vez pasaba un vehículo conduciendo heridos hacia el central. Los asesinos –los aviones– tenían la misión de detener el avance de las tropas hacia la ciénaga.

El comandante y Vila, que habían entrado a la ciénaga en las primeras horas de la mañana, fueron copados por los agresores en Cayo Ramona. Rompieron el cerco y atravesaron la ciénaga a pie, con el agua al pecho en muchas ocasiones. Inmediatamente se incorporaron a las tropas. Con ellos se fueron Borrego, Duquesne y Ramón. Yo me quedé en el central, haciendo una llamada que Vila me encargó.

Se hizo de noche. No podía aventurarme a oscuras por la carretera. "Mañana temprano me reuniré con mis compañeros" –pensé. Dormí bajo una Ceiba enorme que había en el batey.

Yo vine a la ciénaga por él. "Un poeta –me dijo– debe soltarse. El calorcito de la vieja es bueno; pero tú eres un hombre. Necesitas vivir solo, arriesgarte, sufrir… eso es lo que hace al hombre. Ya se acabaron los poetas tranquilos, a lo Casal. La poesía se vive. Además, parece que no te has dado cuenta de que la Revolución es lo que importa ahora. Vamos para Jagüey Grande. Te necesito allá. La Revolución me ha encargado un trabajo difícil, de administración. Tú eres contable. Yo no sé nada de eso. Decídete". Él administraba las obras recién comenzadas en la Ciénaga de Zapata. Era poeta y había vivido a lo Villon. Pero tenía también, mucho de Martí. Era, de sentimiento, un neorromántico. Amaba a la Revolución, eso, sobre todo, mi amigo Rolando Escardó. Hacía seis meses de su muerte. Con qué ganas hubiera metido candela.

La oficina estaba a la entrada del Australia. Más bien era un bohío. Había una mesa larga con una docena de oficinistas alrededor. El olor a cachaza podrida del central me daba náuseas. Las moscas y el calor de julio eran otras torturas. Luego nos mudamos para la calle Mora, en el mismo Jagüey Grande. Y más tarde, para Aguada de Pasajeros. Entonces fue que mi amigo tuvo que rendir cuentas. Su trabajo fue bueno. Él lo sabía. Pero una ZDA no era un poema. Hacía seis meses de su muerte. Con qué ganas hubiera metido candela él también.

Me levanté al aclarar. Estaba empapado por el rocío y me dolía todo el cuerpo. Al poco rato llegó Ramón en una camioneta.
–Vila me encargó que le lleve el jeep si Enrique viene por el central –me explicó.
–¿Cómo va eso?
–Estamos en el canal de Muñoz. La noche fue mala. También hubo desembarco por Playa Larga. Llegaron hasta la boca del canal de la Laguna del Tesoro.

Alrededor de las ocho llegó Enrique con el jeep. Con él venía Pedrito, un joven como de dieciocho años, empleado de la oficina de la granja. Estaba disfrazado. Aunque era miliciano no tenía uniforme. Se vistió con la ropa de Borrego, que pesaba cincuenta libras más que él y le sacaba una cuarta de tamaño. La boina era mía. La había reducido con una presilla. No traía armas. Se disculpó por haber dispuesto de nuestras pertenencias.

Partimos en el jeep. La carretera estaba bordeada de camiones y milicianos. La línea de fuego comenzaba en el canal de Muñoz. En la boca del canal había tres cadáveres de mercenarios. Cuando un muerto es del enemigo, lo miramos con tranquilidad, como a un traje viejo que alguien ha tirado, sin emoción alguna. El estampido que hacían las piezas de artillería era ensordecedor. Mordí con fuerza el cabo de tabaco que tenía en la boca. Los artilleros eran casi niños.

Vila le hizo algunos encargos a Ramón. Teníamos que mantenernos cerca. La artillería estaba haciendo todo. La infantería avanzaba varios centenares de metros delante de la artillería en fuego continuo. Un comandante –administrador de una de las granjas de Las Villas– frenó su jeep violentamente.

–Nos estamos matando nosotros mismos. Nuestras propias fuerzas, desde Bermejas, tiran sobre las avanzadas -dijo conteniendo las lágrimas evidentes–. Mira a ver si haces contacto, microonda.

La comunicación no se lograba. Puso en marcha el vehículo y avanzó por la carretera como un meteoro. Después supimos que cayó en manos enemigas.

Ese día hubo numerosos heridos y algunos muertos. Los aviones arrojaban napalm, que olía a semillas de mamey machacadas, y provocaba incendios en las maniguas de la ciénaga. Otras veces, abrían un barraje de ametralladora. Los cuatro-bocas derribaron uno. El día se fue en un soplo. La noche fue de fuego constante.

Alguien repetía cifras y decía: "anota, estudiante", y dictaba cantidades. Era el emplazamiento de las piezas de artillería antes de empezar una nueva ofensiva.

Estábamos cerca del jeep, donde habían quedado Enrique y Pedrito, que no tenían armas. Sentíamos envidia de los artilleros y de los milicianos de los batallones. Nosotros no teníamos jefe. Estábamos por la libre. Aún no había usado mi arma.

A medianoche Duquesne se cayó en un charco y perdió su cuarentaicinco.
–Tengo que encontrarlo, obligatoriamente, lo traje de la Sierra –dijo quejumbrosamente–. Se lo quité a un guardia en Sagua de Tánamo.
Y se puso a hurgar en el fango, hasta que levantó en triunfo el viejo revolver.

Un comandante daba órdenes con voz muy tranquila. Se movía dando paseos por la carretera como un jefe de taller entre los obreros, tal vez con más calma.
–¿Qué hace aquí este jeep del INRA? –preguntó a Enrique, y luego agregó con voz paternal–: Cuídalo, porque vamos a tener que castigarte.

El alba se manifestaba tímidamente. El día se encendió de un soplo y se propagó por toda la ciénaga. Los combatientes se alegraron con el calorcito de un sol sonriente, ajeno al batallar de los hombres.

La oficina de Aguada. Había mucha gente. Pero los buroes alcanzaban para todos. Sólo había que llenar un formulario y venía uno reluciente de La Habana. Los había metálicos, de madera y de madera cubierta con formica color marfil. Cualquier auxiliar podía tener buró de ejecutivo de cía americana. La gente procedía de todo el país. Los de Aguada eran los menos, y un día protestaron contra los foráneos, que dijeron los dejaran sacrificarse por la Revolución, lejos de sus hogares.

Uno llenaba formularios con letra de garrapata. Un día lo designaron jefe y comenzó a portarse como tal. Porque había que respetarlo. Por algo su hermano se había alzado. Se parecía mucho al hermano. Sólo que tenía los ojos más oscuros, color de escarabajo de humedad. El hermano bajó de la Sierra con grados de teniente. Después supe que él bailaba rock and roll mientras el teniente hacía armas contra la tiranía. Lo que no puedo perdonarle es lo de Sergio. Aunque lo vi pasar en la camioneta de los mecánicos que daban asistencia a los vehículos militares, no podía perdonárselo. Fue un incidente penoso.

Sergio era un muchacho de unos veinte años. Había peleado en la Sierra Maestra. Era delicado y tenía ademanes casi femeninos. Pero se comportaba como todo un hombre. Venía a la oficina de Aguada a buscar créditos para comprar provisiones para los maestros voluntarios de la ciénaga –él mismo era uno de ellos–. Y el de la letra de garrapata le hacía bromas. "Llegó el bello Sergio". "Sergio, tú eres lindo como una jeva", le dijo una vez delante de todos. Y después le preguntó si le gustaban las mujeres. Dicen que Sergio lo miró como un loco y que se zafó los pantalones… Su sexo –lo que debía ser su sexo– era una verruga horrible. Sólo se le oyó decir ahogado: "Los guardias…" Y no fue más a la oficina de Aguada.

Estábamos donde comienza el camino de La Ceiba. Los vecinos del poblado venían con el fango a las rodillas, hacia la carretera Covadonga-Playa Girón. Iban a ser evacuados. Un avión –su zumbido– comenzó a escucharse. Los campesinos echaron a correr arrastrando a sus hijos hasta llegar al camión que los conduciría a Covadonga. Los cuatro-bocas abrieron fuego contra el aparato, que se perdió rumbo al poniente. A un lado y otro se veían maniguas chamuscadas, cascos de obuses…

Borrego, Vila, Joaquinito y Ramón eran la vanguardia en la oficina de Aguada. Una quincena se atrasó el trabajo en la sección de nóminas y Vila dijo que era necesario pagar a tiempo. Borrego no paró en tres días. Hizo cálculos, mecanografió nóminas, preparó sobres, contó dinero y fue a las obras y fincas a pagar a los obreros… Cuando fuimos a acostarnos, la noche del tercer día, encontramos a Borrego dormido de pie, recostado a una litera, se rindió antes de llegar a la suya.

Enrique nos exponía a cada rato a las balas de ametralladora de los grupos de mercenarios que habían quedado rezagados al huir el grueso de los suyos ante nuestro empuje. Habíamos perdido el contacto con Vila y él –Enrique– decía que teníamos que encontrar a nuestro jefe, sin atender que Ramón era quien tenía que decidir. Varias veces sorteamos las ráfagas de las cincuenta traidoras.

A media mañana encontramos a Vila. No sé cómo Borrego consiguió una thompson. "No te puedes quejar, tiene el peine completo –me dijo, y luego agregó–: Hasta parece que la bendijeron: tiene una cruz en la culata. Nada, parece que el joepú que la trajo era católico".

Quedaban Enrique y Pedrito sin armas.
Estábamos ya en El Helechal. Me dolía la cabeza y a veces tenía delirios. Dejé el jeep y traté de sumarme a un grupo encabezado por Vila y el comandante. Iban detrás de un tanque que abría la marcha hacia Cayo Ramona. Unos quinientos metros adelante había emplazamientos de ametralladoras enemigas. El tanque disparando hacía un ruido infernal. Nosotros también tirábamos. Ya había vaciado la mitad del peine cuando Vila se dio cuenta de de que yo iba detrás de él.

–¿Qué hace usted aquí?
–Voy con ustedes.
–Usted no tiene experiencia en esto. Quédese cuidando el jeep. Le ordeno que vaya a cuidar el jeep. No discuta.

Volví al jeep. Sólo estaba Enrique, que me dijo pendejo y rajado, y trató de quitarme la ametralladora. Le expliqué. Nos quedamos con el carro parqueado en la cuneta, bajo unos soplillos. Desde allí vimos cómo a un tatra una bomba lo partió por el medio. El camión había sido robado por los agresores. Para que su aviación los distinguiera, pintaron una franja azul sobre el capó y el techo de la cabina de todos los vehículos. Eso mismo había servido a los nuestros… Después vimos al mercenario que conducía el tatra, hecho una porquería regada sobre el pavimento de la carretera. Sólo su cabeza quedó intacta, separada del tronco reventado.

Hasta ese momento no había tanto tráfico ni oído de tanto fragor.
Deliraba.
No volverán no volverán qué hago aquí mientras los otros pelean qué se creerá Vila qué se creerá y este Enrique joepú qué se habrá creído como se atreva a decir algo más le meto lo que queda en el peine estoy delirando tengo hambre. ¿Cuántos días hace que estamos en esto que no comemos?

"Fidel pasó hacia Girón con una columna de veteranos de la Sierra Maestra. ¡De nuevo Girón es territorio libre de América!"

Ramón volvió a reunírsenos. Volvimos atrás, a San Blas, a comer. No quedaba nada en la cocina. Trajo unos boniatos.
–Toma el más limpio tú que eres hombre fino.
–No jodas.

Los tres comimos los boniatos que Ramón sacó todavía no sé de dónde. Y dormimos en el jeep, bajo un paracaídas guaraveteado.

La mañana de la victoria, Vila nos dijo:
–Ahora, cada uno a su puesto de trabajo, y a entregar las armas que cogimos al enemigo. Nadie tiene derecho a quitar ni una pizca de gloria al triunfo de la Revolución.

Un oficial del Ejército Rebelde traía a Pedrito, que venía sofocado: lo habían confundido con un mercenario disfrazado de miliciano. El oficial se acercó y le preguntó a Ramón si podía identificar a nuestro compañero. Ramón dijo con su acento serrano:
–Ese es Pedrito.

El oficial lo soltó de mala gana. Pedrito parecía haberse encogido dentro de mi boina y la camisa y el pantalón de Borrego.

A la tarde, todos estábamos en nuestras ocupaciones habituales.