Hermoso tributo de Mirta Yánez

María Elena Llana

La memoria colectiva, fragmentada en imprescindibles individualidades puede considerarse el personaje central de Sangra por la herida (Ediciones Unión, 2011), novela con la cual Mirta Yáñez, reafirma la reconocida calidad de su prosa, tanto por la belleza de idioma como por la hondura del análisis.

"A los amigos que dejaron de pintar, de tocar el piano, de hacer teatro, de escribir un poema, de soñar sus sueños, por las razones que fuesen", reza la dedicatoria que nos sitúa en tiempo y espacio: Cuba, década de los sesenta, inicio de una creciente de estupidez e intolerancia que actualizó la fábula del sapo y la luciérnaga.

Felizmente, Yánez esperó a que el aluvión se sedimentara, a que la palabra pudiera fluir sin macularse, más certera cuanto más desconcertada, de ahí que ensañamientos y traiciones se aborden sin altisonancia, dejando que la crueldad se adjetive a sí misma. Y que, pese a todo, la novela constituya un hermoso canto de amor a La Habana, la ciudad vivida, disfrutada, padecida.

La naturaleza de esos hechos convierte la trama en un espacio participativo al que puede incorporarse el lector con sus propios recuerdos y vivencias, anecdotario de sucesivos afluentes.

Cubanos son los personajes y La Habana es uno de ellos, por eso diálogos y meditaciones están llenos de las formas criollas del gracejo, los coloquiales acaboses, desbarajustes y patatunes, que Yánez tan bien domina y administra.

Los breves capítulos de "La mujer que habla sola en el parque", constituyen una narración paralela, hecha de pinceladas en que, como profecía del pasado, se enumeran las calamidades que se abatieron sobre la ciudad: natas de excrementos, invasiones de comejenes, de bibijaguas, de garrapatas ahítas de sangre, todo lo pequeño asqueante que corroe y destruye.

En su desvarío y su falta de perspectiva, este personaje asume el cautivante juego de la memoria y el tiempo. Cada apocalíptica remembranza trasvasa la anécdota más allá del presente, y culmina con una frase lapidaria: "Y La Habana se muere", porque esta Casandra del parque de Calzada y D ya "sabe" que la ciudad estalló "como un siquitraqui" y que un gran desbordamiento de cloro borró todos los documentos para arrasar la memoria.

Evitar que eso ocurra es sin duda el objetivo de esta obra, historia novelada no en sus grandes acciones sino en lo silencioso cotidiano, valiente y dolido pase de cuentas en que nadie escapa de la culpa, por acción o por omisión. Fuenteovejuna asumida no como el conjuro ante el poder ciego que acuñó Lope, sino como impedimento al lavado de manos.

Sangra por la herida es una llamada de alerta "para que nadie venga a decir que no se acuerda" de los viejos humillados o de la muchacha que estrelló sobre el asfalto de
la calle Línea sus sueños de pianista. Y no es una estéril o morbosa tenacidad de ese recuerdo sino un tributo, tanto más generoso por lo voluntario.

Es justo dejar constancia de que, más allá del debido acuse de recibo que estas líneas constituyen, todo el espíritu de la obra puede encontrarlo el lector en la nota de contraportada, una síntesis perfecta.

Con esta novela Mirta Yánez completa un feliz recorrido por los géneros literarios
–poesía, ensayo, cuento, crónica, teatro y narraciones para niños–, fe de una creatividad capaz de manifestarse con acierto en todos los terrenos.

Y, más que eso, constancia de un decir que se genera a si mismo en madurez, de manera que el eficaz e inspirado uso de la palabra –célula madre de la literatura– es el mejor validador del mensaje.