Todos los caminos conducen a Trántor¹

Rinaldo Acosta

1. Una cuestión de orígenes

That as their world is our Moone,
so our world is their Moone.
That 'tis probable there may be inhabitants
in this other World, but of what kinde they are
is  uncertaine.
John Wilkins: The Discovery of a World
in The Moone
(Propositions 11 and 13)

In accordance with your royal order,
we hereby send the animal, which sometime
since came down to us from the firmament;
which animal calls itself man.
Ludvig Holberg: Niels Klim's Journey
under the Ground

A lo largo de la historia de la reflexión sobre la ciencia ficción –sobre su naturaleza, génesis y evolución– se han propuesto varias fechas para marcar sus orígenes, y este es un tema que aún sigue abierto al debate. Una de las primeras hipótesis, que la cf² habría surgido en los Estados Unidos en 1926, año en que Hugo Gernsback comenzó a publicar la primera revista dedicada íntegramente al género, quedó descartada hace tiempo y hoy casi no tiene defensores.³

La falta de reconocimiento cultural de que padeció la cf durante las primeras décadas de su existencia, condujo al deseo de dotarla de una historia antigua e ilustre: se atribuye a L. Sprague de Camp el criterio de que la primera historia de cf habría sido la épica mesopotámica de Gilgamesh, donde por primera vez se describe una catástrofe universal (el diluvio), un tema que, en la forma de catástrofes justificadas racionalmente (choque con asteroides, colapso del sol, etcétera) ha figurado siempre entre los más populares del género. Con posterioridad otros autores llamarían la atención sobre la presencia de temas parecidos a los de la cf moderna en otras obras de la Antigüedad, tanto en la mitología griega como en la literatura clásica griega y de la época helenística. Isaac Asimov escribió, por ejemplo, que "podríamos aun considerar los cuentos de Homero sobre cíclopes y brujas como ciencia ficción de un tipo especial",⁴ aunque lo propone sólo como una mera probabilidad. Y en otra ocasión afirmó: "Si uno quiere ser amplio en la definición de la ciencia ficción, entonces ella es tan vieja como la Odisea o aun como la Epopeya de Gilgamesh" (p. 281). Una de las obras más frecuentemente citadas como iniciadoras del género es la Historia verdadera, de Luciano de Samósata, que describe un viaje a la Luna, combates entre ejércitos de diferentes mundos, y otros temas típicos de la cf.

Existe un nutrido grupo de estudiosos o conocedores del género que, notando la importancia que tiene en la cf –sin excluir la contemporánea, así como sus formas populares– el componente satírico-utópico, transformado luego en antiutópico o distópico en el siglo XX, han ubicado los comienzos de la cf en la Europa del Renacimiento y del siglo XVII, mencionando obras como la Utopía de Tomás Moro, La ciudad del sol de Campanella, The New Atlantis de Bacon, The Man in the Moone de Godwin, La Historia Cómica de los Estados e Imperios de la Luna de Cyrano de Bergerac, etcétera. Éstas son obras que, sin duda, deben ser tomadas en cuenta en la historia de la cf, ya que en ellas, aparte de la construcción de sociedades imaginarias (que hasta el día de hoy sigue siendo una parte de la worldbuilding de la cf), aparecen ya temas como el de la innovación tecnológica (Bacon) y el viaje espacial (Godwin y Cyrano) y el encuentro con ecologías y seres alienígenas (Godwin).⁵

Más afinado es el razonamiento del conocido estudioso francés del género Roger Bozzetto, quien distingue la cf de los viajes imaginarios.⁶ La Historia verdadera, de Luciano de Samósata, es un viaje imaginario, pero "la description des sages luniens relève de l'imaginaire ludique". En cambio, en la Histoire Comique des États et Empires de la Lune (1657) de Cyrano aparece ya un intento de justificación:

Este texto de Cyrano es uno de los primeros en dar una dimensión nueva a la imaginación al crear, en el cuadro de una ficción narrativa, una "experimentación imaginaria" a partir de una hipótesis científica. El primero, menos conocido, es el Sueño de Johannes Kepler. La génesis de la ciencia ficción aparece aquí: la ciencia ficción nace del encuentro entre el imaginario puramente lúdico y los avances del pensamiento científico ["la science-fiction naît d'une rencontre entre l'imaginaire purement ludique et les avancées de la pensée scientifique"].⁷

Sin embargo, en las últimas décadas se ha ido constituyendo algo parecido a un "consenso crítico", de acuerdo con el cual la primera obra de cf moderna sería el Frankenstein (1818) de Mary Shelley, que no puede hablarse en propiedad de cf antes de la Revolución Industrial, y que toda la cf antigua –tanto europea como de otras culturas– debe ser recategorizada como "proto-ciencia ficción".⁸

Ésta era, por ejemplo, la opinión de Asimov, para quien "la verdadera ciencia ficción es una creación de los dos últimos siglos", o sea: el XIX y el XX. Es sabido que Asimov siempre insistió en el papel del cambio o, con más precisión, de la conciencia del cambio, en la emergencia de un género como la cf. Ésta pudo aparecer cuando "el ritmo del cambio científico y tecnológico se [hizo] suficientemente rápido como para ser notado por la gente en el curso de su vida" (ob. cit., p. 107).⁹ Asimov aduce ejemplos concretos de cómo innovaciones tecnológicas pueden acarrear grandes cambios en una sociedad: el protestantismo logró triunfar donde otros movimientos similares habían fracasado gracias a la invención de la imprenta. "Martín Lutero, panfletista consumado, difundió sus palabras impresas a lo largo y a lo ancho de Europa en mucho menos tiempo del que se necesitaba para prohibirlas" (p. 113), y añade: "en cada lugar donde la Revolución Industrial se afirmó, el ritmo del cambio se aceleró hasta el punto de poder ser percibido en el tiempo de vida de un individuo" (ibíd.). Curiosamente, el propio origen de la cf "de género" (genre science fiction¹⁰) se debe a otra invención: la tecnología para producir papel de la celulosa de madera, que abarató mucho el precio del papel, lo cual permitió publicar revistas populares a menos costo.

El conocido historiador y estudioso norteamericano de la cf H. Bruce Franklin usa una fórmula casi literalmente igual, aunque remitiéndola al siglo XVIII: "Durante el siglo XVIII el cambio social y tecnológico se estaba acelerando tanto que podía ser experimentado en el curso de la vida de una persona." Y prosigue: "Pronto se volvió posible imaginar un futuro histórico cualitativamente distinto del pasado o del presente. Antes, nunca había existido una ficción ubicada en un período futuro de la historia humana."¹¹ La única excepción serían –siempre según Franklin– los relatos religiosos de tipo milenarista, como el Apocalipsis (pero aquí habría que recordar que la idea de un progreso lineal surge precisamente en el marco del cristianismo). Por mi parte también añadiría los mitos escatológicos de otras culturas, sobre todo la Völuspá, o Profecía de la Vidente, de la mitología germano-escandinava, que narra acerca de los acontecimientos de los últimos días del mundo. Franklin afirma que a mediados del siglo XVIII vieron la luz dos obras "vagamente ubicadas en un tiempo futuro", pero que "ficciones plenamente desarrolladas ubicadas en el futuro no aparecerían hasta bien entrado el siglo XVIII". Y la obra que primero nos viene a la mente es L' An 2440, del autor francés Louis-Sébastien Mercier (1770). Respecto de Frankenstein dice que es "la novela que hoy muchos aceptan como progenitora de la cf moderna". Más adelante volveremos sobre este tema y trataremos de examinar qué criterios sustentan esta hipótesis –como ya dije, la más aceptada en la actualidad– y hasta qué punto es defendible.

Por su parte Darko Suvin –autor del clásico de los estudios de la cf Metamorfosis de la ciencia ficción– coincide con los anteriores autores cuando afirma, remitiéndose a los comienzos del siglo XIX, que la "tecnología había hecho del cambio social masivo ocurrido en una generación más la regla que la excepción".¹²

* * *

Otro modo de acercarse a la cuestión de la génesis de la cf es preguntarse acerca de qué premisas debían existir en la sociedad europea para que surgiera un género con estas características, o sea: obras que nos hablen de maravillas tecnológicas, de viajes a otros mundos y encuentros con seres inteligentes no humanos, que describan sociedades futuras distintas de la nuestra, etcétera. Un enfoque de este tipo, creo, es el que adopta Asimov –en parte, al menos– en sus conocidas tesis sobre la cf como género literario producto del cambio y cuyo tema es precisamente el cambio.

Si puede establecerse una relación metafórica entre las brumas del norte de Europa y el género de lo fantástico, entonces la cf habría surgido más bien del humo de la hulla, y no por azar las fantasías ucrónicas del steampunk regresan una y otra vez a este período histórico. Es decir, una de las premisas más importantes para la emergencia de la cf es, en efecto, la Revolución Industrial que se produjo primero en Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII, antes de extenderse a Francia, Alemania, Estados Unidos y otros países a lo largo del siglo XIX. Pero ya un poco antes de este acontecimiento habían tenido lugar algunos cambios en el pensamiento, la cultura y la literatura europeos que pueden considerarse como premisas importantes para el surgimiento de la cf. El cambio "percibido dentro de una generación" es decisivo, pero no hay que exaltar demasiado este factor a expensas de otros no menos importantes.

Hay unas cuantas premisas básicas. La primera es un sentimiento de relativismo filosófico que empieza a extenderse en algunas naciones europeas después que se demuestra que la Tierra no tiene un lugar central en el modelo cosmológico, sino que es un planeta más, lo cual conducirá paulatinamente a los pensadores de avanzada a suponer que podría existir una "pluralidad de mundos habitados".¹³ Esta idea aparece argumentada con vigor en el libro de John Wilkins The Discovery of a World in the Moone¹⁴ (1638), aunque no se trata de una obra de ficción, sino de un tratado. Especialmente interesantes son las Proposiciones 11 y 13. La primera de ellas reza: "That as their world is our Moone, so our world is their Moone" (p. 143). Por lo tanto, la Tierra ya no tiene un lugar privilegiado en el universo y puede ser vista "desde afuera", por así decirlo, una perspectiva relativista que es típica de la cf. Y la Proposición 13: "That 'tis probable there may be inhabitants in this other World, but of what kinde they are is uncertaine" (p. 187). La visión relativista está en la base misma de la cf. Un género con tales características no puede surgir en una sociedad que conciba el orden de las cosas como inmutable y establecido de una vez y para siempre por divinidades o por los ancestros míticos de la tribu, es decir, sociedades que no puedan pensar en alternativas al mundo tal cual lo conocen. Un buen ejemplo de esto serían las ideas cosmológicas antiguas, refutadas perspicazmente por Wilkins, que suponían que el cielo empíreo y sus astros no estaban sujetos a cambio alguno. Por eso su libro es un hito en la evolución hacia la cf, a pesar de no ser ficción. En la cf siempre aparecen desplazamientos espaciales y/o temporales que presentan sociedades o mundos diferentes del que conocemos empíricamente. Sin esta posibilidad de especular con las diferencias no puede haber cf.

La segunda premisa es lo que podríamos llamar la "apertura" de la dimensión temporal, el descubrimiento del futuro y del pasado. Los avances en la geología (Charles Lyell), los primeros intentos de datación de la Tierra, el descubrimiento de la Edad Glacial por Agassiz y, en fin, la teoría de la evolución por selección natural de Darwin, pusieron a la humanidad ante la evidencia de que las escalas de tiempo que se habían usado en Europa hasta el siglo XXVIII eran ridículamente pequeñas.

La tercera premisa es la idea del cambio, ya considerada. Después de la Revolución Industrial el cambio, sobre todo tecnológico, se vuelve por primera vez perceptible –como señala Franklin– dentro de los límites de la vida de un individuo. De ahí a suponer que el futuro podría ser distinto no había más que un paso, y esto fue lo que ocurrió. Darko Suvin ha observado que "[e]l cambio de ámbito a un futuro histórico (el 'relato en el futuro') se vuelve unas seis veces más frecuente después de 1815".¹⁵

Otra importante premisa de tipo cultural para el desarrollo de la cf fue el nacimiento y afianzamiento de la idea de progreso (que no debemos confundir con la de cambio, de la que es un caso particular), sobre lo cual vale la pena detenerse un poco. El cambio no era en rigor un fenómeno totalmente desconocido en la Antigüedad, sólo que se lo veía en términos cíclicos, como eterno retorno. El I Ching chino significa, traducido, "Libro de las mutaciones"; pero habla de cambios que se producen en un recorrido que regresa al comienzo ("el movimiento del Tao es el retorno"), que traza un círculo. El cambio del que hablan Asimov et al. es un cambio lineal, acumulativo y progresivo. Los cambios no eran simplemente mutaciones en un ciclo repetido sino que estaban dotados de un sentido (teleología).

En el artículo "Idée du progrés" de la Encyclopaedia Universalis, Bernard Valade explica que para que arraigara la idea de progreso "era necesario que se le diera un sentido positivo al tiempo".¹⁶ Esta idea, al parecer, no surgió en otras culturas, sino en Occidente y como resultado de la influencia cultural del cristianismo. Tucídides, por ejemplo, "interpretaba la guerra del Peloponeso refiriéndose a las pasiones eternas que definen la naturaleza humana. No le atribuía sentido a la historia" (p. 39c). Y luego pasa a criticar al filósofo Raymond Aron, quien sostiene que es "nuestra propia experiencia" la que nos impone atribuir tal sentido. Valade no está de acuerdo:

La concepción de un sentido de la historia –trayectoria única, marcha ascendente de la humanidad, realización de un destino querido por Dios– es específicamente cristiana. El rechazo de la física helénica del "gran retorno" y la apertura del mundo hacia un desarrollo lineal fueron obra de teólogos que no podían someter la historia santa a nuevos comienzos periódicos.

El origen cristiano de la noción de progreso como "escatología gradual", para citar una vez más a Valade, es indudable. Pero la idea decimonónica de progreso es específicamente europeo-occidental (obsérvese que no surgió en otras zonas donde el cristianismo era la religión dominante), y es el resultado de aplicar tal concepto al desarrollo de la ciencia primero, y luego al de la historia de la sociedad, lo cual tuvo lugar durante el siglo XVIII. Es en este marco conceptual que se produce el proceso de toma de conciencia del fenómeno del cambio al que se refieren Asimov, Franklin y Suvin. Como escribe Valade en el citado artículo, "la idea de cambio está cargada de significaciones, mientras que la de permanencia carece de ellas. En tales condiciones, la historia no es solamente una cronología, absoluta o relativa: ella es también una cadena causal, un conjunto de cambios significativos, un desarrollo cuyo origen se sitúa en la Grecia clásica donde se efectuó una reforma de la conciencia" (p. 39b; las cursivas son mías).

"Un cambio cargado de significaciones": éste es precisamente el concepto de "cambio" al cual se abre la mente de los euroamericanos (y, un poco más tarde, de los habitantes de otras regiones, incluida América Latina) durante el siglo XIX y que pasará a ser a la vez tanto una de las premisas como uno de los temas de la cf. La teleología del progreso y el universalismo fueron y son todavía componentes esenciales de algunas influyentes corrientes o tipos de la cf, como la llamada "cf campbelliana" o la hard science fiction. En la cf es habitual que el particularismo europeo se identifique con el universalismo, como se ve en todas esas culturas alienígenas que atraviesan las mismas fases históricas de la cultura occidental, incluida la Revolución Industrial, y terminan produciendo sociedades de tipo tecnológico (en "Anochecer", de Asimov, este ciclo se produce incluso nueve veces, como si no existiera el azar en la historia). Y si ocurre un colapso social y hay que comenzar desde cero, el resultado será otra vez el surgimiento de culturas que no son sustancialmente distintas de la Modernidad europea, con lo cual se nos está diciendo –o se está dando por supuesto– que no hay alternativas para la evolución histórica tal como la conocemos.¹⁷ Es lo que Ronald Wright llama el determinismo tecnológico, el cual "tiende a subestimar los factores culturales y reduce las cuestiones complejas de la adaptación humana al principio simplista de 'nosotros somos los vencedores de la historia, de modo que ¿por qué no hicieron los demás lo mismo que nosotros?'".¹⁸ Este tipo de concepciones ya había sido criticado por el filósofo Karl Popper, según lo cita Bernard Valade: "La prédication totale de l'avenir ne l'est pas: il est indeterminé. [...] En fait, pour Popper, la croyance en un avenir préfixé comporte des éléments irrationnels. Derrière l'idée que le changement est régi par des lois immuables se cache la peur de ce changement".¹⁹

El progreso se impuso como una de las ideologías dominantes de la Europa decimonónica no tanto porque fuera un mejor modelo que los precedentes o porque tuviera mayor valor descriptivo, sino sobre todo porque venía acompañado de la idea de jerarquía: el progreso histórico conducía ineluctablemente al surgimiento de la cultura occidental moderna. Toda la enorme variedad de culturas y modelos civilizacionales producidos por la humanidad en los últimos diez mil años (o sea, luego de la invención de la agricultura) podía ser ordenada en una sola secuencia evolutiva, constituida por varias fases y donde el escalón culminante correspondía precisamente a la cultura occidental.

¹ Tomado de Crónicas de lo ajeno y lo lejano, Editorial Letras Cubanas, 2010.

² En lo adelante, y ateniéndome a una convención habitual en los estudios sobre la ciencia ficción, utilizo la abreviatura "cf" para referirme a este género. Esta abreviatura sustituyó el antiguo uso de "CF", en mayúsculas.

³ Una notable excepción es Roger Luckhurst, importante estudioso del género, a cuyos puntos de vista nos referiremos más adelante.

⁴ Isaac Asimov: Sobre la ciencia ficción, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999 [1981], p. 203. Los capítulos de este libro (una recopilación de artículos, en realidad) fueron escritos en fechas diferentes.

⁵Algunos llegan hasta a considerar al libro de Godwin como la primera obra de cf en inglés.

⁶ Aunque el viaje imaginario (voyage imaginaire) fue y sigue siendo uno de los componentes de mucha cf.

⁷ "Et si l'on définissait les territoires de la science-fiction?", en http//www.quarente-deux.org/archivesstellaires/roger-bozzetto/ecits/textescritiques/territoires.html (cuando se consultó el texto sólo contaba con esta edición electrónica). Tanto ésta como las demás traducciones son del autor (R. A.).

⁸ Consenso al cual no todo el mundo se adhiere. Así, J. Rieder ha escrito recientemente que la cf "emerge a finales del siglo XIX". Citado en "Colonialism and Ideological Fantasy", en Science Fiction Studies, núm. 107, 2009, p. 132 (el libro de Rieder es de 2008). También Verónica Hollinger ha considerado esta tesis como "not unproblematic" ("Contemporary Trends...", p. 235), mientras que Samuel Delany la tachaba de "easy and uncritical".

⁹ Sin embargo, anteriormente Asimov había afirmado que el primer autor de cf moderna había sido Poe (escrito hacia 1962), v. ob. cit., p. 185. En otro orden de cosas, Asimov llegó a definir la cf como "la literatura del cambio", ideologizando esta noción. Ya en 1973 Franz Rottensteiner respondió implícitamente a esta confusión cuando escribió, en referencia con la serie de Mundo de río: "This series is also further proof, if such proof were needed, that present-day SF, far from being the literature of change, is as a rule, very conservative in methods as well as content. While paying lip-service to change, and offering some background slightly changed in relation to the author's environment, it actually comforts the reader with the palliative that nothing will ever really change, that we'll always be again what we have been before, in this world or the next; as below, so above; as on Earth, so in the afterlife, Amen." Science Fiction Studies, núm. 2, Vol. 1, Part 2, Fall 1973).

¹° Tomo este término de Brian Stableford ("The Third Generation of American Genre SF"). El concepto de "cf de género" me parece muy necesario, sobre todo en el contexto de los 20 y 30, para oponerlo a la cf "literaria", aún no separada de la mainstream, que había dominado el campo hasta el momento y que todavía era predominante en Europa.

¹¹ H. Bruce Franklin: "Science Fiction: The Early History", en http://andromeda.rutgers.edu/~hbf/sfhist.html.

¹² Metamorfosis de la ciencia ficción, ob. cit., p. 156.

¹³ De más está decir que todo esto corresponde a una perspectiva centrada en Europa occidental. Proposiciones de tipo relativista aparecieron de modo independiente en otras culturas, por ejemplo, en la antigua China con Chuang-tzu. Asimismo, otras culturas desarrollaron visiones distintas del universo. Así, la cosmología de la India antigua hablaba de un universo infinito en duración (el kalpa hinduista tiene 4320 millones de años, que lo hace la mayor medida de tiempo inventada por el hombre), mientras que la cosmología doctrinal budista concebía la existencia de miles, millones e incluso billones de mundos.

¹⁴ El título completo es: The Discovery of a New World in the Moone, or a Discovrse tending to prove that 'tis probable there may be another habitable World in that planet, printed by E. G. for Michael Sparl and Edward Forrest, London, 1638.

¹⁵ Metamorfosis, p. 179.

¹⁶ B. Valade: "Progrès (idée du)", en Encyclopaedia Universalis, t. 19, pp. 39b-43b.

¹⁷ Desde luego, también hay autores de cf que se han opuesto a estas ideologías. Ya Wells, en sus obras tempranas, puso en duda que el progreso condujera necesariamente a la mejora humana. En las ficciones de Úrsula K. LeGuin y George R. R. Martin no se presupone que la galaxia sea una especie de extensión de Europa y los Estados Unidos.

¹⁸ Ronald Wright: Breve historia del progreso, Tendencias, Barcelona, 2006, p. 63.

¹⁹ Ob. cit, p. 42c. El libro de Popper que cita es La lógica del descubrimiento científico (1934).