El viejo, el funcionario y el pez

Emerio Medina

Emerio Medina (Mayarí, 1966) ha publicado los libros de cuentos Plano Secundario, Rendez-vous nocturno para espacios abiertos, Las formas de la sangre, El puente y el temploLos días del juego y Café bajo sombrillas junto al Sena. Obtuvo el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, el Premio UNEAC, el Premio Oriente y el Premio Casa de las Américas.

Era un viejo que pescaba solo
en las aguas del Golfo.
Ernest Hemingway, El viejo y el mar

El funcionario garrapateó una firma sobre los papeles y bostezó del hambre. Era un funcionario de lo más común que soñaba con ser dueño de un restaurante en la costa y con viajar a lejanas playas donde abundaban los leones marinos. A veces soñaba con esas cosas, y a veces se quedaba mirando el mar por la ventana. Ahora miró por la ventana otra vez y vio a un viejo que desenrollaba un largo cordel amarillo sobre el muro del malecón y se preparaba a lanzar el anzuelo. El funcionario bostezó largamente. Decidió que podía tomarse una hora libre.

El viejo se había quedado dormido sobre el muro y soñaba que era un viejo que pescaba solo en las aguas del golfo. El sueño estaba bueno y el viejo no quería despertar. El viejo del sueño tenía un bote propio y se alejaba bastante de la costa. El viejo sonreía pensando en un bote propio que se podía alejar bastante. Despertó al sentir el tirón del cordel. Era un pargo de veinte libras. El viejo sabía que el pargo pesaba veinte libras. Le había pasado que pescara un pargo similar y pesaba veinte libras. Hizo lo que se debía hacer cuando se pesca un pargo de ese peso: le dio cordel y dejó que el pez se tragara bien el anzuelo. El pargo se alejó bastante bajo el agua porque la longitud del cordel era suficiente. El viejo tenía sus trampas y su calma de viejo, y las usó bien. En lo profundo, el pargo se tragó completamente el anzuelo. El viejo lo supo al tirar del cordel y sentir que el agarre era firme. Se escupió las manos y empezó a cobrar.

El pargo ofrecía poca resistencia. Al viejo le gustaba cobrar despacio, de manera que la presa no se sintiera en peligro verdadero hasta el momento final, hasta el instante breve y único de tirar con fuerza una última vez y sacar la presa del agua. El cordel era tan largo que el viejo se quedó dormido. Soñó otra vez que era un viejo que pescaba solo en un bote propio en las aguas del golfo. Sonrió pensando en el bote propio. Despertó cuando las manos del funcionario le palmearon la espalda.

–¿Veinte libras? –preguntó el funcionario, y entre los dos halaron el cordel.

El funcionario se quitó la camisa y haló con fuerza. Al viejo no le gustó la forma en que el funcionario halaba. Lo hizo ver enarcando las cejas. Escupió a un lado y al otro, y el funcionario entendió que el viejo lo hacía porque estaba cansado. Era un funcionario dedicado que se pasaba el día en su oficina y se quedaba dormido sobre la madera de la mesa. A veces soñaba con una playa tibia, con leones marinos que se doraban al sol y era fácil cazarlos con una escopeta propia. O podía soñar con viajes alrededor del mundo en un yate privado. O soñaba con un restaurante en la costa, con gente a su servicio que le avisaban del movimiento de los pescadores para mirarlos a tiempo desde arriba, desde sus altas barandas de caoba o de roble que el viento marino hubiera vuelto negruzcas y pulidas, y gritar desde allá que le dejaran todo el pescado, y agitar el dinero en una mano para que los pescadores se apuraran.

El cordel era demasiado largo y el funcionario se quedó dormido. Pero, aun dormido, siguió halando. Halaba despacio y soñaba con un enorme pez plateado que se dejaba atrapar fácilmente por dos hombres y llegaba a la costa en perfecto estado, tanto que los turistas extranjeros admiraban su cola y ofrecían dinero abundante por fotografiarse junto al pez y los hombres, junto a las altas barandas de caoba o de roble que el viento marino había pulido de forma suficiente. El sueño era tan bueno que el funcionario dejó de halar el cordel. Despertó cuando el viejo le golpeó las costillas con el codo. En el agua asomaba el cuerpo del pez. Era rojo y plateado en las bandas, justo como el pez del sueño, sólo que menor en dimensiones.

–¿Veinte libras? –volvió a preguntar el funcionario.

–¡Qué va! –dijo el viejo–. Creo que libra y media. O quizá menos.

Entre los dos halaron con fuerza. El pez abandonó el mar y quedó coleteando sobre la tierra. Se retorcía con la rapidez de los mejores peces y brillaba al sol fuerte del mediodía. Se fue calmando después, boqueando con desgano, hasta quedar completamente inmóvil.

El viejo y el funcionario se recostaron al muro. Se aburrieron de mirar al pez minúsculo y desviaron los ojos al mar. Se quedaron dormidos oyendo el susurro del agua. El viejo volvió a soñar que era un viejo con su bote propio y pescaba solo en las lejanas aguas del golfo. El funcionario soñó también su sueño eterno de un restaurante privado y leones marinos que descansaban al sol y se dejaban cazar mansamente.