Este era tu deseo
Carlos Jesús Cabrera
Publicamos fragmentos de la novela Este era tu deseo de Carlos Jesús Cabrera, publicada por Ediciones Unión que, como bien se señala en su contraportada, narra "con notable verismo y eficaz empleo del lenguaje coloquial", episodios de la vida de un joven que aspira a ser universitario y escritor. Nacido en Bauta en 1960, el autor ha publicado libros de poesía (El restaurador anónimo y La carne transparente) y cuentos (Con zarpas de terciopelo); ha obtenido reconocimientos como el Premio Internacional de Poesía de Quintana Roo, el Premio Nacional de Poesía José Manuel Poveda y el Premio Pinos Nuevos de Cuento.
Después, cuando conozcas la leyenda del sitio de Troya poetizada por un ciego y un poco de latín, que te permita al menos traducir esa frase tallada en una pared al pie de la escalinata Hoc erat in votis¹ y otro poco de historia del arte, para distinguir la semejanza de esta Universidad con una acrópolis griega, con sus frontones, sus frisos y sus columnas robustas como palmas; el Alma Mater con los brazos abiertos, sus senos perfectos, su hermoso cuerpo insinuado por un palio, mirando hacia el infinito; no podrás sustraerte a la ingeniosidad y la sabiduría de quienes la edificaron, aunque un ligero estremecimiento recorra tu cuerpo, como si el más humilde guerrero, al regresar a Ítaca, mirara hacia atrás y viera los escombros, los despojos de la furia y la demencia, y comprendiera que la belleza, el conocimiento, tienen su cuota de crueldad.
Ahora estás al pie de la Colina, bañándote en la luz de agosto que cae en cascada por la escalinata. Para ti todo es inédito, como en los sueños. Todavía tu mente está vacía de esos símbolos porque tu escasa experiencia no ha necesitado fijarse, ser descifrada; nada te dicen todavía esas migajas de pan dejadas por tus antecesores para que no te pierdas en la selva oscura, el hilo de Ariadna para no extraviarse en el laberinto. Todavía eres Adán antes de ser expulsado o recién expulsado…
(...)
Me entretengo tirando la pelota al aro mientras llega más gente para echar una guerrilla. Me da por pensar que soy Dios, con la Tierra entre las manos, jugando con el destino de la humanidad. Cada vez que cuelo una canasta, hay una revolución que cambia el destino de la Historia, se logra un descubrimiento científico genial, se crea una obra maestra en el arte; cuando no cuelo, hay un terremoto, una erupción volcánica, una guerra mundial. Mido bien. Tiro al rebote. La pelota golpea el aro, da unos saltitos y se queda suspendida unos instantes, vacilando si caer fuera o dentro, mientras el mundo entero reza, pide clemencia, misericordia. Ahora se inclina un poco hacia adentro. Manoteo el aire para tratar de ayudarla, sí, sí, adentro, adent… Se balancea, como si estuviera borracha, como alguien con miedo que duda antes de tirarse al agua, pero de pronto resbala, se sale del aro y cae como una bomba en el cemento. Vuelvo a cogerla con rabia, me paro firme, mido bien, tiro y zas, la pelota pasa por dentro del aro sin tocarlo siquiera. Qué alivio.
Oigo que me llaman, Emilio, Emilio, desde el edificio docente. Miro y veo al Morsa que viene dando brincos por el terreno como si fuera un mono y no una morsa (le decimos así por la gordura, los dientes de arriba separados y los tres o cuatro pelos grandes y gruesos que tiene en el bigote). Pobre humanidad, se va a extinguir. Este no cuela ni una. Llega corriendo, coge la pelota de rebote, sigue driblendo como si bailara yoyo, da los dos pasos reglamentarios con la pelota entre las manos, se eleva hacia el aro, tira y… cuela. Me va arriba loco de contento y me da un abrazo, resoplando en mi oído, mezclando su sudor con el mío; casi me exprime. No entiendo, no es para tanto. La carrera, la carrera, grita, me dieron la carrera. Me echo a reír porque por un momento pensé que se refería a la carrera que acababa de dar, pero se refiere a la carrera que va a comenzar, que casi todos vamos a comenzar: la Universidad. Le pregunto cuál le dieron, pero está tan agotado que no puede ni hablar. Traga tajadas de aire, hasta que al fin me dice: Forestal. Y a ti, Transporte. Acabo de leerlo en el mural. Al ver que no me inmuto, que me da igual, me coge por los hombros y me sacude. El futuro, compadre, tenemos el futuro asegurado. Como mi cara se mantiene tan tranquila como la pelota, me suelta y sigue dando brincos por el campo deportivo, inyectándole a todo el mundo su alegría, como si llevara en la mano una jeringuilla con una droga llamada Futuro.
Tiro contra la tabla y la pelota da en una esquina, removiéndola como si le hubiera dado una pedrada, pasa a un kilómetro del aro y va a dar contra un poste del alumbrado. Alabao. Recojo la pelota y me voy caminando para el albergue. Cuando estoy subiendo por la escalera, bajan Armando y Humberto, con caras de intriga, zorros. Armando lleva un maletín. Vamos, me dice, cuando se cruza conmigo. Me niego. Quiero bañarme, para comer temprano y acostarme a dormir.
Humberto me hala por el brazo. Vamos, vamos que hay que festejar el fin de curso, la salida de esta cárcel de mierda y la entrada a la Universidad, a la libertad. Bueno, esperen un momento, voy a dejar la pelota en la taquilla. Cuando vuelvo, veo que no me esperaron. Ya dejaron atrás el campo deportivo y van caminando por el callejón que sale por el fondo de la escuela. Corro hasta alcanzarlos. Armando saca la botella del maletín y me la enseña. Leo en la etiqueta verde: CORONILLA. Tremendo pe'o que vamos a coger, dice Armando mientras la destapa. Se da un trago. Humberto se la quita y también bebe. Me pasa la botella. El alcohol me arde en la garganta como si fuera lava hirviendo, pero aguanto. La botella vuelve para el maletín. Seguimos caminando hasta llegar al lecho de una cañada seca que conoce todos los secretos de la escuela: pérdidas de virginidad, lágrimas, fraudes, cigarros, ron… Armando y Humberto están eufóricos porque van a estudiar a la Unión Soviética. A mí no me dieron la carrera que pedí y tuve que conformarme con estudiar en Cuba. Eso significa que nos vamos a separar. Tú fallaste compadre, tenías que haber pedido Mecánica como nosotros. Había bastantes plazas.
Seguro que te la daban. Pero yo pedí Oceanología, que sólo tenía tres plazas y me quedé fuera. Ahí hubo piña, dice Humberto, a Maritza se la dieron y tiene menos promedio que tú. Ésa es una cafre, dice Armando, mientras vuelve a destapar la botella, pero tiene palanca, hija de papá, y se da un buche. Yo no digo nada. Cojo la botella y me la empino. Armando me la arrebata de las manos. Oye, oye, le vas a ver el fondo y nosotros también queremos tomar. Ya el alcohol me está haciendo efecto. Siempre ha sido así, con un traguito ya me mareo. Pero hoy no importa.
Armando y Humberto se ponen a hablar de cuando lleguen a la "soyusa", de la "carne rusa" que se van a "comer". Yo me abstraigo. Sus comentarios, sus chistes, me arden en el pecho tanto como el alcohol que estoy tragando sin medida. Por esos caprichos de la memoria, por esas jugadas sucias del inconsciente, que en el momento menos apropiado te saca la carta más comprometedora, aparecen en mi mente los zapatos de charol que mi padre me trajo cuando viajó a la Unión Soviética en el año 65. Eran carmelitas, llenos de costuras y con unos huequitos en la puntera.
Eran los únicos que tenía, para todo. Mima casi lloraba cada vez que aparecía un rasponazo en su piel, por estar correteando con ellos puestos. Al final, por supuesto, los desbaraté. Pero en mi memoria se mantienen intactos. Desde entonces, siempre he asociado aquella Unión Soviética distante y desconocida, pero fascinante, reino de la abundancia, como El Dorado, que visitó mi padre, según las anécdotas y las descripciones que me ha hecho una vez tras otra a través de los años, con esos zapatos de charol. También trajo un gorro peludo, con viseras y orejeras, que se atan con unos cordones a la barbilla; un par de guantes de piel y un par de botines de fieltro, puntiagudos, con zíper. Los ha guardado durante años en el escaparate, tan anacrónicos como un traje de cosmonauta en la Tierra para un clima como el nuestro. Pero no deja que nadie los toque. A cada rato, a escondidas de él, los saco y me los pongo. Me miro en el espejo, ahogado de calor. Me gusta la caricia de los pelos del gorro en las orejas, el contacto con la fina piel de los guantes que se adhiere a mis manos, la estatura que alcanzo con los botines puestos y el aire de distinción, de elegancia que me da el abrigo. Mentalmente me traslado de lugar y me veo viajando por aquel inmenso país. Ese ha sido el sueño de mi vida. Verlo, vivir, estudiar en él. Y he perdido esa oportunidad.
La botella se acaba en nada. Cuando vengo a ver, ya está vacía. Humberto se toma el último trago y la tira contra una piedra. Se revienta en mil pedazos. Voy a ponerme de pie, pierdo el equilibrio y me voy de cabeza contra los matojos. Armando y Humberto me ayudan a levantarme. Estás flojo hermano, me dice Armando, dándome una palmada en el hombro. Trato de erguirme, pero la cabeza me da vueltas, como si estuviera en la montaña rusa del Coney. Eh, qué pasa, guapo ahí. Me sujeto de los hombros de ellos dos y logro estabilizarme un poco. Regresamos por el mismo callejón. Cuando llegamos a la carretera que rodea la escuela, siento náuseas y un malestar en el estómago que me sube por el esófago hasta la garganta.
Se me contrae la barriga, una arqueada y un buche de vómito se riega por el polvo. Voy a sentarme en una piedra, pero Armando no me deja. No, no, si te achantas, pierdes legal. Habla con la lengua enredada. Me coge por las manos y me hala, hasta que vuelvo a estar de pie. Nos enredamos los brazos como una trenza y atravesamos el campo deportivo, cantando a todo pecho: Mozo, sírveme en la copa rota… Desde los pasillos, los balcones, las ventanas, desde todas partes la gente nos mira, alumnos y profesores, sonrientes, burlones, con ese aire festivo de los finales de cursos. Me invade una energía descomunal, una rabia que me aprieta el cuello y me arranca un grito que rebota en las paredes de los edificios. Me zafo de los brazos que me sostienen y salgo corriendo, con las manos en alto, hacia el edificio docente. Me meto en una sala de estudio y me encaramo en una mesa, de pie. La gente me rodea y me aplaude, pidiéndome que haga un striptease. Me embullo y cuando voy a bajarme el short, se aparece el secretario, con su cara de marmota. En otro momento el corretaje hubiera sido tremendo, pero ya a la gente le importa un pito todo, así que sigue el show. La cojo con el secretario. Él fue el que me quitó la carrera y se la dio a otro, por soborno. El secretario abre los ojos y se pone rojo como un tomate. Me grita que baje de la mesa inmediatamente. Pero yo, haciendo un gesto con la mano, le digo: Ni pinga. Salto para la otra mesa. La gente se ríe a desternillarse.
El secretario, furioso, va para la dirección. Humberto y Armando me tumban a la fuerza de la mesa y me llevan cargado para el albergue. Veo pasar escalones ante mis ojos mientras me elevo, butacas, camas, mi imagen borrosa y fugaz en el espejo, hasta que el agua fría se rompe sobre mi pecho.
(...)
Parado frente a la escalinata, espero por Humberto. Un mes después de la fecha en que debía hacerlo, Humberto llegó de la Unión Soviética, en avión, con la maleta casi vacía (sólo unos presentes para la familia), sin afeitar, el pelo largo y la piel muy blanca. Me dio la impresión de que lo habían rescatado de un naufragio.
Se veía desorientado, como un extraño entre los seres con los que se había criado. Desde los primeros saludos, las primeras anécdotas, tuve la certeza (como en el caso de Armando) de que algo había cambiado en él. Corroboré lo que ya se anunciaba en las cartas y las fotos enviadas desde allá; en el silencio, que crecía con el tiempo, ocupando los sitios donde estaban los chistes, las referencias comunes, las experiencias compartidas durante años y las nuevas. Yo también había cambiado, aunque no me daba cuenta. Pasaron muchas cosas en la vida de los tres que no vivimos en común. En un esfuerzo maratónico por recuperar lo perdido, estuve hablando con Humberto hasta el amanecer en la terraza de su casa. Él se había enamorado no sólo de una soviética, sino también de su mundo, de su cultura, de sus costumbres. El idioma, salpicando su conversación en español, y el hábito de tomar té, fueron las muestras más arraigadas en su conducta adquiridas en ese país que para mí seguía siendo desconocido y cada vez más contradictorio. Junto al rechazo más radical de Humberto, estaba la admiración y hasta la exaltación; no sólo con sus palabras, el hecho de no querer regresar, de dejar ir el barco y hacerlo por obligación (prácticamente lo montaron en el avión donde vino) lo demostraban. Yo desconfiaba, me aferraba al recuerdo de los zapatos de charol, a las anécdotas de mi padre, a la leyenda transmitida una y otra vez por los medios de comunicación, pero inevitablemente, ayudado por las vivencias que había tenido yo, lo que me contó Humberto hizo mella en mi visión de esa realidad, con el consecuente desgarramiento interior.
Humberto comenzó a trabajar en un almacén. Armando tuvo más suerte, consiguió trabajo en una gasolinera. Ahora, convertidos en trabajadores, nos reuníamos a menudo. Descubrí con agrado que ellos dos también se interesaban en serio por la literatura.
Cada encuentro, que por lo general se hacían en casa de Armando, con cerveza, ron o té, se convertía en una tertulia donde se hablaba de los libros que se estaban leyendo, de las películas vistas, de música, y otras cosas de interés. A ellos les leí mis primeros poemas.
Pronto me convertí en el poeta del grupo. En las tertulias, a las que ya se habían sumado amigos del Pre, algunos decepcionados también con sus carreras, interesados por el arte, y nuevos amigos, siempre se hablaba de política. Todos los temas, todas las discusiones, desembocaban en ella. Y a partir de ese momento, comenzaban a surgir las divergencias. La política es más fuerte que la amistad y el amor, incluso el filial. Pronto lo comprendería con tristeza. Yo no compartía sus puntos de vista en algunas cosas, lo que producía las más acaloradas discusiones. Ése era el aspecto donde se había producido el más radical cambio en ellos. Me preguntaba cómo había ocurrido, cuál era la causa, la razón de esa transformación tan vertiginosa.
Buscaba en el pasado, en los años de estudiantes de Secundaria y Pre, pero no encontraba ningún indicio. Su forma de pensar, sus intereses, eran similares a los míos. Los tres procedíamos de familias de igual condición. No me quedaba más remedio que achacárselo a lo vivido en la Unión Soviética, experiencia que yo no había tenido. Eso me decepcionaba mucho y debilitaba mis convicciones, además de lo que estaba sucediendo a mi alrededor, la degradación palpable de los valores en los que nos habíamos formado. Por eso, en mi soledad, no me separaba del grupo. Me gustaba la rebeldía, el deseo de cambiar, con el arte, la realidad.
Un día íbamos Humberto y yo en una guagua para la casa de Armando. Me entretuve leyendo el periódico. En una de sus páginas encontré una convocatoria para los que habían causado baja de la Universidad por alguna razón. Tenían la oportunidad de presentarse a unos exámenes de Español y Matemática; los que obtuvieran mejores resultados, podían matricular en la carrera que eligieran. Le enseñé la convocatoria a Humberto, embullándolo para presentarnos. Qué descarado tú eres, me dijo. Me dolió su reacción, pero insistí. Todavía estamos a tiempo, así matriculamos en una carrera que nos guste de verdad. Como no logré interesarlo, guardé el recorte del periódico con la convocatoria.
En casa de Armando, volví a tocar el tema, pero él también declinó. Armando estaba ganando mucho dinero con la gasolina que vendía por contrabando y con las propinas que le dejaban. Esa fue otra faceta de su personalidad que me sorprendió (en la escuela no se la conocí), su amor por el dinero y la facilidad para los negocios. Dejé el tema cuando comenzaron a tildarme de soñador, de ingenuo. A los pocos días volví a proponérselo a Humberto, a solas. Estábamos en esa edad en la que para cada acto que vamos a emprender necesitamos de un acompañante. Además, era indudable la influencia que Armando ejercía sobre Humberto y sobre mí también. Era el más decidido de los tres, el más audaz. Esta vez sí logré convencer a Humberto. Quedamos en presentarnos a los exámenes, sin darle mucha importancia, para no sufrir un desengaño. Seguro se presentarían muchos aspirantes y las plazas serían pocas. Vinimos a la Universidad a informarnos. Los exámenes eran en agosto.
Nos entregaron una guía de estudio para prepararnos. Comenzamos a estudiar juntos, pero siempre nos desviábamos del contenido para hablar de cosas sin importancia. Decidimos prepararnos cada uno individualmente y después, juntos, reafirmar lo aprendido. Con mucho desorden e incoherencia, logramos recapitular lo más importante de cada materia. Era bastante difícil desenterrar cosas aprendidas hacía varios años y que nunca pensamos volver a repasar. Cuando llegó la fecha de los exámenes, nos presentamos, entre cientos de aspirantes.
Hoy es el día de recoger los resultados, la posibilidad de recomenzar el camino abandonado, con más conocimiento de la realidad y por tanto con más deseos de estudiar y obtener un título, para ocupar un mejor lugar en la sociedad. Quedé con Humberto en vernos aquí, al pie de la escalinata. Ahora lo veo al otro lado de la calle, después de bajarse de la guagua. Él también me reconoce y me saluda, levantando una mano y cerrando el puño. Cruza la calle. Nos estrechamos las manos, con cierto nerviosismo. Humberto echa el humo del cigarro que tiene en la otra mano a chorros por la boca y la nariz (adquirió el hábito de fumar allá, donde los cigarros son muy baratos y los hay de todas las marcas). Yo no fumo pero le pido uno y lo prendo con el de él. Me trago el humo y empiezo a toser. Luego lo absorbo correctamente; siento mareos y ganas de vomitar, pero el estado de embriaguez me ayuda a enfrentar una situación tan difícil. Por un momento hablamos de cosas insignificantes: el viaje que hicimos cada uno, el sol que raja las piedras, tratando de alejar inconscientemente el tema que más nos preocupa. No queremos hacernos muchas ilusiones, pero en el fondo tenemos muchas ilusiones, y el resultado de esos exámenes puede ser la llave para abrirles la puerta y dejarlas en libertad. Decidimos ascender por la escalinata, algo poco usual, pero que nos permite demorar el instante decisivo, además de obrar como rito iniciático, liberador. Paso a paso vamos ascendiendo, levantándonos del nivel de la calle, como alejándonos de la realidad contra la que hemos chocado sin preparación, conociendo sus ángulos más oscuros, sin medias tintas, al natural.
El Alma Mater va creciendo ante nuestros ojos, definiendo sus hermosas y sensuales siluetas: sus senos perfectos, su rostro dulce y sereno, su pelo ondulado y recogido, como una madre casta, pero llena de encantos. Los brazos abiertos, ofreciendo su protección a los ávidos de sabiduría en las duras batallas del conocimiento. De fondo el cielo y la fachada neoclásica de la Universidad. Pasamos entre las columnas y entramos al amplio y ventilado vestíbulo, con el piso de granito donde se refleja la tenue luz que invita al recogimiento, a la meditación. Salimos a la plaza Cadenas, escenario de luchas no sólo del espíritu (simbolizadas por una tanqueta ya en desuso sobre la hierba del césped), confinada por los edificios de las distintas facultades, vacía de estudiantes que todavía están de vacaciones, con bancos bajo la sombra de los árboles, donde tantos corazones juveniles habrán sufrido la tensión ante un examen, como la experimentamos nosotros ahora, mientras la cruzamos en vilo y llegamos al portal del edificio Varona, para buscar en un mural, a la vista de todos, el listado de los que aprobaron. Mis ojos corren sobre los nombres como los de un relojero sobre el mecanismo de un reloj. Humberto es el primero que se encuentra. Es el tercero en la lista. Él siempre fue el más inteligente, el de mejores notas. Levanta las manos al aire y da un grito. Lo aprobaron en Lengua Rusa. Se acerca a mí, que no doy con mi nombre. Me ayuda a buscar con su índice. Me encuentra en el número doce. Filología. Me golpea en el hombro. Golpeamos las palmas de las manos. Abrazados, salimos caminando como dos borrachos por la callejuela entre los edificios de la Universidad.
¹Este era tu deseo.
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