La Lentitud

Milan Kundera

"Nuestra época se abandona al demonio de la velocidad, y por este motivo se olvida tan fácilmente de sí misma. Pero yo prefiero darle la vuelta a esta afirmación: nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar, y para realizar tal deseo se abandona al demonio de la velocidad; si acelera el paso es porque quiere hacernos entender que ahora ya no aspira a ser recordada, que está cansada de sí misma, disgustada consigo misma; que quiere apagar la trémula llama de la memoria"; advierte Milan Kundera en esta breve novela publicada en 1994. Su habilidad para construir la trama que nos cuenta, donde confluye una serie de curiosos personajes del pasado y del presente, roza el virtuosismo. Vuelven a aparecer en sus páginas muchos de los temas que obsesionan al autor y que saltan de una novela a la siguiente, tratados desde diversas perspectivas, pero con una mirada siempre profunda.

Milán Kundera nació en Brno, Checoslovaquia, en 1929. En 1975 emigró a Francia. Por el conjunto de su obra mereció el Commonwealth Award en 1981, el Premio Europa-Literatura en 1982 y el Premio Nacional Checo de Literatura en 2007. Su extensa obra literaria incluye ensayos como El arte de la novela (1986), Los testamentos traicionados (1992), El telón (2005), Un encuentro (2009), y más de una decena de novelas, entre las que destacan La vida está en otra parte (1969), La insoportable levedad del ser (1984) y La inmortalidad (1988).

1

Se nos antojó pasar la tarde y la noche en un castillo. En Francia, muchos se han convertido en hoteles: un espacio perdido de verdor en una extensión de fealdad sin verdor; una parcela de alamedas, árboles y pájaros en medio de una inmensa red de carreteras. Voy conduciendo y, por el retrovisor, observo un coche que me sigue. El intermitente izquierdo parpadea y todo el coche emite ondas de impaciencia. El conductor espera la ocasión para adelantarme; aguarda ese momento como un ave de rapiña acecha un ruiseñor.

Vera, mi mujer, me dice: "Cada cincuenta minutos muere un hombre en las carreteras de Francia. Mira todos esos locos que conducen a nuestro alrededor. Son los mismos que se muestran extraordinariamente cautos cuando asisten en plena calle al atraco de una viejecita. ¿Cómo es que no tienen miedo cuando van al volante?"

¿Qué contestar? Tal vez lo siguiente: el hombre encorvado encima de su moto no puede concentrarse sino en el instante presente de su vuelo; se aferra a un fragmento de tiempo desgajado del pasado y del porvenir; ha sido arrancado a la continuidad del tiempo; está fuera del tiempo; dicho de otra manera, está en estado de éxtasis; en este estado, no sabe nada de su edad, nada de su mujer, nada de sus hijos, nada de sus preocupaciones y, por lo tanto, no tiene miedo, porque la fuente del miedo está en el porvenir, y el que se libera del porvenir no tiene nada que temer.

La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre. Contrariamente al que va en moto, el que corre a pie está siempre presente en su cuerpo, permanentemente obligado a pensar en sus ampollas, en su jadeo; cuando corre siente su peso, su edad, consciente más que nunca de sí mismo y del tiempo de su vida. Todo cambia cuando el hombre delega la facultad de ser veloz a una máquina: a partir de entonces, su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad que es incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis.

Curiosa alianza: la fría impersonalidad de la técnica y el fuego del éxtasis. Recuerdo una norteamericana, a la vez ceñuda y entusiasta, especie de apparatchik del erotismo, que hace treinta años me dio una lección (gélidamente teórica) sobre la liberación sexual; la palabra más recurrente en su discurso era la palabra "orgasmo"; conté las veces: cuarenta y tres. El culto al orgasmo: el utilitarismo puritano proyectado en la vida sexual; la eficacia contra la ociosidad; la reducción del coito a un obstáculo que hay que superar lo más rápidamente posible para alcanzar una explosión extática, única meta verdadera del amor y del universo.

¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud? Ay, ¿dónde estarán los paseantes de antaño? ¿Dónde estarán esos héroes holgazanes de las canciones populares, esos vagabundos que vagan de molino en molino y duermen al raso? ¿Habrán desaparecido con los caminos rurales, los prados y los claros, junto con la naturaleza? Un proverbio checo define la dulce ociosidad mediante una metáfora: contemplar las ventanas de Dios. Los que contemplan las ventanas de Dios no se aburren; son felices. En nuestro mundo, la ociosidad se ha convertido en desocupación, lo cual es muy distinto: el desocupado está frustrado, se aburre, busca constantemente el movimiento que le falta.

Miro por el retrovisor: siempre el mismo coche que no consigue adelantarme por culpa del tráfico en sentido contrario. Al lado del conductor va una mujer; ¿por qué el hombre no le cuenta algo gracioso?, ¿por qué no descansa una mano en su rodilla? En lugar de eso, maldice al automovilista que, delante de él, no avanza lo bastante rápido; tampoco la mujer piensa en tocar al conductor con la mano, conduce mentalmente con él, y ella también me maldice.

Entretanto pienso en aquel otro viaje de París a un castillo en el campo, que tuvo lugar hace más de doscientos años, el viaje de Madame de T. y el joven caballero que la acompañaba. Es la primera vez que están tan cerca el uno del otro y la indecible atmósfera de sensualidad que les envuelve nace precisamente de la lentitud de la cadencia: mecidos por el movimiento del carruaje, los dos cuerpos se rozan, primero sin querer, luego queriéndolo, y se traba la historia.

2

En una novela corta, Vivant Denon narra lo siguiente: un gentilhombre de veinte años está una noche en el teatro. (No se mencionan ni su nombre ni su título, pero me lo imagino caballero.) En el palco de al lado ve a una dama (la novela nos da tan sólo la primera letra de su nombre: Madame de T.); es amiga de la condesa de la que es amante el caballero. Madame de T. le propone que lo acompañe después del espectáculo. Sorprendido por este comportamiento decidido y tanto más confundido cuanto que conoce al favorito de Madame de T., un tal Marqués (nunca sabremos su nombre; entramos en el mundo de lo secreto, allí donde no hay nombres), el caballero, sin entender nada, se encuentra en el carruaje al lado de la hermosa dama. Tras un viaje grato y placentero, el carruaje se detiene en el campo ante la escalinata del castillo, donde, sombrío, les recibe el marido. Cenan los tres en una atmósfera siniestra y taciturna; luego, el marido les ruega que le excusen y los deja a solas.

En ese momento empieza la noche para ellos: una noche compuesta como un tríptico, una noche, un recorrido en tres etapas: primero pasean por el parque; a continuación hacen el amor en un pabellón; y, por fin, siguen amándose en una alcoba secreta del castillo.

Al alba, se separan. Al no poder encontrar su habitación en el laberinto de pasillos, el caballero vuelve al parque, donde, sorprendido, encuentra al Marqués, el mismo que él sabe que es amante de Madame de T. El Marqués, que acaba de llegar al castillo, le saluda alegremente y le cuenta la razón de la misteriosa invitación: Madame de T. necesitaba una tapadera para que su marido no sospechara del Marqués. Satisfecho de que la mistificación haya salido bien, se mofa del caballero obligado a cumplir tan ridícula misión de falso amante. Este, cansado tras la noche de amor, vuelve a París en la calesa que le ofrece, agradecido, el Marqués.

Con el título de Point de lendemain, la novela se publicó por primera vez en 1777; el nombre del autor fue reemplazado (ya que nos encontramos en el mundo de lo secreto) por siete enigmáticas mayúsculas: M.D.G.O.D.R., en las que, si se quiere, podría leerse: "Monsieur Denon, Gentilhombre Ordinario Del Rey". Más tarde, con una tirada reducida y del todo anónima, volvió a publicarse en 1779, antes de reaparecer al año siguiente con el nombre de otro escritor. Nuevas ediciones vieron la luz en 1802 y en 1812, siempre sin el verdadero nombre del autor; por fin, después de caer en el olvido durante casi medio siglo, volvió a aparecer en 1866. A partir de entonces, se le atribuyó unánimemente a Vivant Denon y, a lo largo de nuestro siglo, fue cosechando cada vez mayor gloria. Hoy se sitúa entre las obras literarias que parecen representar mejor el arte y el espíritu del siglo XVIII.

3

En el lenguaje corriente, la noción de hedonismo designa una inclinación amoral hacia la vida gozosa, cuando no viciosa. Es inexacto, por supuesto: Epicuro, el primer gran teórico del placer, comprendió la vida dichosa de un modo en extremo escéptico: siente placer aquel que no sufre. Así pues, es el sufrimiento la noción fundamental del hedonismo: se es feliz en la medida en que no se sufre; y, como los placeres traen muchas veces más desgracia que felicidad, Epicuro sólo recomienda placeres prudentes y modestos. La sabiduría epicúrea tiene un trasfondo melancólico: arrojado a la miseria del mundo, el hombre comprueba que el único valor evidente y seguro es el placer que él mismo puede sentir, por pequeño que sea: un sorbo de agua fresca, una mirada hacia el cielo (hacia las ventanas de Dios), una caricia.

Modestos o no, los placeres pertenecen tan sólo al que los siente, y un filósofo, con razón, podría reprocharle al hedonismo su fundamento egoísta. No obstante, a mi entender, el talón de Aquiles del hedonismo no es el egoísmo, sino su carácter (¡oh, ojalá me equivoque!) desesperadamente utópico: en efecto, dudo que el ideal hedonista pueda realizarse; temo que la vida que nos recomienda no sea compatible con la naturaleza humana.

El siglo XVIII, en su arte, arrancó los placeres de las brumas de las prohibiciones morales; dio lugar a la actitud que llamamos libertina y que emana de los cuadros de Fragonard, de Watteau, de las páginas de Sade, de Crébillon hijo o de Duelos. Por eso mi joven amigo Vincent adora ese siglo y, si pudiera, llevaría en la solapa una insignia con el perfil del marqués de Sade. Comparto su admiración, pero añado (sin ser realmente escuchado) que la verdadera grandeza de ese arte no consiste en una propaganda cualquiera del hedonismo, sino en su análisis. Por eso considero Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos como una de las más grandes novelas de todos los tiempos.

Sus personajes no se ocupan de otra cosa que de la conquista del placer. No obstante, poco a poco el lector comprende que les tienta más la conquista que el placer. Que no es el deseo de placer, sino el deseo de vencer el que lleva la batuta. Lo que en un principio parece un juego alegremente obsceno se convierte imperceptiblemente en una lucha a vida o muerte. Pero ¿qué tiene en común la lucha con el hedonismo? Escribió Epicuro: "El hombre sabio no busca actividad alguna relacionada con la lucha".

La forma epistolar de Las amistades peligrosas no es un simple procedimiento técnico que pudiera ser reemplazado por otro. Esta forma es elocuente en sí misma y nos dice que todo lo que han vivido los personajes lo han vivido para contarlo, transmitirlo, comunicarlo, confesarlo, escribirlo. En semejante mundo en el que todo se cuenta, el arma más fácilmente accesible y a la vez más mortal es la divulgación. Valmont, el protagonista de la novela, dirige a la mujer a la que ha seducido una carta de ruptura que acabará con ella; ahora bien, es su amiga, la marquesa de Merteuil, la que se la ha dictado palabra por palabra. Más tarde, la misma Merteuil, por venganza, enseña una carta confidencial de Valmont a su rival; éste le retará a un duelo en el que Valmont perderá la vida. Después de su muerte, se divulgará la correspondencia íntima entre él y Merteuil, y la marquesa acabará sus días despreciada, acosada y desterrada.

Nada en esta novela permanece en exclusivo secreto entre dos seres; todo el mundo parece encontrarse en el interior de una concha sonora donde cada palabra apenas susurrada resuena, ampliada, en múltiples e interminables ecos. Cuando era pequeño me decían que, si me acercaba una concha a la oreja, oiría el murmullo inmemorial del mar.

Así es como en el mundo laclosiano cualquier palabra pronunciada sigue siendo audible para siempre. ¿Es eso el siglo XVIII? ¿Es eso el paraíso del placer? ¿O es que el hombre, sin darse cuenta, vive desde siempre en semejante concha resonante? En todo caso, una concha resonante no es el mundo de Epicuro, quien ordena a sus discípulos: "¡Vivirás oculto!"

4

El señor que está en la recepción es amable, más amable de lo que suelen ser en la recepción de los hoteles. En cuanto se acuerda que vinimos aquí hace dos años, nos avisa que han cambiado muchas cosas desde entonces. Han acondicionado una sala de convenciones para distintos tipos de seminarios y construido una hermosa piscina. Deseosos de verla, atravesamos el vestíbulo, muy soleado, con grandes ventanales sobre el parque. Al final del vestíbulo, una escalera muy ancha baja hacia la piscina, grande, embaldosada, de techo acristalado. Vera me recuerda:

"La última vez había un pequeño rosal en ese lugar".

Nos instalamos en nuestra habitación y después salimos. Verdes bancales bajan hacia el río, el Sena. Es bonito, estamos deslumbrados, deseosos de dar un largo paseo. Minutos después aparece una carretera en la que circulan los coches a toda velocidad; damos media vuelta y volvemos.

La cena es excelente, todo el mundo va bien vestido, como si quisiera rendir homenaje a un tiempo pasado cuyo recuerdo se estremece bajo el techo de la sala. A nuestro lado se ha instalado una pareja con sus dos hijos. Uno de ellos canta en voz alta. El camarero se inclina sobre su mesa con una bandeja. La madre lo mira fijamente, queriendo incitarle a pronunciar un elogio del niño, quien, orgulloso de sentirse observado, se pone de pie en la silla y levanta aún más la voz. En el rostro del padre aparece una sonrisa de felicidad.

Ante un magnífico vino de Burdeos, un pato, un postre -secreto de la casa-, conversamos, colmados y despreocupados. Más tarde, de regreso a la habitación, enciendo un instante la televisión. Allí, niños otra vez. Esta vez son negros y están moribundos. Nuestra estancia en el castillo coincide con la época en que, durante semanas, diariamente, se han ido mostrando los niños de un país africano, cuyo nombre se ha olvidado ya (todo esto ocurrió hace al menos dos o tres años, ¿cómo retener los nombres?), devastado por una guerra civil y por la hambruna. Los niños están delgados, extenuados, sin fuerzas ya para hacer un gesto y ahuyentar las moscas que pasean por su cara.

Vera me dice: "¿Habrá también viejos que mueren en ese país?"

No, no, lo más interesante de aquella hambruna, lo que la hizo única entre las millones de hambrunas que asolan esta tierra, es que tan sólo segaba la vida de los niños. En la pantalla no vimos sufrir a ningún adulto, aun cuando seguimos las noticias todos los días, precisamente para confirmar esta circunstancia hasta entonces nunca vista.

Era por lo tanto normal que fueran niños y no adultos los que se rebelaran contra esa crueldad de los viejos y que, con la espontaneidad que les es propia, lanzaran la célebre campaña "Los niños de Europa envían arroz a los niños de Somalia". ¡Somalia! ¡Claro! ¡Esta famosa consigna me ha devuelto el nombre perdido! ¡Ah, qué lástima que todo esto haya quedado ya olvidado! Compraron paquetes de arroz, infinidad de paquetes. Los padres, impresionados por ese sentimiento de solidaridad planetaria que habitaba en sus chicos, ofrecieron dinero, y todas las instituciones brindaron ayuda; el arroz fue recolectado en las escuelas, transportado hasta los puertos, embarcado en los buques que zarpaban hacia África y todo el mundo pudo seguir la gloriosa epopeya del arroz.

Inmediatamente después de los niños moribundos, invaden la pantalla niñas de seis, ocho años, vestidas como adultos y con los simpáticos modales de las viejas coquetas, ¡oh, es tan encantador, tan conmovedor, tan gracioso cuando los niños actúan como adultos!, las niñas y los niños se besan en la boca, luego sale un hombre que sostiene un bebé entre los brazos y, mientras nos explica la mejor manera de lavar la ropita que el bebé acaba de mancillar, se acerca una hermosa mujer, entreabre la boca y saca una lengua terriblemente sensual que empieza a penetrar en la boca terriblemente bonachona del portador del bebé.

"Vamos a dormir", dice Vera, y apaga el televisor.

9

Vera duerme ya; abro la ventana que da al parque y pienso en el recorrido que hicieron Madame de T. y su joven caballero al salir del castillo en plena noche, en aquel inolvidable recorrido en tres etapas.

Primera etapa: pasean del brazo, conversan, luego encuentran un banco en el césped y se sientan, siempre del brazo y conversando siempre. Es noche de luna, el jardín baja en bancales hacia el Sena, cuyo murmullo se une al de los árboles. Intentemos captar algunos fragmentos de la conversación. El caballero pide un beso. Madame de T. contesta: "Sí, me gustaría: usted se sentiría demasiado halagado si se lo negara. Su amor propio le haría creer que le temo".

Todo lo que dice Madame de T. es fruto de un arte, el arte de la conversación, que no deja gesto alguno sin comentario, y trabaja su sentido; esta vez, por ejemplo, le concede al caballero el beso que pide, pero tras imponer al sentimiento de él su propia interpretación: si se deja besar es tan sólo para reconducir el orgullo del caballero a su justa medida.

Cuando, mediante un juego del intelecto, ella convierte un beso en un acto de resistencia, nadie se lleva a engaño, ni siquiera el caballero, quien, no obstante, debe tomar sus comentarios con total seriedad, ya que forman parte de una iniciativa del espíritu ante la que debe reaccionarse con otra iniciativa del espíritu. La conversación no está para llenar el tiempo, sino que, al contrario, es ella la que organiza el tiempo, la que lo gobierna e impone las leyes que hay que respetar.

Final de la primera etapa de su noche: al beso que había concedido al caballero para que no se sintiera demasiado halagado le siguió otro, los besos "se atropellaban, entrecortaban la conversación, la reemplazaban". Pero, de pronto, ella se levanta y decide emprender el camino de regreso.

¡Todo un arte de la puesta en escena! Tras la primera confusión de los sentidos, hubo que señalar que el placer del amor no es todavía un fruto maduro; hubo que elevar su precio, hacerlo más deseable; hubo que crear una peripecia, una tensión, un suspense. Al volver con el caballero hacia el castillo, Madame de T. simula un deslizamiento hacia la nada a sabiendas de que en el último momento dispondrá de todo el poder para darle un vuelco a la situación y prolongar la cita. Para ello bastará una frase, una fórmula, como decenas de las que conoce el arte secular de la conversación. Pero por una especie de inesperada conspiración, por una imprevisible falta de inspiración, es incapaz de encontrar alguna. Está como el actor que de repente olvida su texto. Porque, efectivamente, tiene que conocer el texto; no como ahora, cuando cualquier jovencita puede decir, quieres, quiero, ¡no perdamos tiempo!

Para ellos, esta franqueza se encuentra detrás de una barrera que no pueden franquear a pesar de todas sus convicciones libertinas. Si ni a uno ni a otro se le ocurre a tiempo idea alguna, si no encuentran pretexto alguno para seguir con el paseo, se verán obligados, por la simple lógica de su silencio, a volver al castillo y, una vez allí, a despedirse el uno del otro. Cuanto más les apremia a los dos la urgencia de encontrar un pretexto para detenerse y enunciarlo en voz alta, más atadas parecen sus bocas: se ocultan ante ellos todas las frases que podrían acudirles mientras ellos les piden desesperadamente ayuda. Por eso, al acercarse a la puerta del castillo, "gracias a un instinto mutuo, nuestros pasos se hacían más lentos".

Por suerte, en el último momento, como si el apuntador se hubiera por fin despertado, ella vuelve a encontrar su texto: ataca al caballero: "Estoy un poco descontenta de usted..." ¡Por fin, por fin! ¡Todo está salvado! ¡Ella se enfada! Ha encontrado el pretexto en una simulada irritación pasajera que prolongará el paseo: ella era sincera con él; entonces, ¿por qué no le ha dicho una sola palabra de su bienamada, de la Condesa? ¡Rápido, rápido, hay que dar explicaciones! ¡Hay que hablar! Se reanuda la conversación y se alejan otra vez del castillo por un camino que, esta vez, les llevará sin tropiezos al abrazo del amor.

11

No encontramos en la novela de Denon descripción alguna del aspecto físico de Madame de T.; algo, sin embargo, me parece seguro: no puede ser delgada; supongo que tiene "una cintura redonda y flexible" (con estas palabras caracteriza Laclos al cuerpo femenino más codiciado de Las amistades peligrosas) y que la redondez del cuerpo da lugar a la redondez y a la lentitud de los movimientos y de los gestos. Emana una suave ociosidad. Posee la sabiduría de la lentitud y maneja toda la técnica de la deceleración. Da prueba de ello en particular durante la segunda etapa de la noche, que pasan en el pabellón: entran, se besan, caen en un sofá, hacen el amor. Pero "todo esto fue demasiado brusco. Sentimos nuestro descuido (...). Demasiado ardiente, se es menos delicado. Se apresura uno al goce confundiendo todas las delicias que lo preceden".

Los dos perciben inmediatamente como un fallo la precipitación que les hace perder la suave lentitud; pero no creo que le sorprenda a Madame de T., creo más bien que sabía que ese fallo era inevitable, fatal, que se lo esperaba y que por eso tenía premeditado el intermedio del pabellón, como un ritardando para frenar, sofocar la previsible y prevista velocidad de los acontecimientos, con el fin de que, una vez llegada la tercera etapa, en un decorado nuevo, su aventura pudiera culminar en toda su espléndida lentitud.

En el pabellón ella interrumpe el amor, sale con el caballero, pasea otra vez con él, se sienta en el banco en medio del césped, reemprende la conversación y luego lo conduce al castillo, a la alcoba secreta contigua a sus aposentos; el marido la había acondicionado antaño como un templo encantado del amor. En el umbral, el caballero queda deslumbrado: los espejos que recubren todas las paredes multiplican su imagen de tal manera que de pronto un infinito cortejo de parejas se besan a su alrededor. Pero no es allí donde harán el amor; como si quisiera evitar una explosión de los sentidos demasiado poderosa y prolongar lo más posible el tiempo de la excitación, Madame de T. lleva a su amante hacia la habitación de al lado, una gruta sumergida en la oscuridad, atiborrada de almohadones; allí es donde hacen el amor, larga y lentamente, hasta el amanecer.

Al desacelerar el curso de su noche, al repartirla en distintas partes separadas unas de otras, Madame de T. supo hacer que el corto lapso de tiempo que les estaba destinado pareciera una pequeña pero maravillosa construcción arquitectónica, como una forma. Es una exigencia de la belleza, pero ante todo de la memoria, imprimir una forma a una duración. Porque lo informe es inasible, inmemorizable. Concebir su cita como una forma fue para ellos particularmente valioso, ya que su noche debía permanecer sin mañana y sólo podría repetirse en el recuerdo.

Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido. Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle. De pronto, quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso. Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta, como si quisiera alejarse rápido de lo que, en el tiempo, se encuentra aún demasiado cercano a él.

En la matemática existencial, esta experiencia adquiere la forma de dos ecuaciones elementales: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.

Fragmentos tomados de: La Lentitud, Tusquets Editores, Barcelona, 1995.

Traducción: Beatriz de Moura