Patria, poesía, humanidad
Yanelys Encinosa Cabrera
La poesía cubana ha gozado la suerte de haber sido antologada en valiosos volúmenes que contribuyen a establecer y consolidar un corpus lírico de la nación. Ha de notarse la particularidad de que la mayoría de las más enjundiosas selecciones han sido realizadas por alguno de sus cultivadores, de manera que en la conformación de un canon poético dentro de la literatura cubana ha incidido más la visión del poeta-crítico que la del académico neto. Habrán de recordarse antologías generales como la de José Lezama Lima, Doscientos años de poesía cubana de Virgilio López Lemus, Las palabras son islas de Jorge Luis Arcos, otras temáticas como Golpes de agua de Leonardo Sarría de poesía de tema religioso, y otras circunscritas a determinada época, confeccionadas por alguno de sus actores. Sin desdorar el importante papel de afianzamiento y difusión que realiza la crítica académica, ha de agradecerse la particularidad de que la inmensa mayoría de estas empresas las realizaran poetas; pues como observadores críticos y a un tiempo, gestores de una obra en crecimiento, pueden leer la memoria lírica nacional desde su propia sensibilidad creativa, con pleno conocimiento de sus más sublimes utopías, las urdimbres más complejas, los profundos ahondamientos, como vivificadores, testimoniantes del espíritu creador.
Desde esa perspectiva, se nos ofrece, a las puertas de la segunda década del siglo XXI una nueva revisión del devenir lírico cubano, que ha emprendido desde hace algún tiempo el poeta, ensayista y pedagogo Roberto Manzano Díaz, quien cuenta con una obra de probada valía con importantes premios nacionales y extranjeros, así como una admirable labor educativa. Luego de una faena ingente de investigación extensa e intensa, que muestra su vocación al sacerdocio de la poesía, Manzano, en el afán misionero de legar a las actuales y futuras generaciones un material que contribuya a la salvaguarda y promoción de la más depurada poesía cubana, como quien se olvida de sí, ha recesado en mucho de su propia obra, ha soslayado a veces los apetitos de la vida literaria, otras los imperativos físicos de la cotidianidad misma para dedicarse por entero a esta tarea majestuosa, de la que ya tenemos el placer de recibir este primer tomo de la antología El bosque de los símbolos. Patria y poesía en Cuba. Siglo XIX, publicado por la Editorial Letras Cubanas en el año 2010, con el esmero y el conocimiento de lo que este libro significa ya para la historia de nuestra literatura y en espera de los siguientes volúmenes.
El título de la antología empaca en apretada síntesis los vértices elementales del sistema de relaciones que vertebra el criterio de selección de los poemas. La frase de Baudelaire "el bosque de los símbolos" cristaliza los polos binarios esenciales naturaleza y cultura: el bosque concentra con plasticidad en la noción de naturaleza, la fisonomía del territorio cubano: el entorno, hábitat natural en el que han sido sembrados los poetas que aquí concurren; medio ambiente al que habrán de acudir, cantar, añorar, idealizar, una y otra vez en sus versos como simiente primigenia de amor a la tierra patria. Los símbolos aluden al imaginario personal que atañe al colectivo, a los códigos o signos con que el individuo comunica a los otros el espíritu de su universo interior e instala su voz en el coro múltiple de la sociedad, produciendo cultura en el traslado de la idea y la imagen desde el acto creativo a la perti(e)nencia nacional. El sintagma anticipa aún otras honduras: "el bosque de los símbolos" adelanta la complejidad de relaciones, el entramado copioso, espeso, variado y múltiple de universos interiores, de imaginarios individuales que dialogan y se imbrican, entre congéneres, coetáneos o de una época a otra, hilvanados por los finos hilos de la sensibilidad personal, la espiritualidad o el estro poético, convergentes todos en un mismo paisaje, en el mural a relieve de nuestra poesía. La segunda parte del título "Patria y poesía en Cuba" reafirma ya explícito lo que era antes alusión: la noción de Patria de los poetas cubanos y su visión de la poesía, son los temas fundamentales, que en su mayoría los engarzan, y que son reafirmados visualmente mediante la simbología empleada en las viñetas de cada entrada, diseño del propio Manzano, en las que emplea, guiños del imaginario individual (el mar en la Avellaneda, el puente en el matancero José Jacinto Milanés), y en todas aparece la palma real, símbolo patrio y eje visual que recrea el motivo del bosque y de la nacionalidad.
Además del acertado criterio de selección mediante el tema unitario de la Patria que interrelaciona a los autores como órganos latentes de un cuerpo vivo; debe señalarse entre los más altos méritos de esta antología, el carácter didáctico y la profundidad analítica de la presentación de cada autor, que nada tiene de curricular o bibliográfica a la usanza del trabajo antológico; para ello puede encontrarse al final la ficha de los autores; tampoco encontrará allí la visión del académico, el acostumbrado análisis crítico que caracteriza la manera en que el autor se suscribe o escapa a determinada corriente; el antologador no desconoce estas nociones previas, las asimila, pero sin insistir en exceso en clasificaciones o caracterizaciones formales: prefiere esbozar al poeta desde la sensibilidad de su mundo interior, delinear los puntales del imaginario individual, sondear –parafraseando al propio Manzano– los vectores de intensidad: ideales, utopías, fracasos, añoranzas, los dinteles que sublimen su espíritu a la categoría de sujeto nacional, y más allá, a la del ser universal.
Debe destacarse la valentía en lo que el antologador considera un cumplimiento de justicia, la firmeza y la pasión con que argumenta su recomposición del canon, cuando levanta de las sombras de la marginación a un autor olvidado o injustamente desechado por la crítica anterior, como el negro esclavo Juan Francisco Manzano, a quien le concede una entrada individual y una amplia muestra de su obra, equiparable en extensión a la de los clásicos ya ascendidos por la crítica como Heredia y Avellaneda, para exhibir de aquel la catarsis desbordante de los abismos, la denuncia social de la esclavitud, la acusación por el dolor de los excluidos y también el refugio en la poesía, el canto a la creación misma. Con sazonada pasión defiende este Manzano nuestro del siglo XXI a aquel Manzano nuestro de antaño, pues si el apellido legara alguna heredad, sería la de la compasión y la simpatía por compartir cierto destino de margen, de olvido, de desatención: aquel orillado en la marginalidad de su negritud esclava, éste postergado en su sencillez campesina, en la auténtica transparencia de su venir humilde y profundo desde el oriente de la isla a sembrarse de raíz tardíamente, luego de ver por más de dos décadas sus libros dormidos en gavetas, silenciados por la funesta suerte de un pésimo calificativo: "el tojosista", aún hoy usado con desprecio, con análogo tono despectivo al de "negro esclavo".
Otros autores también se salvan del olvido con las justas bondades del antologador: son rescatados en secciones colectivas, con entradas generales que delinean algún tono compartido, matices que aportan al paisaje –parafraseando a Roberto Manzano–: los sedimentos en las laderas donde habrán de descollar los que se erigen cúspides de nuestro decurso poético. Así encontraremos secciones colectivas como las de La poesía criollista y siboneyista, Otras Voces I y II, La poesía de la guerra, donde conglomerados de poetas menores permiten delinear mejor los contornos, las variedades de temas, de intereses e ilustran el espíritu de la época en que descuellan los poetas trascendentes a escala internacional, los que encabezan el recuadro poético del siglo XIX cubano, abierto en Silvestre de Balboa para transitar con el debido respeto por José María Heredia, quien ostenta el título de padre de nuestra poesía, continuar el recorrido por otras luminarias y zonas de sosiego, hasta cerrarlo con el colofón de nuestro poeta más universal, José Martí.
Se notará que tanto en la selección de los poemas como en los comentarios, el antologador ha acertado a cumplir la premisa elemental del título, tan cercana a Orígenes: aprehender desde el verso el sentido de lo nacional. El título mismo ya dialoga con Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier y los sondeos del ensayista en los resortes líricos de nuestra identidad, recordará a ratos cierta indagación ontológica de Lezama. Por esa misma vena consanguínea Manzano se adentra hacia más lejos, buscando rozar las fibras más altas que él ha colocado como colofón de esta primera entrega: José Martí –cito a Manzano de la entrada al Apóstol–: "nuestro poeta mayor y más completo, la cúspide de la sensibilidad nacional". En el prólogo, el ensayista asienta la tesis directriz de su empresa sobre el eje martiano: "Patria es Humanidad". Tan imbuido va de esta herencia que se solidifica en la plasmación formal de la idea, en las coyunturas del discurso que expresa su absorción intelectiva y sensorial del cosmos, en ese lenguaje bruñido en que se amalgama y cristaliza el poeta, el ensayista, el pedagogo, el pensador de la poesía que hoy nos traza en el epílogo de su libro una tesis definitiva, definitoria, profundamente martiana: "La gran persona poética es un individuo saturado de especie".
La buenaventura del poeta crítico que ejerce la composición de este nuevo canon, es la de la reciprocidad. Tanto ayuda, la cualidad y calidad del poeta que antologa, a comprender la obra de nuestros más grandes poetas, como también la obra de éstos, exhibida con esa jerarquía de intereses, de "vectores de intensidad", arroja luz sobre la creación poética del selector. Desde el título hasta la tesis sentenciada en el epílogo, el ordenamiento de los temas que engrana a los autores, el sistema de relaciones sobre los que se despliega la búsqueda de los textos, puede intuirse que esta antología ha sido concebida desde los intereses capitales que Roberto Manzano pulsa en su propia poesía, los conceptos elementales que atraviesan su obra desde Canto a la sabana, Tablillas de barro II, Sinergos, La hilacha y otras transfiguracioness… a saber: lo nacional, avocado a lo humano individual que se universaliza en la entrada y entrega perenne a la poesía.
De seguro, las presentes y futuras generaciones habrán de agradecer, como hoy agradezco, tamaña obra. Para el lector cubano, el estudiante, el intelectual creador y el crítico, el amante empírico del verso en búsqueda de conocimiento de su literatura, desde cualquier recodo del país, encontrará aquí una muestra vasta, varia y bien cuidada de nuestra lírica nacional, sumándole a ello el valor incalculable de disponer de un análisis medular, un estudio vertical de la historia de la poesía cubana desde sus entrañas, desde la vivencia emotiva y espiritual de sus autores, que contribuirá a comprender con mayor profundidad la trascendencia de la poesía para la historia cultural de la nación. El lector extranjero que busque acercarse a nuestra literatura hallará versos anhelantes, enardecidos, estrofas de canto o de combate, pulsaciones viscerales, estremecedoras; se topará frontalmente con una fuerza ígnea, caldeada en el sedimento tectónico de la corta edad de isla, tersa en su raíz de agua, nutricia en la savia virgen de sus bosques. Encontrará de seguro la voz que le traspase en su otro extremo del océano, la vibración que le dicte un latido común, porque ese verso verde de agua, entretejido sobre el cuerpo de la isla está lleno de humanidad y de universo.
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