Roberto Fernández Retamar

Otro poema conjetural

Roberto Fernández Retamar (La Habana, Cuba, 1930) Poeta y ensayista. Premio Nacional de Literatura, Presidente de la Casa de las Américas y miembro de la Academia Cubana de la Lengua. Entre sus principales libros de poesía figuran  Buena suerte viviendo, Que veremos arder, Circunstancia de poesía, Juana y otros poemas personales y Aquí. Entre otros galardones internacionales ha recibido los premios Rubén Darío, Nikolas Vaptsarov y Pérez Bonalde.

(J.L.B., 1899-1986)

Así como descreí (al menos eso he repetido) de la
    fama,
Descreí también de la inmortalidad,
Y es claro que hoy finado no puedo ser quien traza o
           dicta estas líneas falsamente póstumas,    
Pero no es menos claro que ellas no existirían sin las         
           que yo produje de veras,
Si es que yo y de veras tienen sentido en el             
           extrañísimo universo
(Algún curioso habrá reparado en que ese             
           superlativo no podría ser mío,
Pero eso no da autenticidad a las restantes             
           palabras).

Afirmé que la duración del alma arbitraria está             
           asegurada en vidas ajenas,
Y nada puedo hacer para impedir quedar en el autor     
           que me atribuye este texto,
Y en muchos otros autores inconciliables.
Acaso en mí también fueron inconciliables los             
           rostros, los estilos que asumí,
Y sin embargo hace tiempo los vanos diccionarios,         
           las vanas historias de la literatura
Los han reunido bajo tres palabras, entre dos fechas,
De las cuales soy el abrumado, el imaginario             
           prisionero, no la realidad.

Qué mal he sido leído con demasiada frecuencia.
Cómo no repararon en que laberintos, bibliotecas,         
           tigres, espadas, saberes occidentales y             
           orientales
Eran transparentes metáforas del pobre corazón de         
           aquel muchacho
Que simplemente quería ser feliz con una muchacha
Como sus amigos  en Buenos Aires o en Ginebra.
Al evocar mis antepasados, los presenté en mármol         
           o bronce, y fingí ignorar
Que ellos mezclaron con sus batallas lágrimas, ayes y     
           amores.
La tristeza, la soledad, la desolación contribuyeron a         
           que existieran mis páginas perfectas,
Pero yo habría cambiado tantas de esas páginas
Por haber besado labios que nunca besé.
Dije abominar de los espejos, y no se entendió que         
           lo que quería era verme reflejado
En ojos oscuros y claros bajo la gran luna de oro
O en la penumbra de la alcoba.
Me han atribuido la indeseable paternidad
De vocingleras sectas literarias y cenáculos de             
          eruditos,
Cuando yo quería ser padre de hijas e hijos de carne         
          y hueso.

Nadie extrañe dónde decidí quedar enterrado
Si antes no me entendió ni me ayudó a salir de mi         
          celebrada cárcel.
Lamenté no haber tenido el valor de mis mayores,
Pero ahora que nadie puede censurármelo como         
           jactancia
Proclamo que no fui menos valiente al afrontar una         
          adversidad atroz.
Hubiera preferido muchas veces la bala en el pecho         
          o el íntimo cuchillo en la garganta
Antes que el espanto que contemplé en mí
Mientras pude contemplar.

No se olvide que no soy quien escribe estos versos.
No los escribe nadie.
 
Allan escribe a Liu que está en Cuba

Los arrojó de Francia la guerra, y los separó
Como a ese casal de pájaros salvajes de que hablara
             Chéjov.
Él fue a parar a los Estados Unidos
Y ella volvió a ratos a la Isla deslumbrante y lejana a         
            que aludió el otro Heredia.
Él le escribió y le escribió, pero no con su palabra de         
             príncipe sin fronteras
Hecho a los vastos espacios de la tierra y el mar
Atravesados por grandes bestias y aves altaneras,
Ni con su palabra de documento confidencial,
Sino que le decía las cosas que se dicen los             
             enamorados.

Mi pobre amor, le escribía, y le mencionaba sus dos         
             islas vecinas
Cuyo parentesco simboliza un poco nuestra extraña         
            alianza,
O le añadía sorprendentemente:
Es en la provincia de Camagüey, en tu Isla, donde         
           quisiera no sé por qué volver a encontrarte,
O indagaba por el clima de La Habana
Como quien se ilusiona con proyectar un viaje,
O le confesaba que apenas podía resistir el deseo de     
           una fuga clandestina a su Isla.
Qué tristeza que nunca lo haya hecho
Y nos perdiéramos el que nuestros árboles lustrosos         
           y nuestro agolpado calor tan cercanos a los         
           de su infancia
Hubieran estado entre sus voces soberanas que         
           afortunadamente en vano quiso             
           impersonales.

Él le escribió a la Quinta Palatino en El Cerro,
Donde la singular madre de ella tuvo una             
           imponente colección de monos y un Salón
Sobre las interioridades del cual el contertulio Pedro
Henríquez Ureña le hacía comentarios al joven
Alfonso Reyes,
La Quinta frente a cuyas altas rejas
Yo cruzaba de niño sobrecogido por las leyendas         
           que me contaba mi madre.

También le escribió al Gran Hotel del Balneario de         
           San Miguel de los Baños, en Matanzas,
Desde el que poco después José Rodríguez Feo se         
           comunicaría con Wallace Stevens
Encendiendo en él un misterioso poema,
Y en que más tarde estuve entre escritores jóvenes
Con el inevitable e imposible recuerdo de un             
           Marienbad no visto.

Y por último le escribió al Hotel Presidente, en
    El Vedado,
Surgido casi junto conmigo y que yo visitaba a los         
            tres años con uno de mis tíos
Para mirar a los botones no mucho mayores que yo         
           entonces
Cuyas figuras repetía mi mano izquierda en las             
           paredes de mi casa de la Calle Tercera,
A unos metros de donde iba a estar la Casa de las         
           Américas.

Él firmaba las cartas a Liu
Con la A de Allan y también de su verdadero             
          nombre,
El del poderoso y luego doliente ciudadano francés
Nacido en la vecina isla de Guadalupe.
A Liu los demás le decían Lilita y también Madame         
          Henraux,
Cuyo nombre de soltera fue Rosalía Sánchez Abreu:
Y ese segundo apellido suyo es en Cuba una             
          bandera.
La estatua de su tía abuela, la fiera independentista         
          Marta Abreu, rige el Parque Córdoba en La         
          Víbora,
Donde yo daba cita a muchachas que nunca iban,
Hasta que años después una llegó al fin:
Mi hija más pequeña, que regresaba de la beca.
La madre de Liu, que se llamaba y acaso
           era como ella,
Llenó al país de ráfagas brillantes y oscuras como         
           un castillo entre relámpagos.

Gracias a esa familia, Cuba tenía desde 1933 una         
            bella Casa en la Ciudad Universitaria
    de París.
Allí vivía yo como estudiante cuando en el otoño
    de 1955
La viuda del hispanista que la dirigía
Me pidió que fuera al entierro de una integrante de         
            la ilustre familia.
Treinta y dos años después, al leer las cartas del         
            poeta publicadas en su centenario,
Me entero con sorpresa y emoción de que aquella         
           mañana lluviosa,
Entre desconocidos rostros graves y un rostro que         
           pretende imponer mi memoria,
Yo había echado una rosa oscura
Sobre el féretro donde quedarían en tierra francesa
Los restos de la dama cubana que fue el gran amor,
El difícil, atormentado amor de Saint-John Perse.

Los restos se deshacen bajo otras lluvias
    y otros vientos.
Las palabras que persiguieron anhelantes a la             
           extranjera de una residencia a otra
Siguen revoloteando en la Isla que casi sin saberlo         
           recibió aquel vespertino amor de plata
Como la tierra recibe una inesperada rosa oscura.