Un celoso inspector de vectores…

Conversación con Atilio Caballero

Ian Rodríguez Pérez

No creo que actualmente exista en Cienfuegos un autor de ficciones vivo con mayor reconocimiento a su obra que el que jamás he visto ostentar a Atilio Jorge Caballero (Cienfuegos, 1959). Pocos escritores consiguen escapar de esa aura trágica y patética que signa sus biografías con enfermedades, tendencias al alcoholismo o al suicido; ajeno a tal mito que ya va siendo entre nosotros un trillado y detestable lugar común para levantar panegíricos, apuntalar con la informalidad el pedestal a un autor de turno vendiendo su imagen como un anticonvencional es una práctica que el lector apreciaría como una camisa de fuerza: Atilio es sin dudas un autor que suele concentrarse de manera taimada y obsesiva en su quehacer y por ello merece un respeto distintivo. Saludarlo con un abrazo, conversar apresuradamente, y despedirnos casi siempre con unas palabras de aliento, con la recomendación de una película o de un libro para leer, es para mí una especie de ofrenda que pocos dioses del Alto Olimpo suelen ponernos en el camino como si se tratara de una regalía, un descuido que no conviene reconocer. Esa es la razón esencial por la que decidí convertirlo en mi tercer entrevistado. Una amplia obra entre la que figuran títulos de poesía como La suela del zapato, El sabor del agua, La arena de las plazas; los libros de cuentos Las canciones recuerdan lo mismo, El azar y la cuerda, Tarántula, y las novelas Naturaleza muerta con abejas, La última playa y La máquina de Bukowski, y su acentuada inclinación a trabajar la palabra con el ímpetu propio de un alquimista, hicieron que entre los dos cuestionarios anteriores y el que corresponde a mi cuarto bate me retardara en el tiempo. Confieso que fue una ardua empresa encontrar el recipiente más oportuno, porque hay casos en los que la personalidad del escritor es inferior o superior a su obra, pero la disyuntiva que Atilio me presentaba era otra: se trata de alguien que, a mi juicio, escribe dejándonos una impresión sino exacta, bastante cercana a su carácter de la vida común. Estábamos ante uno de esos casos milagrosos en el que el hombre de pensamiento y el creador de atractivas e intensas ficciones coexisten armoniosamente en un mismo individuo; leerle y conversar con él aparentan ser operaciones idénticas, no hay el menor atisbo de intentar sumergirse en los escabrosos senderos de un discurso hermético, y allí donde asoma su rostro la sencillez hay una memorable huella.

En un libro muy recurrido, Anatomía de la crítica, Northop Frye comenta que "el poeta puede tener, por supuesto, cierta capacidad crítica y, de este modo, ser capaz de hablar acerca de su propia obra. Pero el Dante que escribe el comentario sobre el primer canto del Paraíso es simplemente uno más entre los críticos de Dante". ¿Te sientes como uno más entre los críticos frente al resultado de tu creación?

Comienzo respondiéndote con otra pregunta: ¿qué es ser "uno más entre los críticos"? Y sobre todo, uno más entre los críticos frente a la propia obra. Puedo deducir de la primera afirmación (esa que alude a Dante) cierta frustración –apelo a la acepción más benigna de esta palabra–, como si acaso se pretendiera que fuese el propio autor el más agudo, lúcido e inteligente examinador de lo que él mismo ha escrito. Hay cierta megalomanía en eso. Creo que el autor debe ser el primero, tal vez el más "demoledor" de esos críticos –y no uno más...– por lo que esto supone de rigor, concentración, profundidad, reflexión sobre el mismo hecho creativo. De ahí en adelante el análisis corresponde a otros campos bien delimitados de los estudios literarios. Con relación a Frye, tiene razón, solo que el hecho de poseer "cierta" capacidad crítica no supone necesariamente la posibilidad –o la voluntad, o el deseo– por parte del autor de articular un discurso analítico autorreferencial. Sabemos incluso que, en numerosas ocasiones, no hay peor "comentarista" de la propia obra como el mismo autor, bien por exceso de cariño (propio), perspectiva limitada (consecuencia de lo anterior), falta de distanciamiento analítico, delirios inconfesados y un largo etcétera, subjetivo o no. Paul Valery, T. S. Eliot, Charles Olson –por solo mencionar tres– son honrosas excepciones que siempre agradeceremos (sin olvidar la contribución de Pound para que La tierra baldía fuese hoy un capolavoro de la poesía moderna).

Leyéndote me he quedado con la impresión de que la Poesía en tanto forma genérica ha ido quedando relegada dentro del conjunto de tu obra. ¿A qué se debe que la hayas publicado tan poco? Antes de responder me gustaría significar que advertí el cociente lírico de tu discurso narrativo; en este sentido Simons es, a mi criterio, el más conmovedor de tus personajes.

Nada ha quedado relegado. Solo que cada cosa tiene su momento (dicho así, como una buena frase de bolero), y cada tema, imagen o idea, su forma precisa de expresión. Y este momento –el de los últimos ocho años, digamos– parece ser ese donde las ideas que más me interesan exigen un discurso diferente a la particular expresión de la poesía. Un discurso que tiende a la creación de personajes y situaciones, a la conformación de un ambiente específico –y no solo ambiente como "atmósfera" sino, sobre todo, como contexto social–, a la articulación –y desestructuración, desmontaje y re-composición– de una historia; de ahí la reincidencia reciente en la narrativa y el teatro (este último en sus variantes escritural y escénica). Pero eso no debe hacer pensar que haya dejado de escribir poesía en "detrimento" de otras formas expresivas. Dejar de publicar no implica dejar de escribir. Tal vez se trata de que ahora soy un poco más obsesivo con su escritura. Ahí están –entre otros– los textos de Ronda de la inmundicia, que como recordarás fueron premiados (Primera mención) y publicados por La Gaceta de Cuba hace un par de años en su concurso anual, y que forman parte de un proyecto más amplio.

Si advertiste determinado "cociente lírico" en alguna parte de mi discurso narrativo, metabolízalo y sé feliz: huyo de "lo lírico" como el diablo a la cruz (frase de mi abuela); si está presente de manera consciente, por lo general su intención es irónica; soy un celoso inspector de vectores (activo antifocal) en cuanto a la intención de esa plaga de contaminar otros géneros.

Entre los proyectos editoriales que has emprendido y que Cienfuegos nunca tendrá cómo recompensar, se encuentra la antología de narradores cienfuegueros Como el aire en la oreja. Me gustaría saber si experimentaste o sufriste los estragos de esa pacata encrucijada que debe enfrentar todo creador al asumir el rol que otros debieran emprender. Me explico, ¿sentiste pudor ante la decisión de incluirte? Si ocurrió, ¿cómo lo venciste?

En un empeño como este se debe buscar la objetividad a toda costa, y en todos los sentidos. Máxime si se es, al mismo tiempo, juez y parte. Si lo somos mínimamente –objetivos, quiero decir– creo que no existen muchas razones que justifiquen mi ausencia de esa selección. Al César lo que es del César, ¿no? No hay nada más parecido a la falsa modestia que el exceso de ella. En cuanto a "estragos" y "encrucijadas", pienso que ya estaban superados/as –si alguna vez existieron– cuando decidí emprender el proyecto. Si continuamos esperando a que otros hagan lo que se supone que deban hacer, vamos a seguir careciendo de ambas cosas (de ellos –los estudiosos–, y de sus obras –los resultados de su estudio–); no se avizora nada prometedor en este sentido, y mañana alguien nos pasará la cuenta por ello. Un florilegio como este es, además de un intento por ofrecer una visión de un fenómeno determinado, el legado de un período específico. ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que en los casi doscientos años de historia de esta ciudad –y esta provincia– sólo existen las recopilaciones de narrativa que tú y yo realizamos en años recientes?

Se ha extendido entre los escritores el concepto de que escribir sobre lo que no se ha vivido va a apuntar siempre a una aventura fallida, ¿qué opinas tú?

Depende de lo que entiendas como vivencia. Y de cómo la has vivido. Se puede vivir algo físicamente –un viaje, una guerra, una relación o un día de pesca–, pero también lo que es capaz de generar nuestra imaginación puede ser algo tan vivo como eso. Si está y acaece en nosotros es porque existe (y aquí volvemos a Platón y el mundo como idea, o a Schopenhauer y el mundo como representación...) ¿Y lo soñado, no es también algo vivido? La pureza del lenguaje es la pureza del espíritu. Predomina en ese concepto "extendido"  lo sospecho  una visión ligeramente tendenciosa de ciertas escuelas/estilos realistas, sucios o no, nuestras y foráneas. Una vida de callada vegetabilidad voluptuosa, ¿no puede ser tan intensa como la de Hernán Cortés? Si fuera totalmente cierto el riesgo de empresa fallida por este "concepto" –no obstante los Conrad, Zola, Bukowski o Truman Capote–, hubiéramos quedado sin una buena parte de la mejor literatura universal. ¿Te imaginas a Borges batiéndose a cuchillo en una pulpería de la periferia de Buenos Aires para poder escribir luego El encuentro o Juan Muraña? ¿A Kafka convertido en cucaracha, a Dostoievski descuartizando ancianas con un hacha, o a Lezama romanceando con una novia en el Malecón? En realidad, nunca he podido imaginar al escritor como alguien que crea a partir de la intuición, sino a partir de los intereses y los conocimientos de su época, intentando modelar lo más exactamente posible un pensamiento, pues toda creación literaria auténtica produce siempre imágenes cargadas de sentido... dando así un sentido al mundo. Así pues, la realidad se convierte en un material. Un material muy vasto, sin embargo, que puede ser asumido de muy diversas maneras, y creo que, sobre todo, desde el conocimiento, y no solo desde la simple experiencia. Como acota E. Fischer en su ensayo sobre Musil: "Si Thomas Mann no hubiera vivido verdaderamente la filosofía de Nietzsche y toda la filosofía de la decadencia hasta los abismos más profundos de su alma y en el más fugaz estremecimiento de su epidermis, jamás hubiera podido escribir el Doktor Faustus, su obra maestra..." A propósito de Musil, a quien considero uno de los más grandes escritores del siglo XX, me gustaría terminar ahora –solo por ahora– con esta cita suya: "La creación literaria es, en su esencia más íntima, una lucha por una manera de ser más elevada del hombre; a este fin, es ella análisis del orden existente y ningún análisis vale sin la virtud de una duda llena de audacia". Una duda llena de audacia, qué gran paradigma para todo escritor, para todo creador (y tan en falta hoy entre nosotros).

¿Qué piensas de la emoción como cociente narrativo?

Que es fundamental, como para cualquier otro género –no solo narrativo– y para la creación artística en general. Emoción significativa, sin embargo, una emoción cargada de sentido. Emoción controlada: recordar a Spinoza cuando decía que el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma. En el arte de la escritura, se dice, la locura incontrolada es locura, y la locura controlada es genialidad. Lo mismo vale para la emoción.

Directo: ¿te sientes cómodo con tu generación?

¿Qué generación?

Busquemos un cierre escabroso. De Cienfuegos, tres autores de tu preferencia. Menos sí, nunca más de tres. Aquí no faltará quien piense por mí: "No me dejes fuera, please". ¿Quién será el pretencioso?

Tres menos dos, uno: Marcial Gala. Y para el pretencioso: "Esmérese". Luego veremos.