Tratado del amor clandestino
Francisco Proaño Arandi
Presentamos las páginas iniciales de la notable novela Tratado del amor clandestino del escritor ecuatoriano Francisco Proaño Arandi. Publicada inicialmente en el 2008 por la Colección Cochasqui, fue finalista del Premio Rómulo Gallegos en el 2009 y mereció el prestigioso Premio José María Arguedas 2010, que otorga la Casa de las Américas; su Fondo Editorial la reeditó y presentó en la más reciente Feria Internacional del Libro cubana.
Como bien se señala en su edición ecuatoriana del 2010, la búsqueda del padre presuntamente oculto –que emprende el hijo– y la carta de aquel que explica las posibles razones de su ausencia vertebran una metáfora de la condición humana que cruza, oscureciendo e iluminando a la vez, una saga familiar. La carta, el diario iniciático de otro de los personajes, la alusión al amor clandestino y su significado, constituyen claves para descifrar, desde las distintas historias personales, lo que el narrador nos plantea en torno a temas como la búsqueda de la identidad, el poder y el sentido mismo de la existencia.
Francisco Proaño Arandi nació en 1944. En los años sesenta participa activamente en los movimientos de vanguardia de entonces, como el Grupo Tzántzicos y la revista La bufanda del sol. Entre otros textos narrativos ha publicado Oposición a la magia, Del otro lado de las cosas, Historias del país fingido y El sabor de la condena, ambos merecedores del Premio Joaquín Gallegos Lara, y Antiguas caras en el espejo, Premio José Mejía Lequerica.
Recuerdo haber imaginado el silencioso descenso de los dos cuerpos enlazados, el chorro de luz que cae y hiende la pared helada del agua, el turbión burbujeante abriéndose paso hacia el fondo de la laguna. Abajo, la oscuridad, el légamo enigmático aproximándose a velocidad de vértigo y pronto a ser violado o vuelto tumba una vez consumada la abrupta intromisión de los amantes o sus restos, abrazados para siempre. Bajo aquel cielo, nada parecería haber sucedido, ningún drama: apenas el leve susurrar del agua, su ahogada queja y, por un instante, en una secuencia infinitesimal, el brusco desplazarse en dirección a las orillas de los rizos concéntricos e imperceptibles, entrevistos casi como reflejos o destellos, o dentelladas que chocarán breves contra las rocas, deshaciéndose. Luego, de nuevo, la quietud: la extensión translúcida sólo perturbada por la caída de los pájaros que por octubre y noviembre llegan allí para morir, sus gritos a manera de lápidas, en tanto dejan, uno a uno, la formación que, incesante y absorta, sigue la ruta migratoria de todos los años, su lenta declinación hacia el sur.
Todo aquello se me vino a la mente mientras el delegado de la Policía me entregaba la brújula empotrada en estuche de cuero, en cuyo exterior está grabado tu nombre, papá: único vestigio, junto con una borrosa fotografía, por los cuales pudieron verificar que aquel cadáver era el tuyo, en tanto que la identidad de la mujer enlazada a ti permanecerá con seguridad sin descubrirse: sólo ustedes dos podrían ahora descifrar su secreto, porque no creo que el nombre que consignas como de ella en alguna de tus cartas, el de Isadora Guerrero, sea cierto.
La Policía se empeña ahora en dar con el paradero de quién o quiénes llevaron a Isadora y a ti al centro de la laguna, para cumplir con el peregrino ritual de arrojarlos al agua. El hecho de estar los dos en un abrazo que aspiraría a ser perenne, las huellas de veneno encontradas en la autopsia efectuada por Ley, más una nota presuntamente tuya en la que formulas el consabido reclamo de no culpar a nadie de tu muerte, han llevado a los investigadores a aceptar la hipótesis del suicidio. No sé por qué infieren que tú e Isadora se encontraban al borde de la indigencia. Tal vez por ello, para aclarar estos detalles pedestres, persisten en su intento de hallar a los cómplices, al parecer contratados, de este aún inentendible acto.
De todas las cartas que me escribiste y no me enviaste, sólo una llegó. En ella incluías algunos datos sobre el lugar donde has vivido los últimos años –uno de los parajes más inaccesibles y menos conocidos de la geografía del planeta–, y las coordenadas de tu postrera guarida. Ello me permitió realizar este viaje y entender, aun cuando sea precariamente, al hombre que fue mi padre. Hemos consumado una transacción justa: tú has desvelado aspectos para mí desconocidos; yo me he referido a lo que juzgo tuvo alguna relevancia durante estos añas de ausencia.
Sólo me duele una cosa: que no hayas podido cumplir con tu destino final, el que planeaste para ti y la mujer llamada Isadora. Ya nada es eterno, todo se ha vuelto efímero, y nadie podría aspirar a permanecer como lo han hecho, por ejemplo, en Sumpa, los dos amantes adolescentes que allí prosiguen en su abrazo de diez mil años, y a quienes quisieron ustedes imitar en una época incapaz de comprender tan desproporcionados dispendios.
I
Veinte años durante los cuales has faltado, papá. Tú, sólo te fuiste. Pero yo permanecí allí, rodeado de mujeres. No hubo Odiseo que llegase hasta donde yo estaba y me deparara la lanza por la cual pudiera orientarme en la incertidumbre de las habitaciones. Como un Aquiles que perdió su boleto a Troya, apenas atiné a envolverme en mí mismo, absorto en la contemplación de la casa, mi universo.
Aún ahora la casa suele aparecérseme en sueños, distorsionada, agrandada, o empequeñecida, mas es siempre la misma –la reconozco en su atmósfera, en ciertas huellas, determinados rincones o esquinas– y, mientras retrocedo por sus corredores y patios, presiento que en alguna parte, en una habitación recóndita y precisa, algo perverso me aguarda, algo maligno que, sin embargo, no alcanzo, no alcanzaré jamás a reconocer, ni siquiera de lejos.
En ese mundo interior –hablo de la casa que abandonaste, no de esta otra, la vicaria, del sueño–, mujeres de luto alimentaban las lámparas votivas e imponían, con suavidad implacable, con airada terquedad, sus reglas, su decálogo. La casa, pero también la ciudad, el país, todo, devenía a manera de un paisaje encantado, paralizado: allí no sucedía nada y las cosas, los sucesos, transcurrían como cuando repasas las páginas de un libro de imágenes: sueñas o sufres por un momento con las ilustraciones, pero lo que en ellas ves no trasciende hasta ti, queda reducido a su espacio circunscrito e irreal, y cuando lo cierras, aquello que por un instante parecía haber cobrado vida, torna a su inmovilidad radical, sempiterna.
Fue allí donde me dejaste. Y así, inmóviles, han pasado veinte años. Las cosas, es cierto, han sucedido, han ido sucediéndose, y sin esperar tu regreso, pero siempre a manera de fingimientos que se representan contra un fondo fijo. En medio de todo, quizá de espaldas a todo, y como si me hubiese tocado subrayar la condición petrificada de ese mundo, yo me sentí condenado a registrar, obstinado, tu ausencia. Tu ausencia en el ir y volver exacto, puntual, del reloj de la grada, el alto reloj de péndulo que de hora en hora marcaba el tiempo desplazando, como una onda, su ronca vibración en el silencio. Tu ausencia en la figura de mamá bajando, de luto estricto, las escaleras (aún desconozco la razón de que decidiera llevar para siempre ese luto, si tú no habías muerto, si tú simplemente te fuiste, dejaste de ser allí, mientras pasabas a habitar la casa en otra parte). Tu ausencia como una pátina que se sobreponía a toda materia o contextura, igual a un hollín invisible, en los pasamanos, en las alfombras, en los retratos, y, más que en ninguna otra hondura, en aquella inalcanzable de los espejos.
Es verdad: las cosas han sucedido y tú no estuviste. No estabas siquiera cuando partiste, puesto que yo no lo supe sino mucho después. No estabas, no has estado, sigues no estando. Quisiera preguntarte si alguna vez conociste la ausencia, lo que ésta implica, lo que ésta encierra. Tú, sólo te fuiste, o desertaste, y yo me quedé para descifrar, en un tiempo sin tiempo, la tenebrosa significación de esa palabra que no es palabra, que se refuta a sí misma, y que aúlla sin forma en la oscuridad, presa de su propio vacío: au-sen-cia.
O quizá tengas razón desde la perspectiva de tu silencio, de tu no comparecencia de dos décadas. Tal vez nada ha ocurrido en verdad, nada aparte de ese silencio y de tu mirada, de la persistencia o la duración de esa mirada, la última que proyectaste sobre mí, la última que cruzamos entre nosotros, allí, ¿lo recuerdas?: por azar, o por una necesidad aciaga, yo había logrado abrir la puerta del desván, pero no avanzaba más allá del dintel, no podía hacerlo: casi transparente en la penumbra vos te volvías hacia mí y me mirabas, larga, dolorosamente: no hablaste, me sobrecogieron tu mudez y tu efigie y volví sobre mis pasos, descendí las desvencijadas escaleras y guardé el secreto, hasta ahora, hasta este instante en que me detengo y vuelvo a contemplar el paraje más brumoso e inexplorado del planeta, aquí, en esta especie de ventisquero al que me ha traído tu rastro, el lugar donde espero desentrañar el enigma que dejaste.
En el enrarecido aire trato de descifrar lo que ante mí se extiende: el escenario escarpado e irreal y esos jirones movedizos de niebla pronta a espesarse, a cerrarse. La casualidad me ofrece más de lo que aquí es permitido a los mortales. Lejana, la línea quebrada de una cordillera azulea contra un cielo de acero, donde parecen fraguarse incesantes, desmesuradas tormentas: tal los espectros nubosos que cobran forma y se desvanecen, prestos siempre a volver, a encarnarse, como arpías latentes.
En subterránea melopea, tornan dentro de mí las preguntas. ¿Nada ha sucedido, entonces? Pero, ¿cómo explicar ciertas cosas? La histeria de Noemí, por ejemplo. Y lo que es más atroz, su cinismo final. Las perturbaciones de Amparo. La ira pertinaz de mamá, su tiranía. Mi propia desolación. Tengo tantas cosas que contarte. Acaso te sobrecoja saber lo sucedido con Noemí. Y no te interesará seguramente lo de Gabriela, que me ama, y de la cual también quería hablarte, aunque esto puede resultar inútil. Lo de Gabriela es propio ya de otra edad, la mía, no la tuya ni la de ellas.
II
Para mí, el tiempo de mi existencia se detiene y reanuda, sin solución de continuidad, a las diez de una noche precisa, aunque no puedo determinar la fecha: veinte años son un lapso bastante largo y yo era un niño.
Lo recuerdo con exactitud. Estaba yo acostado en mi cuarto, leyendo. La lámpara sobre el velador proyectaba una luz oblicua que no alcanzaba a iluminar toda la habitación y el libro era la Historia Antigua, de Seignobos, Librería de la Vda. de Ch. Bouret, París-México, y la edición podía ser de 1902. Herencia de tu padre, me imagino. Yo, más que leer, miraba los preciosos grabados: viñetas del Libro de los Muertos, una calle de Pompeya o una escena escolar donde, entre unas columnatas, un maestro de la antigüedad azota a su discípulo.
La puerta que daba al corredor estaba entreabierta, lo que me dejaba escuchar, en un rumor apagado, el desconocido trajín de mamá, en su propio cuarto, el de ustedes. De la enredadera del patio, o del floripondio, llegaba hasta mí un perfume espeso, envolvente. Rememoro incluso, en el fondo, las entrecortadas voces de una radio, con seguridad la radio de mamá, su vieja Grunding, en el velador, y podría apostar con certeza que se trataba de la radionovela de las diez. Es decir, todo parecía muy normal, dada la hora, pero lo parecía, nada más. Días antes se había producido el incidente del desván, yo estaba decidido a guardar el secreto y nada era ya realmente normal u ordinario, no podía serlo, era absurdo.
Entonces, algo llamó mi atención: el rumor, que había escuchado con claridad, de unos pasos acercándose a mi puerta. Casi ya en el umbral, se detuvieron. Alguien respiraba allí mismo, o jadeaba más bien, como si llegara hasta allí exhausto, o presa de angustia. La situación pudo prolongarse por un minuto o dos, pero no alcanzaba a ver nada: el círculo de luz de la lámpara sólo abarcaba la mitad del cuarto y el resto se sumergía, de un modo gradual, en la penumbra. Yo, en cambio, sí podía ser visto, atisbado, ¿por quién? No lo supe nunca, aunque he tentado diversas explicaciones. Sin embargo, entre todas éstas, hay una hipótesis que recién ahora, parece cobrar verosimilitud, asidero. Lo que sí recuerdo es ese instante irreal: yo en mi lecho, expectante, y en algún lugar, casi en el vano de la puerta, esa presencia, esa respiración agitada. Puedo todavía revivir la multiplicidad de planos que enmarcan y singularizan el hecho: en el fondo, el ajetreo de mamá en su cuarto –escucho sus pasos, el ruido que hacen los cajones de la cómoda al cerrarlos o abrirlos–; en un plano intermedio, las voces de la radio urdiendo un nexo inasequible entre el hosco silencio de la casa y la difusa extensión de la ciudad; y en primer término, allí, en la puerta, los pasos de aquella no identificada presencia y, por encima de todo, ese agitarse, ese acezar doloroso, entrecortado, apremiante.
Luego, por unos segundos, sólo el silencio. Un silencio absoluto. Y, al final, un nuevo rumor de pasos, esta vez rápidos, precipitados, como el toc-toc de un trompo de madera lanzado al piso con torpeza y que se aleja en la oscuridad, en la distancia indescifrable de la casa.
Me quedé quieto, perplejo, sin atreverme a verificar lo ocurrido. Al cabo de unos instantes, la puerta se abrió del todo y entró mamá. ¿Oíste unos pasos?, preguntó, y en aquel ámbito sonó confiable su voz, como si a su conjuro la realidad se hiciera presente de nuevo, entrando con todos sus esplendores a mi cuarto. No te preocupes, era yo, dijo, arropándome y apagando la lámpara, recomponiendo las cosas en sus límites conocidos o usuales. Había encendido la luz en el corredor, pero pronto cerró la puerta y la oscuridad se instaló, inflexible.
Días más tarde, sin embargo, ella misma confesaría casi despiadadamente la verdad:
–Oí unos pasos –dijo, como sobrecogida–, pero no había nada, ni nadie, sólo él, Miguel Ángel. Lo encontré acurrucado en la cama, los ojos bien abiertos, tuve que tranquilizarlo pues también los había escuchado. Es más, me contó que el alma se había detenido junto a la puerta respirando profundamente, como cansada...
–¿El alma? –preguntamos todos.
–El alma del señor Paz –aclaró resueltamente mamá–. El primer dueño de la casa. El que la construyó, mejor dicho. No es la única vez que esto ha sucedido.
El episodio quedó registrado entre otros muchos que, a partir de entonces y sin mayores contemplaciones, fueron atribuidos invariablemente al alma en pena del señor Paz. Con el tiempo, no obstante, determinados indicios me harían dudar de aquello. La fecha correspondiente a la noche en que presuntamente yo escuché esos pasos y esa respiración inexplicables, coincide extrañamente con la que, después, sería reconocida entre nosotros como la de tu desaparición. Esa coincidencia cobró para mí –único testigo cabal de lo sucedido u oído esa noche, único oyente– una dimensión mucho más inquietante que si hubiese sido de un orden ajeno a este mundo, como intenta hacernos creer la hipótesis de mamá. Contrariamente a ésta, ¿fueron acaso tus pasos los que escuché junto a mi puerta? Lo que oí, ¿fue tu fatiga, tu dolor, el hálito angustiado de una despedida?
Quisiera haber seguido hasta hoy en la oscuridad en que me dejó mamá, acunado por ella. En contraste, la extraña luz de estas montañas se adivina hostil y estoy solo. Nadie transita en el cuarto contiguo. No hay, no existe ese cuarto. No hay pasos conocidos, ni el rumor familiar de la radionovela. Sólo el viento que ruge, su amenaza latente.
Y no habría venido, sino fuese porque alguien –¿fue un mensajero tuyo?– me hizo llegar, hoy hacen tres meses, la primera de tus cartas, la única que alcanzaste a enviarme en el curso de todos estos años: las demás permanecen aquí, sobre esta mesa, bajo el ventanuco por el cual atisbo una vaga sucesión de colinas y un valle al fondo. Desde donde me encuentro, el valle y el río que lo forma descienden llenos de sosiego, iluminados por un sol infrecuente. Puedo atestiguar que todo ello es engañoso: parte de la ruta que me ha conducido hasta aquí cruza por aquellas quebradas, y ella es inhóspita, intrincada, abrupta. Allí la única realidad es el fango, la lluvia incesante, la niebla, la ceguedad, el miedo, el extravío, el desánimo. Quizá lo que miro no es cierto. Pronto lo real, es decir, su extrema hostilidad, su cerco implacable, llegarán hasta aquí, acosándome, persiguiéndome.
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