De la igualdad de las razas humanas*

Anténor Firmin

[…] No tengo que ocultarlo. Mi mente siempre se ha sentido disgustada al leer diversos libros que afirman dogmáticamente la desigualdad de las razas humanas y la inferioridad congénita de la negra. Convertido ya en miembro de la Sociedad de Antropología de París, ¿no debía esto parecerme aún más incomprensible e ilógico? ¿Es natural acaso ver ocupar un sitio dentro de la misma sociedad y con el mismo rango a hombres que la misma ciencia que se supone que ellos representan, parece declarar desiguales?

[…] yo habría podido provocar, dentro de la Sociedad, una discusión para aclarar esta cuestión, o, por lo menos, para conocer las razones científicas que autorizan a la mayoría de mis sabios colegas a dividir a la especie humana en razas superiores y razas inferiores; pero ¿no hubiera sido considerado como un intruso? Un cuestionamiento desafortunado ¿no haría fracasar mi planteo previamente a su examen? El sentido común, simplemente, me conducía a una duda legítima. Fue entonces cuando concebí la idea de escribir este libro […].

En todo caso, al defender la tesis que fundamenta este volumen, me he esforzado sobre todo por estar a la altura del beneplácito con que lo recibió la Sociedad de Antropología de París. Es mi reconocimiento a cada uno de sus miembros, mis honorables colegas. Aunque a menudo entro en contradicción con la mayoría de los antropólogos y contradigo sus opiniones: sin embargo, respeto y honro infinitamente su alto valor intelectual. Me gusta creer que cuando reflexionen sobre todas las cuestiones que planteo en mi controversia, se inclinarán por modificar sus opiniones con respecto a las capacidades de mi raza. No porque piense que haya realizado excelentemente la tarea que me he impuesto; pero a los hombres inteligentes y cultos es suficiente con exponerles una secuencia en las ideas, para que la verdad relumbre ante sus ojos con una elocuente evidencia: Verum animo satis haec vestigia parva sagaci sunt.

Soy negro. Por otro lado, siempre he considerado el culto a la ciencia como lo único verdadero, lo único digno de atención constante y de la abnegación infinita de todo hombre que se deja guiar por el razonamiento libre. ¿Cómo podría yo, entonces, conciliar las conclusiones negativas que al parecer se extraen de esta misma ciencia sobre las aptitudes de los negros, con esta veneración apasionada y profunda que es para mí una imperiosa necesidad del espíritu? ¿Podría acaso abstraerme del rango de mis congéneres y considerarme como una excepción entre otras excepciones? Soy ciertamente demasiado lógico en mis concepciones como para detenerme en considerar una afirmación tan orgullosa, engañosa y loca. No existe ninguna diferencia fundamental entre el negro de África y él de Haití. Jamás podría entender que, cuando se habla de la inferioridad de la raza negra, se aluda más al primero que al segundo. Aunque a mí me complaciera un pensamiento tan mentiroso y sin validez, la realidad, que no miente, me haría sentir en todo momento, que resulté totalmente atrapado por el desprecio sistemático que se profesa contra el africano. Si el negro antillano da pruebas de una inteligencia superior, si demuestra tener habilidades que no poseían sus ancestros, es a estos a quienes se los debe, al menos en parte, por haber heredado de ellos el primer germen mental que la selección ha desarrollado y fortalecido en él.

Haití debe servir para la rehabilitación de África.

Es por eso que he tomado constantemente mis ejemplos solo de la República haitiana, cada vez que tenía que demostrar las cualidades morales e intelectuales de la raza negra. Desde el negro al mulato, hay un buen número de cruzamientos antropológicos.

[…]

Pero ¿Haití ofrece uno de los ejemplos más alentadores a favor de la raza que tiene el orgullo de representar entre los pueblos civilizados? ¿Cómo prueba la posesión de cualidades que se niegan a los negros africanos? Para responder correctamente a estas preguntas, sería necesario desarrollar una nueva tesis, que fuera muy interesante, muy fascinante, pero que requeriría la escritura de un extenso volumen, al menos. Además muchos de mis compatriotas ya la han desarrollado brillantemente. Basta con leerlos para comprobar todo lo que hay de lógica profunda y de ciencia minuciosa en los argumentos que han sabido extraer de la sociología y de la filosofía de la historia.

Pero ante todo hay que comenzar por preguntarse: que la doctrina de la desigualdad de las razas haya creado los más estúpidos prejuicios, haya producido uno de los más perjudiciales antagonismos entre los componentes del pueblo haitiano, ¿no es acaso la causa más evidente de las discrepancias y de las rivalidades intestinas que han frenado y aniquilado las mejores capacidades de esta joven y orgullosa nación? ¿La ausencia de todo estímulo real para su desarrollo social no se debe a la desacertada creencia que se tiene de su inferioridad? ¿No habría que atribuir todas las calamidades que se han desatado sobre ella a las pretensiones siempre ridículas de los unos y a las reclamaciones a menudo torpes de los otros? Para obtener todos los resultados que tenemos el derecho de exigir a la raza haitiana, hay que esperar que, una vez que la enseñanza se extienda sin reservas en las masas, logre por fin reprimir y destruir todos esos prejuicios que son como una piedra que obstruye el avance del progreso.

Esta era llegará indefectiblemente. Otros pueblos más antiguos, han vivido penosamente durante mucho tiempo en el desorden y la barbarie; pero a la hora señalada por el destino, el sol del progreso y de la regeneración apareció en el horizonte nacional, sin que ningún obstáculo pudiera apagar su luz. Encuentro en estos ejemplos, tan elocuentes y significativos, una fuerza reconfortante, una esperanza firme.

No se crea, sin embargo, que acepto sin reservas el método que consiste en recurrir siempre a comparaciones históricas cuando se trata de justificar un error o prácticas desafortunadas en la vida de un pueblo joven. Estas comparaciones tienen un motivo racional, pueden demostrar que todos los pueblos y todas las razas que han alcanzado la civilización, antes de lograrlo, han atravesado fatalmente un período más o menos largo de tanteos y de una organización inferior. ¿No constituirían, sin embargo, un verdadero peligro, si se las usara para la justificación de determinados abusos, que tienen sin duda precedentes históricos pero cuya influencia ha sido reconocida, generalmente, como perjudicial para toda evolución social?

El estudio del pasado, si se entiende así, en lugar de ser beneficioso para los pueblos jóvenes a los que debemos estimular en la búsqueda de lo bello, de lo verdadero y de lo bueno, solo serviría para inspirar una apatía perniciosa, una indolencia mortífera contraria a toda acción reformadora y evolucionista. Llevados por un razonamiento falso, podrían convencerse muy bien de que tienen la libertad de continuar por las vías menos progresivas, dado que ilustres naciones lo han hecho durante mucho tiempo. Este es un error que hace falta evitar. Por otra parte, a pesar de que reconozco que la raza negra de Haití ha evolucionado con una rapidez asombrosa, no puedo de ninguna manera negar que le hace falta hacer muchos esfuerzos, todavía ahora, para terminar con ciertas costumbres que solo pueden producir la parálisis de su desarrollo. Cuando se anda con retraso, no conviene entretenerse en el camino.

No me creo ni un valiente ni un sabio. Solo trato de aportar mi abnegación y mi buena voluntad a la verdad que trato de defender.  Pero qué orgulloso me sentiría si todos los hombres negros y sus descendientes se convencieran por la lectura de este libro de que tienen el deber de trabajar, de superarse continuamente para librar a su raza de lo que se le imputa injustamente y que desde hace tanto tiempo la abate. ¡Qué feliz me haría ver a mi país –al que amo y venero infinitamente por sus mismas desgracias y su existencia laboriosa– comprender finalmente que tiene una labor muy especial y delicada que cumplir, la de mostrar al mundo entero que todos los hombres, negros o blancos, son iguales por sus cualidades como lo son en cuanto a derechos! Tengo una profunda convicción: una viva y luminosa esperanza me dice que este deseo se realizará.

Por otra parte, ¿las propias leyes de la evolución acaso no indican y justifican esta aspiración? Una vez en movimiento, ¿no es el destino ineluctable de toda sociedad humana caminar, perseverar en la búsqueda del perfeccionamiento? Basta, en efecto, con liberar las fuerzas morales, que son el alma del progreso, de cualquier represión paralizante, para que el desarrollo gradual y armónico se produzca espontáneamente, por la misma elasticidad de todo organismo social. Un pueblo joven y vigoroso debe apelar también a la libertad como principio para su salvación. Todas las leyes naturales y sociológicas se conjugan para proclamar esta verdad.

Tanto en Haití como en todas partes, la raza negra necesita la libertad, una libertad real, efectiva, civil y política, para poder desarrollarse y progresar. Si la horroriza la esclavitud, horrible también le debe parecer el despotismo. Porque el despotismo no es otra cosa que una esclavitud moral; permite la libertad de movimientos a los pies y las manos; pero encadena y agarrota el alma humana, asfixiando el pensamiento. ¡Por lo tanto es indispensable recordar que es el alma, es decir la fuerza de la inteligencia y de la mente, la que opera interiormente la transformación, la redención y la recuperación de todas las razas, bajo el impulso de una voluntad libre, iluminada, liberada de toda opresión tiránica!

[…] se ha repetido demasiado que "el hombre negro no entiende el concepto de gobierno sin despotismo"; se han apoyado demasiado en esta opinión –corroborada con desafortunados ejemplos–, para declarar que la inferioridad moral del etíope le impide alcanzar la exacta noción del respeto que se debe a la persona humana, sin el cual la libertad individual deja de ser algo sagrado.

Deseo para mi raza, en cualquier lugar del mundo en que viva y se gobierne a sí misma, que rompa con las prácticas arbitrarias, con el desprecio sistemático de las leyes y de la libertad, con el desdén de las formas legales y de la justicia distributiva, cosas estas soberanamente respetables porque constituyen el coronamiento efectivo del edificio moral que la civilización moderna erige laboriosa y gloriosamente sobre las ruinas acumuladas de las ideas medievales.

Y es sobre todo de Haití de donde debe salir el ejemplo. ¿Los negros haitianos no han dado ya pruebas, acaso, de la más espléndida inteligencia y de la más brillante energía? Hombres de Estado o escritores, jóvenes o ancianos, pronto comprenderán que la regeneración de la sangre africana solo será completa cuando además de preocuparse por su propia libertad y sus propios derechos, demuestren ser respetuosos de la libertad y de los derechos de los demás. A ello deberá también el etíope esa aureola que embellece nuestro rostro y la transfigura, la del esplendor de la dignidad moral, la única nobleza natural que eleva e iguala a todos los hombres y a todas las razas.

¡Que se engrandezca entonces, que prospere y se eleve sin cesar, de progreso en progreso, esta raza negra tan llena de vigor y de generosa vitalidad, digna y orgullosa, inteligente y trabajadora! Para ayudarla en su ascenso, nunca serán demasiados los obreros ni tampoco demasiada la consagración. Esta es religiosamente mi humilde y respetuosa ofrenda. Algún día otros lo harán mejor, pero no con más pasión por su rehabilitación y su gloria.

París, 11 de mayo de 1885.

* Fragmento del prólogo de De la igualdad de las razas humanas(Antropología positiva), de Anténor Firmin. Traducción: Jean Maxius Bernard. Libro en preparación por la Editorial de Ciencias Sociales, que será presentado en la próxima Feria Internacional del Libro de Cuba, dedicada a las culturas del Gran Caribe.