Entre la pobreza irradiante y la soledad del libro

Conversación con Johann E. Trujillo

Norge Céspedes

Johann E. Trujillo confiesa la atracción que siempre ha tenido por el diseño del libro que tiene como soporte la pobreza –"la pobreza irradiante", dice él–, aspecto fácilmente apreciable en la singular obra que ha desarrollado como diseñador de estos, y que tiene como centro –algo que era de esperar– dos casas editoras (Vigía y Matanzas) que dentro de sus procesos productivos contemplan las labores manuales y el empleo de mínimos recursos.

En las texturas de sus cubiertas, en los elementos de ilustración a los que habitualmente recurre, en la concepción de los interiores pueden distinguirse a primera vista su predilecciones por lo austero, que le aporta cierta distinción, cierta exclusividad, y a la vez le dan un aire íntimo, hogareño casi, a sus propuestas gráficas.

Nacido en Matanzas en 1977, Johann cuenta con una labor gráfica que además de libros, plaquetes, boletines y revistas incluye programas de mano, invitaciones, carteles de formatos que llegan a la gigantografías, así como diseños de stand, escenografías, ambientaciones y hasta discos. Pero al arte del libro es sin dudas a lo que ha dedicado más tiempo, y donde ya va dejando una marca trascendente.

Sus inicios en esta profesión se remontan a los últimos años de los noventa. A estos primeros conocimientos vino a sumarse el encuentro con la plástica y la gráfica europeas, sobre todo la española, que le permitió combinar estudios de diseño y trabajo en medios para él entonces nuevos. Y finalmente se incorporé en 2001 a las Ediciones Matanzas, en la que encontró el camino hacia la madurez creativa, al plantearle un tremendo reto: el trabajo con el Sistema de Impresión Digital Risograph. Con persistencia y astucia logró sacar provecho a las posibilidades de esta tecnología, sobre todo a partir del empleo del blanco y el negro, de las escalas de grises, los ocres y los sepias, de la preferencia por el grafismo y el uso de la serigrafía.

El certero paso que lleva, lo confirma una vez más el Premio Anual de Diseño del Libro Raúl Martínez, que acaba de ganar en la categoría de colección, luego de dos menciones en diseño interior y en cubierta en la edición anterior. En 2005 y 2007 ganó también el Premio al Mejor Libro, que anualmente se otorga en Holguín a los textos más sobresalientes publicados en las casas editoras territoriales.

 El jurado del Raúl Martínez destacó la sobriedad y el modo en que integras la tradición y la contemporaneidad. Creo que esto es constante en toda tu obra. ¿Piensas lo mismo?

Yo no he buscado una fórmula para mis diseños, todo comenzó muy intuitivamente, lo que pasa es que uno va encontrando cosas, haciéndose de trucos y escogiendo, entre experimento y hallazgo, lo que me gusta –el gusto creo que es capital–, hasta ir decantando códigos que no me son afines y otros que se me adhieren como lapas. Lo que fue intuitivo se me va haciendo consciente. Algo de mi personalidad se va perfilando en esos diseños. Sería pretencioso pensar que me he hecho de una poética. Ojalá que alguna vez alguien la encuentre y me la haga ver. Creo que después de leer Seda, la famosa novela de Alejandro Baricco, lo único que quisiera lograr en mi obra es ese minimalismo, ese misterio, esa mirada hacia las esencias de lo ancestral con una convicción de futuridad que enerva. Persigo esa síntesis, esa sobriedad. Por ahí quisiera que fuera mi poética.

En Ediciones Matanzas has concebido unas cuantas colecciones. ¿Qué peculiaridades tiene esta labor? ¿Qué retos?

Perfilar colecciones no es una labor individual, tampoco su diseño. En ello participan todos los creadores de la editorial. En el caso de Ediciones Matanzas no se trata únicamente de colecciones por géneros. Las hay jerarquizadas por los autores que las integran (noveles, contemporáneos, clásicos); otras están destinadas a los premios Fundación de la Ciudad y Milanés. Esta es quizás una de las labores más responsables que me han tocado, pues se trata de algo que deberá funcionar para distintos géneros, temas, y que debe proyectarse para una existencia larga –las normas dicen que de diez años como mínimo.

Hay importantes artistas que detestan las colecciones, pues creen que impiden la creatividad. Y ciertamente si no se es muy creativo, puede caerse en la monotonía, en la reiteración. Pero eso es un reto que el diseñador tiene que afrontar. Ser fiel al perfil para que cada vez se avenga, ya sea con el color, con recursos gráficos o imágenes afines, al nuevo texto que entra a la colección.

 Junto a más de cien libros, en esta casa editora has conformado la visualidad de un proyecto exitoso: la revista Matanzas. A primera vista el diseño de una revista parece ser más complejo, o al menos más intenso, más desgastante. ¿Lo crees así?

Todo trabajo tiene su encanto y desencanto. Coincido con Alfredo Zaldívar, director de la editorial y de esa publicación, en que la revista es el trabajo más difícil que puede enfrentar un editor –y un diseñador, añado yo–, sobre todo en revistas de interés general o en artísticas y literarias como la nuestra, que reúne trabajos de diferentes géneros. También se complica todo porque trabajas no con un autor sino con muchos autores, y porque insertas notas, traducciones, anuncios, fotos, obras de arte e ilustraciones. Disfruto del trabajo en la revista hasta el stress, pero si de preferencias se trata me quedo con la soledad del libro.

¿La soledad del libro?

Cuando te decía que prefiero la soledad del libro, es porque necesito siempre de esa soledad para crear, pero en el caso de las revistas debo diseñar página a página, siempre con los editores y el director dándome pautas. Me cuesta hacer algo con alguien mirando lo que hago. Es como si me leyeran el pensamiento. Me inhibe totalmente.

Pero que prefiera y necesite la soledad no significa que no disfrute los momentos de intercambio que tiene esta labor. Entrar en contacto con otros artistas o hacer algo en conjunto es muy gratificante, como una obra que improvisamos en vivo Roberto Braulio y yo. He tenido la suerte de que artistas como Rocío García, Moisés Finales o José Luis Fariñas cedan su obra para ilustrar nuestra revista, así como artistas más cercanos como Sergio Roque, William Hernández, Javier Dueñas o el propio Roberto Braulio. El trabajo con los editores, con los encargados de la composición, con los autores, también es muy enriquecedor.

Algunos críticos han señalado en tu obra dos marcas peculiares: Ediciones Vigía y el desempeño en el mundo del teatro. ¿Es así?

Los tres años que estuve en Vigía, a finales de los noventa, fueron muy enriquecedores. Allí aprendí lo que era hacer un libro primitivo, formé gustos, bebí de los creadores que la rodeaban entonces, tuve oportunidades y confrontaciones que siempre agradeceré. Pude viajar, visitar galerías y museos, trabajar con fotógrafos y editores relevantes. En Vigía hice libros de autores que son mitos como el martiniqueño Edouard Glissant o la norteamericana Edna San Vincent Millay. Fueron mis comienzos, y luego me fue  bien difícil saltar del libro concebido para la manufactura al convencional, donde el soporte digital es lo que pesa. El cosmos de lo digital es muy ancho, solo que no basta conocer las herramientas y que te gane la técnica, sino sacar provecho de ella artísticamente, y eso me fascina, es un campo infinito y tan seductor como iluminar a mano o reciclar papel.

En el mundo del teatro me introduje en 2001, con el Teatro Papalote, es decir en la cátedra René Fernández, con el legado que allí habían dejado artistas como Zenén Calero, Juan Antonio Carbonell y Ramiro Ramírez. Allí entré al cartel teatral y me abrí a la gráfica cartelística, al diseño de programas, catálogos, discos…

Ediciones Matanzas desde 2001 y la revista Matanzas desde 2003, son el centro de mi quehacer actual. Me han dado la oportunidad de borrar ese estigma de que el diseñador gráfico al trabajar por encargo no es un artista, de que el estar supeditado a la obra de otros no es un acto creativo. Si la mística del libro, si la literatura no te apasionan, entonces búscate otro oficio. Yo tengo en Ediciones Matanzas la gran libertad creadora que me ha propiciado la acción de un colectivo que ama lo que hace.

A partir de lo que has visto con tu propia experiencia, ¿qué opinas de la formación de diseñadores para libros en Cuba?

Creo que aunque el ISDI (Instituto Superior de Diseño Industrial) tiene en sus planes de estudio el diseño editorial, ello no es suficiente. Y eso da oportunidad a tanto informático que conociendo algún software explayan su intrusismo en el diseño sin que nadie le ponga coto. Creo que hay que hacer talleres que funcionen de verdad. Hace unos años el ICL (Instituto Cubano del Libro) organizó uno para diseñadores del Sistema de Ediciones Territoriales, pero el profesor confesó, frente a aquel aparato (una Riso), que era la primera vez que lo veía…

Te has dedicado al libro convencional, pero no has dejado el interés por lo artesanal.

Cuando te hablaba de que en mi trabajo para Ediciones Matanzas logré desprenderme de la estética de Vigía, no quise decir para nada que haya renunciado al libro artesanal. Tengo con Alfredo Zaldívar un proyecto de libros artesanales, el Taller de Lo Feo. Esto él lo viene haciendo desde 1993, cuando lo llevó a México y luego a Estados Unidos. Yo me uní al proyecto en España, donde trabajamos en la Red de Bibliotecas de la UNESCO y con otras instituciones. Ahora estamos insertados en un movimiento de ediciones cartoneras que tiene gran pujanza en varios países latinoamericanos. Ellos usan fundamentalmente como soporte los cartones desechables; pintan, graban, dibujan sobre las tapas y usan técnicas artesanales tradicionales y otras muy experimentales, muy de vanguardia. Se trata de grupos literarios que intentan darse a conocer con medios alternativos, frente a las demoledoras industrias del mercado del libro, y hay muy buena literatura en estas ediciones.

Muchos recursos de los que usamos en Ediciones Matanzas son artesanales. Hemos combinado la impresión risográfica con la serigrafía, hemos experimentado con las guardas pintadas a mano, una técnica medieval. Somos una editorial semi artesanal, pues se compagina y pliega, se encuaderna, guillotina y grapa manualmente. Tengo un gran amor por la artesanía del libro.

¿Cuáles son, a tu juicio, las ventajas y desventajas entre el trabajo de diseño en una editorial de provincia (de la Riso) y el que se lleva a cabo en una de las editoriales nacionales, con su tecnología especializada?

Creo que tengo una gran ventaja sobre los diseñadores de las llamadas editoriales nacionales. Cuando he terminado mi trabajo y el libro está listo para imprimir, tengo a solo cincuenta pasos a la impresora frente a "la riso", al encargado de la composición y al editor. No pocas veces al director de la editorial y a la jefa de taller. Puedo seguir, cuidar el proceso de impresión. Cuando pasa a encuadernación seguimos ahí, todos cuidando la edición. Somos los llamados "editores a pie de obra" o "de a pie". Cuando he tenido la oportunidad de que un libro diseñado por mí sea incluido en los Planes Especiales del ICL –no tan especiales– solo puedo cruzar los dedos y esperar meses para ver el resultado. A veces tengo suerte, a veces no. Esto que para mí es ocasional le sucede a diario al "diseñador de mesa", que termina su trabajo y se lo envían a una imprenta que muchas veces ni sabe dónde queda, incluso, al extranjero.

Mi gran desventaja está en la carencia de recursos para que este trabajo en nuestro taller, que puedo seguir paso a paso, salga como lo concebí. Otra desventaja es el envío de las cubiertas a los poligráficos, la mayoría de las veces los colores se desvirtúan, cambian los tonos, aunque siempre serían superiores a las cubiertas en riso, que ya creo que hay consenso en que este sistema no vale para lograr la mínima calidad visual y de que hay conciencia de que tenemos que lograr, aunque sean en blanco y negro, la realización de las cubiertas en Offset u otro sistema.

Mi ventaja total sobre el diseñador de las editoriales nacionales sería cuando contáramos con los recursos mínimos ideales en nuestro pequeño taller (una impresora, una guillotina, una presilladora en buen estado). No es tanto lo que se necesita. Pero es algo que a veces, sin ser fatalista, me parece que nunca va a llegar.

¿Consideras que el trabajo de diseño se valora lo suficiente en Cuba, tanto por los propios funcionarios e instituciones como por el público y la crítica?

Claro que no se valora como debiera. Existe el Premio Nacional de Diseño por la obra de toda una vida y el Raúl Martínez que se entrega a los mejores libros anualmente pero, por ejemplo, un diseñador gráfico, aun siendo miembro de la UNEAC, no tiene derecho, como un pintor o un escultor, a ingresar en el Registro del Creador.

Se ha cuestionado incluso qué va a hacer un diseñador invitado a una feria internacional, cuando solo el hecho de confrontar su trabajo con lo que se hace en otras latitudes es una necesidad de primer orden para cualquier creador, y nosotros no lo somos menos.

Muchas veces cuando los libros son ilustrados por un pintor reconocido se obvia totalmente la labor del diseñador, aun cuando puede que este haya salvado al libro.

No son pocos los que desconocen todavía las diferencias entre ilustración y diseño, en detrimento de este último. Hay quienes subvaloran la gráfica de un libro porque está en blanco y negro. Mucha gente se lamenta de que la revista Matanzas, antes impresa en cuatricromías sobre cartulinas cromadas, con "infeliz diseño", aparezca ahora sobre cartulina mate combinando la impresión risográfica con la serigrafía, mucho más artística y valiosa, lo que ya es parte de su sello.

 Y dentro de este panorama general, ¿cómo crees que se valora de modo específico el diseño que se hace en las editoriales territoriales?

Lamentablemente, si el diseño del libro en general no se valora, qué quedará para nuestras pobres editoriales, cuyos diseños son en gran medida ineficaces, sobre todo porque a mi entender no se ha vinculado a estos proyectos a los verdaderos artistas de cada territorio y hay mucho intrusismo, como ya te dije.