Copán, burlón enigma
Enrique Labrador Ruiz
El relato que presentamos, “Copán, burlón enigma”, forma parte del libro en proceso de publicación por la Editorial Arte y Literatura Viajero sin itinerarios. Este volumen nos acerca al cronista que fue Enrique Labrador Ruiz, escritor ávido que no pudo privarse de plasmar en el papel todo lo que advirtió en sus múltiples viajes. Rebeca Murga y Lorenzo Lunar, compiladores de esta obra, han referido: "Son narraciones de un sorprendente –para esos tiempos– carácter cinematográfico, tomadas por ese lente sutil que es la pupila del creador, instrumento capaz de descubrir, entre el paisaje, los detalles que al ojo del neófito, que mira sin observar, le resulta imposible ver. Son relatos que combinan, con elegancia y sapiencia, el lenguaje y los conocimientos del erudito con la experiencia y el habla de los pueblos y los hombres que visitó".
Enrique Labrador Ruiz (Sagua la Grande, Cuba, 1902 - Estados Unidos, 1991) es considerado un clásico de las letras cubanas y latinoamericanas. Escribió las llamadas novelas gaseiformes: El laberinto de sí mismo (1933), Cresival (1936) y Anteo (1940). La sangre hambrienta (1950), que fue la última de sus novelas editadas, le valió el Premio Nacional de Novela de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación de Cuba. Sus cuentos están recogidos en Carne de quimera (1947), Trailer de sueños (1949) y El gallo en el espejo (1953). La vertiente ensayística de este autor está contenida en Manera de vivir (1941), Papel de fumar (1945), El pan de los muertos (1950) y Cartas a la carte (1991).
Sigo los pasos de John L. Stephens y aunque no por execrables caminos voy sobre la ruta de su aventura de hace cien años, ciento y pico de años. Ya me había dicho una vez Sylvanus Morley, en Chen-Ku: "¡Vaya usted allá!". Era yo un joven aprendiz de arqueología, por 1910, cuando tuve suerte de enfrentarme con esos reales misterios. He vuelto tantas veces como he podido; aquello es grandioso, profundo, enigmático.
Mi vecino de asiento, un caballero muy enterado de todas las cosas concernientes a su cargo (embajador en funciones) y de otras, también me participó. En un libro reciente, Víctor von Haggen, describe con brillantez un Stephens diplomático, constructor de ferrocarriles, hombre de negocios, excepcional viajero y afortunado escritor. Tan afortunado escritor como para ser capaz de haberse atraído a sus textos, irrefrenables entusiasmos; William Walter leyó los incidentes; vino a Honduras en plan de conquista; ya sabe usted…
Murió fusilado por aspirar a mucho. No así Minor Keith, quien también vino a Honduras pero se conformó con fundar la United Fruit. Murió millonario.
–Stephens, tengo entendido –le digo– había escrito así mismo su viaje por Egipto y Arabia antes.
–Exactamente. Y por Grecia, y Turquía, Rusia y Polonia.
"Era infatigable y lo penosísimo de estas travesías no contaba para él, ¡gran tipo! ¿Sabe usted cuántas ediciones se hicieron de los Incidentes –digamos bien; Incidents of traven in Central América, Chiaps and Yucatán– en un espacio de tres meses? ¡Diez ediciones!"
–No sé cómo se ha podido decir que esa sea obra de descripción vaga y tempranera. Y a seguidas: Ahorita va a ver usted si es o no este congreso de estatuas gigantescas, con loros y guacamayos en tropel, con cráneos de monos y serpientes brillantes, con estelas y altares…
"Se trata, tal vez, del primer eslabón de una cadena de ciudades perdidas en Centroamérica y Yucatán, florecientes en cultura y poderío hacia el año 100, antes de Cristo. Se trata de Copán, corazón de Honduras, el centro del antiguo Imperio Maya; un esbelto valle, anfiteatro de antigüedades americanas de sin par finura y delicadeza. ¡Oh! Y sin embargo, todo ha estado abandonado y solo hace poco más de una década la Carnegie se ocupa de la conservación de estudios de estas ruinas, previo convenio con el gobierno".
–Catherwood hizo el resto, ya sabe… Este excelente dibujante inglés reprodujo las maravillas de la piedra; pintó lo labrado, lo esculpido. Pero no le haga favor si usted conoce como yo…
–Mire: solo me falta una cosa… Me falta conocer un detalle. Creo haber oído que Stephens, ya cansado de ajetreos, anduvo en tratos para comprar las ruinas y que la cantidad no era muy elevada. ¿Qué hay de ello?
–Exactamente, no sé… Dicen que con el propósito de trasladar las piedras a fin de fundar en Estados Unidos un gran museo, ofreció cincuenta dólares por Copán… y sus tesoros, por supuesto. Otro tanto, murmuran, sobre Palenque. Nada me consta, en firme, sin embargo.
Descendemos, planeamos, tocamos verde.
Desde que el licenciado don Diego García de Palacio, Oidor de la Audiencia de los Confines, escribiera en 1576 a Felipe II, Rey de España, su famosa carta diciéndole: "De unas ruinas y vestigios de gran población y de soberbios edificios" en el territorio de Copán, este nombre cuya etimología parece ser "puente" o "bandera retorcida" entre otros, ha despertado verdadera curiosidad de parte de científicos y viajeros a la sirga de descubrimientos emocionales. Dicha primera relación sobre tal "tierra de medio temple, harta de fertilidad y de mucha caza y pesca", ha sido la puerta abierta a las discusiones sobre el origen de la raza maya. Aún se debate sobre ello, se debatirá presumiblemente por siglos venideros y entretanto…
De Tegucigalpa, o Taguzgalpa como se le decía en los mapas viejos, a Tegus como en los nuevos, hasta Copán, el avión se toma unos cincuenta minutos. Antes, a lomo de mulas, tres o cuatro días de muy difícil andadura… Salvada esta distancia, pues… ¡nada!, el escenario se nos ha acercado para poderlo ver a otra luz, no es una visión parcial de gabinete, ya no son las especulaciones frías: es la vida, petrificada y todo, pero la vida que se nos pone delante para mostrarnos algunas de sus faces, la anquedad de sus términos, lo abolido de sus envites. Y es de la mano del doctor Gustavo Stromsvik, un noruego de 48 años, rubio, de lento hablar y ojos llenos de malicia que penetramos al conocimiento directo de la cultura copaneca y sus misterios.
El primer estudio intensivo de Copán –nos va diciendo don Gustavo, como se le llama respetuosamente– fue el del explorador inglés Alfred Percival Maudslay. Hacia 1881 de pura casualidad se enfrentó él con esto. ¿Qué dijo? Detenidamente se puso a descubrirlo todo, a hacerle fotos y dibujos y su entusiasta trabajo se vio coronado con los primeros descubrimientos.
Hemos avanzado del aeropuerto hacia las ruinas en un segundo; el anfiteatro monumental nos acoge con aire de reposo. He aquí el trabajo de los orfebres sedentarios, de los caladores de piedra. Monolitos imponentes, estatuas llenas de guiños, de rosas, de pinturas enigmáticas y como recubiertas de un betún secular. He aquí las gigantescas estelas, las maravillosas enredaderas de serpientes.
–El Museo de Peaboby, de la Universidad de Harward, puso sus ojos aquí a través de Maudslay. Algunas piezas que faltan allí están… Luego vino Spinden, quien en este sitio se inspiró para su bella obra Un estudio de Arte Maya. Cuatro expediciones organizó Peaboby; sus más importantes descubrimientos La Escalinata Jeroglífica. ¡Mírela!
Estábamos ante ella, en tierra de muertos. Ara y Urna simbólica, los escalones entre sí guardan una relación mística. Cocodrilos, guacamayos, tigres, repetidos hasta el infinito en una deliciosa piedra verde, a veces rosa. En lo alto una especie de templo desmantelado.
–¿Qué dicen esos signos? –pregunta un joven intrépido que ha ido recogiendo los nombres de los árboles que le rodean: jocatio, ojuiste, masica, guanacaste.
–Eso quisiera saber yo –susurra Don Gustavo con modestia. Y entonces se pone a ofrecer una descripción perfecta de toda esta endiablada materia, a señalar cuánto se repite el número cabalístico de los escalones, a precisar que hay tres mil jeroglíficos en la escalinata. Y cómo es de bella la forma de este conjunto a base de muertes y torturas.
–¿Es cierto que quien la descubrió murió aquí?
–Bueno… Fue Jonh G. Owens, en la expedición del 92 al 93, quien pudo apreciar en su plenitud este tesoro de escultura. Falleció en este lugar; más tarde les mostraré su tumba, pues él quiso ser enterrado en las propias ruinas. Dice su lápida: "un mártir de la ciencia", así es. Dice la gente… Pero los hombres de ciencia, claro, no deben…
Mi compañero de asiento en el avión se me acerca y…
–¡Hombre, es cierto! Maudslay era implacable; lo describía todo. Oiga usted este trozo de texto: "En cuanto pasó Semana Santa me imploraron que fuese a ver a un viejo que estaba sufriendo de 'goma'. En mi ignorancia pregunté qué podía ser 'goma' y me dijeron la respuesta satisfactoria de que era efectivamente 'goma' y mi torpeza al no comprenderles hizo que se quedaran con la boca abierta de admiración. Enseguida busqué en el diccionario la palabra, pero no pude encontrarla. Al fin, después de mucho preguntar, supe que era el término usado para los efectos que seguían a la borrachera y me negué a tener que hacer algo en el caso; pero me imploraron que fuese, pues temían que el hombre muriese y al ir a su choza lo encontré en muy malas condiciones. Parecía haber sido envenenado… etc., etc. ¿Se imagina usted. Esto solo puede hacerlo el espíritu de método? ¡Qué gracia!".
Caminábamos entre piedras labradas, algunas profusamente y nos acercábamos a esas estatuas gigantescas…
–Yo empecé a trabajar aquí –nos dice Stromski– en enero de 1935. En reecrecciones de estelas… La palabra estela, como ustedes saben, es griega; para arqueología maya significa especialmente columna de piedra erigida. Estas columnas, fíjense, están llenas literalmente de jeroglíficos, inscripciones, figuras humanas. Estas figuras copian personajes vivos; esas caras, existieron; sobre todo observen ustedes ¡qué manos! Se dice de ellas, de su lánguida prestancia, de éxtasis: estilo de Copán. Son excelsas.
–¿Y… hombres o mujeres? –preguntamos.
–Se distinguen por sus atributos; por ese ceñidor de caracoles, por los pectorales en greca. Representan jefes de la comunidad, los sacerdotes. Poco diferencia en las caras; los ojos parecen asiáticos; alguna boca denuncia el rasgo femenino… Sería la mujer del gran patriarca o algo así. En su oportunidad…
–Cuando usted llegó ¿cómo estaba esto?
–Lo primero que hicimos fue limpiar las ruinas de la espesa vegetación que las cubría. Después, ir levantando las estelas. Andaban por el suelo medio rotas. Algunas habían servido a gente despreocupada para ejercitarse en el tiro al blanco. Era preciso despejar su base a fin de restituirlas a su posición, con mucho cuidado, para no quebrar su fuste.
Stromski explica cómo en estos trabajos descubrieron las cámaras cruciformes que por lo regular se hayan bajo los monumentos, y en las cuales hallaron vasijas de barro, conchas, corales, cinabrio, ofrendas de cuentas de jade, etc. Allí, en una, encontraron también fragmentos de oro, las extremidades de una figura hueca, el engarce tal vez de un collar ex voto.
–Estos dos pedacitos es lo único de oro hallado hasta hoy día. En cuanto a los altares… Miren…
"Los altares, aunque están asociados por lo común a las estelas representan otra cosa… Son esas caras grotescas, con hundimiento en la cabeza (tal vez para quemar incienso) que aquí se ven… Algunos afectan figuras zoomórficas. Muy pesados; otras parecen un sepulcro. No cabe duda que su destino era ritual. Complementan el tributo. Y ahora veamos, hacia allá, los atrios y la acrópolis. Pasemos, voy a mostrarles cráneos de monos y…".
Pero seguimos preguntando sobre estelas. No es posible marchar de largo ante belleza tan perfilada. Inquirimos más y más. Solo el exquisito tacto de nuestro acompañante podría complacer el tenaz acoso.
–Yo creo que estas estelas son comparables con las mejores esculturas del mundo, sin duda alguna. Por ejemplo, la A, perteneciente al gran período de Copán, con su figura en el frente y tres lados de inscripciones y 52 bloques de glifos, la verdad verdadera, es única. ¿Y la no. 4? Por su estilo, la más avanzada; también la última que se construyó, la posición de los pies es perfecta; ha progresado considerablemente el gusto del artista… ¿Su altar? Ahí, ese es; esférico, un poco achatado… Se le dice comúnmente "la piedra de los sacrificios". Sí, aquí los hubo, este parece haber sido el lugar indicado para ellos. Su situación en el centro del atrio, a vista de todos los espectadores que se asentaban en las gradas del Anfiteatro.
–Se hacía una fiesta, un acto expiatorio, una ofrenda… ¿Qué?
–Bueno, señor, algo se haría… Mire ahora la estela H, según juicio de muchos enterados y conocedores, entre los monumentos de Copán es el único que representa en todas sus partes una figura femenina. ¿No le gusta a usted? ¡Qué rostro tan sensible! Su hermoso tocado muestra cómo vestía una mujer de rango en la época.
"¿Ve usted esa falda? Piel de jaguar; una red de cuentas de jade se adivina pendiente de su cinturón, por contraste con las borlas de las conchas y caracoles que llevan los hombres. Las sandalias sí son como las usadas por los jefes o magos."
–Algo le pende de esa mano.
–Su bastón de ceremonia. Pero no se mueva que le van a hacer una foto. En pose… Así se verá cuál es su altitud, por comparación.
A un lado del atrio oriental está La Escalinata de los Jaguares que conduce a una larga terraza cortada al medio y donde se incrusta la bien llamada Máscara de Venus, estos jaguares en los extremos de las gradas, muestran fauces coléricas; parece que dan guardia a la belleza de gran penacho que con su nariz aguileña y sus ojos asiáticos otea el viento, el futuro, su destino último. Labrados en un alto relieve sobre la pared vertical de la terraza, Maudslay ya los describió como "jaguares rampantes"; Galindo, así: "monstruos gigantescos cuya forma semeja la de enormes sapos en pie, brazos humanos, garras de tigre". Y vemos un rostro humano de gran tamaño metido dentro de las mandíbulas de una serpiente; y los símbolos de Venus proliferando en torno.
–¿Qué es lo que ha hecho más daño aquí? –preguntaron a Stromsvik, ya sobre la acrópolis.
–El río. Puede decirse que él ha arrastrado gran parte de estas ruinas en sus crecidas. Hicimos un dique en 1936. Ahora vamos a desviar su curso, pues tememos que socave los cimientos de este montículo. ¡Se ha llevado estelas, altares, piedras de sacrificios, etc.!
Pensamos; tal un coleccionista, pero solo decimos:
–¿Y el mayor descubrimiento?
–El juego de pelota, desde aquí se admira. Es una cancha muy amplia con sus argollas de piedra tallada, con sus marcadores circulares, pintados bellamente. Tiene una gradería muy amplia.
–Me he quedado perplejo ante una cabeza de anciano a la cual no se le ven más que dos dientes.
–¿Uno arriba y otro abajo? ¿Uno a la derecha y otro a la izquierda? ¡Ah! El símbolo de la vejez. Parece, señor que también ellos la temían.
Digo por cortesía al cuidador que nos acompaña:
–¿Qué tiempo le parece a usted que tenga todo esto?
–Señor, ¿para qué si el tiempo no tiene edad? –me contesta con un tono magnífico de humilde sabiduría–, ni la tiene ni la precisa.
–Sin embargo, se habla de que aquí hubo un gran congreso de matemáticos y astrólogos para reformar el calendario.
–Así es, y es lo justo, pues en esta tierra se inventó dos o tres siglos antes de Cristo. Vea: ese altar conmemora el suceso.
Medité en ello, pero sin echar en saco roto que los inventores del calendario no sabían una palabra de la rueda, lo cual, a mis ojos, era lógico, su poesía les apartaba de todo sentido material de las cosas.
–Hemos vuelto, entramos en San José de Copán. Se asegura que este pueblito está literalmente asentado sobre las ruinas. Los "pencos" nos miran como diciendo: "Un día de tantos se llevarán hasta la fuente de la plaza…". La cual, por cierto, es muy hermosa, pero no auténtica.
En la pensión "maya" donde vamos a comer, se nos acerca Donaldo. Es un chico avispado, despierto. Le digo que iba a verse con dificultades si por acaso llegaba ahí un gringo de nombre Aldo (lo que no es extraño) y al cual ellos, con su buena educación innata, llamarían de seguro don Aldo. Respondió: "Si es por eso que me llamo así; ya estuvo el señor y lo quisimos mucho. Trabajaba con las piedras de sol a sol. Murió… Mi mamá, entonces, porque yo no era bautizado, en su recuerdo hizo propósito… Cumplido está".
–Oye Donaldo ¿y don Aldo qué opinaba de las piedras?
–Pues bueno; decía que todo ello significaba algo, que esas caras tan asustadas por algo estarían y que quién sabe si detrás de esas caretas no estarían mirándonos como violadores de tumbas, y profanadores de sitios sagrados. Don Aldo hablaba solo algunas veces. Le oí decir un día: "¿Y si lo que buscamos no apareciera jamás?" –a la sazón que se miraba al espejo, sacándose la lengua en tono de mofa a sí mismo–. Por último se pasaba el tiempo murmurando: "el enigma burlón, el enigma burlón…". Creo que estaba loco.
En el museo que hay en el pueblo, más tarde vi puntas de obsidiana para talar y hojillas destinadas a la rasuración; dientes con jade incrustados, espesas telas, huesos reconstruidos… Vasos preciosos y cerámica de intenso color, llenan vitrinas. En una pared, un gran murciélago de piedra con poderosos órganos reproductores, saluda a los visitantes en manifiesto desenfado. Pequeños jaguares me miraban con ojos sarcásticos; desde su tumba, muy sonreído, un esqueleto atento. Por la noche a la hora del reposo, me puse a pensar en el burlón enigma, en eso que por mucho que queramos parece no podemos penetrar. Y se alzaron junto a mi lecho estrecho, torsos de vestales agitando burlas y los cuatro eunucos que están custodiándolas siempre.
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