La fecunda diversidad

Basilia Papastamatíu

A pesar de que hay una extendida comprensión de la necesidad de romper el aislamiento que incomunica a las literaturas de los países de nuestro continente, lo cierto es que el conocimiento de sus escritores apenas sobrepasa sus respectivas fronteras, con excepción de los que han llegado a ser publicados por las grandes editoriales de presencia internacional. Pero los autores que no cumplen las actuales exigencias del mercado, aunque lleguen a ser leídos y reconocidos por sus compatriotas gracias a abnegados editores locales que apuestan por la cultura y aún sobreviven, este reconocimiento apenas trasciende más allá de su región. Es por tanto alentador que en Cuba el Fondo Editorial de Casa de las Américas y la Editorial Arte y Literatura se estén esmerando por publicar y difundir obras literarias latinoamericanas de calidad y significación especial. Y entre ellas ocupan un destacado espacio las de autores argentinos. Por eso creo útil señalar brevemente algunas de las características de la literatura argentina actual, aproximadamente desde la segunda mitad del siglo XX.

Primero hay que decir que además de ser una de las más prolíficas y valiosas en lengua castellana, exhibe una gran diversidad estética y temática. Eso puede deberse a la misma heterogeneidad y multiculturalidad del pueblo argentino, por las sucesivas oleadas de inmigrantes llegados al país desde todas las latitudes y de las más distintas etnias, lenguas, costumbres, creencias y estratos sociales.

Porque este origen múltiple –que hizo que convivieran con la mayor naturalidad el ganadero inglés y el médico judío con el comerciante libanés, el tintorero japonés y el sindicalista italiano– ha promovido seguramente ese espíritu curioso y abierto de la mayoría de los argentinos, que los hace aceptar y asimilar fácilmente hasta hacerlo propio lo que antes era desconocido y ajeno, a ser placenteramente receptivos de todo lo diferente y novedoso, –incluida la frivolidad de lo que es el último grito de la moda, de lo que está adelante, en punta–, por su avidez de transformación y renovación continua. Esto tan sintomático de la sociedad argentina y  que tiene de bueno impulsar el cambio y el progreso, se da también naturalmente en la literatura.

La argentina es, como escribiera Héctor Libertella, una "literatura bajada de los barcos que vinieron de todas partes y orientada hacia el vacío. En su voracidad de lectura cualquier cosa le está permitida... Desde un referente más o menos reconocible hasta la elaboración de un imaginario siniestro, desde una sintaxis preñada hasta un naturalismo que ahora es absoluta naturalidad del narrar". El mismo Libertella fue un ejemplo en su narrativa de esa voluntad de recreación continua del lenguaje literario.

Este prurito generalizado por tratar de ser diferente, tener una voz propia e inédita, hizo que a partir de la eclosión de las vanguardias de principios del siglo XX, los escritores argentinos se sumaran enseguida a esa revolución estética; y al menos dos de ellos figuran ya innegablemente entre los más grandes y definitivos renovadores de las letras universales: Borges y Cortázar. Y me atrevería a añadir ahora a Ricardo Piglia, quien acaba de recibir con toda justicia el Premio Internacional Rómulo Gallegos.

Este espíritu de ruptura e innovación se evidenció más en la poesía, como en ese notable precursor que fue Oliverio Girondo y el grupo de los surrealistas con Enrique Molina y Aldo Pellegrini. Y dentro de esta tendencia transformadora queremos mencionar a Leónidas y Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlonguer, Arturo Carreras, Ricardo Zelarayán, Jorge Santiago Perednik, y a Juan Gelman, quienes han sabido alcanzar una  extrema creatividad empleando más diversos, desde los más sofisticados hasta los de la más popular cotidianidad.

Del mismo modo, en la narrativa la escritura se ejerce, en su mayor parte, de un modo nada convencional. Hasta las historias que abordan los temas más acostumbrados como el amor, la muerte o la guerra, los acontecimientos históricos, los conflictos psicológicos o la denuncia social –que estamos acostumbrados a ver tratados con un discurso realista y lógico sin complicaciones y con un mensaje transparente–, solemos, sin embargo, encontrarlas expuestas, en los autores argentinos, desde ángulos desacostumbrados, con un enfoque perturbado y perturbador. No se conforman con presentar convencionalmente los contenidos que narran, sean situaciones sentimentales o cotidianas, intolerables o grotescas, sino que les otorgan un relieve singular atravesándolas por la rebeldía de una escritura inconforme y transgresora. Así tenemos escritores que van desde el naturalismo de un extremo compromiso social, en David Viñas;  que exponen las inquietantes sinuosidades de realidades y episodios normalmente ocultos, como Antonio Di Benedetto; también ese magnífico expresionismo de la marginalidad de El frasquito de Luis Guzmán, las construcciones fantásticas de Angélica Gorodischer  e igualmente  lo insólito cotidiano de Rodolfo Fogwill.

Una de las características de la literatura argentina que más revela su tendencia libertaria, su no sumisión a normas o cánones, es el haber hecho poco caso de los marcos genéricos. Es llamativo que desde hace ya mucho más de un siglo, bastante antes de que en estas últimas décadas denominadas posmodernas se hablara de la desaparición de los géneros como gran novedad, de un modo frecuente los autores argentinos emprendieron la disolución de los géneros, su mezcla o fusión, o directamente asumieron la indefinición clasificatoria de sus obras. Dijo al respecto Juan José Saer: "… empezamos a ver que la tradición argentina es de marginales, gente que está en una estética o poética de ruptura. Incluso con los géneros. El Facundo, por ejemplo, no se sabe si es una novela. El Martín Fierro, todavía se está discutiendo… Para seguir: Macedonio Fernández, totalmente inclasificable, Martínez Estrada, también inclasificable, y podemos decir lo mismo de Oliverio Girondo, de Juan L. Ortiz y del mismo Borges, con una literatura inesperada en el contexto en el que aparece… Yo no estoy en guerra con la tradición. De lo que estoy en contra es del conformismo literario".

Y esta tendencia generalizada ha continuado extendiéndose y ahondándose hasta ahora. Y no sólo en relación con los géneros literarios propiamente dichos sino también en forma de mezcla o integración de diferentes prácticas de la escritura que incluyen la histórica y la periodística. Por ejemplo, el ejercicio específico de la denominada literatura testimonial –en Cuba muy en boga en las primeras décadas de la Revolución, con El Cimarrón de Barnet a la cabeza–, ya en 1957, en Argentina, había tenido igualmente una impresionante muestra con Operación masacre de Rodolfo Walsh, a la que siguieron otros textos del mismo Walsh y de otros autores; tendencia que se ha continuado hasta ahora por la fuerte necesidad de poner al descubierto los crímenes cometidos por las sucesivas dictaduras militares, y para contribuir a la reinterpretación de una historia nacional silenciada o distorsionada durante tanto tiempo, en particular en lo referente al movimiento popular peronista, las acciones genocidas, las huellas dejadas por la represión y el exilio o la guerra de las Malvinas –como lo vemos en los libros recién publicados por la Editorial Arte y Literatura: Malvinas. Diario del regreso, de Edgardo Esteban, y Sucesos argentinos, de Vicente Batista.

Por último, creo justo no dejar de mencionar a importantes escritoras que realizan, como bien señalaba recientemente Mario Goloboff en Página 12, "un proceso de vinculación muy íntima entre política y literatura, entre feminidad e historia… depositarias, diría antropológicas, de la memoria", como es el caso de Tununa Mercado, Luisa Valenzuela, Liliana Heer o Estela Calloni –de quienes también se han publicado textos en Cuba.

Sirvan pues estas palabras como una tácita invitación a los lectores para que conozcan más de literatura argentina y comprueben así esa originalidad y riqueza de que sigue haciendo gala hasta nuestros días. Una sola recomendación más: la lectura de dos útiles antologías: Narrativa argentina contemporánea (Arte y Literatura) y El arcano o el arca no. Poesía argentina de fin de siglo (Fondo editorial Casa de las Américas).