El papel de lija
Con El papel de lija, el joven escritor puertorriqueño Alejandro Carpio obtuvo el Accésit del Premio Latinoamericano y Caribeño de Novela Alba Narrativa 2011, por decisión de un jurado presidido por el argentino Vicente Batistta e integrado además por el cubano Reynaldo González y la venezolana Sol Linares. La Editorial Arte y Literatura pondrá a la venta este libro en la venidera XXI Feria Internacional del Libro de La Habana, que homenajeará a las culturas del Gran Caribe. La Letra del Escriba les propone como adelanto un capítulo de la novela.
Alejandro Carpio es además de escritor, actor y profesor. Es autor de cuentos, novelas, reseñas literarias y obras de teatro.
Alejandro Carpio
El papel de lija no es otra cosa que un trozo de papel que tiene en la superficie algún tipo de abrasivo. Este puede ser polvo de vidrio, alúmina, esmeril, granate o algún otro. Tiene varias funciones, como se sabe. La más común es, por supuesto, lijar: limar los desperfectos mínimos de una superficie para que quede lisa y agradable al tacto. Una superficie que no haya sido lijada podría raspar la piel. Otra de las funciones más comunes del papel de lija consiste en desgastar o desprender una superficie para que quede al aire otra superficie que estaba escondida. Por ejemplo, si algo se pinta de un color no deseado, la capa de pintura puede quitarse suministrándole un buen raspado con papel de lija. Puede así traer a la luz la verdadera naturaleza de un objeto. "Verdadera", claro, es aquí un término superficial.
El tema con el papel de lija es que hay capas que no se pueden lijar y hay otras que no solo se pueden sino que se deben lijar. Tomemos el primer caso. La epidermis no se puede lijar. No solo por el dolor, sino porque es una capa necesaria. Una piel áspera no se puede alisar, y, por la misma razón, pensar que Tirado hubiese podido desbastar su vastedad hubiese sido una total pérdida de tiempo. No se puede. Tomemos el segundo caso. Cualquier objeto de madera que vaya a estar en contacto con la epidermis se debe lijar, para no hacerle daño a esta. Vemos aquí una conexión.
Sería prolijo rastrear la procedencia del papel de lija con el que el gordo le daba, si no forma, al menos pulimento, al cúmulo de objetos al que le dedicaba sus horas libres. Pero prolijeemos. Como se sabe, uno de los epicentros de la sacudida industrial asiática es India. Con oficinas en Bombay, Batin Abrasives todavía mantiene una planta en el sur de Jalandhar, la cual produce, principalmente, papel de lija, discos de lija, papel impermeable, lija de esmeril, y otros. De ahí, las hojas pasan hasta Bombay, en donde varios suplidores se hacen cargo de los productos, según su inventario; esto significa que viajarán por el sistema ferroviario indio unos mil seiscientos kilómetros, más o menos. El mecanismo administrativo del estado se encarga de velar por que los barcos –como el nuestro– que salen del célebre Nhava Sheva lleguen a su destino. De ahí, embarca por el hermoso mar Arábigo unos tres mil doscientos kilómetros, pasa por el sur de Omán y titubea antes de atisbar el Cuerno de África, cuyas aguas mojan el pie y la calcinada pata de palo de algún pirata. Cruza, sin partirlo, el mar Rojo de las Escrituras, y rebasa las coordenadas infieles mediante un conveniente invento llamado el Canal de Suez, a través del cual puede llegar a navegar el Mediterráneo turquesa bajo el amparo del continente europeo. No habría que precisar en cuántos puertos debe pagar aduana, ni qué porcentaje de su mercancía va quedándose en los distintos puertos. Desde Gibraltar lo recibe con brazos abiertos el Atlántico, y ya de ahí es cosa de tiempo en lo que llega a la Autoridad de Puertos de Nueva York. Ya en este punto, los marineros están hastiados hasta la locura y se quieren ir a la madre que los parió. En cuestión de nada llega a la bella isla que vio nacer al teniente Tirado.
En vez de ponderar acerca del significado de todo este viaje, y acerca del funcionamiento de la "mano invisible del mercado", sería provechoso captar el significado íntimo del rol que ocupan los abrasivos en el orden de las cosas. De acuerdo con ciertas escuelas hermenéuticas, los textos –metonimia del conocimiento mayúsculo– están hechos de capas. El dato curioso es que la palabra "texto" se refiere a los "textiles", a los materiales estratificados en los cuales antaño se escribía. Pues, añaden las escuelas, resulta que las capas exteriores proveen una intuición parcial del verdadero significado de los textos. De más está decir que el panorama se complica cuando los textos referidos son lo que en inglés designan "Holy Writ". Es el rol de los abrasivos, del papel de lija, por ejemplo, raspar la conspicua exterioridad del conocimiento a la zaga de sus significados escondidos. Anulado el ripio, subsiste una naturaleza rasa que dormía bajo la escabrosidad de la letra.
Y sí. El único pasatiempo de Tirado era construir objetos de madera. Los objetos podían ser desde pequeños muebles inutilizables hasta piezas decorativas de diversos tamaños. Tallar, clavar y pegar eran las actividades que mejor despejaban la mente de Tirado de su afanoso día a día, del tumulto al que el destino se había encaprichado en sumirlo. Quienes único sabían de este recreo eran Evelyn y, por supuesto, Tirado.
Le servía de taller una covacha atropellada que antaño se empleaba como un depósito de chatarra. La habilitación había sido mínima, pero el teniente podía dedicarse a su recreo con cierta comodidad. Nunca barría el aserrín del piso, y le tenía terminantemente prohibido a su mujer que limpiase el tallercito. No estaba bajo su jurisdicción, bromeaba. La carcoma rubia y castaña formaba pequeños montículos, como hormigueros de insectos fingidos, y llegó a pasarle por la mente al teniente la posibilidad de leer el porvenir en las orlas que formaban el viento y las pisadas sobre la superficie del suelo.
El objeto que merecía la atención de Tirado era una de sus obras más artesanales. Se trataba de un regalo que le daría próximamente a su mujer, en honor de su aniversario número veintidós. Evelyn había heredado la costumbre de mantener su enorme Biblia abierta sobre la mesa de noche; la costumbre implicaba axiomáticamente que el Libro no sería leído, pero que permanecería como poderoso talismán, abierto en un lugar cualquiera. El teniente Tirado pensaba regalarle a su esposa un estante para su Biblia, de manera que reposara en un ángulo oblicuo, y no en la acostumbrada posición horizontal. Le pareció conveniente tallarle un diseño en la superficie reclinada, y luego de considerar varios esquemas de escenas venerables, sopesó su naciente destreza con la complejidad de la empresa, y optó por un espiral. Si la ejecución resultaba agradable, habría de decir que se trataba de un caracol.
Cuando llegó de trabajar, se metió en la covacha y retomó la faena. Le pareció que ya el tallado estaba terminado, y que debía empezar a suavizar la madera. Para esto usaría papel de lija.
Tirado, en su pringosa magnitud, como un toro alicaído en medio de la pista, trabajaba sentado en el forraje de aserrín, frotando un pequeño tubo de papel de lija por entre las curvas de un ensortijado respaldo de madera. A medida que la madera cedía el polvillo, Tirado soplaba. Rodeado de potes de pegamento, cajas de clavos, dos martillos, una regla y varios lápices, parecía una enorme energía primaria que arrojaba al viento el polen del diseño espiral.
Las horas pasan imperceptiblemente cuando se talla y se lija. Tirado hacía breves pausas cada seis o siete minutos para tomar, con dedos arenosos, una dona de chocolate que engullía casi de un bocado. Evelyn sabía que debía tocar antes de entrar.
–Adelante –dijo el teniente sosteniendo el regalo detrás de su ampulosa espalda.
–Teléfono –dijo ella desde afuera.
La presencia de Tirado en su propia sala era un evento. Ancho, polvoriento, con las comisuras de la boca chocolatosas, tomaba el teléfono y decía "aló". Su esposa guisaba dos pollos en una cacerola de acero inoxidable.
–Necesito que venga urgentemente. Es Amanda. Tengo que decirle algo muy importante, ¡y no puede ser por teléfono!
El dramatismo de la última frase se enfatizó con el hecho de que colgara luego de pronunciarla. Tirado devolvió el auricular a su posición de descanso. Tomó un cucharón de madera y lo metió en la cacerola.
–Está bueno. Un poco más de sal.
–No puedes estar comiendo tanta sal.
–Me tengo que ir. Vuelvo en un rato. Me llevo las donas.
Las altas horas de la madrugada son las que aprovechan los malhechores para subvertir la simetría que han armado los hombres de bien. Son las horas en que surten, como macizas burbujas embrujadas, las arrugas de la esfera terrestre, los desniveles que apelamos con el término "crimen". En estas horas vela Tirado, ese gran casimir justiciero que tuerce los dobleces de la maldad hasta hacerlos fibra de saco. Luego llena el saco con la arenilla delictiva y lo arroja en la cárcel, adonde va a acompañar a otros sacos que integran la trinchera de los culpables.
El teniente hizo una corta parada para comprarse un refresco, ya que las donas le habían desecado la garganta. El encargado de la tienda nocturna nunca lo había visto. No pudo esconder ni su sorpresa ni el miedo que experimentó cuando un joven enmascarado le ordenó que le diese una de las botellas de vodka que estaban a su espalda. Se sobrentendía que no tenía intención de pagársela, y, a juzgar por la máscara del Hombre Araña con la que disimulaba su identidad, no debía ser un criminal peligrosísimo. Mientras sucedía esto, Tirado rellenaba su gigantesco vaso de refresco en una máquina que estaba a un costado. Tirado era un mastodonte abrumador y trémulo, y representaba la ponderosidad de la justicia.
Una señora que compraba pan se paralizó; el encargado venció el sobresalto inicial, y pareció reconocer al asaltante. Le pidió que se calmara, a lo que el otro contestó con el destello de un arma blanca. La señora paralizada recobró la movilidad mediante los estertores de la titilación. Tirado increpó al Hombre Araña, que estaba de espaldas a él:
–¡Está bajo arresto!
El asaltante se viró y abarcó con la mirada la amplitud del teniente. El sobrecogimiento sofocó su borrachera, y ante la amenaza del inmenso hombre que empuñaba el vaso de refresco, recapacitó.
–Está bien. No quiero problemas. Mire. El arma es de mentira.
Se apuñaleó ligeramente, como para demostrar que era un cuchillo de goma. No lo era. Minutos después de escapar se dirigía a una sala de emergencia, con una herida autoinfligida. En la tienda, la señora temblorosa agradecía el heroísmo del gordo. El encargado también lo felicitaba. Ambos hablaban profusamente, como queriendo exorcizar el miedo mediante la palabra. Querían conversar con su benefactor. Con su protector.
Pero Tirado sabía que debía irse. Tenía una cita con el deber.
A la puerta apareció un cuerpecito que ya resultaba familiar.
–Lo llamé porque... porque –dijo Amanda, y pegó un grito que se transformó, con la industria de la neurosis mujeril, en un desconsolado y tierno llanto–. ¡Qué bueno que llegó, que alegría que llegó!
Ceñida al cuerpo de Tirado, semejaba un ciempiés abrazado a un jabalí. Ambos entraron a la casa y se sentaron en los muebles que otrora ocuparan.
–Cuando vino, le dije algunas cosas... inexactas. Estaba asustada, confundida. No se crea que le mentí, no. Pero le oculté ciertos detallitos que debería saber.
–Sí, señorita Delgado. Adelante.
–Antes de decirle, ¿me promete que no me va a juzgar?
–No, para nada, señorita. Para nada.
–Pues –empezó Amanda, soplándose la nariz- Stevenson estaba enamorado de mí. Usted no lo conoció, pero podía llegar a ser muy dulce. Yo traté de esconder mis sentimientos. Hice lo posible. Mi carrera artística se hubiera visto afectada por estar con él. Imagínese, si yo tengo novio, ¿a quién le voy a interesar? Pero necesito desahogarme, y confío en usted. Usted, usted, usted me recuerda a Stevenson. Y no me confunda. No soy una tonta, no; lo que pasa es que ¡me siento tan sola! Y yo sé que fue ese hombre, yo sé que fue él quien lo mató.
–¿Qué hombre? –preguntó Tirado, apartando de sí delicadamente a Amanda, que pretendía escalarlo.
–¡Bógovich, yo sé que fue Bógovich! –dijo, con lágrimas en los ojos.
–¿Bajaseavich?
–Sí, y fue por ese maldito libro. Él quería que se lo vendiera, e insistía e insistía. Stevenson no quería porque me lo había regalado. Era un regalo de amor, decía. Pero Bajavich venía y lo intimidaba. Cada vez era más violento; la última vez le pegó. Y Stevenson no era un bravucón, era un hombre sensible, un hombre de paz. Él nunca le hizo daño a nadie. ¡Y Bajavich lo mató!
–Bajaseavich.
–Ba-ja ¿sea? ¿Vich?
–Pérez-Bajaseavich.
–El día que se murió, Stevenson había ido a verme a la feria agrícola. Desde la tarima pude ver que hablaba con distintas personas, pero no me fijé con quiénes. Lo vi tras bastidores y se notaba tenso. Yo estaba molesta por una discusión que habíamos tenido, pero jamás imaginé que no lo volvería a ver con vida. Habíamos discutido porque yo sugerí venderle el libro a ese homicida, a ese infeliz, pero él reaccionó agresivamente. Nunca lo había visto así.
–¿Bajaseavich quería que le vendieran un libro?
–Era como un truco de magia. Era así de flaquito y las páginas no se le acababan. Uno le hacía así –indicó como chasqueando los dedos, haciendo el gesto de pasar el pulgar por el corte de las hojas– y las páginas salían y salían.
–¿Cómo dijo?
–Yo no sé, nunca lo leí porque las letras eran de un idioma que no entendía. Yo creo que estaba en chino. Lo que sí era interesante era eso de que
salían y salían. Y los números estaban a lo loco. Uno pasaba de la página dos a la tres, y cuando volvía a la dos, era la mil quinientas no sé qué. Era como un truco de magia. Como una de esas bromas.
Tirado tenía la cara mantecosa.
–¿Y qué hizo con el libro?
–A ese desgraciado nunca se lo iba a dar. Ayer puse un clasificado en el periódico y se lo vendí hoy a un tipo por doscientos dólares.
–¿Se acuerda el nombre de la persona a la que se lo vendió?
–No. Era argentino. ¿Quiere algo de tomar? ¿Un refresco?
–No, gracias.
–¿Y un flancito? –preguntó, enjugándose las lágrimas–. ¿Se comería un flancito de coco?
–Está bien –contestó el gordinflón, después de una breve pausa.
Amanda sirvió el flan con una congoja aquietada que revelaba que el tiempo había sanado algunas heridas. Era un rito luctuoso, un acto vicario que hacía del teniente un plenipotenciario del desfallecido enamorado de Amanda.
–Así que Bajaseavich quería un libro chino de Stevenson.
–Bueno, el libro no era de Stevenson. Él lo había encontrado en la sección de objetos perdidos de la línea aérea. Él tenía la mala costumbre de abrir los paquetes. No crea que yo se lo fomentaba. Discutimos en más de una ocasión por esta mala maña suya.
–¿Y nadie reclamó el libro?
–Pues el Bajaseavich dio con nosotros, como le decía. Pero Stevenson sabía quién era el dueño del libro. Parece que el remitente del paquete o la persona que lo registró en la línea aérea se equivocó con el número de rastreo. En vez de 651 terminaba en 561, o algo así, y por eso lo mandaron en el avión equivocado.
–Y el avión lo tumbaron. O se cayó.
–¿Cómo lo sabía?
–Es mi trabajo saberlo –dijo el gordo, con un residuo de flan saliéndosele del labio.
–Dígame algo, teniente. Séame sincero. ¿Cree que soy bonita?
–Eh, sí, por supuesto.
Amanda inquirió profundamente en los ojos de Tirado; recibió paz, esa almibarada sensación de correspondencia con lo particular del universo. Se levantó, con los ojos aún voluptuosos de dolor, y retiró el platillo del flan. Cuando se sentó de nuevo, tenía un vaso cristalino lleno de un licor embriagante.
–¿Cómo se hizo policía, teniente? ¿Qué lo llevó a querer ser un paladín de la justicia?
Tirado tomó aire y resopló como un leviatán antiguo. No le iba a contar; a ella, no; no esa noche. Pero hacía más de una década y media, cuando apenas pesaba ciento cuarenta kilos, Tirado caminaba mustiamente por las calles de Santurce, con toda la gravedad de sentirse humano acordonándolo como un desmedido trompo listo para girar por los tapices nocturnos. Para girar desorbitadamente. Para bailar abultadamente sobre su propio eje y caer desplomado por la debilidad creciente de su fuerza centrífuga. La noche lo saludaba, aquella noche, con una desesperación que se repetía en los ecos sordos de cada calle y cada ventana. La soledad se revelaba en el silencio. Tirado marchaba al compás de una bancarrota afónica.
Cuatro años y medio de un bachillerato concluso y año y medio de una maestría irresuelta. Su vida se medía con mitades y remiendos. Al organizarla, a veces le sobraba medio dólar, y la mayor parte de las veces se quedaba corto por la misma cantidad. "He medido mi vida con mitades y remiendos", solía decirle –aunque en otros términos– a su ofuscada Evelyn, la Evelyn que lo acompañó en los momentos de miseria. Y un día, mientras divagaba sentado en un banco, un papel, una idea, le azotó la cara. El viento le susurraba "Policía de Puerto Rico", y pudo presentir la melodía trítona del número telefónico. La contestación a sus problemas, como siempre pasa, era la más sencilla. Sólo tuvo que discar 9-1-1.
La uniformada recibió su solicitud entusiastamente. El bachillerato en ciencias generales –con no muy buenas notas– se enriquecía, ante los ojos de la Agencia, con los cursos graduados. La solicitud parecía sugerir vagamente la posibilidad de un sujeto con miras a la superación. Amortiguó sin duda el sobresalto que causaría la entrevista, y sirvió una y otra vez como un escapulario que haría obviar su deplorable desempeño en los exámenes físicos.
Nadie supo exactamente cómo le dieron el rango de teniente. Hubo rumores. Ahora bien, también es cierto que nadie cuestionó seriamente su capacidad de resolver los crímenes más resbaladizos. Nadie, excepto sus superiores. Pero incluso ellos debían guardar silencio –las denegaciones de aumento salarial y de otro aumento de rango las tuvieron que deslizar por lo bajo– cuando vez tras vez se resolvían los casos de Tirado. ¿Pero de qué le servía su pericia, si era interpretada como un constante y precario golpe de suerte? A veces la rivalidad con sus compañeros amenazaba con amordazar su carrera, su vida. Pero él no iba a desertar, no le iba a fallar a su placa, a su Ladysmith 38, al gran libro de la vida y la justicia; ni a Evelyn, no iba a fallarle a Evelyn.
–¿Quiere otro flan? –preguntaba Amanda, como un último conato de alcanzar la felicidad. Tirado se levantó de su silla, brutal y gigantesco, besó a Amanda en la muñeca, y se dio media vuelta.
La puerta se cerraba fatalmente frente a una mirada melancólica y acalorada. El teniente le daba la espalda a una mujer que recién conocía, pero que hubiera dado la vida por él. Una mujer que lo amaba.
Habían llovido decenas de gotas melancólicas. La brea triste y oscura de la noche era el único cielo que tenían los hombres; un suelo sucio, a sus pies. El sonido de una trompeta no podía ocultar, como ratoneras que estallan con sordina, las teclas de un piano ahogado descubiertas por las pisadas que dejaba Tirado bajo la calle nocturna.
Tirado caminaba triste, gordo, con una colilla de cigarrillo en la mano. No tenía el corazón de tirarla al suelo. Era un romántico. |