El metodicón (fragmento)
Una bomba en la sección de autoayuda
I. Rodríguez
Fernando J. Elizondo confiesa que su vida es dual. En el día hace ingeniería y la noche la dedica al arte y la literatura. Pienso en una ingeniería de la literatura y dentro de esta, en un interés por explorar las posibilidades de la detonación. Abrirle huecos a la literatura, por donde se derrame todo y se contamine de la tierra donde cayó. Que a su vez quede embarrada de la sustancia viscosa literatura. Alentar una masacre para contaminar ambas instancias. Algunos libros hacen eso como si con ellos no fuera. Estructuras de límites imposibles, bombas portátiles de apariencia amable. Libros-iceberg.
Ese es el caso con El metodicón (Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 2006), que los lectores cubanos pueden encontrar en la biblioteca de Casa de las Américas. Lo que este libro quiere es que la literatura lo devore todo, se encripte en todo. Convertir sus límites con la realidad en un asunto prehistórico. Actualizar aquello de que la literatura está en todas partes, tanto que puede llegar a volverse imperceptible. Quizá por eso el libro empieza proponiéndonos el método de crear historias a partir de visiones que no existen: la mancha como metáfora de la infinitud de posibilidades en el campo de la escritura y, de paso, en plan línea-inofensiva, el verdadero tip en lo concerniente a este "método del piquete de ojos" y, me sospecho, al libro completo: eso de ser "afecto al autoengaño sensorial".
Según su autor, El metodicón pretende ser una parodia de los libros de recetas para escribir, que se articula mediante la exposición de "métodos" en clave narrativa. Una parodia exprimida hasta las últimas consecuencias: si a pesar de todo uno quisiera extraer de su lectura un saldo instructivo per se, tendría que asumir la mayoría de los textos más bien como anti-métodos, consejos de lo que no hay que tratar de hacer en literatura.
Y al mismo tiempo, esto último es solo una interpretación personal: fiel al buen gusto de no explicar el chiste, el autor busca desaparecer lo más posible del libro, y que este pueda ser leído de múltiples maneras, desde el fervor por la panacea descubierta hasta el más atroz desprecio hacia otro sistema de escritura en lata.
Esa responsabilidad de discernimiento por parte del lector se hace patente, sobre todo, en la variedad de narradores empleados: ello impide la construcción rápida, tras los primeros textos, de un solo y cómodo lugar para leer: narradores neutrales, antipáticos o fóbico-maníacos, se alternan con el uso frecuente de narradores ingenuos, que entonan loas sinceras allí donde lo único evidente es el dulce olor de la mierda. Las alabanzas devienen fuego cruzado y las intenciones belicosas del autor se van intensificando hasta convertirse en una verdadera escalada de violencia contra la fauna que merodea o chupa de la literatura: críticos (¿metaliteratura o metafraude?), faranduleros que quieren "pertenecer al 'mundo de las letras' sin cometer el pecado de la lectura", la máquina de la literatura industrial devenida canon, los escritores "científicos", decaloguistas, coordinadores de talleres (porque "el camino es el estudio y el trabajo"), presentadores, escritores de viajes obsesionados con la veracidad, literatura masturbatoria y ano-lógica, cabalísticos, místico-metatrancosos que descubren los principios de su obra maestra mientras buscan alguna revelación entre los pelos púbicos de sus fuentes de inspiración… Un afable baño de sangre. Un paisaje mental lleno de vísceras ilustres y piezas de máquinas descontinuadas. Juguetes para (re)armar.
En cualquier caso, más que una recopilación de fórmulas de escritura, El Metodicón es una ojeada a todo lo que sea generación de texto, incluyendo formas "paraliterarias" como los prospectos publicitarios, el sexo, el sectarismo o los discursos de presentación. Si tales hechos pueden ser experimentados como literatura (según sugiere su presencia en este libro), entonces sus protagonistas se pueden ver también como escritores. Así queda planteada la cuestión de los límites imprecisos del concepto y rol del "escritor". El mismo Fernando J. Elizondo consigue su crédito de autor a partir de la constatación de lo que "escriben" los demás: el autor es un oportunista hablando de 14 oportunistas más, y es, en mayor o menos medida, cada uno de ellos: el crítico de arte, el sectario, el orador.
El Metodicón también podría ser leído como manual de instrucciones y como versión demo de un juego que funciona a distintos niveles de complejidad, interconectados entre sí. El propio Elizondo desliza esa idea: desde ciertos submétodos mencionados de pasada, a manera de piezas dentro de un engranaje más amplio (el método de las recetas de cocina dentro del método de la pesadilla, por ejemplo), hasta un par de casos que sintetizan varias fórmulas en una sola, como "el método de la crítica de arte"1y "el método metódico". Ambas recetas estarían apuntando esa dimensión macro de la que el libro completo, el meta-método, es el ejemplo por excelencia.
Ahí termina la versión demo y queda claro que ese "mapeo", la mera identificación de métodos de escritura, es solo un primer nivel para principiantes. El asunto se complica en la medida en que uno empieza a encontrar recombinaciones y relaciones bizarras entre los 14 métodos "primarios" y, enseguida, entre estos y dichas recombinaciones, y de recombinaciones entre sí, etc.: así emerge una zona de posibilidades en expansión y se anuncia ese universo de ramificaciones imprevisibles e ilimitadas que para mí es el saldo más significativo del libro: El metodicón como matriz. "El causante nunca sabe en manos de qué loco terminarán sus ideas". O en qué pueden llegar a transformarse. Estructuras de límites imposibles. Bombas portátiles de apariencia amable. Pienso en el método de la literatura total.
1 "…lo que resulta de una crítica de una obra de arte ya está a dos niveles de distancia de la realidad, lo cual convierte a la crítica, de cierta forma, en literatura".
Fernado J. Elizondo
EL MÉTODO DEL PIQUETE DE OJOS
Como una obsesión, como un tic, como una evasión fue desarrollando una técnica de escritura basada en crear historias a partir de visiones inexistentes.
En la adolescencia, cuando en una prueba de orientación vocacional le aplicaron un test de Rorschach, se sorprendió: ¡decir algo a partir de una imagen informe! Esto por un lado le recordó los viajes con sus padres en los que leían nubes, y por otro le resultaba muy fácil hilar una historia a partir de una mancha.
Las pruebas indicaron que debería ser veterinario. ¿Quién iba a imaginar que terminaría de historiador?, realmente la anatomía y la fisiología animal no se le quedaban y la farmacología definitivamente menos.
Fue mientras estudiaba para un examen de fisiología cuando uno de sus compañeros le describió el método para inducir alucinaciones visuales aplicando presión a los ojos.
Siempre buscó la vida sana, pero le gustaban las percepciones sensoriales atípicas, artificiales; en fin, era afecto al autoengaño sensorial: sexo sin pareja, ruidos sin sonido, imágenes sin luz.
Cerró sus párpados, y con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda oprimió sus ojos hasta que las imágenes empezaron a llegar...
EL MÉTODO DEL TABLERO DE ANUNCIOS
Mientras observaba un tablero de anuncios para distraer la espera de su pizza "para llevar", se conformó la historia que terminaría siendo su primera novela y best seller: "Ella era una perra".
El personaje principal, "la Coquis", realmente era una perra pequinesa con dos moñitos, uno en cada oreja, que se había fugado de su casa. Él la convirtió en humana, la hizo rubia y con moñitos, uno en cada trenza, y para no complicarse el trazo del personaje la hizo una perra en el sentido coloquial de la palabra en inglés: bitch.
El lugar lo seleccionó de un anuncio de viajes vacacionales veraniegos. Los personajes secundarios, de tarjetas de presentación de: nutriólogos, plomeros, dentistas… y la trama de diferentes anuncios de servicios: clases de aeróbics, lectura de cartas, fabricación de cocinas, etc.
Para su segunda novela intentó otra manera de escribir, pero fue un fracaso de ventas y crítica, por lo que decidió volver al camino seguro y conocido.
Era frecuente encontrarlo observando y tomando notas meticulosamente frente a tableros de anuncios en restaurantes, escuelas, oficinas gubernamentales, etc. De hecho tenía una ruta tetramestral, pues el contenido de los tableros no cambia tan rápidamente.
Murió en un complejo vial cuando su auto, tras un pequeño vuelo, cayó 25 metros desde un puente y aterrizó justo al paso de un camión. Los testigos dicen que creyeron que se trataba de la filmación de un programa de la tele por lo espectacular del accidente y de la explosión; los agentes de tránsito dictaminaron que debió haber dormitado al volante, pues no había mucho tráfico a esa hora y, según se supo después, no había ingerido alcohol con anterioridad, lo que desechó otra de las posibilidades principales.
Mi hipótesis, que por respeto a la memoria de mi amigo no he exteriorizado públicamente, es que chocó por estar leyendo un anuncio luminoso panorámico (tipo televisión) que despliega, uno tras otro, anuncios publicitarios.
EL MÉTODO DEL CRÍTICO DE ARTE
Este método no es de mi invención, se remonta a la antigüedad… Ya entre los hombres de las cavernas había mentirosos imaginativos.
No es difícil visualizar a un cavernícola explicándole a sus compañeros, resguardados del frío con una fogata iluminadora de pinturas rupestres, cómo él "era" el valiente cazador que perseguía al fiero animal para matarlo y que un amigo de él lo plasmó en las paredes como agradecimiento por el pedazo de carne y el colmillo que él le había regalado. Explicaba falazmente que el día en cuestión llovía y tras veinte fallidos intentos de clavar la lanza en la presa, él resbaló por una colina y cayó justo bajo la panza de un tigre con enormes dientes curvados y que, aprovechando el susto que recibió el tigre, el cual apenas pudo reaccionar abrió la boca al cielo al tiempo que emitía un horrendo rugido; él, ágil de mente, aprovechó el instante para clavarle el cuchillo, cayendo la enorme bestia sobre él, muerta instantáneamente, al tiempo que chorros de sangre lo bañaban; de hecho, agregó, aprovechó para tomar unos cuantos tragos, y tras salir de debajo del tigre se untó la sangre en el cuerpo y entonces salió a correr gustoso por el campo, espantando a varios búfalos que por ahí pastaban. Y esa era la razón por la que el artista lo plasmó rojo y de que, además del tigre, había búfalos en la pintura.
Dejando la historia universal a un lado, el desarrollo de mi metodología de creación literaria, tiene esa tendencia nata de la mitomanía; la que, unos más otros menos, reprimen o tratan de reprimir a lo largo de su vida. En mi caso podría afirmarse que no es una situación intuitiva, sino que es el resultado de una educación formal y de años de práctica.
Yo no estudié letras. Llegué a ellas, eso sí, porque me di cuenta que erré en la selección de mi carrera. Yo estudié una licenciatura en Artes Visuales y luego una maestría con especialidad en Crítica.
Es claro, ya visto a mi edad, que alguien que estudia una especialidad en crítica, no es un productor de obra plástica. Así que obviaré explicar en detalle que lo que mi cabeza deseaba no se plasmaba ni en el plano ni en el espacio ni en los electrones, así que decidí, después de recibir unas cuantas críticas por demás devastadoras, que prefería estar del otro lado y al probar me di cuenta que me fluía el agredir a los productores visuales.
Maduré un poco y supe que esa agresividad en mi crítica, que encantaba a mis lectores, no era sino una manera de ocultar mi frustración, así que tras algunas sesiones de psicoanálisis decidimos que dejara la crítica y aprovechara mi capacidad de adjetivar, extraer mensajes de las imágenes y divagar: que mejor me dedicara a la literatura.
Acepto que por comodidad, decidí empezar mi nueva vida sin alejarme de mi estructura de trabajo, esto es: escribiendo a partir de cuadros o imágenes de obras plásticas.
Debo aceptar que mi educación formal me dio una solidez conceptual que me allanó el camino. Cómo olvidar el primer párrafo de la Introducción del libro de Rudolf Arnheim, Arte y percepción visual (nueva versión):
Diríase que el arte corre peligro de verse ahogado por tanta palabrería. Pocas veces se nos presenta una nueva muestra que podamos aceptar como arte auténtico, y sin embargo nos vemos abrumados por una avalancha de libros, artículos, tesis doctorales, discursos, conferencias, guías, todo...
Lo había subrayado durante mi maestría y por casualidad me topé con este párrafo como a la segunda o tercera sesión psiquiátrica, y de la discusión alrededor de este tema llegamos, mi analista y yo, a la conclusión de que eso no era ni bueno ni malo, que simplemente era y que seguiría siendo mientras existan personas que prefieran leer a ir a un museo.
Para la sexta sesión, ya apoyado por más relecturas (por cierto, muchachos, les recomiendo el libro Modos de Ver de J. Berger et al.) era muy claro que lo que resulta de una crítica de una obra de arte ya está a dos niveles de distancia de la realidad, al grado de ya no ser ésta sino otra. Me explico:
• En un primer cambio de nivel, la realidad que el artista plástico registró dejó de serla, porque éste la transmutó al plano (en el caso del pintor) o al material (en el caso del escultor) además de que se aisló el tema, el instante, se agregaron cosas que se le ocurrieron al artista, etc.
• En un segundo cambio de nivel, lo que el pintor dejó como obra el crítico la transmutó en palabras, o sea en un acto literario, al tratar de describir la pintura, la historia del artista, la sensibilidad del mismo. Además hay que agregar la fantasía del crítico.
Lo anterior implica que lo que queda es un "acto de creación literaria", y por lo tanto, yo ya era un literato. Mi psiquiatra al ver mi cara me cuestionó: ¿No será ese tu destino: ser un creador literario, un artista de las letras?
Por varios días quedé más frustrado de lo que ya estaba, pero gracias a unas vacaciones en el desierto Huichol todo empezó a aclararse.
Tras escribir mis primeros cuentos basados en la lectura de pinturas, lo cual me resultó fácil, obtuve una muy buena acogida hasta entre los críticos. Claro que en la mayoría, pues en todos es imposible. Después amplié y formalicé mi método hasta llegar a mi primera novela.
El esquema base es simple:
• Una foto de un cuadro ? Produce un poema o un texto corto.
• Un folleto fotográfico de una exposición de un autor ? Produce un cuento.
• Un libro con la obra completa de un autor ? Produce una novela con un personaje central.
• Una enciclopedia de arte ? Produce una novela con varios personajes o varias épocas.
Por supuesto que, como todo artista sabe: la variación, la experimentación y el azar dan la originalidad.
Es obvio que hay más aspectos en mi metodología, como por ejemplo: lleva a diferentes resultados el trabajar sobre la base de retratos, bodegones, marinas, o animales. Pero no viene al caso entrar en detalles finos.
Lo importante es que ustedes, muchachos, se den cuenta que no es importante que estudien, si a final de cuentas...
-Un aplauso, por favor, muchachos. ¡Clap, Clap, Clap! Queremos agradecer al conferencista por su plática donde nos muestra cómo el estudio y el trabajo tesonero, año tras año, los llevará al éxito en su vida. Gracias de nuevo.
¡Clap, Clap, Clap!
EL MÉTODO DE LOS MITOS Y LOS MIEDOS
"Los sortilegios del deseo" fue el título, -jo-jo- de su primer libro, escrito en base a lo aprendido, de rebote, en un taller impartido en la Casa de la Cultura por un afamado crítico literario, de profunda afición deportiva, -jo-jo- al cual yo también asistí y confieso me divertí mucho -jo-jo-jo-.
Desde dicho libro, mi amigo, -jo-jo-jo- encontró su fórmula para escribir y la ha seguido usando hasta la fecha, cada vez con mayor descaro -jo-jo-.
Si el título dice poco sobre su método, -jo-jo- para escribir, es porque su editor lo inventó para vender más -jo-jo-. El título original, que conocí gracias a que soy su revisor de cabecera, hasta parezco neurólogo, -jo-jo-jo-jo- sí describe su mecánica literaria: "Un mito es un mito".
Bueno, el editor tenía razón, mi amigo es muy malo poniendo títulos, y tomando tequila -jo-jo-; de hecho, cuando no es el editor soy yo el que se los cambia, para bien suyo y de mi estómago pues me cobro culinariamente, -sin que sea albur, jo-jo-, las revisiones-correcciones que hago de sus textos.
Y yo, que lo sé todo, -jo-jo- voy a descubrir su secretito: Sí, nuestro escritor invitado es mitómano, -jo-jo-jo- no se crean, no se crean, pobrecito, mírenlo ahí poniendo cara de "quién sería el gracioso que escogió a mi amigo para que presente mi obra" -jo-jo-jo-. Ahora sí les voy a decir la verdad; -jo-jo- cuando aún no me dedicaba a la crítica -jo-jo-, ni a la literatura, conocí a mi amigo leyendo un librito de bolsillo titulado: "Mitos de la sociedad contemporánea", una basura de ésas para leer cuando uno viaja en camión de segunda, o sea, sin videocasetera ni tele, en esos territorios descritos por Vasconcelos como de carne asada, -jo-jo- como aquí -jo-jo-.
Sí, empezó leyendo que sí, "el tamaño sí importa", que "en el infierno hay fuego", que "los ricos sufren mucho", que "los malos (escritores), -jo-jo-jo- siempre terminan mal" y así por el estilo, cien páginas de puros mitos del inconsciente colectivo, -jo-jo- como se dice entre los poetas de las psicociencias -jo-jo-.
Bueno, el mérito de nuestro estudioso estudiado consistió en que condimentó dichos mitos con los miedos de la sociedad contemporánea, al estilo de Spielberg, -jo-jo- ya se le hace que se los filma, -jo-jo- y listo, sus libros son unos cocteles de mitos aderezados con miedos, que de tan desmedidos, y a veces absurdos, -jo-jo-jo- son la mecha que enciende esos espacios de los cerebros donde se esconde la necesidad de temer y sufrir, de los seres no educados, -jo-jo-jo- claro.
Para no abusar del micrófono, -jo-jo-jo- quiero invitar a la señorita bonita a que pase a leernos algunos fragmentos de los textos. Sí, sí, usted, la de la minifalda azul eléctrico. Pásele, que no le de vergüenza leer en público, -jo-jo- no se apure, -jo-jo- mire que si no pasa, pues el autor tendrá que leer y yo que lo conozco desde hace años le puedo asegurar que él no sabe leer bien, -jo-jo-jo- no se crean, es una broma -jo-jo-jo-. A veces no sé ni por qué me invitan a los eventos, -jo-jo-jo…
EL MÉTODO DE LOS REVISORES
Era famoso por estar en todas las fiestas, reuniones, presentaciones y encuentros del gremio literario y, en general, puede decirse que cumplía a pie juntillas con cada una de las leyes del "Hectálogo de Zaid", el cual fue publicado en el número 3 de la revista Letras Libres correspondiente al mes de marzo del 2000 dentro del artículo "Organizados para no leer".
Si usted es un literato ignorante y un flojo, lo primero por no leer las principales publicaciones de "la vida literaria" y, lo segundo por no querer tomarse la molestia de buscar dicha publicación para leer el artículo en cuestión, le diré que los mandamientos establecidos por Zaid indican las ocho formas para pertenecer al "mundo de las letras" sin la necesidad de cometer el pecado de la lectura.
No creo que Zaid se sorprenda de las consecuencias de su artículo, toda vez que, al ser ingeniero, tiene claro que todo avance científico o desarrollo tecnológico es como una caja de Pandora y el causante nunca sabe en manos de qué loco terminarán sus ideas. En fin, el punto es que aunque el texto en cuestión tenía como fin satirizar a algunos de nuestros compañeros del gremio literario más mañosos, el asunto se transformó en toda una escuela, con un aguerrido grupo de seguidores que han controlado ya un alto porcentaje del presupuesto asignado a la literatura por el gobierno y algunas fundaciones.
Centrándonos en el asunto que nos atañe, les narraré más detalles de cómo el farsante al que me refiero, de quien ni quiero mencionar el nombre pues corro el riesgo de hacerle propaganda, ha usado todo su ingenio en el desarrollo de una torcida forma de creación literaria, la cual -afirmo- es antiética e inmoral: poner a otros a pulir y convertir en literatura las simplezas que se le ocurrían.
Los coordinadores de talleres literarios, a los que era asiduo, y los editores coincidían en que escribía con las patas, por decirlo con palabras amables. Los coordinadores lo soportaban por cuestiones contractuales y los editores por conveniencia económica, pues de los escritores locales era el que más vendía.
Para los lectores, según las encuestas que él mismo pagó para conocer la opinión de sus lectores, su prosa era fluida, su lenguaje pulcro y sus historias -lo único de él- "truculentamente erotodramáticas con tintes ilusocómicos", realmente no sé cómo los encuestadores llegaron a semejante frase como resultado de las encuestas, pero en fin, el dinero es el dinero. Yo lo traduciría como que sus libros son prácticamente una telenovela empapelada.
Los textos se iban perfeccionando a como pasaban de revisores-amigos-desafortunados a revisores-pagados-desafortunados y por último a revisores-editores-afortunados.
El proceso de literalización claro que primero pasaba por los correctores literarios de menor status y terminaba con los consagrados o reconocidos, incluyendo a los posibles miembros de consejos editoriales de las revistas de su interés o a los mejores autores y editores de las mejores empresas del ramo editorial.
Al principio, dicho proceso era posible gracias a su capacidad de convencimiento, después, gracias a sus ganancias. Él miraba el pago de los revisores como una inversión, pues redituaba en más ganancias y en un acto de justicia divina, pues jamás perdió el piso; siempre supo que escribía mal y realmente admiraba a los buenos escritores, pero -dado que no se puede todo en la vida- encontró la fórmula para vivir y ser respetado entre la gente que admiraba.
EL MÉTODO DE LAS RELACIONES OCULTAS
La fórmula de su éxito le llegó junto a un coco con ginebra. Estaba en Cancún leyendo un librillo sobre Chichén Itzá de un tal Díaz-Bolio y se dio cuenta, al leer el siguiente párrafo:
"Esta pirámide tiene 9 plataformas. Nueve es el número del cielo y está en relación con las 9 direcciones del Canamayté-cuadrivértice de la Ajua Can, considerando el centro también como una dirección: la de arriba-abajo."
del porqué siempre compraba los boletos de las rifas terminados en 9, y pensó:
"Hay una razón que subyace a todo"
Y, al tiempo que succionaba el popote, decidió dedicar su vida a descubrir las relaciones ocultas y difundirlas literariamente.
9 años después, el 9 de septiembre del 99 en la ciudad de Monterrey, en lo que él consideraba el noveno nivel de la torre campanario de la iglesia de El Roble, el techo para los reporteros, tomaba en sus dos manos sendos fajos de papeletas con el siguiente mensaje:
"EL DEMONIO ESTÁ POR TODOS LADOS NO TE ENTREGUES A ÉL"
Miró su reloj, marcaba las nueve de la mañana con nueve minutos, respiró profundamente, vio a la multitud abajo en la calle y se lanzó, simulando un avión arrojando papeles.
En su amplia obra fue plasmando un sinnúmero de mensajes ocultos que encontró en construcciones antiguas y modernas, en los árboles, los perros y hasta...
Definitivamente su obra máxima fue "Mujer-Demonio", en la que prueba y difunde al mundo que Satanás actúa en el mundo a través de la mujer.
Uno de sus biógrafos narra que, mientras él hurgaba en los pelos púbicos de una de sus fuentes de inspiración, en busca de alguna relación oculta, al decirle:
"Ya siento que soy tuyo, Evila."
lo supo todo. Sí, el diablo se nos presenta como mujer y él descubrió el método para identificarlas.
Evila |
Quitando la “a” es |
EVIL |
Lucía Fernanda |
Quitando la “d”, dos “n” y tres “a” es |
LUCIFER |
Lidia Bonilla |
Quitando la “n”, una “a”, dos “l” y dos “i”, y reacomodando es |
DIABLO |
Cecilia María Chávez Ulloa |
Quitando una “z”, una “v”, una “r”, una “c”, tres “l”, dos “e”, tres “i” y cuatro “a”, y reacomodando es |
CHAMUCO |
y lo que es peor:
SANTA |
Reacomodando es |
SATÁN |
Su muerte no fue en vano. Ahora ya lo sabemos. |