Sin destino luminoso
Jorge Enrique Lage
La luz, bróder, la luz es el título inevitable bajo el cual Sigfredo Ariel ha reunido una parte de su poesía, publicada a lo largo de más de veinte años, en un volumen de Ediciones Unión.
Hay versos que disparan una poética. Allá por los años 80, Sigfredo Ariel escribe: Y se borrarán los nombres y las fechas / y nuestros desatinos. Pudo haber continuado: y quedará la luz. Pero hay palabras que cuestan, y mucho. Sigfredo Ariel encuentra la fisura: y quedará la luz, bróder, la luz.
Algo cambia a partir de ahí. Algo pasa de contrabando a la poesía cubana. Una brecha. Si lo que queda no es la luz (esto hubiera sido el fin) sino la luz, bróder, la luz, entonces todavía podemos aferrarnos. Si en lugar de decir "la luz" decimos "la luz, bróder, la luz", podemos seguir componiendo poemas y escuchando canciones y reparando el techo de la casa. Por un tiempo, resistimos.
Como buen dibujante, Sigfredo Ariel es capaz de ilusionarnos con alguna frondosidad súbita. Pero en general, el paisaje de sus poemas tiene como fondo la desolación, la precariedad, el espacio invadido por la pérdida.
Recorrido urbano que va desde "Era duro el invierno", donde el poeta habla de su muerte adormecida en la calle Zanja / frente a dos o tres chinos con los ojos perdidos / y la cabeza ida (y se pregunta: Fantasma de Julián del Casal / no te parece que hoy es demasiado tarde), hasta "Dulce Loynaz", donde la autora de Jardín es sorprendida empuñando una escoba de plástico tras la reja de su casona, flanqueada de estatuas sin cabeza / ante un árido jardín que no cuidaba nadie.
Al primer plano pasan los cuartos de alquiler, las posadas antiguas, los pisos de madera, los techos de cinc, una mesa para poner el pan si es que hay pan, vinos baratos y abominables, artesanías, parvas posesiones.
Objetos que configuran una resistencia secreta.
Ciertas cosas progresan de manera furtiva en los pasillos de los tecnológicos, los cuartos vacilantes, incluso sucedía en aquellas famosas unidades militares de ayuda a la producción agropecuaria. Ciertas cosas progresan todavía gracias a los cuencos donde la gente echa el café o la sal. ("Mi novia").
En "Los poetas cubanos de vanguardia", Sigfredo Ariel comenta su posición en la poesía cubana reciente. Detrás hay una discusión de campo sobre la materia de lo poético y lo nacional. Se trata, por supuesto, de una discusión política.
Los poetas cubanos de vanguardia / se burlan de mí a espaldas mías. El que se burla de frente es Sigfredo Ariel. Cómo hacer para que los ríos de Foucault / bañen en mi beneficio estas hojas de papel / pegadas a una arcaica maquinaria / que antes se llamaba música...
Música es la palabra clave. Una arcaica maquinaria puede tornarse en eficaz máquina de escritura. Como poeta, Sigfredo Ariel es uno de los dos grandes productores musicales de Cuba (el otro es Juan Carlos Flores). Él lo sabe. Lo sabía desde que escribió "La luz, bróder, la luz", poema que abre este libro. Desde los tiempos en que, como reza la nota de Omar Pérez en contracubierta, se dedicaba a conocer a Matamoros mientras otros memorizaban a Saint-Exupéry (después memorizarían a Foucault y a unos cuantos más).
Del borde de la página o del borde / de la música he sacado algo / parecido a la ventaja... ("Marginal").
Otra palabra clave es Playa. Frontera, territorio donde salir a flote. Por uno de los caminos de vanguardia, más temprano o más tarde llegamos a Playa Albina. No se puede remar más lejos. Allí está Lorenzo García Vega, un náufrago que habla solo, y si seguimos hablando de "poesía" es por inercia o mala costumbre. En otra orilla, Sigfredo Ariel se la juega alumbrando un poco el albinismo, poniéndolo a reaccionar con lo que aún queda de la luz bróder la luz:
Donde la crisis se duerme se levanta desayuna, casa que da al mar, hombre o mujer lo que tú quieras, posiblemente está Playa Amarilla. Otros le llaman arrecife. Otros la espera. Espera de no se sabe qué. ("Escrito en Playa Amarilla").
En el mar, mientras tanto, decenas de poetas cubanos se ahogan página tras página.
Pregunta: ¿por qué, justo ahora, esta recopilación? Sigfredo Ariel se ha mantenido publicando regularmente, con altibajos pero sin perder consistencia ni facultad de reinvención. No puede decirse que su obra decline.
¿Se cierra un ciclo? ¿Pero qué es un ciclo?
El último poema del conjunto lleva por título "Embargo y elegía". Concluye así:
Criatura nacida del bloqueo mira / en tu pequeño patio cómo algo / está naciendo sin dirección / sin el gran peso de tus ojos / sin permiso ni instrucciones / ni destino luminoso / una planta una persona un hijo / algo.
Resulta obvio que si se apaga el destino luminoso, con él se extinguen los últimos rayos de la luz bróder la luz.
En la nota final leemos: "La luz, bróder, la luz no es una antología, sino un intento de juntar trabajos escritos a lo largo de unos veinticinco años."
Transmite cierta urgencia. Unos años más y hubiera sido una buena antología como otras.
Sigfredo Ariel, tal vez sin darse cuenta, ha hecho lo que tenía que hacer. Ese intento es un gesto expresivo de por sí, que redimensiona todos los poemas aquí reunidos (y los libros de los cuales se extrajeron). Coloca su poesía sobre la mesa de disecciones del presente, algo a lo que pocos en Cuba se atreven. No está proponiendo que lo relean: se está leyendo a sí mismo como punto de giro y de partida.
Porque ahora, nuevamente, habrá que encontrar en la página las palabras de ese algo que ya está naciendo. Afinar el oído y dar con la banda sonora por venir. Aquello que hizo Sigfredo Ariel en los 80. Los verdaderos escritores saben de qué se trata.
Encontrar una fisura.
Sacar una ventaja. |