Número 20
 

El conocimiento en un mundo mejor
Michael A. Lebowitz (Canadá)

Hay un viejo dicho: “Si no sabes por donde quieres ir, cualquier camino te puede servir”. Creo que los últimos años de neoliberalismo, de atropellos imperialistas y destrucción de casi cualquier esfuerzo por crear una alternativa han probado que este dicho es falso. Nuestra experiencia nos indica que si no sabes por donde quieres ir, entonces ningún camino te puede servir.
Nuestra mayor falla es que hemos perdido de vista la alternativa. Y, como no tenemos una gran concepción de la alternativa (más bien nos dicen que no debemos tener grandes concepciones), la respuesta a la afirmación neoliberal de que no hay alternativa, ha sido: mantengamos la salud, no ataquemos la educación, intentemos lograr un poco más de igualdad, preservemos un poco más el medio ambiente. Debido a nuestra incapacidad de imaginar un modelo alternativo, tenemos muchos pequeños trozos, muchos pequeños “no”; de hecho la única alternativa viable propuesta a la barbarie ha sido la barbarie con una cara humana.
Pensemos en una alternativa real a la barbarie, una gran concepción pero muy sencilla. Tengo en mi mente una idea muy clara expresada por Carlos Marx en 1844 (una idea que se mantiene en todos sus trabajos), la de la unidad de los seres humanos basada en el reconocimiento de sus diferencias. Esa es una concepción que parte de la idea de que los seres humanos son diferentes  —que tienen necesidades diferentes y habilidades diferentes— pero que son interdependientes.
Aunque actuemos o no en forma consecuente con esta idea de interdependencia, no podemos negar que producimos para otros, que como seres dentro de una sociedad, hay una cadena de actividades humanas que nos liga. Producimos cosas para nosotros y los resultados finales de nuestra actividad son la reproducción de los seres humanos dentro de la sociedad.  Podemos pensar en eso como la actividad de un trabajador colectivo, de la familia humana, o de la familia de los trabajadores; pero la cadena de actividades humanas existe aunque produzcamos o no concientemente sobre esta base, aunque entendamos o no nuestra unidad.
De hecho, como sabemos demasiado bien, fuera de algunos pequeños oasis (algunas sociedades, algunas familias), en esta sociedad no producimos concientemente para las necesidades de los otros, y no entendemos nuestra capacidad productiva como una contribución a aquella cadena de actividad humana. En vez de valorizar nuestra relación como seres humanos, producimos mercancías, damos valor a la mercancía. En vez de entender aquella cadena de actividad humana como nuestra unión y nuestro poder, sólo entendemos que necesitamos estas mercancías, las cuales nos dominan.

Esto, como bien saben, es lo que Marx llamó el “fetichismo de la mercancía” en su primer capítulo de El capital. Es un concepto poderoso. Desde mi punto de vista, nadie nunca ha comunicado esa idea mejor que el artista Wallace Shawn, actor y autor de obras de teatro en Estados Unidos como “La fiebre”, en la cual el protagonista de Shawn descubre una copia de El capital y empieza a leerlo en la noche. Más tarde piensa con rabia en el libro, y decide volver al comienzo, que al principio de su lectura encontró impenetrable.  Aquí cito un largo pasaje del libro de Wallace Shawn:
“Llegué a una frase que había escuchado antes, una frase extraña, perturbadora, medio fea: eso en la sección sobre el ‘fetichismo de la mercancía’. Quería entender esa extraña frase, pero podía decir que entenderla probablemente cambiaría su vida entera.
”Sus explicaciones fueron muy elusivas. Él usó el ejemplo que la gente dice: ‘Veinte metros de lino vale dos libras’. La gente dice eso sobre cualquier cosa que tiene un cierto valor. Eso vale tanto. Este abrigo, este suéter, esa taza de café: cada cosa vale una cantidad de dinero, o alguna cantidad de otras cosas —un abrigo vale tres suéteres, o tal cantidad de dinero— como si este abrigo, de repente apareciera aquí en el mundo, y contuviera dentro de sí una cantidad de valor, como un alma, como si el abrigo fuera un fetiche, un objeto físico que tuviera un alma interna. Pero ¿qué realmente determina el valor del abrigo? El precio del abrigo viene de su historia, la historia de todas las personas involucradas en hacerlo y venderlo y todas las relaciones particulares que ellas tuvieron. Y, si compramos el abrigo, nosotros también, establecemos relaciones con todas aquellas personas, aunque escondamos aquellas relaciones de nuestra propia conciencia pretendiendo vivir en un mundo donde los abrigos no tienen historia, donde caen desde el cielo con precios ya marcados. ‘Me gusta este abrigo’, decimos, “no es caro”, como si fuera un hecho sobre el abrigo y no el fin de una historia de las personas que lo hicieron y vendieron. ‘Me gustan las fotos en esta revista’.
”Una mujer desnuda se dobla encima de una reja. Un hombre compra una revista y mira su foto. Los destinos de los dos están unidos. El hombre pagó a la mujer para que se quitara su ropa y se doblara encima de la reja. La foto contiene la historia: el momento cuando la mujer se desabotonó su blusa, cómo se sintió, qué le dijo el fotógrafo. El precio de la revista es un código que describe las relaciones entre todas estas personas —la mujer, el hombre, la editorial, el fotógrafo— quien mandó y quien obedeció. La taza de café contiene la historia de los campesinos que cosecharon el fruto del café, cómo algunos se desmayaron por causa del calor del sol, otros fueron golpeados.
”Durante dos días pude ver el ‘fetichismo de la mercancía’ en todos lados a mi alrededor. Fue un sentimiento extraño. Pero en el tercer día lo perdí, se fue, ya no pude verlo más.”
En esta cita de Wallace Shawn, se describe un cierto tipo de conocimiento: el precio. Precio es la forma en la cual la cadena de actividades y relaciones humanas aparece ante nosotros. El conocimiento viene en unidades monetarias. Sabemos los precios de las cosas que necesitamos. Sabemos los precios de las cosas que nosotros mismos hemos recibidos. Y, ahora tenemos que aprovechar ese conocimiento, y tomar decisiones individuales y racionales como consumidores, como capitalistas. Todos somos iguales, maximizadores sobre la base del conocimiento que tenemos, maximizadores sobre la base del dinero.
Piensen en el conocimiento que no tenemos en el mundo donde el medio del conocimiento es el dinero. No sabemos nada de cosas que no vienen con un precio —el medio ambiente, las necesidades propias para desarrollar nuestro potencial; no sabemos nada de las vidas de todas las personas que han producido las cosas que compramos, todas las personas con quienes hemos entrado en una relación por comprar los resultados de su actividad. Nuestra situación es una situación de ignorancia social, y la misma ignorancia es lo que permite que nos dividan, nos manipulen, nos exploten los dueños de la mercancía, los dueños de la cadena de actividad humana.
Cuando nuestro conocimiento es el del precio de cosas, ¿cómo podemos evitar ser dividido? ¿Cuándo no reconocemos nuestra unidad, cómo podemos evitar competir unos en contra de los otros en beneficio de los dueños del conocimiento?

siguiente >

 
 

Luciano Vasapollo (Italia)
El análisis de Marx acerca de la centralidad del conflicto entre capital y trabajo en la relación de clase para construir la superación del capitalismo.