Número 20
 

El conocimiento en un mundo mejor
Michael A. Lebowitz (Canadá)

Pensemos en otro tipo de conocimiento: un conocimiento basado en reconocimiento de nuestra unidad, un conocimiento basado en un concepto de solidaridad. Es un conocimiento diferente cuando nos damos cuenta de quién produce para nosotros y cómo lo hace, cuando entendemos las condiciones de vida de otros y cómo podemos contribuir a satisfacer sus necesidades. Tal tipo de conocimiento nos coloca inmediatamente como seres dentro de la sociedad, nos da una comprensión de las bases de todas nuestras vidas. Es inmediatamente conocimiento directo social, porque no se puede comunicar a través del medio indirecto del dinero.
El conocimiento de nuestras necesidades y habilidades es radical porque va a la raíz, a los seres humanos. Y cuando lo logramos, es porque reconocemos nuestra unidad. Se trata de un conocimiento que es cualitativa y cuantitativamente diferente del conocimiento que tenemos bajo las relaciones sociales dominantes. Es cuantitativamente diferente porque las relaciones existentes ya no lo monopolizan y restringen para que sirva de fuente de ganancia privada. El conocimiento es inherentemente un bien público. Se puede reproducir casi sin costo y a diferencia de las mercancías escasas, yo no tengo menos conocimiento si te doy algo del mío. En una sociedad racional, el conocimiento debe ser compartido sin restricción.
La existencia de instituciones que hacen del conocimiento una propiedad y una fuente de ganancias privadas, va entonces en contra del concepto y el espíritu del conocimiento y muestra la irracionalidad social de aquellas instituciones. Tomen, por ejemplo, el mecanismo de dar notas en muchas universidades. Es una práctica común en América del Norte que los profesores otorguen notas según una curva estadística normal —tal cantidad de A, de B, de C, etcétera, hasta de F— sin tomar en cuenta el desempeño del estudiante. ¿Qué tipo de comportamiento hace esto racional para aquellos que funcionan dentro de esa estructura? Claramente es para preservar el conocimiento bajo el control de ellos mismos (o de un pequeño grupo de amigos). Mientras más saben otros estudiantes, menores son nuestras propias oportunidades para sacar una buena nota. (De hecho, el sistema hace ver como racional qué estudiantes pasan información falsa a sus compañeros). La estructura, en este caso, pone a los estudiantes a competir unos contra otros —una situación que el cantante inglés, Robert Wyatt, cantó “¿Cómo puedo subir si tú no caes?” Esta estructura creada artificialmente resulta en un juego de suma cero en el caso del conocimiento que, por su propia forma de ser, no es suma cero. Por lo tanto, considerando que idealmente una universidad debería ser vista como un ambiente dedicado al máximo desarrollo y diseminación de conocimiento, algo que un proceso de aprendizaje colectivo fomentaría, podemos deducir que la creación de un ambiente que beneficia el mantenimiento de conocimiento como un bien privado iría en contra del concepto idealizado de universidad.
De muchas maneras, se puede ver esto como una parábola de los derechos de propiedad intelectual. Lo que los derechos de propiedad intelectual hacen es tratar de crear una escasez artificial para que la gente se vea obligada a pagar más por conocimiento que su actual costo de reproducción. Su propósito es hacer de los productos del cerebro social —como los llamó Marx— una fuente de enriquecimiento privado. En una sociedad, en cambio, que empieza por reconocer las necesidades de todos sus miembros, el impulso lógico y racional es procurar que el conocimiento esté disponible para todos a un costo verdadero de reproducción  que es igual a cero.
Allí donde nuestras relaciones sociales e instituciones no son tales que nos lleven a ver nuestro conocimiento como propiedad, hay otra manera por la cual el conocimiento disponible a todos puede expandirse. Mucho conocimiento, especialmente aquel que se refiere a cómo trabajamos no está codificado, es un “conocimiento tácito”: conocimiento, por ejemplo, sobre como trabajar mejor, más fácilmente. Dentro de relaciones de producción antagónicas, lo que ocurre es que, especialmente en el caso del obrero, este conocimiento se guarda para sí —para asegurar que no sea usado contra uno. Sin embargo, en una sociedad racional, sería un conocimiento que querríamos compartir. “Oro en las cabezas de los trabajadores”, lo calificaban expertos japoneses en relaciones laborales, cuando introdujeron mecanismos para inducir a los trabajadores a compartir ideas acerca de cómo mejorar los productos y el proceso de producción. Este conocimiento que es una riqueza tendría un flujo natural en una sociedad basada en el reconocimiento de nuestra interdependencia.
El conocimiento tácito es un ejemplo de un cierto tipo de conocimiento que estaría libremente disponible bajo otro tipo de relaciones sociales. Sin embargo, no es la única diferencia en el conocimiento que estaría disponible. Cuando partimos de la concepción de una sociedad alternativa, se hace evidente que bajo nuestro sistema actual de relaciones sociales se nos esconde un cierto tipo de conocimiento. El conocimiento que no se comunica en una economía de mercancías es el que no tiene precio en el mercado. El ambiente natural en el que vivimos, el aire que respiramos, los paisajes que vemos, los sonidos que escuchamos, el agua que bebemos (¡ah!, el agua que una vez tomamos antes de ser privatizada) no tiene precio y, por lo tanto, no entra en nuestro cálculo monetario. Y, si este precio es invisible cuando nosotros tomamos nuestras decisiones, eso quiere decir que estas decisiones, basadas sobre un conocimiento parcial, son inherentemente inadecuadas. Si fuéramos capaces de poner un precio adecuado al aire limpio, nuestras acciones como productores y consumidores racionales produciría decisiones distintas —una de las más probables sería la del mantenimiento del aire limpio. Hipotéticamente, también, si fuéramos capaces de poner un precio al desarrollo completo de nuestra potencialidad humana o a nuestro derecho a vivir en una sociedad justa, nuestras decisiones individuales (y seguramente las de aquellos que actualmente compran nuestras habilidades sin pensar en esas cosas) serían distintas.
Pero, en la ausencia de un intercambio de mercancías, ¿cómo puede tal tipo de información —que Marx llamó “la necesidad del trabajador de su propio desarrollo”— ser generada? Si compartimos el énfasis de Marx sobre la importancia del ser humano rico, es decir, “el individuo totalmente desarrollado”, entonces seguramente tendremos que preocuparnos por los mecanismos por los cuales puede ser producido el conocimiento de las necesidades y capacidades.

 

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Luciano Vasapollo (Italia)
El análisis de Marx acerca de la centralidad del conflicto entre capital y trabajo en la relación de clase para construir la superación del capitalismo.