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El análisis de Marx acerca de la centralidad del conflicto entre capital y trabajo en la relación de clase para construir la superación del capitalismo.
Luciano Vasapollo (Italia)
2.2 Del Estado social de la mediación y cooptación del conflicto al Profit State de la cultura de empresa
Por tanto, está en vigor un intenso proceso de territorialización de la economía explicable no solo por fenómenos de reestructuración y reconversión que afectan la industria, sino que está cambiando el propio modo en que se presenta el modelo de desarrollo capitalista. Se afirma una lógica económico-productiva distinta, cada vez más diversificada respecto a los procesos productivos precedentes, en particular los de tipo industrial. Una transformación de la sociedad que crea nuevas necesidades, nuevas actividades, la mayor parte de las cuales tiene carácter terciario y precario, que generan, y al mismo tiempo fuerzan, nuevos mecanismos de crecimiento, de organización de la sociedad y de acumulación del capital. Esto sucede también a través de la asunción específicamente productiva de los recursos del capital intangible basados en la información y comunicación con la desrreglamentación para un ataque frontal a los derechos y al derecho del trabajo, con la desorganización en el territorio y con la precarización de todo el ciclo de la vida social de la clase obrera, de toda la fuerza de trabajo. Y también a partir del cuestionamiento del papel del Estado intervencionista, ocupante y regulador del conflicto social a través de las políticas keynesianas.
Un papel del Estado en economía y del Estado social que en la era fordista ha tenido una tarea de redistribuidor de los ingresos, gracias a la fuerza manifestada por el movimiento obrero que ha impuesto una mayor cuota de reparto al factor trabajo, es decir, un monto de salario social global más alto (por tanto, más salario directo, indirecto y diferido). Todo siempre dentro del capitalismo y de las mismas relaciones de producción capitalistas, configurando así el desarrollo de relaciones sociales mediadas por el Estado, sí, pero encentradas en el uso del compromiso fordista-keynesiano, comprendida la determinante del Estado social, y utilizadas también como elemento de control de toda forma de antagonismo, de compresión y de cooptación del conflicto social, precisamente para evitar (y el capital en realidad en esto ha resultado realmente vencedor) el éxito de relaciones que pudieran prefigurar nuevas formaciones sociales.
Mejor aún, la intervención del Estado en economía no ha podido nunca prefigurar relaciones alternativas que se desarrollaran a la par del capitalismo, ni mucho menos una forma de las relaciones que se situara fuera o más allá del capitalismo, porque el Estado social distinto no es más que un aspecto secundario, una forma, un modo de presentar las relaciones y las formas del ser del capitalismo, en un momento en que las relaciones de fuerza entre capital y trabajo eran, con respecto a la actualidad, mayormente favorables respecto al movimiento de los trabajadores.
Esto es aún más cierto hoy, en una fase en que la intervención del Estado en economía, el propio Estado social, ya no son compatibles con los paradigmas del desarrollo neoliberal.
El empresario tiene como objetivo principal maximizar la ganancia, y en la producción fordista esto se realizaba sobre todo a través de un crecimiento del Estado social que consintiera también a las clases menos pudientes consumir y comprar (el salario representaba por tanto, un costo, pero también un ingreso). Por tanto, siempre en el ámbito de un sostenimiento de la demanda y de los consumos centrados en la venta de los productos del trabajo como mercancías, y en el momento en que eso ha significado gozar de servicios sociales aparentemente gratuitos (escuela, sanidad, etc.) de eso se ha disfrutado por derecho solo en el sentido de reapropiación de salario indirecto, por tanto, de parte del plusvalor arrebatado, en una fase en que las relaciones de fuerza han permitido una redistribución mas favorable al factor trabajo. En la nueva situación, en una fase más favorable al capital, disminuye el margen de negociación y de impacto del movimiento obrero, y entonces el salario deviene solo un costo que hay que reducir lo más posible.
“Por esta razón el Estado social, ya sea como redistribuidor de ingresos por medio del fisco, ya sea como creador de ingresos, representa para el capitalista posfordista un factor de molestia que hay que eliminar. Por una parte se ve como la causa del costo excesivo del trabajo (gravámenes sociales y sustracción fiscal) y de la otra como causa del costo excesivo del dinero (aumento de las tasas de interés para incitar al ahorro hacia la deuda pública)... El sistema de producción Just in time vive de la atomización del mercado; los gustos y las disponibilidades a la adquisición por parte de cada consumidor particular son decisivos, deben conocerse, explorarse y apenas se manifiestan deben ser satisfechos rápidamente”.3
De este modo se provocan incrementos notables de desocupación evidente e invisible, precarización del trabajo, negación de las garantías sociales y de las reglas elementales del derecho del trabajo, en un territorio que se hace fábrica social, en cuanto lugar de experimentación y afirmación de las compatibilidades de empresa.
Es en tal contexto de transformación global y de reestructuración general capitalista que también el Estado social se transforma en Estado-Empresa, en Profit State que asume como central la lógica de mercado, la salvaguarda y el incremento de la ganancia, transforma los derechos sociales en subvenciones de beneficencia, efectúa comunicación social que hace asumir la ganancia, la flexibilidad, la productividad como nuevas formas de “divinidad social”, como filosofía inspiradora del único modelo de desarrollo posible. Todo se centra en precarización de las relaciones de trabajo, negación de las garantías, alta movilidad y flexibilidad del trabajo, imposición —a través de la política económica y cultural del Profit State— de la adaptación activa de los nuevos sujetos del trabajo y del no trabajo, del trabajo negado, a los horizontes organizativos y económico-culturales impuestos por la actual fase del desarrollo capitalista.
2.3. Posfordismo, centralidad
del trabajo asalariado, recomposición de la clase y nuevo movimiento obrero.
A través de un procedimiento objetivo y científico se puede examinar dentro del propio ámbito de estudio el análisis económico internacional y nacional para verificar las modalidades de establecimiento del sistema económico concentrado espacialmente, especializado en un cierto sector o en ciertas modalidades productivas, relacionándolo con una población social y territorialmente caracterizada de manera coherente.
La amenaza siempre inminente y en aumento de la desocupación, en particular el actual convivir de la desocupación coyuntural con la estructural, la financiarización de la economía, el paradigma de la acumulación flexible de la llamada era posfordista debida a la automatización de la producción y a la intensificación del trabajo, todo ello ejerce una influencia sustancial en el empeoramiento general de la situación global mundial de la clase trabajadora. La “incertidumbre de la existencia”, de la que habló Engels, continúa acentuándose. Estos hechos objetivos son una confirmación convincente de la validez de la teoría marxiana del empobrecimiento absoluto y relativo. Es así que el desarrollo mismo del capitalismo contemporáneo reafirma por completo otra tesis fundamental de Marx, la de la intensificación del proceso de proletarización en el seno de la sociedad capitalista, del incremento —si bien en formas distintas y articuladas— del trabajo subordinado, del trabajo asalariado, como quiera que sea, del segmento social sometido a la explotación capitalista; en este sentido, proletariado y movimiento obrero que se convierte en clase, y por tanto, subjetividad político-social, en el momento en que asume conciencia del propio papel de antagonista y de sujeto de la transformación.
La cuestión actual económico-social del trabajo no está entonces conectada solamente a la desocupación cada vez más de carácter estructural, más bien se refiere a una serie de problemas de carácter cuantitativo/cualitativo y, por tanto, de las nuevas figuras del trabajo, del trabajo negado y del no trabajo, como quiera que sea, figuras todas ellas internas siempre al mismo modo de producción capitalista. El problema trabajo existe ya también para aquellos que poseen uno, dado que se trabaja cada vez más y en condiciones cada vez más precarias, no tuteladas, con salario social absoluto, y también relativo al trabajador individual, cada vez menos y con altos niveles de movilidad e intermitencia.
Hoy, la aplastante mayoría de la población de los países capitalistas está compuesta por trabajadores asalariados; el trabajo asalariado constituye la base del capitalismo, a escala mucho mayor que en los tiempos de Marx, dentro de los procesos y de las dinámicas de funcionamiento del modo de producción capitalista de siempre.
Los cambios más recientes en la estructura de la clase trabajadora misma indican la extrema importancia de la categoría del obrero “colectivo”, introducida y analizada en El capital. Tal categoría comprende a los obreros del trabajo físico e intelectual que participan directamente en la fabricación de un producto y son, como quiere que sea, respecto al capital, trabajadores asalariados, trabajadores subordinados, el segmento social subordinado a los dictámenes de la orden del modo de producción capitalista centrado en la explotación, por tanto, en la valorización del capital a partir de su realización antagonista con el trabajo vivo.
Las tendencias actuales —con el aumento del número de los trabajadores asalariados empleados fuera de la producción material propiamente dicha, el aumento del número de los empleados, de los flexibles, de los precarios, de los temporales, de los atípicos en general, el incremento de la tasa del trabajo intelectual, o del falso trabajador autónomo, en la composición del “obrero colectivo”— están bien lejos de testimoniar la “desproletarización” de la clase obrera, o de la clase trabajadora en general.
Es así que, no obstante el paso de la era fordista a la llamada era posfordista, del obrero masa al “obrero social”, de la centralidad de fábrica a la fábrica social generalizada, de los “monos azules” a los cuellos blancos, del trabajo manual a los trabajadores de la conciencia y de la inteligencia, también en los países de capitalismo avanzado permanece y vive cada vez más el trabajo asalariado con formas cada vez más sofisticadas y cada vez más incisivas de explotación.
Es así que se llega a una fase en la que están apareciendo velozmente en la escena económico-social nuevos caracteres de sujetos, nuevas pobrezas y, por lo tanto, nuevas figuras que hay que agregar a un proyecto de recomposición y organización del conflicto capital-trabajo a partir de una ofensiva por parte de todos los trabajadores en una nueva estación de luchas de masa de un nuevo sujeto que no es otra cosa que el actual modo de ser y de presentarse del movimiento obrero.
Se trata de forzar el horizonte a partir de la superación de los límites sociales entre clase obrera propiamente dicha, los intelectuales, nuevas figuras del trabajo, del trabajo negado, del no trabajo, y acercar a estos grupos sociales en su lucha por la emancipación social; reencontrándose en los hechos en el conflicto capital-trabajo, superando en la lucha los esquemas del ya decretado por algunos estudiosos —incluso de origen marxista— fin del trabajo.
Pero, ¡qué fin del trabajo! Está cada vez más vivo el análisis científico de Marx acerca del trabajo asalariado, acerca de la “proletarización” y empobrecimiento, absoluto y relativo, de estratos cada vez mayores de las sociedades de capitalismo avanzado; para no hablar de los niveles de esclavitud, de feudalismo y de miseria absoluta en el Tercer y Cuarto mundos.
Por tanto, nuevos sujetos de clase, capaces de provocar contradicciones económico-sociales y procesos de socialización como sujeto unitario en un nuevo movimiento obrero. Valores y comportamientos orientados y derivados de la presencia de un modelo de desarrollo que a causa de la reestructuración de la empresa y del capital incide profundamente en el territorio y crea su contradicción en la nueva fase del choque capital-trabajo, que lejos de debilitarse se presenta en toda su carga explosiva realizando dinámicas de recomposición de clase.
Tales procesos necesitan de una lectura socio-política distinta y más articulada; tienen necesidad de nuevas lógicas interpretativas, de nuevos instrumentos ignorados por los análisis de esquema industrialista de la era fordista, para lanzar una nueva fase del conflicto de clase, conscientes de lo correcto del análisis de Marx, incluso en esta fase del desarrollo capitalista. Manteniendo válidas en este sentido las categorías marxianas, partiendo de la centralidad de un nuevo movimiento obrero, es decir, de aquella subjetividad político social de todo el segmento social sometido a la explotación capitalista, y por tanto, como sujeto completamente interno a la relación de clase; quedando así fuera de las divagaciones de quien habla de fin del trabajo asalariado o de superación de la centralidad del movimiento obrero y de ruptura de la relación de clase.
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