Quien examine la obra poética de José Martí anterior a la publicación de Ismaelillo –sobre todo, los textos que el autor dejó inéditos– nos enfrentamos, sin saber, al difícil asunto de la legitimación de una existencia. Se dedican estas páginas a comentar un texto anterior al año 1882.
La poesía de Israel Domínguez está en lo desconocido cotidiano, en el detalle o en lo rotundo del hecho que no somos capaces de descubrir y él devela para todos.
Da Capo exhibe un centro ontológico donde se teje una cosmovisión, una transmutación del ser en el universo que tiene como base la mezcla de imaginación y sabiduría.
La poesía de Efraín Riverón está cuajada con la gracia que se hermana al sentimiento: ni una sola floritura vacía de emoción atraviesa sus versos de alzado pulso...
Juanita Conejero no quiere, con sus versos, conseguir ninguna primacía instrumental o plasmar violentas transgresiones estimativas de la realidad, sino establecer la comunicación de lo inefable que es vivir.
En nuestra historia literaria abundan ejemplos de poetas descollantes que murieron antes de habernos entregado lo mejor de su talento, como la figura de María Luisa Milanés (Jiguaní 1893–Santiago de Cuba 1919).

La poesía de Francisco de Oraá, a partir de Figurantes, que, cabalgando el tiempo, vendría a ser el último cuaderno publicado en vida del autor.
Cuando se estudian los Cuadernos de apuntes, y luego seguidamente los que Gonzalo de Quesada denominó Fragmentos, es perceptible, en los primeros, el proceso de formación de un estilo, los avatares de una escritura con instintos fundacionales, el nacer de un pensamiento...
La poesía de Heriberto Machado Galiana denuncia la dolorosa propiedad que tiene la vida cotidiana de truncar lo más hermoso, de actuar como dique de la prodigiosa compulsión del sueño.