Diana y su alter ego literario optan por desviar —curiosamente— la atención de los lectores hacia las hormigas que habitan los espacios, dígase, los seres humanos, los actantes, los sufrientes.

Más que un cuento, este promete ser capítulo de novela, cuadro de una trilogía, parte de un universo superior que comienza a orquestarse desde lo micro hacia lo macro, como toda buena historia debe hacer.
Huesos: bajo ese nombre, casi lugar común, casi previsible, se oculta un relato.
El centro temático de esta historia lanza sus líneas de conexión hacia el cine de terror psicológico.

Hoy les presento un binomio de autores que que ya han mostrado sus facilidades para el complejísimo ejercicio de la escritura a cuatro manos.

Este es un cuento líquido, un cuento fluido, que deambula sin tormentas entre los sucesos de una tarde y otra, entre el período de calma, destrucción y reconstrucción de esa calma perdida; dígase equilibrio-desesquilibrio-nuevo orden, una de las construcciones más antiguas del cuento clásico.
Existen historias que se viven barranco abajo, sin frenos ni cinturón de seguridad. Al lector le queda siempre la posibilidad de tomar la foto. Ser el causante de la catástrofe u observar desde el techo, ente pasivo de toda la acción, cómo el mundo de los muertos arroja su manto sobre la tierra. Quién dice que no es esta una historia que merezca ser contada. Sí lo es. Cuestión de pura física.
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Este es el ámbito de la historia que hoy se presenta en estas páginas: personajes que tientan el límite antes de lanzarse, con un salto largo, hacia el abismo (destrucción que es, a su vez, un grito de libertad).

Duchy Man Valderá pretende golpearnos en la cara cuando esgrime el arma metafórica del cuento "La paz".

Les propongo hoy un texto del narrador Eric Flores.