Ernesto Cardenal es uno de los intelectuales latinoamericanos de mayor reconocimiento internacional.
En 1565 apareció un libro de viajes, La historia del Mundo Nuevo, de Girolamo Benzoni, “la cual (sic) trata de las islas y mares recientemente descubiertos, y de las nuevas ciudades por él vistas, en sus viajes por agua y por tierra, en catorce años”.
El nombre de Haroldo Conti es uno más entre los de miles de desaparecidos a raíz del golpe militar en Argentina y el período subsiguiente de regímenes que detentaron el poder en esa nación durante la década del 70.
Es Césaire quien declara pertenecer a “raza la sufrida” o “raza de los oprimidos”, con un enfoque humanista, reivindicador de la huella africana en los ámbitos social, cultural y político.

El hecho de haber sido nieta de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria para los cubanos e iniciador de las guerras independentistas, confiere a Alba de Céspedes y Bertini un especial interés, que se acrecienta por la calidad de la obra literaria de esta autora y sus visitas a Cuba.
Julio Cortázar es uno de los escritores latinoamericanos más leídos. La crítica lo acoge además como uno de los más trascendentes del siglo XX. Y algunos lo sitúan en el catálogo de los grandes innovadores en el lenguaje literario, junto a otros “monstruos” como Jorge Luis Borges.

Se llamó Manuel Isidro Méndez y confieso que cuando yo era casi un niño y hurgaba en la estantería del hogar, como algo ciertamente muy valioso ocupaba un espacio su libro titulado Martí, a secas, que ofrecía una interpretación nada “seca” sobre la vida del Héroe Nacional de los cubanos.
“Periodista y poeta con singulares aptitudes” califica el crítico cubano Raimundo Lazo al escritor mexicano Luis Gonzaga Urbina, cuyo retrato aparece en la portada del semanario El Fígaro en su edición del 21 de marzo de 1915.

Como escritor, descolló en la cuentística, también en la novela y el ensayo, pues se trató de un hombre de perfilada cultura y notable talento que tuvo en la palabra escrita una herramienta para el tratamiento de los problemas sociales de su país y de su época.
Dirá el lector que la eximia bailarina norteamericana Isadora Duncan no fue escritora. Y quizá no lo fue de oficio, aunque si reveló una vocación y facilidad grandes para ello, lo cual se percibe a través de la lectura de Mi vida, su autobiografía, un texto donde le interés, la amenidad y la corrección del estilo son evidentes.