Una de las consecuencias inmediatas de nuestras ferias internacionales del libro es la mortificación que dejan. Sin embargo, en el corrillo de quejosos y censores pocas veces se recurre a la articulación escrita de juicios y reparos —amén de otras causas, quizás por aquello de que verba volant puede ser más saludable que “papelito jabla lengua”.
Después de concluida la Feria Internacional del Libro, muchos hacen sus propios balances de los resultados y de el alcance concreto de cada edición. Cubaliteraria propone este intercambio que el artículo de Juan Nicolás Padrón indujo por sus interesantes y polémicas conclusiones. Aquellos que tienen personales visiones del acontecimiento cultural y su sede están invitados a participar.
El regreso a San Carlos de la Cabaña pone en primer plano las limitaciones del espacio en que se desarrolla el evento y obliga a reflexionar –otra vez– sobre las posibles alternativas de infraestructura que ya exigen el gremio, el público y la Fortaleza –que está perdiendo la fuerza con tanto fiñe encaramado entre las almenas.
La Feria Internacional del Libro de Cuba, como actualmente se llama, pues por su participación internacional y su extensión a varias ciudades de la Isla ameritan los calificativos, arribó al fin de su vigésima edición, y quizás resulte necesario esbozar un balance y arriesgarse a explorar algunas proyecciones.
¿Alcanzará de verdad la poesía para salvarnos, sucederá a tiempo ese mejoramiento que se desprende del contacto con la belleza? ¿Podrá el escritor vivir para seguir escribiendo?

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